Vuelve a Otras parejas

 

Dolo Delectare
Por Fabula Rasa

Ubicación original
Traductora: Loves
Revisión: Heiko, Ronna

NC-17
Severus Snape/Sirius Black

 



—Siguiente.

Su acompañante dejó caer pesadamente una delgada maleta de lino en la mesa de trabajo. Estiró los dedos y tomó una pizca, echándola sobre la poción que había comenzado a formar perezosas burbujas azules en la superficie.

—Siguiente.

El otro hombre, cuidadosamente, empujó una pila de tiras de piel de lagartija hacia el otro. Sin mirar, tomó otra pizca y la esparció como antes. Ninguno movió sus ojos de la poción, no se atrevieron a respirar.

—Si has jodido esto, Snape, me comeré tu hígado en un plato.

—Cállate, Black —murmuró Snape, ausentemente, su mirada en el caldero. No pasó nada durante otro minuto, y luego la superficie de la poción comenzó a cambiar y a brillar levemente. O, más exactamente, comenzó a brillar justo debajo de la superficie, cambiando de un brillo suave a una aurora boreal de fuego opalescente.

—Hermoso —dijo Sirius suavemente. Snape no dijo nada, pero exhaló y cerró los ojos brevemente.

—¿Ahora me toca a mí?

—No. Déjalo unos minutos más. La volatilidad debe disminuir primero o la reacción será incontrolable. No quiero encontrarme una semana de trabajo arruinada porque te hayas meado encima, Black.

Sirius rió.

—No es mi meado lo que necesitas.

Snape apretó los labios.

—Yo no soy el que necesita nada, así que puedes parar de actuar como si me estuvieras haciendo un favor.

—No te preocupes, Snape. No corremos el peligro de que olvide por qué estoy aquí. ¿No crees que únicamente algo de vida o muerte me traería a tu repugnante guarida?

Snape frunció el ceño, no ante el insulto, en gran medida superficial, sino ante la extensión nacarada del líquido.

—Prepárate —dijo.

Sirius llevó la mano al bolsillo de su pantalón y extrajo una pequeña aguja plateada. La movió, y una pequeña hoja salió a la vista. Se la pasó a Snape y comenzó a desabotonar su manga y doblarla.

—Muévete —siseó Snape.

Sirius llevó su mano cerca del cuchillo; Snape dudó.

—¿Estás seguro de que no quieres que lo haga yo?

Sirius rió.

—Sí, lo estoy. Pásamelo.

Con un movimiento seguro lo deslizó por su antebrazo. Brillantes gotas rojas mancharon la superficie de la mesa.

—Ah —dijo—, molesta.

—Deja de sangrar en mi mesa —pasó un vaso al otro hombre—. Sangra en esto, rápido.

—No controlo cuánto sangro, idiota.

—Estaría feliz de poder acelerar el proceso.

La sangre cayó en el vaso. Cuando estuvo satisfecho, Snape lo retiró y le tiró una toalla.

—Un hechizo de curación ayudaría, ¿sabes? —dijo Sirius a través de sus dientes.

—Deja de quejarte. Es culpa tuya que no sepas ninguno.

Con mano cuidadosa, llevó cinco gotas de sangre a la mezcla. Un siseo suave y un humo de olor áspero comenzaron a rodar por los lados del caldero.

—Ha terminado —dijo Sirius quedamente.

Snape asintió.

—Ahora a probarlo.

—¿Probarlo? Estás de broma, ¿verdad?

—Lo que tú sabes de pociones, Black, podría escribirse en una tarjeta de visita. ¿De verdad crees que le daría una poción a Potter sin haberla probado primero? La poción defensora puede salir realmente mal en muchas partes de su preparación, ¿o se te ha pasado por alto que éste es un proceso delicado desde que comienza hasta que termina?

—En serio, idiota condescendiente, ¿cómo puedes probar una poción que está diseñada para ser efectiva en un solo individuo?

—Ah —Snape suspiró—. Quiero decir que se necesita probar los efectos adversos; si, como no lo dudo, se ha preparado de la manera correcta, no tendrá efecto alguno sobre mí. No me protegerá de un ataque y tampoco fortalecerá mis poderes mágicos, al igual que tampoco será la causa de que mi piel supure o desprenda hojas podridas.

—Eso prueba que hasta los fallos tienen su lado bueno.

Snape rió y puso un poco de la sustancia en el vaso, girándolo para dejarlo respirar, observándolo intensamente.

—Tal vez haya olvidado mencionar —murmuró—, que si esto tiene éxito tal vez experimentes un debilitamiento temporal de tus poderes mágicos. Usar la sangre como protector tiene ese efecto.

—Sí, por supuesto que lo olvidaste.

Con una suave sonrisa, Snape tragó la poción. Sirius miró, esperando esperanzado los signos de supuración.

—Bueno —al fin dijo—. Parece que lo hemos logrado, Sna...

Snape apretó la mesa, su cara convertida en una extraña mueca.

—¿Snape?

El hombre no contestó, su cara palideció.

—¿Qué pasa?

—Cretino —gruñó—. Maldito imbécil de mierda. ¿Qué has hecho?

—No sé, ¿qué quieres decir? ¿Qué he hecho?

Pero Snape no estaba escuchando. Sus nudillos se pusieron blancos, se tambaleó y comenzó a temblar.

—¿Snape? Ven, siéntate. Estoy seguro… estoy seguro que estás bien. ¿Quieres… que vaya a por Albus o…?

—Cállate —gimió Snape—. Sólo cállate y déjame pensar. No puedo, ah Dios, no puedo pensar. —Cogió su cabeza con las manos—. No, no, no debería tener este efecto. La piel de salamandra estaba en perfecto estado, no veo por qué…

Fue el turno de Sirius de palidecer.

—¿Salamandra? Podría jurar que dijiste... querías decir Varano del Nilo, ¿cierto?

Una de las rodillas de Snape flaqueó cuando agarró más fuerte la mesa.

—Tú… tú. —Las palabras parecían fallarle, y barboteó sin poder hacer algo—. Eres increíble, ¿cómo se puede ser tan estúpido?

—Eh, la parte de la espuma en la boca se cuenta como efecto secundario, ¿cierto? ¿O es un estado de normalidad en ti?

—Matarte. Te... voy... a... matar. —Snape empezó a dirigirse hacia Sirius, pero paró y cayó sobre sus rodillas.

