Intruders Slashzine - Portada - Índice - Capítulo 8 - Capítulo 10 - Ubicación original

 

EL GRAN LOBO MALO (II)

 

31 de octubre

Solían salir a dar un paseo por las tardes, pero hoy iban a la Madriguera, así que Harry salió con el lobo bien temprano. Las pociones y el experto cuidado que Narcisa proporcionaba a Plata habían mejorado inmensamente el estado de su cadera. Los paseos diarios se hicieron más largos, y hoy se adentraron en el parque. Después de inspeccionar cuidadosamente los árboles de hoja caduca y los arbustos dispersos, Plata estuvo listo para recuperar la pelota de tenis que le lanzaba Harry lo más lejos que podía. Harry no recordaba habérselo pasado tan bien de una forma tan sencilla en años. Reía con fuerza mientras Plata acechaba y perseguía las ardillas que buscaban bellotas, y hasta el momento sólo había tenido que intervenir una vez, cuando un pastor alemán se puso demasiado cariñoso.

La noche que Draco y él habían pasado juntos parecía casi un sueño ahora. Un sueño maravilloso, pero había despertado una parte de él que había conseguido cerrar desde el funeral de Dumbledore: quería una relación. Plata era un gran compañero, pero Harry quería más. Recordaba ese atisbo de una vida normal que había compartido con Ginny durante unas semanas, al final de su sexto curso. Habían sido semanas maravillosas. Harry sabía que vería a Ginny pronto. Era el único reencuentro que no esperaba ansiosamente. Sabía que sería tenso. Ella sabía que no iba a volver a su lado, como una vez prometió, pero siendo el gallina que era, nunca le había dado una explicación completa. Enfrentarse a Voldemort le parecía algo bastante más sencillo que discutir su situación con Ginny. Sabía que no estaba siendo justo, y que ella probablemente lo entendería, pero aun así temía el momento.

Ginny siempre sería su primer amor, pero como con la mayoría de primeros amores, la vida intervenía, la situación cambiaba, y ambos crecían. La quería como a una hermana —ni más, ni menos—, y aun así tenía la sensación de que ella seguía sintiendo algo más. Le alegraba que Ron y Hermione fueran a estar allí en ese momento. Fueron los primeros con los que habló cuando empezó a sentir que las cosas eran diferentes para él. Ron había estado más sorprendido que Hermione, pero ninguno de los dos vaciló en cuanto al apoyo que le brindaban. Sonrió para sí al recordar a Ron negando con la cabeza y diciendo “ya era malo tener que preocuparme por mi única hermana, pero con cinco hermanos a los que puedes atacar…”. No podía imaginar amigos mejores.

Remus le había contado algunas historias sobre la era de los Merodeadores y, aunque sonaba grandioso, sabía que el cuarteto había terminado separándose. Habían permitido que influencias externas cuestionaran sus lealtades. El Trío Dorado, como sabía que algunos los llamaban, seguía intacto. Hermione le contó una vez que había poder en un triángulo, y aunque en aquel momento él y Ron pusieron los ojos en blanco y se rieron de ella, ambos sabían que decía la verdad.

Harry silbó con fuerza cuando vio a Plata persiguiendo a un gato. De repente deseó que Hermione se hubiera dejado a Crookshanks en Hogwarts. Vio cómo el lobo se paraba en seco y giraba las orejas, intentando localizar el sonido. Harry volvió a silbar, y Plata llegó corriendo. Estaba jadeando cuando por fin le ataron la correa.

—Mal, Plata, nada de perseguir gatos. ¿Quién sabe?, podría ser una reencarnación de McGonagall. —El lobo frunció el hocico y dejó de jadear un momento para emitir un gemido—. Mierda, Draco, lo siento, no te lo había dicho. Creía que habrías oído a los mortífagos celebrar la noche que consiguieron vencer a la directora, a Hagrid y a Grawp. —Plata inclinó la cabeza.

»¿Grawp? Ah, ése era el hermano gigante de Hagrid. Sí, me imagino que no sabías nada de él. Sé que Voldemort creyó haber derrotado a Hogwarts esa noche, pero no lo hizo. Cuando volvió para empezar su reinado, él y sus seguidores se toparon con una descarga de hechizos, encantamientos y transformaciones que no podría haberse imaginado. Eran todas pequeñas chorradas, pero las combinaciones resultaron tener un efecto increíble. —Harry se detuvo cuando Plata le gruñó, y empezó a reír—. Ah, cierto, se me había olvidado que tú sufriste ese ataque. Siempre he querido saber cómo reaccionó tu madre cuando te encontró en el tren después de intentar hechizarme. Tendré que preguntarle. Ahora deberíamos irnos; tienes sed, y probablemente te vendrá bien una siesta antes de salir.

