Intruders Slashzine - Portada - Índice - Capítulo 4 - Capítulo 6 - Ubicación original

 

DRACO (I)

 

Harry llegó a casa preparado para la feliz ocasión. Remus estaba encerrado en su cuarto para pasar la noche acurrucado en un rincón, en forma de lobo. Las precauciones estaban en su lugar, aunque nunca eran necesarias. Antes de irse, Remus había bromeado sobre si encontrarían a Harry lleno de moretones y cortes al día siguiente, conociendo su relación con Draco hasta hacía poco.

Plata se paseaba por la habitación de Harry. A través del método de ensayo y error, Narcissa y Harry le habían sacado información sobre lo que quería ponerse y comer esa noche. Harry aún sonreía al recordar a Plata señalando con la pezuña su elección de ropa: pantalones negros, camisa blanca y un jersey negro. No tenía ni idea de qué esperar tras la transformación. La última vez que había visto a Draco fue en la Torre de Astronomía, hacía dieciséis meses. Plata le traía paz; sin embargo, en el pasado, Draco Malfoy le había traído de todo menos eso. Harry se duchó rápidamente y se vistió de manera semiformal. De alguna forma, Plata había abierto uno de sus cajones y había sacado un jersey verde para que se lo pusiera.

Harry terminó de arreglarse y luego dejó la ropa solicitada para Draco sobre la cama, mientras el lobo lo empujaba con el hocico para echarlo de la habitación. Lo último que hizo Harry fue encender la vela eterna sobre el escritorio.

Fue a la sala de estar, donde Narcissa esperaba sentada en el sofá, haciendo punto. Harry había aprendido a lo largo del último año que Narcisa hacía trabajos manuales cuando se ponía nerviosa. Estaba vestida con una de sus mejores túnicas caseras. A Harry le encantaba cómo le quedaba el rojo. Resaltaba su pelo color miel, y hacía que sus ojos parecieran aún más azules. Se había acostumbrado a su nariz alzada y a su boca cuando mostraba desprecio. Ahora, sus rasgos estaban suavizados. Rara vez veía ya esa expresión desdeñosa.

Harry decantó una botella de Burdeos. Narcissa había rescatado una colección de vino y otras espirituosas de la Mansión. La colocó en la mesita que habían colocado junto al fuego; estaba puesta para tres. Empezó a pasear por la habitación de paredes oscuras. Los dos se sobresaltaron y se miraron cuando un aullido perforador se convirtió en un grito de dolor.

—Mierda, no sabía que pasaría eso —soltó Harry, y corrió hacia la puerta.

—No, Harry —dijo Narcissa firmemente—. Déjalo estar.

Harry volvió a sus paseos, se detuvo junto a la mesa, encendió las velas y se aseguró de que la comida estuviera conservada a la temperatura adecuada. Se acercó a la ventana y corrió las cortinas. Se veía un suave resplandor en el cielo, sobre la parte oriental de la ciudad. La luna se elevaba. Odiaba no estar ocupado; odiaba dejar que su mente trabajara a sus anchas. Durante los últimos cinco días, mientras llegaban las noticias y se escribían artículos en El Profeta, se hizo evidente lo mucho que todo el mundo había sufrido. Su mente quedó atrapada en los si: si sólo hubiera podido atrapar a Voldemort antes… Si hubiera sido más listo... más valiente… Si sólo… Entonces, las ideas en su mente quedaron heladas. La puerta se abrió.

El corazón de Harry se detuvo cuando el hombre alto de pelo largo y plateado entró con un ligero cojeo. Su primer pensamiento fue para Lucius, pero este hombre era más delicado, casi etéreo en su belleza. Éste no era el crío asustado llamado Draco Malfoy, ésta no era en absoluto la persona que conocía.

—Buenas noches, madre —dijo Draco, cuando se adentró en la sala de estar. Se acercó a Narcissa, cogió su mano entre las suyas, y luego besó ambas mejillas. Ella respondió a los movimientos, como si estuviera en un trance—. Madre, tienes buen aspecto, y tu trabajo de punto es exquisito.

—Gracias, hijo. Tú también tienes buen aspecto —dijo Narcissa, con una elegancia que Harry apenas podía comprender. Tenía la lengua pegada al cielo de la boca.

Draco se giró y avanzó hacia el congelado Harry junto a la ventana. Echó un vistazo al resplandor de la luna, que se colaba por un resquicio desde el cielo. Era amarilla, como cualquier luna llena de octubre debería serlo. Draco inclinó la cabeza hacia Harry, bajó la vista y le dirigió una sonrisa perfecta.

—Potter, gracias por la hospitalidad; es apreciada. —La voz estaba modulada y emitía escasa emoción.