—Snape. ¿Qué pasa? ¿Debería llamar a Pomfrey? ¿Trato de llevarte a la enfermería?

Snape negó y tomó aliento lentamente. Pero se detuvo, obviamente tratando de controlar su respiración, que había comenzado a acelerarse. Una gota de sudor trazó un camino por un lado de la nariz, pareciendo, según Sirius, como nieve derretida bajando por el Cervino (1).

—¿Es posible? —murmuró Snape, con los dientes apretados—. ¿Que incluso un ignorante como tú no conozca el efecto de la piel de Varano, unida con haemodorácea y niphredil (2)?

Sirius asintió lentamente.

—No sé… —Y su expresión cambió a otra de seriedad—. Oh, oh, mierda.

Snape emitió una risa amarga ante eso. Sirius tragó saliva.

—Está bien, Snape. Dime qué hay que hacer.

Snape se secó el sudor de la frente.

—Esta es sólo la reacción preliminar. Debería durar unos dos o tres minutos. —Miró fervientemente alrededor, a la pared, a los cajones, a sus armarios.

—Allí —dijo, señalando el candelabro al final de un armario—. Hechiza el metal. Debe de ser lo suficientemente fuerte, transfigúralo.

—¿Transfigurarlo en qué?

—¿En qué crees tú? —Señalo levemente hacia la pared—. Esto es, era, una mazmorra. ¿Qué piensas de esas manchas de sangre en la pared de allá?

Sirius sintió cómo un comentario irónico sobre las inclinaciones torcidas de Snape acudía a sus labios, y se lo tragó. Considerando las circunstancias, algo así podría costarle la vida. Con un movimiento de su varita, el caldero se transfiguró suavemente en unos pesados grilletes.

—Snape. ¿Estás seguro de que esto es absolutamente necesario? Quiero decir…

—Black. —Snape alzó la cabeza, y una mirada a la cara pálida y salvaje lo convenció—. En cinco minutos —dijo—, no habrá escudos en el castillo que se sostengan si puedo poner mis dedos en una varita. Por el amor de Merlín, Black, hay niños en el castillo… —Bajó la cabeza y comenzó a moverla.

Sirius sintió su pecho encogiéndose. Rápidamente puso los grilletes en las muñecas de Snape.

—¿Dónde…?

—Cerca de la chimenea. Hay un aro viejo, debería aguantar. —Se las arregló para levantarse y se acercó al lugar. Colapsó contra la pared, sus extremidades temblaron, su cara pareció brillar por el sudor, y se deslizó hasta el suelo—. Ahora muévete, Black.

Sirius cerró el otro extremo de los grilletes en torno al aro de la pared y tiró de ellos, y si Snape estaba en lo correcto, lo retendrían. Trató de no pensar en lo que iba a pasar, en lo que estaba pasando. Miró a Snape, tenía los ojos cerrados, su pánico desvanecido ahora que estaba atado, aparentemente.

—Coge mi varita, idiota —murmuró.

—Ah, cierto.

Puso la varita en la biblioteca de la pared opuesta y recorrió su dedo a través de los lomos de los libros, reflexionando. Aquí. Cualquier texto un poco avanzado contendría algo respecto del problema particular de Snape, de eso no había duda. Sacó un tomo grueso de la biblioteca y lo llevó a la mesa, y se puso a buscar rápidamente. Durante varios minutos leyó en silencio, pasando las hojas, sopesando. A su espalda todo estaba en silencio, pero se escuchaba la respiración acelerada de Snape y sus gemidos ocasionales.

—Black. —La voz de Snape era carrasposa y baja—. Sal de aquí.

Cerró el libro con un sonido seco, y lo tiró.

—No es muy buena idea, y tú lo sabes.

—¡He dicho que salgas! —El grito de Snape sonó áspero—. Sal, maldito…

—Ah, cállate, Snape. No estoy haciendo esto por ti. Dejarte sin vigilancia sería una idea monumentalmente estúpida. A menos que prefieras que traiga a Pomfrey.

Snape se calló, bajando la cabeza. Sirius sacó otro libro y comenzó a estudiarlo. Miró cuando escuchó el sonido de cadenas.

—Libérame.

—Sí, por supuesto.

—Libérame, ¡maldita sea!

Sirius cerró el libro y se volvió para mirar a Snape.

—Debes saber que eso nunca pasará.

Snape agarró las cadenas y comenzó a tirar de ellas.

—Libérame, por favor. No… por favor. Sólo… ah. —Cerró los ojos y arqueó la espalda, poniendo una mueca de dolor, elevando las caderas. Así pues, este es el aspecto que tiene, pensó Sirius. Snape en agonía sexual. Se dio cuenta, para su sorpresa, que no le producía el más mínimo deseo de reír.

—Mira —dijo, con la garganta seca—. Mira, no sería más… fácil si vigilara las puertas… ¿y te dejara ocuparte de eso?

La mirada de Snape estaba perdida, sus labios abiertos, su respiración entrecortada.

—¿Snape? ¿Puedes oírme, Snape?

Los ojos de Snape lo enfocaron de nuevo.

—Sí, te oigo, ¡ahora libérame!

Claro, pensó Sirius. Sin pensar objetivamente. Por un instante se preguntó qué haría Snape si lo desencadenaba. Por lo que acababa de leer, Snape estaría completamente fuera de control. Probablemente lo destriparía primero, luego se encaminaría al corredor buscando a alguien, a cualquiera; para… Dios. No soportaba el pensamiento. En medio del semestre, siete de la noche, los estudiantes estarían por todos lados. Snape podría… Merlín. ¿Cuáles eran sus gustos? Había sospechado saberlo, hacía mucho tiempo. ¿Importaría acaso en este momento, o daría igual cuál fuese el cuerpo disponible para usar, abusar y descartar una vez finalizado el trabajo?

Snape estaba gimiendo suavemente, su cabeza yendo de atrás a adelante, su cabello alrededor de su cara. Sus manos se enrollaron en las cadenas, sus pies se arquearon en el suelo. No, Sirius no tenía deseos de reír. Esconderse, cambiar la dirección de su mirada, meter algodón en sus oídos. Si era horrible verlo así, peor escucharlo. Y Snape tendría que soportar esto durante horas antes de que terminara. Tal vez toda la noche. ¿Tendría un ataque cardiaco? ¿Se desmayaría?