 

*****

 

Harry salió del baño para encontrar a Plata aún dormido en mitad de la cama. Se secó y se puso el temido disfraz. En realidad no era tan malo; por alguna razón, había imaginado que Narcisa le obligaría a llevar unos leotardos como los de Robin Hood. En lugar de eso, se había ido al otro extremo, y parecía más un guerrero que un cazador, dadas todas las armas que llevaba al cinto. Le parecía que los pantalones de ante eran un buen detalle. Terminó de vestirse y miró al lobo dormido. Sabía que Plata sentía curiosidad por lo que había pasado con Remus la primera noche, pero Harry había decidido que lo discutiría con Draco en su próximo encuentro. No quería preocuparle en un momento en que no podía responder realmente a las acusaciones. Sí que había pensado en ello, y una parte de él comprendía de dónde sacaba Remus la idea, pero sus sentimientos le contaban otra historia. Necesitaba hablar de ello con alguien que pudiera reunir información para él, y mirarlo todo desde la lógica. Él estaba demasiado involucrado, y también Remus y, si se ponía con ésas, Narcissa. Le alegraba saber que Hermione estaría rondando por allí una temporada.

Harry se enderezó sobre la cama, y luego se inclinó para acariciar el pelaje del lobo.

—Eh, Plata, hora de irnos. —El aludido subió un poco las orejas, abrió mucho la boca, y se estiró cuan largo era—. Ya estás vestido, a no ser que quieras llevar el gorro de dormir de la abuela. —Plata se levantó y se sacudió antes de volver a agacharse con las patas delanteras estiradas. Harry le acarició la cabeza y las orejas—. Plata, cuando lleguemos allí quédate a mi lado hasta que te sientas cómodo y, por favor, compórtate. —El lobo arqueó una ceja—. Sí, ya sé que siempre lo has hecho, pero habrá mucha gente allí, y la mayoría es pelirroja.

Plata empezó a lamerse la pata derecha. Harry tuvo la sensación de que le estaba ignorando. Al llegar a la sala de estar, se quedó sin respiración.

—¡Narcissa! Estás preciosa. —Ella puso los ojos en blanco. Harry no podía creerse que aquella fuera la misma mujer que ahora conocía como Narcissa Black. Estaba de pie junto a la puerta, con calcetines cortos blancos y zapatos negros, y una hermosa capa rojo-terciopelo con capucha. El vestido era de tela de algodón a cuadros rojos, que se hacía vaporoso por abajo, y con encajes. Lo mejor de todo, pensó, era su pelo: estaba suelto en largos tirabuzones—. Estás... Parece que tengas veinte años, y me encanta verte el pelo suelto.

Narcissa cogió la cesta de mimbre que había sobre la mesa, y se la colocó sobre el codo.

—Me alegra tener su aprobación, señor Potter. ¿Vamos a cumplir nuestro cometido? —Harry se rió por lo bajo. Sabía que a ella le costaba mucho ir a esta fiesta. Acababa de abrir su tienda oficialmente esta mañana, y sabía que quería estar tras el mostrador, pero necesitaba ir a la Madriguera. Era un paso más en lo tocante a empezar su nueva vida, el reunirse con aquellos que los Malfoy y los Black alguna vez habían despreciado.

—¿Qué hay en la cesta? —preguntó Harry, al ver que el hocico de Plata estaba trabajando a tope para descubrirlo.

—Velas que quiero regalarles, y algunos dulces para Plata por si acaso necesitamos sobornarlo.

Plata resopló y se alejó de la cesta. Harry le puso la cadena, se arrodilló para sujetar bien al lobo, y se desapareció.

 


*****

La Madriguera

Harry y Plata se aparecieron en el caminito que salía de la Madriguera, cerca de Narcissa. Harry quería ofrecerle al lobo unos momentos para aclimatarse a la vista, los sonidos y los olores del lugar. Plata se quedó quieto mientras Harry le daba una palmadita y luego se levantó.

—¿Estás bien, Plata? No pasa nada, puedes investigar —dijo Harry, quitándole la correa. Plata se quedó quieto—. De acuerdo entonces, iremos a la entrada a ver quién hay allí.

—La verdad, Harry, pensaba que las coordenadas habrían sido directamente para la entrada —dijo Narcissa, cuya nariz estaba demasiado arrugada para el gusto de Harry.

—Narcissa, estarás bien. Todos llegan aquí, excepto la familia y los miembros de la Orden. Pero las defensas están bajas, o te habrías dado cuenta.

—¡Harryyyyyyyyyyyyyyyyyyy! —Los tres se sobresaltaron.

—Oh, Dios, es Colin Creevey. Prepárate para que nos hagan una foto —dijo Harry, a la vez que el flash los cegaba incluso a la luz de la tarde.

Harry extendió la mano y estrechó la del Sombrerero Loco. Le presentó a Narcissa y a Plata. Colin le dirigió una mirada extraña, pero se recuperó pronto.

—¿Estás bien, Harry? ¿Viste en El Profeta las fotos que hice del callejón Diagon? Una pasada, ¿eh? ¿Te dolió cuando lo hiciste? Nadie te vio hacerlo, sólo te encontraron sangrando y…

—Grrrr.