Harry se quedó paralizado mirando en esos ojos grises, buscando reconocer algo de Plata. Entonces Draco, inusitadamente para ser él, le guiñó un ojo y extendió su mano perfectamente cuidada. Sin pensar, Harry respondió con la suya propia. La suavidad de la piel de Draco lo sorprendió. Anteriormente, sólo se habían tocado con los puños.

—Es un placer para mí, Draco. ¿Cenamos?

Todos tomaron asiento. Harry sirvió el vino y luego la pasta carbonara, una ensalada y pan crujiente. Draco cogió la cuchara del recipiente y se echó el doble de la cantidad de pasta que Harry había servido. Harry y Narcissa se lo quedaron mirando con sorpresa.

—El lobo no puede resistirse —dijo él, burlándose. Harry cogió su vino y dio un sorbo mientras miraba a Draco devorar la pasta, sin embargo de modo bastante elegante.

—¿Qué más no puede resistir el lobo? —siguió el juego Narcissa.

Harry bajó su copa, temeroso de beber mientras esperaba la respuesta de Draco.

—Madre, tus indagaciones respecto a asuntos personales no son apropiadas —contestó Draco, como si hubiera dicho algo vulgar.

Narcissa agarró la muñeca de Draco; la pasta se cayó de su tenedor.

—Draco, no uses esa formalidad Malfoy conmigo o te convierto otra vez en un lobo ahora mismo.

Harry contuvo la respiración, esperando la respuesta. No estaba preparado para ver a Draco empezar a reírse con ganas. Encontró encantador el sonido de su risa, pero tragó saliva cuando esa risa reveló unos dientes perfectamente rectos, con colmillos alargados.

Después de unos cuantos bocados más de pasta y una rodaja de pan, Draco cogió el vino y pareció más relajado.

—Bueno, me parece que sé la mayor parte de lo que pasa en la comunidad, pero tengo algunas preguntas que me gustaría hacer.

—Adelante, Draco. Contestaré a lo que me sea posible —respondió Harry, y Draco resopló.

—Es bastante presuntuoso por tu parte, Potter, eso de pensar que las preguntas que tengo son para ti.

Harry suspiró; el comentario le recordaba mucho al Malfoy que había conocido, y lo denigraba a sus ojos.

—Discúlpame, Draco, no tenía ni idea de qué querías preguntar —contestó por fin Harry. Se tragó su orgullo Gryffindor para hacerlo; realmente no quería discutir con Draco esta noche.

Draco asintió, y luego se volvió hacia su madre.

—¿Ha regresado Padre a Wiltshire?

—Sí.

—¿Está aquí? —preguntó Harry, sorprendido de que Narcissa no se lo hubiera contado.

—Sí, volvió ayer y me envió una lechuza.

—¿Vas a verlo? —preguntó Draco con delicadeza.

—No lo he decidido aún.

—¿Sabe que estoy vivo?

—No lo sé. ¿Sabía que tú eras el lobo?

Draco puso los ojos en blanco.

—Oh, sí, Madre, lo sabía. Fue él quien me hizo la herida en la cadera. El Señor Oscuro prefería golpearme con un látigo o un hechizo, pero a Padre le encantaba darme patadas.

Narcissa bajó el tenedor con rabia.

—Ese cabrón, ¡voy a matarlo!

Harry observaba la intensidad del intercambio. Horrorizado. Sabía que Lucius era un sádico, pero darle patadas a su propio hijo… Buscó una reacción en el rostro de Draco. Apareció en él una sonrisa fría.

—Sí, Madre, ése es mi plan. Me gustaría que lo vieras antes de Navidad para hacerle saber que he sobrevivido. Dile que te gustaría pasar la Navidad con él. La luna llena de diciembre cae en la noche de Navidad.

—Draco —susurró Narcissa, como si las paredes oyeran—, hablas en serio, ¿verdad?

—Por completo. Padre pasará una última Navidad con nosotros en familia, y después lo mataremos. Va a intentar reemplazar al Señor Oscuro pronto.

—No lo haría, no podría —intervino Harry—. Los mortífagos han sido aniquilados.

Draco puso los ojos en blanco y dirigió su atención hacia él.

—Lo hará, Harry. La Orden y tú creíais que estaba escondido. Estaba en Europa, reclutando gente para el Señor Oscuro. Tiene miembros escondidos. Están por todas partes. Reclutará a más gente cuando empiecen a desencantarse del Ministerio otra vez. Tú y yo sabemos que eso no tardará mucho.

Harry odiaba admitirlo, pero sólo en los últimos días el Ministerio había metido la pata arrestando a un ciudadano inocente bajo cargo de falsificación de documentos. Además, estaban llenando El Profeta con comentarios despectivos sobre el Mercado por no estar cumpliendo con los permisos de construcción adecuados. Los aurores, según Tonks, estaban listos para amotinarse ante Scrimgeour.