Si las puertas estuviesen cuidadosamente hechizadas, debería poder quitarle las esposas. Con las manos libres, Snape al menos podría… bueno, no sería este tipo de agonía, al menos, aunque no acortara la experiencia. Pero ¿podría cualquier protección detener a Snape, que gozaba probablemente de todas sus facultades mentales y estaba poseído por una increíble fuerza incrementada por la adrenalina? Podría usar la varita de Snape, pero tendría que seguir sujetando la suya, y no podía garantizar que nada menos que una petrificación total detuviera a Snape. Así que estaría de vuelta donde estaba ahora, incapaz… de cuidar de sus asuntos.

Está bien, pensó Sirius. Alarga las cadenas, para que pueda… alcanzar. Cerró los ojos. Increíble, pensó. Estoy de pie aquí pensando en ayudar a Snivellus a masturbarse. No, se corrigió. Estoy de pie aquí pensando cómo salir y creerme que no es mi responsabilidad.

—Mierda —murmuró. Cualquier parte del cuerpo de Varano es peligroso, un ingrediente inestable, para empezar. Pero la piel especialmente… y en combinación con haemodorácea y niphredil, dos sustancias que unidas dan lugar a un poderoso afrodisiaco… bueno, Snape debía estar agonizando.

Se encontró arrodillándose frente a Snape, buscando sus ojos.

—Snape, ¿puedes escucharme?

Un suave gruñido.

—¿Por qué sigues insistiendo en pensar que mi capacidad de escucha se ha visto afectada de alguna manera?

—Snape, déjame ayudarte.

Las manos blancas se apretaron alrededor de las cadenas, de nuevo.

—Sal, Black.

—No, Snape, por lo que he leído… podrías ser un verdadero peligro. No hay manera segura que pueda idear para liberarte. Tienes que dejarme ayudarte.

—Ve... te.

Sirius lo examinó. Llevaba no mucho más que hora y media en ese estado y Snape estaba hecho una ruina. Dejó de luchar, y sus ojos se deslizaron hasta la entrepierna de Snape, y tragó. Sí, eso era. Eso era lo que se debía hacer.

—Escucha, Snape —dijo, a pesar de su garganta seca—. Al menos puedo hacerlo más cómodo. Déjame desabotonar tu… —Dios, que el suelo se abra y me trague, déjame morir ahora y que la tierra se vaya contra el sol—, al menos no tendrás tanto… dolor.

—No, no puedes. No... no, mantente alejado, aléjate de mí…

Era como un animal salvaje, enloquecido por el dolor y el miedo. Sirius hizo pequeños ruidos tranquilizadores, de los mismos que hacía a Buckbeack, y con cuidado desabotonó el primer botón de los pantalones del hombre. No era tan difícil hacerlo, las ropas de Snape estaban pidiendo ser abiertas, y ya estaban desordenadas por su lucha.

Un botón, dos botones, tres. Oh, Dios. Debajo de su mano había algo que parecía un tubo de metal, y el calor que salía de él, de eso, lo que fuese, era increíble. ¿Cómo podía soportarlo? Dudando, llevó su mano al cuarto botón, tratando de ignorar los gemidos de Snape, tratando de no reconocer que el otro hombre estaba empujando involuntariamente contra su mano, que la sensación de su mano tendría que… dónde, Dios, ¿dónde estaba el quinto botón, como podría…?

—Por favor… —Snape se arqueó, temblando, incapaz de parar su empuje contra la mano de Sirius. Joder, joder, joder—. Por favor, por favor…

—Aguanta —murmuró—, aguanta. —Y entonces supo que había atravesado el espejo y aquello era otro mundo, porque a pesar de sí mismo estaba empujando en contra, dándole a Snape la fricción que deseaba, dejando su mano curvarse en la forma del hierro que lo quemaba incluso a través de capas de algodón.

—Ah, ah, ah… por favor… —Los labios hinchados de Snape sólo podían decir eso.

—Shhh, todo está bien. Sólo déjame… déjame. —Y sin más advertencia, su propio pene comenzó a avivarse con compasión, sintió su sangre hervir y supo, sin lugar a dudas, que se estaba excitando por tocar a Snape, por mirarlo, por saber que estaba a punto de correrse en su mano. Y sobre todo porque probablemente gritaría al hacerlo. Abrió más sus labios en busca de aire.

Retiró las capas de lino y la ropa a un lado, liberando la polla de Snape, y vio como el hombre lanzó su garganta hacia atrás y gimió por el placer de la liberación, el final de la constricción. Se preguntó si Snape se correría sólo por eso. Y antes de que pudiese pensar o volver a sus cabales, supo lo que quería. Llevó su boca, sin nada de gracia, a la erección frente a él. Y chupó.

—¡Ahhh! —Todo el cuerpo de Snape se levantó de la pared y empujó contra la boca de Sirius. Sin ritmo, sin tiempo para lamer, limpiar y recorrer. Sólo el flujo de líquido caliente del semen de Snape viajando por su boca mientras el hombre se arqueaba y se sacudía con fuerza: una vez, dos veces, tres veces, cuatro, en su boca ansiosa, tanto que no podía tragarlo todo, pero tragó algo. Aunque en realidad la mayoría del líquido se escurría de forma poco elegante por su barbilla, su pecho y hasta los pliegues de su ropa. Y pensó que su propio pene podría morir por eso, por la repentina necesidad de cubrir el cuerpo de Snape con su propio semen.

Estaba liberándose antes de saber lo que estaba haciendo.

—¿Snape? ¿Snape, estás bien?

Snape se alejó tanto como las cadenas y su propio equilibrio le permitieron, sin levantar su cabeza de la cortina de cabello que la oscurecía, temblando. Temblando incontrolablemente, con agonía, de atrás hacia delante, y Sirius pensó, no. No, por favor, por favor, que no esté llorando de vergüenza. Cualquier cosa menos eso.

—Severus, Severus, oye, está bien.

El hombre levantó la cabeza, y Sirius vio una sonrisa aparecer en sus labios, una sonrisa maníaca en su cara.

—¡Bastardo! Me tenías preocupado, maldito…

No había prestado atención a la distancia a la que estaba, o la fuerza que crecía en las manos de Snape. Antes de que lo supiera, el hombre lo había agarrado por los antebrazos y estaba presionándose contra él, llevando Oh... Dios... su... todavía... duro pene contra su entrepierna, su polla, su propia erección desnuda, acercándose a Sirius para respirar aire caliente en su oreja.

—¿Crees que puedes mantener esa cosa lo suficientemente dura como para follar, Black?