—Er, Colin, tal vez podamos hablar más tarde. Acabamos de llegar, y me gustaría saludar a nuestros anfitriones.

—Ah, claro, Harry, nos vemos por aquí.

Harry respiró hondo, y no pudo evitar sonreír cuando la vista y el olor de la Madriguera le hicieron sentir que todo estaba bien en el mundo; la Madriguera seguía existiendo. Una gran multitud se reunía alrededor de las mesas en el jardín. Era genial ver todo ese pelo rojo mezclado con los otros. Vio a Ron, más alto que la mayoría, definitivamente más alto que él. Sonrió al ver el disfraz: el león era adecuado, pero el matiz de cobarde no tanto. Su brazo estaba sobre los hombros de Hermione, que llevaba un disfraz de Dorothy, y ambos reían en una conversación con Neville y Dean. Estos dos, se dio cuenta Harry, eran el espantapájaros y el hombre de hojalata. El corazón de Harry se saltó un latido: Neville estaba vivo. Estuvo en estado grave hacía un mes, pero ahora tenía buen aspecto. Los ojos de Harry se iluminaron aún más al ver el delicado pelo rubio de Luna saltando por allí. Ella había ayudado a conservar la cordura de Harry en algunos de los momentos más duros. El olor del tinkerbelle era apropiado, de alguna manera, saliendo de su varita junto a un montón de chispas.

Con todos los disfraces, no llegaba a distinguir quién era todo el mundo, aparte de los gemelos Tweedle-dee y Tweedle-dum. Plata caminó cuidadosamente junto a él, olisqueando el aire. Antes de que Harry pudiera reaccionar, el perro corría a toda velocidad por el caminito, hasta derribar a un hombre alto y negro vestido con pantalones anchos y blancos. El hombre gritó pidiendo ayuda justo antes de que Plata lo atacara con lametones en la cara. Harry silbó con fuerza y el lobo se quedó quieto, igual que el resto de los presentes. Joder, vaya manera de hacer una entrada.

Plata no se movió y siguió inmovilizando al joven vestido de Ali Baba. Harry corrió hacia allí mientras todos miraban en un silencio confuso; se agachó al llegar hasta el lobo, y le puso la correa. Fue entonces cuando reconoció a la persona que había alterado la actitud usual de Plata. Harry extendió la mano.

—Zabini, mis disculpas.

Blaise Zabini tomó la mano que se le ofrecía y se levantó. Parecía bastante molesto, quitándose la mugre del atuendo blanco.

—¿Te importa explicar esto, Potter?

—Blaise, cariño, me alegro mucho de verte —intervino Narcissa, apretando al chico en un abrazo algo rígido—. ¿Cómo está tu madre? Me muero por que se pase por mi tienda.

—¿Señora Malfoy? —dijo Blaise, incrédulo.

—Sí, vida, pero ahora soy la señorita Black.

Harry dio un suspiro de alivio cuando Narcissa escoltó a Blaise a un banco cercano. Éste miró por encima del hombro a Harry, que encogió los suyos antes de verse rodeado por Ron y Hermione. Ron extendió la mano; Harry la cogió, y tiró de ella para darle un abrazo.

—Joder, qué alegría verte, tío. ¿Cómo está tu pecho? —preguntó Ron, separándose.

—Estoy bien, duele un poco de vez en cuando.

Hermione ocupó rápidamente el lugar que había dejado Ron. Harry no pudo evitar abrazarla con algo más de fuerza.

—Me gustan los zapatos de rubíes, ¿los usas para aparecerte? —Hermione se limitó a sonreírle, con un matiz de alivio en los ojos marrones.

—Bueno, mamá nos ha contado que te quedaste el lobo. Tiene mejor aspecto ahora que la última vez que lo vi. —Todos miraron al lobo, que parecía fascinado por la cola de Ron. Harry tiró de la cadena. Empezaba a pensar que Narcissa había tenido una gran idea al traer los dulces.

—Sí, a excepción de lo que acabáis de ver, se porta muy bien. Se llama Plata. —El lobo dejó de mirar la cola para dirigir la vista hacia Narcissa y Blaise—. Eh, voy a llevar a Plata con Narcissa, vuelvo enseguida. Tenemos que hablar —añadió.

Harry se acercó a los dos Slytherin. La mirada de cautela en el rostro de Blaise no tenía precio. Plata paseaba junto a Harry, y cuando llegaron se sentó sobre las patas traseras.

—Narcissa, Plata me ha dado permiso para contárselo a Ron, a Hermione, y si lo desea, a Blaise. ¿Te gustaría hacer los honores? Yo estaré hablando con Ron y Hermione si me necesitas. —Harry le entregó el final de la correa.

—Eso estará bien, Harry.

El moreno se volvió hacia Blaise.

—Zabini, lo que hiciste fue valiente y brillante. Tal vez puedas pasarte por mi casa pronto, para que charlemos. Sé que a Plata le gustaría.