Sirius gruñó, la risa burlona de Snape en sus oídos mientras empezaba a quitarse sus propias ropas y después seguía con las de Snape. Su polla, con una gran punta de color morado, estaba palpitante, la erección no había disminuido en lo más mínimo, pegajosa por saliva, semen y líquido preseminal. Y Sirius tuvo la urgencia repentina de montar y cabalgar al otro hombre hasta que amaneciera, hasta que sus huesos se desarticularan y sólo saliese sangre al llegar a un orgasmo.

—No. Así. —Y montó a Snape, dejando que ese hermoso pene tocara su entrada, rozándola. Al darse cuenta de la falta de iris en los ojos de Snape, rápidamente untó sus dedos con el semen que había en su pecho y los llevó a su propia entrada. Cerró los ojos y siseó cuando entró, escuchando a Snape a tomar aliento.

—Muévete, por favor, por favor, por Dios, muévete. —Snape estaba gimiendo.

—Joder —respiró Sirius, cuando cambió de dos dedos a tres. Se movió hacia atrás y guardó el equilibrio con su mano en el pecho de Snape. Acabada su paciencia, se movió con premura y posicionó el pene del otro en su propia entrada; Snape se movió contra él.

—No te atrevas. A mi ritmo, Snape. —Y se movió poco a poco, centímetro a centímetro, con cuidado, empalándose en el órgano pegajoso y resbaladizo; sintiendo sus entrañas moverse y acomodarse. Su oh, oh, justo ahí, Dios.

Snape estaba enrollando sus manos alrededor de las cadenas para darse tracción, llevándolo un poco hacia arriba y luego hacia abajo, empalándolo y hacia atrás, y Sirius lo recibió tanto como pudo pero el otro era demasiado fuerte. Su propia hambre era demasiada y se relajó, deslizándose hasta que sus pelotas descansaron en el estomago de Snape, hasta que oh, oh, oh.

—Joder —era todo lo que pudo pensar, de nuevo, y Snape estaba lo más lejos posible de una contestación, más allá de cualquier cosa que no fuese embestir, su mandíbula apretada, cada respiración un gruñido.

—Libé... rame —se las arreglo para decir—, por favor —añadió, y de repente le pareció a Sirius un argumento sin respuesta, y una idea maravillosa. Y se movió, cogiendo su varita del montón de ropa, a pesar de la polla de Snape dentro de él.

Libero —gimió, y todas las cadenas cayeron, y antes de escuchar el sonido del metal cayendo, le hicieron exhalar todo el aire. Snape se había empotrado contra él y lo dirigía, sin salir de su cuerpo. Si antes había creído que los ojos de Snape eran salvajes, ahora una parte de él tuvo la sensatez de asustarse. Mierda, las puertas, pensó. Debería haber hechizado las puertas. Su varita había rodado a algún lado, y si Snape quisiera usarla, sólo tendría que cogerla. Y si… ah, hostia puta.

Snape se levantó y cambio de ángulo sus arremetidas, y era ahí, ahí, ahí por favor, por favor. Y tenía la sensación de estar diciéndolo en voz alta pero no le importaba, no importaba, lo único que importaba era esta follada gloriosa; la primera follada que había tenido en Dios sabía cuántos años, pero el cuerpo no olvida, nunca olvida. Snape estaba alzando sus piernas ahora, entrando más profundo, si era posible.

—Oh, ah Dios, Snape…

Las arremetidas de Snape se estaban volviendo maníacas, desordenadas, y no había más que el golpe de testículos en su carne y sus dedos dejándole marcas, su pene rompiéndolo, de eso no había duda. Ninguna.

—No. Lo que has dicho antes, cómo me has llamado, antes, mi nombre.

Y Sirius sintió la primera ola llegar, explotando por todo su cuerpo.

—Severus, Severus, Severus —chilló, y escuchó el lamento del otro. Y sintió, oh Dios, sí que lo sintió, un flujo de algo húmedo y caliente, tan caliente y tan húmedo. Demasiado, demasiado, joder, joder, joder Severus, no es suficiente, no es suficiente, más, más. Ah, ah Dios, estaba llegando, derramándose, manchando, y gastándose hasta que no hubo nada de él a excepción de la mano que se estremecía en el pecho de Snape y su semen cayendo.

Nada excepto el deslizarse suavemente fuera de la conciencia y la sensación de piedra fría contra su espalda. Dolor en diferentes lugares. Y conocimiento de algo más, también. La polla de Snape no había abandonado su cuerpo, aunque su cabeza sudada estaba presionada contra el esternón de Sirius, y luchaba por respirar tanto como el hombre sin huesos debajo de él. Ésa era otra, respirar. Snape era pesado.

—Umph —lo intentó.

Snape alzó la cabeza.

—Cama —dijo.

Demonios, pensó. Me va a matar. Tragó y asintió. Tuvo el pensamiento salvaje de que no necesitarían más lubricante, no con la forma en que se corría Snape. Tendrían suerte de no deslizarse y no romperse el cuello.

De algún modo, Snape lo estaba llevando a la cama. Pensó en abrir la boca y protestar, pero nunca se abrieron sus labios, todavía con el pene del otro en él, esa presencia que no lo dejaba, esa cosa deliciosa que lo llenaba y le permitía sobrevivir sobre las ruinas de sus propios huesos.

 


***

 

—Ah —el aliento de Snape era caliente en su oreja, el pecho de Snape se deslizaba contra su espalda—. Así… bien.

—Ungh —dijo Sirius.

—¿No está bien?

—Bien.

—¿Sí?

—Oh… oh sí. Severus, maldito… bastardo, sí.

—Levántate un poco.

—No puedo… no, no, no. Oh Dios.

—Sirius, tengo que… tengo… puedes… correrte otra vez…

—No, no… no puedo, no hay forma de que pueda… otra vez, demasiado… ah, ah, ¡ah!, ¡ahhhhh!

 


***

—Gírate.

Snape se quejó.

—Separa más las piernas. Vamos, confía en mí, te sentirás feliz de haberlo hecho.

La voz de Snape sonaba ahogada por una almohada.

—Voy a necesitar algo más que eso.

—Sólo cállate durante un minuto, ¿sí? Además, necesito que folles algo que no sea yo al menos en cinco minutos, o mis extremidades se separarán. Ahora calla y confía en mí. —Bajó la boca.

—Ah, ah, bendito… oh, ¿qué estás haciendo?