Blaise se quedó mirando a Harry con expresión confusa; hasta el momento, raramente se habían dicho más de una frase en seis años.

—Sí, claro, Potter, suena bien. No sé qué le pasa a tu lobo, sin embargo.

Harry le guiñó un ojo.

—Pronto lo sabrás —dijo, y se alejó. Acababa de alcanzar a sus dos amigos cuando oyó un “¡ni de coña!” proveniente del banco que acababa de dejar. Echó un vistazo por encima del hombro para ver cómo Blaise manoseaba al lobo, y a cambio recibía lametones en la oreja. Harry se sintió feliz por Plata.

—¿De qué va todo eso, Harry? —preguntó Ron.

—Es algo de lo que tenemos que hablar más tarde, cuando no haya tanta gente cerca. En cualquier caso, Dios, me alegro de veros —dijo Harry, poniendo un brazo sobre los hombros de cada uno.

—Nosotros también te hemos echado de menos, Harry. Sentimos no haber venido a…

—Shhh, no lo sintáis, estoy bien y necesitaba pasar algo de tiempo a solas. Habría sido una compañía horrible.

—¿Y normalmente no lo eres? —preguntó Hermione, mirando a su amigo burlonamente. Harry fingió ofenderse.

—Bueno, ¿y qué pinta Zabini aquí? —preguntó.

—Unidad de las Casas —respondió Hermione—. Cuando descubrimos lo que había hecho, y que no se había sentido apoyado por la Orden, supimos que teníamos un problema que necesitaba solución. Especialmente ahora que ya no está Voldemort para intentar separarnos. Lo recordaba del Club Slug, pero nunca pensé mucho en él.

—Eh, tío, vamos a coger algo de comida y podremos hablar junto al pantano.

—Suena bien, pero antes debería saludar a unas cuantas personas. Narcissa se enfadará si no lo hago; cree que he estado demasiado recluido estas últimas semanas.

—Narcissa Malfoy, la madre de Harry. Quién lo iba a decir —bromeó Ron, y Harry se rió.

—Ahora es Narcissa Black. Se ha divorciado de Lucius, entre otras cosas.

Harry sabía que la última vez que se lo había pasado tan bien hablando, comiendo y riendo con amigos y familia había sido en la boda de Bill y Fleur. Sólo que entonces todo estaba teñido por el presentimiento de lo que faltaba por venir. Ahora, todo eso había quedado en el pasado, y él aún seguía bastante sorprendido de estar vivo. Harry alzó la cerveza cuando Dean brindó en honor de Seamus, el último estudiante muerto en combate; fue sólo un mes antes de que todo llegara a su espectacular final. Harry agradeció que nadie lo presionara para que contara cómo lo había hecho; suponía que Ron y Hermione habían estado contestando preguntas antes de que él llegara.

Una brisa fría se levantó, y los invitados empezaron a dirigirse al interior. Harry prefirió quedarse bajo el gran roble con un pequeño grupo de amigos. Narcissa se pasó un momento y le entregó la correa de Plata. Lo había dejado suelto. Harry veía de vez en cuando al lobo, primero paseando con Blaise y luego buscando a los animales que solían habitar la casa de los Weasley. Harry se peguntó cuánto de eso era Draco buscando un poco de venganza, y cuánto el lobo siendo curioso. Ginny estaba al otro lado de la pequeña multitud; aún tenían que hablar a solas.

Harry vio al mayor de los hermanos Weasley acercarse. Él, como Remus, estaba disfrazado de Bestia: sus heridas se habían curado, pero quedaban las cicatrices. Según sabía, la única característica lobuna que había adquirido Bill era el amor por la carne cruda. Harry hizo una mueca cuando fue golpeado por la idea de cuántas veces debía de haber sido mordido y arañado Draco para llegar a su estado actual.

—Potter, tu lobo está exterminando a los gnomos. Mamá quiere saber si se lo puede quedar —se rió Bill, acercándose y dándole la mano a Harry. Éste miró por detrás del pelo rojo y vio a Plata lanzando un gnomo hacia lo lejos con un fuerte giro de la cabeza.

—Nah, Plata puede venir de visita, pero se queda conmigo.

—¿Y qué hay de Narcissa Malfoy? —preguntó Bill, levantando ambas cejas.

—¿Qué pasa con ella? Por cierto, ahora se llama Narcissa Black —respondió Harry, buscando entre los invitados que quedaban fuera.

—Ah, bueno, eso lo explica todo. El que probablemente sea nuestro futuro ministro parece estar bastante interesado en lo que tiene más allá de esa cestita —contestó Bill, riendo. Harry se aclaró la garganta.

—¿Disculpa?

Bill le dio una palmada en la espalda.

—Kingsley y Narcissa han ido a dar un paseo hacia el bosque. Llevan un buen rato sin salir de ahí.

—¡No jodas! Eso es… raro.

—Venga ya, Harry, está buena. Sé que a él le lleva gustando un año. Me parece que se hizo heridas a propósito alguna que otra vez —bromeó Bill.

—Bueno, pues más le vale vigilar al ex. Ha vuelto a la ciudad; está escondido, claro, pero anda por aquí. —Harry sintió la presencia de alguien tras él antes de reconocer el aroma. Se volvió—. Hola, Ginny.

—Hey, Potter, ¿te apetece un paseo?

—Claro —contestó Harry, y su estómago se convirtió en un gran nudo—. Bill, ¿puedes echarle un ojo a Plata, y avisarme si hace alguna travesura?

—Sin problema, Potter.

Ginny pasó un brazo por el hueco sobre el codo de Harry cuando se alejaron del grupo. Harry dejó que ella los dirigiera; parecían ir en la misma dirección que Narcissa y Kingsley.

—Bonito disfraz, Ginny, eres una gran Alicia.

—Gracias, pero deberías ver lo que los gemelos han hecho con Crookshanks, tiene una enorme sonrisa pegada a la cara.

—¿Crookshanks está aquí? No lo he visto, espero que Plata tampoco. —Ginny sonrió.

—Er, lo han hechizado para que aparezca y desaparezca.

Harry soltó una carcajada.

—¿Y Hermione les ha dejado?

—No lo sabe, idiota —Ginny le apretó el brazo con algo más de fuerza.

Harry negó con la cabeza. Casi habían llegado a los árboles y sentía que la mano de ella se deslizaba hacia la suya. La cogió.

—Entonces ¿qué pasa ahora, Harry? —dijo Ginny, mirando al frente.

Harry miró también en esa dirección. El camino estaba cubierto por doradas hojas otoñales. Le encantaba ver más hojas caer cada vez que soplaba el viento. Sujetó la mano de Ginny con más fuerza.

—Seguimos viviendo, Ginny. Todos tenemos futuro, y yo me sigo acostumbrando a esa idea.

—¿Te encuentras bien? —preguntó ella, inclinando la cabeza para mirarlo. Harry bajó la suya para responder a la mirada.

—Estoy bien. Las heridas se curarán.

Ginny los paró en mitad del camino.

—¿Y qué hay de nosotros, Harry? ¿Hay futuro para nosotros?

Harry respiró hondo, cogió la otra mano de Ginny entre las suyas y miró esos ojos marrones esperanzados.

—No, Ginny, no lo hay.

Ella sonrió un poco.

—Eso creía, pero tenía que preguntar.

—Lo siento, debería habértelo dicho antes.

—Está bien, Harry, lo sabía. ¿Crees que podría tener un beso de despedida, aun así?

Harry sonrió.

—Claro.

Se inclinó y la sujetó con fuerza para darle un último beso. Pero ambos se sobresaltaron cuando el aullido de un lobo solitario atravesó el silencio de la escena.

Harry se retiró.

—Mierda, ¡tengo que buscar a Plata! Lo siento, Ginny, tengo que irme.

Harry echó a correr por el camino, mirando a derecha e izquierda, buscando al lobo blanco. Sabía que el aullido había sido de Plata. Vio un destello de su cola entrar a la casa. Llegó a la puerta trasera de la Madriguera en un tiempo récord, y vio a Tonks.

—¿Has visto a Plata? —preguntó, sin aliento.

—Sí, acaba de entrar corriendo, ha subido por las escaleras.

Harry abrió la puerta rápidamente y corrió hacia la planta superior. No le costó mucho averiguar dónde estaba el lobo: oía fuertes gruñidos, casi ladridos, procedentes de la tercera planta. Sabía que ésa era la habitación de Ginny. Subió las escaleras de dos en dos y entró al cuarto, cerrando la puerta de un portazo tras él. El lobo se quedó quieto y soltó la almohada de plumas sobre la cama. Las sábanas estaban hechas trizas.

—¡Plata! —gritó Harry—, ¡para ya! No es lo que piensas.

El lobo enseñó los dientes, y emitió un gruñido que hizo que Harry retrocediera un paso hacia la puerta.

—¡Ya está bien! Draco, para esto, estaba despidiéndome de Ginny. Le he dicho que no volveríamos a estar juntos.

El lobo dejó de gruñir, y Harry bajó la voz.

—Draco, me pidió un beso de despedida. Eso es todo.

Plata se sentó sobre las patas traseras y se quedó mirando a Harry, que se le acercó cautelosamente y se sentó en la cama. Alzó la vista ante el lobo sentado a su lado.

—Idiota, sé que ha sido el instinto del lobo tomando el control, pero Draco, créeme, nunca volveré con Ginny. —Plata se tumbó y frotó el hocico contra la mano de Harry, que acarició al animal, inseguro.

»Mira esta habitación, Plata, has liado una buena —dijo, soplando una pluma de ganso de la cabeza del lobo—. En cambio, ¿monté yo una pataleta cuando te tiraste sobre Zabini? ¿Debería acaso estar celoso? Después de todo, tu madre mencionó que él conocía tus preferencias.