No hubo respuesta. Cuando la lengua de Black se deslizó dentro de él, sus músculos se congelaron y se corrió rápidamente en la almohada acomodada debajo de su entrepierna, pero no dijo nada durante un minuto entero en caso de que la gloriosa sensación de la boca de Sirius Black en su trasero se detuviera.

 


***

 

—Lento. Más lento.

—No puedo. No puedo Dios no…

—Vale, sólo… ah. Vale.

—Tengo que… tengo que… oh, joder.

—Aw, estás…

—Ahhhh…

—¡Suéltame el pelo!

 


***

 

Contra la pared esta vez, Sirius encarándola y buscando apoyo en la biblioteca.

—Espera. —El brazo de Snape se estiró y lanzó todos los libros al suelo.

Sirius miró los libros caídos y comenzó a reír, sintió al otro hombre reír contra su cuello. La risa se convirtió en pequeños besos y lamidas en su garganta, y ahí, justo ahí. Se arqueó y gimió.

Snape rompió los besos y estiró su brazo de nuevo, lanzando otros libros de un estante más bajo al suelo.

—¿Qué…?

—No quiero manchar mis libros.

Volvieron a reír y Snape se movió levemente. Sirius no podía reír más, estaba llorando, falto de palabras.

—Sirius, Sirius, córrete conmigo... necesito que...

—Está bien, sí, sí...

—Ah, por favor… joder, demasiado bien, no puedo…, ¡no…, no puedo parar! ¡Oh! ¡Oooh!

 


***

 

Nunca estuvo seguro, en toda la noche, de si la polla de Snape de verdad lo había abandonado, porque incluso cuando su boca estuvo alrededor del pene del otro hombre, y debería ser imposible, se sintió tan caliente, tan resbaloso, tan lleno y follado que cuando Snape se deslizó de nuevo a su lugar correspondiente y lo tumbó a los pies de la cama, no era posible decir dónde comenzaba el uno y dónde terminaba el otro. Eran garras y hambre, y hasta la mañana las manos de Snape estuvieron enredadas contra su cabello, con suavidad esta vez, acariciando el cráneo, llevando su cabeza hacia atrás y penetrándolo lentamente, tan lentamente. Y una frente descansaba contra la otra, nariz contra nariz, labios contra labios, parecía algo tan natural, imparable. Y la lengua de Snape llegó a su boca, y estaba abriéndola, y su lengua en la boca del otro, y sintió la maravilla de la primera vez que su lengua entró en la boca del otro; Snape se movió y alcanzó un orgasmo, de la forma más caliente, en él. Cogió la polla de Sirius, que se derramó y los mojó, mojándolos más que la lengua de Snape, que había salido de su boca y se deslizó por sus mejillas y párpados, lamiendo lo que sólo él podía saborear.

 


***

 

La luz solar eran cuchillos en su cráneo. Sus labios se abrieron y gruñó. Tentativamente, se sentó, preguntándose cómo algunos músculos que parecía no tener el día anterior estaban gritando en protesta. A su lado, en la cama, estaba… por los testículos de Merlín. El jodido Sirius Black. Ah, demonios.

Con la coordinación de una jirafa recién nacida salió de la cama, y dando tumbos llego al baño, donde vació su vejiga y luego su estómago en el inodoro.

Se enroscó y recostó contra la fría pared, sintiendo lo tonto que era en cada poro de su cuerpo. Cerró los ojos y deseó una toalla caliente. Que comenzó a limpiarle suavemente cara y boca, y cuando abrió los ojos se encontró la cara de Sirius Black, arrodillado frente a él. La conciencia llenó sus venas con una ola cruel y fría; el recuerdo de la noche pasada, todo lo que había hecho y permitido hacer, todas aquellas cosas salvajes e innombrables. Y con este hombre.

Mojó sus labios, y encontró un vaso presionándolos, agua fresca. Tomó un trago y miró al frente, forzándose a encontrar los ojos de Black.

—¿Te sientes mal?

Black se lo pensó.

—Ésta no es la reacción que esperaba por tu parte, así que sí, supongo que un poquito.

—Cretino, quiero decir...

—Sí, sé lo que querías decir, imbécil. Y no, por supuesto que no. Estoy bien, ¿acaso me escuchaste quejarme anoche?

Snape parpadeó y frunció el ceño.

—No estoy seguro de que pudiera haberlo hecho, incluso si lo hubieses intentado.

—Pero no lo hice.

Snape pasó una mano por su cara.

—No estoy… quiero decir, no estoy seguro… yo…

—Espera. —Black puso el vaso en el borde del lavabo y tomó asiento en el inodoro; marcas oscuras de pasión adornaban su cuello, pecho y… santo Dios. La marca de dedos en su cintura y caderas, con el color amarillo de los cardenales. Snape entrecerró los ojos.

—Sí que te hice daño —murmuró.

Black parpadeó y miró sus piernas. Levantó los hombros.

—Me gané algo de eso por lo que te hice pasar, supongo.

—Eso… fue un accidente —miró al otro hombre—, ¿cierto?

—No seas idiota, quería que la poción funcionara tanto como tú. Más, probablemente. De todos modos, un poco de absolución mutua resulta apropiada ahora —bostezó—. Estoy hambriento, ¿no tienes comida aquí? ¿O no debería mencionar la comida todavía?

Snape se levantó. Desnudo, pensó, estoy desnudo frente a Sirius Black y eso que le ha lanzado a mi cuerpo ha sido una mirada apreciativa, y me lo follé hasta dejarlo sin sentido anoche y gritó mi nombre mientras se corría, y me hizo una mamada, y enredó esas piernas alrededor de mi cuello mientras yo…

—Severus, ¿estás bien?

Movió su cabeza en un intento por despejarla.

—Creo… que tal vez deba regresar a la cama. Y no me llames así. —Se detuvo en la puerta de la habitación. Madre de Dios. No sólo las sábanas estaban esparcidas por todo el cuarto, sino que toda la habitación estaba esparcida por todas partes. Los libros no estaban en la biblioteca, ¿los libros? ¿Por qué? Ah, sí. Los muebles no estaban en su lugar, la alfombra estaba arrojada sobre… ¿Qué demonios había pasado ahí? Agarró fuertemente el marco de la puerta.

Black le habló en la oreja.

—Qué buena escena, ¿no? —Su voz tenía sólo un poco de diversión, y Snape sintió una ola de odio renovado por el hombre, confortándolo.