Plata inclinó la cabeza. Harry se rió cuando una expresión de arrepentimiento se extendió por la cara del animal.

—En realidad, de quien deberías estar celoso es de Shacklebolt. Se ha alejado por ese mismo camino con tu madre. Al parecer, le gusta. Y lo están proponiendo para nuevo ministro. ¿Qué piensas de eso? Narcissa Black, casada con el ministro de Magia.

Plata empezó a limpiarse las patas delanteras.

—Bueno, déjame limpiar esta habitación, y después te llevaré a…

Toc, toc.

—Harry, ¿estás ahí? ¿Estás bien? ¿Con quién hablas?

Harry se aclaró la garganta.

—Estoy bien, Hermione; estoy aquí con Plata. ¿Por qué no nos reunimos en la habitación de Ron dentro de unos minutos?

—Claro, pero, ¿por qué estás hablando con el lobo?

—Unos minutos, os lo contaré en un momento.

—Vale, Harry.

Se quedó escuchando los pasos de la chica subir hacia la planta de arriba.

—Y ahora voy a…

Toc.

—Harry, soy Narcissa, ¿estás ahí?

Harry suspiró, aliviado.

—Sí, entra, por favor.

La mujer entró, y Harry se fijó inmediatamente en sus mejillas sonrojadas. El color le sentaba bien.

—¿Qué ha pasado? He oído a Plata aullar, y luego Nymphadora me ha dicho que estabas aquí. Harry, ¿qué ha pasado en este cuarto?

Plata seguía lamiéndose las patas.

—Me fui a dar un paseo con Ginny, para contarle oficialmente que no volveríamos a salir. Nos dimos la mano y le di un beso de despedida. Plata, me parece, se ha puesto un poco territorial.

Narcissa alzó una ceja, y luego se rió por lo bajo.

—¿Plata, dices? Yo creo que esto se parece más a los resultados de una pataleta de Draco Malfoy.

El lobo levantó la cabeza y se la quedó mirando.

—¿Crees que podrías ayudarme a volver a colocar la habitación tal como estaba? No quiero que Ginny vea esto, o tendré que dar muchas explicaciones.

Narcissa cruzó la habitación, y sus zapatos negros de tacón redondeado sonaron con cada paso. Bajó la vista hacia el lobo.

—Aléjate de la cama, Plata. Madre tiene que ponerse con una magia bastante compleja.

Harry se levantó sin que le dijeran nada, y Plata se alejó tranquilamente. Ambos observaron cómo Caperucita Roja lanzaba hechizos que causaban un remolino de colores y sonidos. Cuando hubo terminado, Harry pensó que la habitación parecía un poco más elegante que antes.

—Gracias, Narcissa. Se me dan fatal esta clase de hechizos. Necesito hablar con Ron y Hermione, y de alguna forma darles esta información sin que piensen que me he vuelto chalado. —Plata gruñó, y Harry le rascó tras las orejas—. Vamos, Draco, ya sabes que tus amigos Slytherin te tratarían fatal si se enteraran de que te has emparejado conmigo.

Plata se sentó con altanería y alzó la pata derecha.

—¿Te has hecho daño? —preguntó Harry, preocupado.

—No, no está herido, Harry. Creo que quiere darte la pata.

Harry sonrió. Se agachó y apretó la pata del lobo.

—Sí, Plata, escogimos amigos distintos, pero todo está bien ahora.

—Creo que me lo voy a llevar a casa ya, Harry. Los dos hemos tenido un día bastante intenso. Tú quédate y disfruta la compañía.

Harry miró a Plata, que se alejaba hacia su madre.

—Vale, no volveré muy tarde. Gracias, Narcissa. Plata… Draco, siento haberte hecho daño.

El lobo, Harry lo juraría, hizo un gesto de asentimiento.

Harry subió por las dos plantas de escaleras hasta el cuarto de Ron. La última vez que se había quedado a dormir allí fue antes de la boda de Bill. Preparó la vista para el asalto del color naranja, e intentó preparar la mente para explicar lo que había hecho. La puerta con el cartel “Habitación de Ronald” estaba entreabierta. Llamó y luego entró, cerrando la puerta tras de sí.

Le alegró ver que alguno de ellos le había conjurado una silla cómoda. Se dejó caer sobre el cojín; Ron tenía un plato de sándwiches y algunas botellas que lo esperaban.

—Bueno, esto debe de ser gordo, Harry. No has hablado con nosotros en privado en bastante tiempo.

—Quieres decir aparte de para trabajar el hechizo, ¿verdad?

Los ojos marrones de Hermione se pasearon entre Ron y Harry.

—Sí, Harry, eso es lo que quiere decir —dijo, una vez vio que ninguno de los dos estaba reaccionando emocionalmente.

Harry abrió la botella marrón y dio un largo sorbo al líquido ambarino.

—Ron, ¿recuerdas cuando te pedí que tuvieras un ojo abierto por si veías al lobo?

—Claro, Harry, pero no lo vi durante el último par de meses.

Harry se dio cuenta de que no le había preguntado a Draco por qué había pasado eso.

—Bueno, recibí una nota de Severus pidiéndome que “salvara al lobo”. Fue el último mensaje que me llegó de él. Remus fue con Tonks a los calabozos de Tom el día después, y lo encontró en una de las celdas. Me llamó por la chimenea, y yo transporté el lobo hasta mi casa.

—Pero, ¿por qué el lobo? —Ron cogió un sándwich y una cerveza—. ¿Por qué iba a importarle a Snape ese bicho?

—No sabía por qué, al principio —Harry dio otro sorbo—, pero después del incidente en la cañada, me entraron sospechas.

—¿Qué pasó realmente en la cañada, Harry? Nunca nos lo has contado realmente.

Harry respiró hondo.

—Todo se complicó mucho, Hermione. Los jóvenes muggles estaban presos en una celda mágica. Había seis mortífagos custodiándolos, con el disfraz completo. Yo tenía mi capa, y la poción que me había dado Ojoloco. Se suponía que los iba a dejar inconscientes. Juro que si no estuviera muerto ya, lo habría asesinado yo mismo. El cabrón puso un veneno en la poción, y yo lo eché en sus reservas de agua. Tardó mucho en actuar, y empezaron a revolverse de dolor y a dispararse hechizos los unos a los otros. Era como si estuvieran paranoicos. Los muggles, gracias a Merlín, estaban protegidos por barreras y no salieron heridos. Yo no tuve tanta suerte. Me dieron unas cuantas veces antes de morir. Estaba bastante malherido, pero conseguí romper las barreras. Les di a los muggles un traslador a un refugio, donde se les borraría la memoria. En cuanto el último desapareció, vi al lobo bajar por la colina hacia la cañada. Estaba olisqueando la tierra y el aire, y yo tuve miedo de que me encontrara, así que me escondí debajo de un mortífago. Miré cómo se paseaba hacia una de las mortífagas más jóvenes. Le lamió la mano y luego aulló. Le vi los ojos plateados: estaban llenos de sorpresa y tristeza. Había visto esos ojos, y esa expresión, antes.

—¿Dónde? —preguntó Hermione, conteniendo la respiración.

Harry se terminó lo que le quedaba de la cerveza en unos tragos. La dejó sobre la mesilla de noche y cogió otra.

—Sexto curso en Hogwarts, baño de las chicas, cuando utilicé el Sectumsempra. La mortífaga era Pansy. La saqué de allí conmigo.

Los ojos de Hermione se agrandaron; los de Ron lo miraron con incredulidad. Fue él quien habló primero:

—¿El lobo es Malfoy?

Harry asintió.

—¿Cómo? —preguntó Hermione. Harry veía que se sentía al mismo tiempo horrorizada y curiosa.

—Greyback lo mordió repetidas veces en forma humana.

—Hostia, eso es tan…

—Jodido —terminó Harry la frase de Ron—. Estaba hecho un desastre, pero lo limpié, y Narcissa lo curó lo mejor que pudo.

—¿Le diste un baño a un Malfoy? —dijo Ron, con una sonrisa, y Harry se rió.

—Sí, y le lavé los dientes. En cualquier caso, me tomó cariño. Narcissa dijo que era porque estaba buscando un nuevo amo. Eso ya era bastante, pero entonces Remus me pidió que averiguara si se transformaba.

—Oh, Dios mío, ¿también es un licántropo?

—No, Hermione, se transforma en humano.

—¡Mierda! —dijeron los dos al unísono. Harry vio cómo ambos intercambiaban miradas entre sí. Recordaba un tiempo en que no podían comprender las expresiones del otro, pero había pasado hacía ya mucho.

—Entonces, ¿lo viste la semana pasada? —preguntó Hermione.

—Sí, y tuvimos una larga conversación. Ha cambiado. Se ha pasado la mayor parte de este tiempo con Voldemort; utilizaba a Plata como caja de resonancia para sus planes. En cualquier caso, Draco no quiere seguir viviendo de esta forma. Quiere suicidarse la noche de Navidad, y llevarse a Lucius con él.

—Draco Malfoy quiere matar a su padre, eso es increíble —soltó Ron.

—Sí, bueno, al parecer Lucius no desertó. Estaba reclutando nuevos mortífagos en Europa. Draco cree que pronto intentará convertirse en el próximo Señor Oscuro.

—Hostia, ¿no aprenden nunca estos magos oscuros que al final alguno de los buenos se lo terminará cargando? —dijo Ron, con tono serio. Harry no pudo evitar reírse.

—Bueno, ¿cómo íbamos a ser nosotros los buenos, si no hay malos? —preguntó Harry, retóricamente.