—Sal, Black —dijo, secamente. Llegó a la cama y se deslizó en ella, o lo que quedaba de ella. Rodó y trató de encontrar un pedazo seco. Todo estaba pegajoso, y había... joder, no. Se sentó. Sangre. Había sangre en las sábanas. Mierda.

—Black —dijo. No hubo respuesta del hombre que estaba recogiendo sus cosas en la otra habitación—. Black —dijo de nuevo, luchando por levantarse. Cruzó su mente el pensamiento de que debería hacer algunas anotaciones de las reacciones que había tenido. Como aquel botánico que había comido hongos venenosos y había escrito cuidadosamente, con detalle, la agonía de su muerte. Que había sido de seguro algo más fácil que esto.

—Black, espera.

La cara de Black era indescifrable. Tenía las ropas en un montón en su mano, estaba buscando entre ellas.

—No encuentro mi varita —murmuró.

—Black.

—¿Qué?

—Mis… disculpas por haberte lastimado.

Parpadeó, una, dos, tres veces seguidas. Como lo había hecho en el baño. ¿Qué significa cuando hace eso? Se preguntó Snape, ¿y por qué habría de importarme?

—No necesito tus disculpas.

—Hay... he visto sangre en las sabanas.

Sirius se removió.

—Anoche me follaste durante ocho horas seguidas, ¿tú qué crees? Ah —dijo con satisfacción, agachándose y sacando su varita de donde había rodado, debajo de una librería—. Podría haberla pisado. Escucha, asumo que tendremos que comenzar de nuevo esta noche, ¿cierto? Así que vendré a las seis. —Estaba poniéndose los pantalones mientras hablaba.

Snape parpadeó. Ah, pensó, así que esto es lo que significa.

—No —dijo—. No, creo… tal vez debemos comenzar ahora mismo. Creo que tal vez… deberías quedarte.

Black lo miró. Sus ojos grises eran una balanza, que lo medía y pesaba. Sintió el resultado variar y ajustarse. No lo suficiente. Se levantó y trató de alzar el brazo, que parecía de repente muy pesado. Black miró los avances hacia su cara, en un vano intento de caricia, antes de dejarlo caer.

—Quédate.

Asintió lentamente, los ojos fijos en el brazo. Miró de nuevo a Snape.

—No has llegado a decirme si tienes comida.

 


***


—Mhmm.

—Sí —gimió Sirius contra su cuello.

—No me puedo mover más.

—Está bien. No tienes que hacerlo.

—Ah… ah… más lento, ¿vale?

Sirius gruñó en la oreja de Snape.

—Debes de estar bromeando. Después de todo lo que me hiciste hacer… he estado esperando toda la... noche.

—No, está bien. Sólo... que... nunca... he hecho esto realmen...

Sirius se quedó quieto en medio de una embestida.

—¿Qué has dicho?

Snape repitió las palabras en su cabeza. Ah.

Sirius bajó la suya y descansó su frente en Snape.

—Mierda —respiró—. Severus, no me lo habías dicho. No lo habría... joder —tragó—, está bien. Sólo… aguanta durante un momento. —Cerró los ojos y luchó por retomar el control—. Está bien, elévate un poco.

—Así es incómodo.

—Lo agradecerás. —Levantó las piernas de Snape y las descansó sobre sus hombros—. Allá vamos. —Se movió un poco, intentando un nuevo ángulo, observando la cara de Snape. Lentamente, aumentó el ritmo, de forma más gradual, con cuidado. De repente, Snape abrió los ojos y gimió.

—¿Ahí?

—Ah. Ah, Dios. Tú... ahí... —Las manos de Snape convulsionaron contra las sabanas.

—¿Ves? —Murmuró Sirius—. Eso es lo que lo hace tan bueno, tan jodidamente bueno.

El cuello de Snape se estiró, sus ojos abiertos de asombro.

—Mantén los ojos abiertos, Snape. Déjame observarte, déjame verte llegar, sí. Eso es, oh sí… —Su control se perdió—. Severus, no puedo. —Cerró una mano torpe alrededor de la polla del otro y la movió.

—Ah, ah. —El orgasmo encogió la columna de Snape, y lo hizo llegar a unos brazos listos para él, la boca que hablaba contra su oreja, prolongando su orgasmo.

—Tan caliente, eres tan sensual, córrete para mí, córrete en mí, eso es, eso es, sí...

 


***

 

Se quedaron tendidos y enredados en el borde la cama. Sirius levantó la cabeza y lo miró, luego una mano temblorosa quitó un mechón de cabello sobre la cara sudada de Snape.

—¿Estás bien?

Snape asintió, con los ojos cerrados.

—¿Severus? —Esperó la respuesta que no llegó. Lamió sus labios—. ¿Qué más no has hecho?

Snape giró su cabeza y encontró los ojos del otro.

—No mucho.

—¿Con nadie? ¿O con otro hombre?

—Tengo conocimiento previo… de lo otro. Aunque de ningún modo de... —Movió una mano perezosa entre ambos y la dejo caer—. De esto.

Sirius alzó las cejas sorprendido.

—¿En serio?

—¿Sorprendente?

—Bueno… considerando lo de anoche, sí. —Sirius se apoyó en un hombro—. Entonces esto es más una aberración que cualquier otra cosa.

—Black, todo lo concerniente a esto es una aberración.

—Cierto.

Snape gruñó y se movió al otro lado de la cama, agachándose. Reapareció con una pequeña bolsa de ciruelas.

—Ten, tu estomago me está molestando.

—Gracias. —Sirius mordió una especialmente jugosa. El jugo se deslizó por su barbilla y mejillas. Lo ignoró. Snape observó el camino del jugo.

—Entonces.

—Entonces.

Sirius sorbió la fruta.

—Tengo que irme en un rato, debo reunirme con Remus.

—Ya.

Tiró el corazón de la fruta sobre su espalada y se recostó.

—Sí.

—Ah.

—Ah, efectivamente. Oh, perdona, me he metido en tu territorio ahí. Eres tú el experto en eso de repetir lo que acabo de decir y agregar ‘efectivamente’.

Snape no replicó.

—Necesitas un baño.

Sirius rió.

—Necesito más que eso.

Snape alcanzó su varita, situada a un lado de la cama y recordó que no estaba ahí.

—Puedo hechizar la mayoría de las peores marcas para que desaparezcan.

—No, déjalas.

Los ojos de Snape atraparon los de Sirius.