—No lo sé, pero me gustaría descubrirlo. Lucius Malfoy, Señor Oscuro… No sé, Harry, creo que Malfoy podría ir en la dirección adecuada.

Harry cogió un sándwich frío de carne de ternera.

—Yo también, pero hay algo más que necesito contaros, y espero obtener vuestra ayuda, especialmente la tuya, Hermione. Necesito investigar sobre los emparejamientos de lobos o, más bien, me imagino, los de hombres lobo.

—¿Malfoy está vinculado? —preguntó Hermione.

Harry se tragó un trozo de sándwich y abrió la segunda botella de cerveza.

—Sí, y Remus y Tonks mencionaron que tendría algo de influencia y control sobre esa persona. Necesito saber cuánto, y si algo puede rectificar la situación en caso de que se hiciera necesario.

—Claro, Harry, volveré a Hogwarts, pero… si él va a morir dentro de poco, ¿realmente hay mucho problema con eso?

Harry vio cómo Ron cerraba los ojos y luego hacía una mueca.

—Podría haberlo, si su pareja es Harry —dijo, vacilando.

En ese momento, Harry vio un destello de algo que le sonreía desde el pie de la cama y luego desaparecía. No pudo evitar echarse a reír.

—No, Ron, Harry nunca habría hecho eso —dijo Hermione, desafiante. Harry sacudió la cabeza y sonrió ampliamente cuando la sonrisa apareció y desapareció de nuevo.

—Lo siento, Hermione, pero Ron tiene razón.

La chica se levantó.

—Harry, esto no tiene gracia.

—No, Hermione, no la tiene —volvió a reírse—, pero tu gato sí.

Hermione miró por la habitación.

—Crookshanks no está aquí, lo he dejado… Ron Weasley, ¡mira lo que le han hecho tus hermanos a mi gato!

—¿Qué? —Ron miró por la habitación. El hechizo debía estar perdiendo su efecto, porque el kneazle aparecía y desaparecía. Ron soltó una carcajada.

—Eso es muy grosero —dijo Hermione con irritación, cogiendo el gato y volviendo a sentarse sobre la cama.

—Harry —dijo Ron, sacudiendo la cabeza—, ¿puedes por favor decirme qué poción te hizo tragar Narcissa para emparejarte con su hijo, Draco Malfoy, el gilipollas Slytherin al que hemos odiado durante años?

Harry se encogió de hombros.

—Er, bueno, tiene un aspecto y una personalidad bastante diferentes.

Hermione se lo quedó mirando con incredulidad.

—Harry, admítelo, estabas cachondo.

Harry tosió.

—Bueno, había un poco de eso. Joder, había pasado mucho tiempo y tenía un aspecto delicioso

Ron hizo amagos de vomitar sobre su sándwich.

—Lo siento, tío, pero “Malfoy” y “delicioso” sencillamente no combinan bien.

Harry le dirigió una mirada desafiante.

—No voy a entrar en detalles…

—Gracias, se aprecia el gesto —interrumpió Ron, y Harry dio otro sorbo a la cerveza.

—… pero fue la mejor noche de mi vida.

Hermione se cubrió la boca con las manos, pero el “oh, Dios” se escapó de todas formas.

—Pero, ¿no confías en él? —preguntó Ron.

Harry se mordió el labio inferior un momento.

—Sí que lo hago, Ron, pero Remus no. Draco me contó unas cuantas cosas antes de hacerlo, pero no me explicó esta parte. En Noviembre, quiero darle una oportunidad para explicarse, y quiero estar mejor informado.

—¿Malfoy es gay? —preguntó Ron cuando la realidad de la situación lo golpeó.

—Dios, Ronald, pues claro, no podría haberse vinculado a Harry de no serlo.

Ron le dio un golpecito en el hombro.

—Me doy cuenta de eso, pero oímos tantos rumores sobre él en Hogwarts…

Harry dejó la cerveza sobre la mesa.

—Basta de ese tema. Quiero que los dos sepáis, antes de juzgarlo, que nunca lo marcaron. Lo que le enseñó a Borgin aquel día fue el primer mordisco. Además, ¿habéis leído la carta que envié a El Profeta?

—Sí, Harry, creo que toda la comunidad mágica la ha leído, y probablemente la ha enmarcado —contestó Hermione—. Era preciosa.

—Draco la escribió esa noche, después de que me quedara dormido. —Los rostros de Ron y Hermione se quedaron helados en una expresión de sobrecogimiento—. Entonces, ¿seguís pensando que soy imbécil?

Ron se rió.

—Das por hecho que no lo pensara antes de todo esto. Sí, Harry, creo que eres gilipollas por vincularte con Malfoy, pero es tu vida, y si necesitas nuestro apoyo, lo tienes.

—Va a ser una Navidad dura, ¿verdad, Harry?

—Sí, Hermione, lo voy a pasar mal, y ésa es la razón de que, una vez más, sepa que soy el tío con más suerte del mundo, por tener amigos como vosotros.

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