—Black, si alguien ve eso no habrá duda de…

Subió los hombros.

—Sí, lo sé. —se acercó más y presionó su cuerpo contra el del otro hombre. Snape gruñó.

—Oh, Black. Por todos los cielos, no hay posibilidad de que tú…

—Shhh. —Sirius se acercó y detuvo su boca a pocos centímetros de la de Snape. Lamió sus labios—. ¿Qué tal esto? ¿Lo has hecho antes?

—No, al menos no hasta anoche.

—Toca entrenarse, entonces.

Snape giró la cabeza abruptamente lejos del otro y estudió el marco de la puerta.

—Vamos, Snape. No seas estúpido.

—Black, no puedo hacer esto.

Sirius no se movió.

—¿Qué es esto?

—¿Ahora quién es el estúpido?

—Severus. —Se acercó y movió su nariz contra la oreja del otro hombre—. Creo que te sorprenderías de lo que puedes hacer.

—Black. Una noche follando no nos convierte en nada.

Sirius se alejó y parpadeó.

—Me pediste que me quedara. ¿O era…? —Parpadeó—. Ah. Te sentías culpable, ¿no? Bueno, pues que te follen, Snape. Puedo vivir sin una follada por lástima. —Salió de la cama y tuvo toda su ropa de vuelta en sus manos en pocos segundos. Snape se sentó.

—¿Follada por lástima? ¿De todas las ridiculeces de este mundo, tenias que ir a por esa, sólo porque he dicho...?

—Cállate, Snape. —Sirius le estaba dando la espalda, agachado, tratando de ponerse sus pantalones—. Cállate, no sé qué demonios estaba pensando, pensando que tú... no importa. Olvídalo. —Se puso la camiseta—. Debería haber sabido que no podrías ser más que el bastardo rastrero que siempre has sido.

—Y yo debería haber sabido que nunca tendrías la decencia de permanecer muerto. —Sintió alguna satisfacción vacía al ver la cara de Sirius contorsionarse en una mueca.

—Bueno, al menos —siseó en contestación—, me las arreglo para hacer mi trabajo bien cuando lo hago. Lo siento, estúpido, porque lo más penoso es que ni siquiera pudiste suicidarte en condiciones. —Y con una mirada descarada hacia el antebrazo derecho de Snape y la larga cicatriz blanca que lo marcaba, cogió sus zapatos y echó a andar.

Snape clavó los dedos en el colchón y luchó por respirar. Parte de la reacción a la poción, esto debe ser parte de la reacción a la poción, pensó. ¿Por qué otra cosa iba a tener ese dolor terrible en el pecho? ¿Por qué otra cosa se le iba a hacer tan difícil respirar, de repente?

—Te veo esta noche, imbécil —escuchó la voz de Black desde la oficina, lo escuchó patear las cadenas tiradas en el suelo que encontró en su camino.

Atontado, Snape se tambaleó yendo hacia el cuarto de baño y cayó en el lavabo, preguntándose si enfermaría de nuevo, o si valía la pena comer algo. No podía soportar el pensamiento de las ciruelas. Se miró en el espejo y frunció el ceño.

—Imbécil —murmuró. Vio la toalla doblada en el borde del lavabo, y sucumbiendo a un impulso hizo una pelota con ella y la arrojó al otro lado de la habitación, donde pegó contra la pared y se deslizó por la ducha con un golpe seco.

La puerta de la oficina sonó, luego la puerta del baño y, con pánico, cogió la tolla para cubrirse.

—Ha estado fatal que dijera eso. —La cara de Black estaba blanca y tensa. Snape abrió la boca para protestar, para responder, para defenderse, pero quedó atrapado por las palabras que salieron a continuación—: Lo siento.

Snape frunció el ceño.

—Lo siento —dijo de nuevo Black—, eso ha sido… lo siento.

Snape encontró alguna manera de asentir. ¿Podía ser tan simple? Examinó los azulejos. De vuelta a donde habían comenzado.

—Sugiero que lo intentemos de nuevo —dijo suavemente.

 


***

 

—Un poco menos de dientes —se las arreglo para decir—. Oh, sí. Así. Justo así. Sí —jadeó, dejando caer su cabeza, y sus dedos relajarse en el cabello de Snape—. Eso es… oh —Snape era muy habilidoso, tan sensual, de rodillas en el suelo, frente a él. Se relajó ante la extravagante humedad de la boca de Snape y la presión torpe de su lengua. Sintió su exhausto cuerpo encenderse irremediablemente.

—Eso es... tan bueno, Severus. Pero para, creo que no puedo dar más hoy...

Snape alzó su cabeza. Sus ojos convertidos en charcos.

—No quiero parar.

Algo se disparó desde su columna hasta sus pelotas por esas palabras.

—Está bien —dijo—. No pares, sigue chupándomela.

Se dejó caer contra la cama y se arqueó de nuevo cuando Snape cerró su boca alrededor de él. Joder, sí. Gimió cuando Snape se movió un poco y comenzó a jugar con sus testículos cuidadosamente. ¿Así era como se lo hacia él mismo? Oh, Dios. Pensó en Snape tocándose, corriéndose silenciosamente, aquí en su cama, llevándose a la cúspide frenéticamente, con los ojos cerrados, dientes apretados. Oh, joder.

—Joder, sí —dijo en voz alta, y se arqueó de nuevo, y se corrió sobre la lengua de Snape cuando éste la presionó contra él, espasmódicamente, sus nervios activándose desordenadamente, sus extremidades retorciéndose cuando esos dedos se clavaron en sus muslos, chupando, chupándolo, tragando. Y podía sentir la polla desnuda del otro contra su pierna, Snape arremetiendo contra ella casi en agonía, gimiendo suavemente alrededor de su pene, y luchó contra el embotamiento de su cabeza para enderezarse. Estiró una mano.

—No… no, déjame. Está bien, córrete sobre mí, encima de mí…

Los ojos de Snape se cerraron y su boca se abrió. Una gota delgada de semen serpenteó por la esquina de su boca y por la línea de la mandíbula; Sirius la alcanzó rápidamente lamiéndola, saboreando sudor y semen. Sintiendo la rasposa barba del hombre.

—Ungghh —lloró Snape, y el resto de sus palabras fueron tragadas a la vez por la boca hambrienta de Sirius y su descarga, al mismo tiempo.

 


***

 

En la bañera, Sirius se movió y suspiro contento.

—Aquí, muévete.

—No puedo, tu pierna esta en medio.

—Ah, cállate y recuéstate.

Se quedaron un rato, disfrutando del calor, y Sirius movió la toalla ausentemente por el pecho del otro. Snape alcanzó una ciruela y la mordió; el jugo llegó hasta el agua.

—¿Te has comido la última?

—Mhm.

—Idiota.

—No debería ser un problema para ti, Black, ¿no eres tan aficionado a la transfiguración?

—Estás en lo cierto, podría hacer que tu varita diera frutos, si me apeteciera.

—Ah, todas las cosas que harías, Black, si tan sólo te apeteciera.

—Cállate, eso ha sido patético.

—Además, ya hiciste que mi varita diera frutos, dos veces. En la última hora, debo decir.

Sirius gruñó.

—Ése ha sido incluso peor.

—Llega a mi espalda, ya que estas ahí.

—Presuntuoso, ¿no? —Pero comenzó en medio de los hombros, la toalla moviéndose por el agua jabonosa caliente que llegaba hasta sus lánguidos brazos.

—Black.

—Hmm.

—No me has pedido que me disculpara. Por lo que dije.

La toalla se quedó quieta y después se movió de nuevo.

—Supongo que te debo más de ésas de las que tú me debes a mí.

Los ojos de Snape se abrieron contemplando el techo, dejando el silencio quedarse unos minutos entre ellos.

Sirius movió la toalla por el brazo, siguiéndola con su pulgar.

—Cuéntamelo —murmuró.

Snape cerró los ojos de nuevo.

—Después de Evan y Charles. Y… Regulus, traté de salir. Me parecía la única forma de hacerlo.

—¿Quién te encontró?

Snape se movió, incomodo.

—No tienes que decir más.

—Albus.

Sirius se quedó callado, moviendo la toalla de nuevo por el brazo del otro. Apretó sus piernas durante un instante, y descanso su frente en la parte de atrás del cuello de Severus.

—No pasó un día en Azkaban en que no pensara en matarme, desearlo. Había gente… no tenia forma de saber quiénes, pero podía escucharlos. En forma de Canuto, de todos modos. Trataron de matarse golpeando sus cabezas contra la pared. Podías sentir el eco en la piedra. Pensé en hacerlo.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Peter, la idea de matarlo.

—Mmm. —Snape movió la llave con su pie, haciendo el agua más caliente, hasta que casi salió por el borde de la bañera.

—Y otra cosa —continúo Sirius—. Tenía una ventana, pequeña. Podía ver una esquina del cementerio de Azkaban. La mayoría de la gente no duraba mucho, y sus familias no querían la vergüenza de sus cuerpos, así que cavaban un hoyo con frecuencia. —Tomó aire—. No quería eso. Quería un lugar… donde alguien pudiese visitarme, cuando supiesen la verdad.

Se deslizaron aún más en el agua caliente, dejando que los hiciera flotar. Snape cerró los ojos, relajándose en los brazos cruzados alrededor de su pecho. Durante unos minutos, sólo se escuchó el goteo del grifo. Snape abrió un ojo perezosamente, sus ojos se ampliaron al ver la hora en el pequeño reloj en la estantería.

—Mierda.

—¿Qué pasa?

—Mira la hora. Las cuatro menos cuarto, se supone que debo reunirme con Albus en quince minutos para darle una actualización de nuestro progreso. O la completa ausencia del mismo. Maldita sea. Dame esa toalla. —Se levantó torpemente, derramando el agua. Sirius lo miró asombrado.

—Ahora me has dejado sin agua. ¿Te molestaría si echara un poco más?

—¿Te molestaría si...? por todos los demonios, Black, no es como si pagara yo la factura del agua. Haz lo que quieras. —Se colgó la toalla alrededor de la cintura y salió hacia la habitación. Sirius escuchó cómo se vestía impacientemente, y unas cuantas maldiciones dichas en voz baja.

—¿Qué vas a decirle? —gritó desde el baño.

—La verdad, por supuesto. Naturalmente, trataré de enfatizar la parte donde tu estupidez entra en juego.

—Todavía con eso, ¿no?

Snape metió su cabeza en el baño, una sonrisa irónica jugando en sus labios.

—Espero que Albus quiera que comencemos lo más rápido posible.

—Entonces debería esperar aquí.

Snape recorrió los dedos por su cabello, tratando de peinarlo. Haciendo una mueca cuando la sonrisa llegó a ensancharse un poco.

—Sí —dijo quedamente—. Supongo que deberías hacerlo.

—Bien, eso haré entonces. —Se recostó en la bañera escuchando a Snape salir de nuevo y coger su túnica, cerrando la puerta detrás de él. Escuchó el ruido de una varita golpeando madera y supo que el otro estaba hechizando la puerta. Apuesto a que sí, pensó, y las esquinas de sus ojos se arrugaron con diversión ante el pensamiento de que lo encontraran desnudo en la bañera de Snape.

Se acostó y cerró los ojos, calculando cuánto tiempo estaría Snape encerrado con Albus. Media hora al menos. Eso debería ser suficiente para prepararse para esta noche. Rió. Sus conocimientos de pociones podían ser escritos en una tarjeta de visita. Subestimación, Sniv, pensó con una sonrisa cariñosa; ése ha sido siempre tu problema. Por supuesto, no había podido prever la potencia del efecto, no habría deseado eso para nadie, aunque uno no puede decidir la efectividad. Se deslizó aún más en la bañera y alejó los pequeños vestigios de culpa que lo molestaban mientras contemplaba el pequeño sabotaje que había hecho. Era por una buena causa. Además, Harry no necesitaría la poción hasta el final del semestre, cuando volviera de casa de los Dursley. Tenían tiempo suficiente, semanas y semanas.

Bostezó y, medio dormido, se pregunto si valdría la pena hacer algo con el desastre que constituían los aposentos de Snape. Finalmente cambió de idea y, en vez de eso, abrió la llave del agua caliente con un pie perezoso.

 

 

Fin

¡Coméntalo aquí!

 

 


(1) Cervino: Montaña que tiene apariencia de pirámide. Se encuentra en los Alpes, y en la historia hace referencia a su similitud con la nariz de Snivellus. Vuelve

(2) Niphredil: Flor blanca que crecía en el bosque de Neldoreth (Doriath) durante la Primera Edad y en Lothlórien en la Tercera Edad, cuando los miembros de la Comunidad del Anillo descansan como invitados de Celeborn y Galadriel. Vuelve