—Harry —dijo Draco, sujetando firmemente la muñeca de Harry—, no pretendo ser grosero, pero necesito hablar con mi madre a solas sobre asuntos familiares. Sé que éste es tu hogar, pero pido tu indulgencia. Por favor, vuelve dentro de una hora, porque tú y yo también tenemos que tener una charla.

Harry examinó la mano que lo sujetaba y luego los ojos que lo miraban. Parecían estar rogando.

—Claro, estaré en mi cuarto, y luego traeré la tarta de chocolate que pediste.

Draco sonrió y alzó una ceja.

—Oh, Merlín, chocolate. Gracias, Harry. —Soltó su muñeca. Harry no estaba seguro de si había sido o no intencionado, pero los dedos de Draco parecieron dejarlo ir casi con una caricia.

Salió de la sala como se le había pedido, cerrando las puertas tras él, y se dirigió a su habitación. Se sentó en el escritorio y se quedó mirando fijamente el artículo que aún tenía que escribir para El Profeta. Desearía que Hermione volviera, ella le ayudaría a poner palabras a sus sentimientos e ideas. Dejó la pluma sobre la mesa con frustración; lo único en que podía pensar era en el mago que se encontraba en su sala de estar. Draco era un gran enigma. Su comportamiento aristocrático era despreciable, pero ahora había algo más. Por ejemplo, que está jodidamente follable. Harry sacudió la cabeza. No podía imaginar las cosas por las que había pasado Draco desde la última vez que lo había visto. Creía saber cómo había sido antes, y aun así Narcissa le había contado anécdotas de Draco que contradecían esas suposiciones, y era más que una madre presumiendo de su hijo. Dios, no podía apartar de su mente el recuerdo de Draco hablando de matar a Lucius. ¿Era éste el mismo Draco que intentó asesinar a Dumbledore para salvar a su familia? ¿Qué demonios había cambiado?

Sabía por Narcissa que el mayor cambio se había producido cuando Lucius la dejó para irse a Europa. Ella había estado junto a él en sus momentos más bajos, y sólo encontró a cambio que la abandonaban de nuevo. Fue la gota que colmó el vaso. Nunca había dudado del amor de Lucius; antes de ese momento pensaba como una princesa, no como una mujer. Verdaderamente creía que Lucius pondría a su familia por delante, pero no lo hizo, y eso jamás se lo perdonaría. Había sido duro para ella cuando Lucius estuvo en Azkabán, y más tarde cuando tuvo que esconderse con Harry. Cuando llegó a Grimmauld por primera vez, Harry tuvo dudas acerca de si se quedaría en caso de que Lucius escapara o quedara en libertad. Escapó, como hicieron el resto de mortífagos, pero nunca intentó encontrarla. El corazón de Narcissa se hizo más duro y, por lo que él sabía, no había vuelto a mirar atrás.

Harry empezó a desenrollar los pergaminos que tenía a un lado del escritorio. Agradeció comprobar que la mayoría de ellos eran de magos y brujas que le daban las gracias, en contraposición con los de los miembros de la Orden, que eran listas de los vivos y los muertos. Se moría de ganas de volver a ver a Ron y Hermione cuando regresaran. Llegarían en Halloween. ¿Qué sería de sus vidas? Alzó la vista hacia la vela eterna que resplandecía. Su colacuerno húngaro estaba cerca, y la proyección de su sombra en la pared era hipnotizante. Miró el reloj; era hora de bajar. No sabía qué quería Draco discutir con él, pero suponía que habría información necesaria para la Orden.

Entró a la cocina y puso la deliciosa tarta de chocolate sobre una bandeja, con platos y cubiertos. En el último momento abrió un estante alto y sacó una botella de brandy sin abrir. Se la había dado Narcissa; era de la Mansión. Cogió tres copas de coñac y, tras ponerlas en la bandeja, levitó ésta hacia la sala de estar. No confiaba en que sus manos estuvieran firmes. Llamó a la puerta antes de entrar.

Harry miró fijamente al frente, hacia la mesa; el sonido de Narcissa sollozando era más de lo que podía soportar. Sirvió el brandy y llenó hasta la mitad cada copa. Sujetó la suya encima de la vela para calentar el líquido marrón, y los vio acercarse a la mesa. Narcissa estaba limpiándose los ojos con el pañuelo. Harry tragó saliva. Nunca había visto llorar a Narcissa. Se permitió una mirada rápida a Draco, y vio que la máscara Malfoy de la no emoción estaba en su lugar.

Harry le cedió el cuchillo para la tarta. Parpadeó lentamente cuando vio el enorme trozo que había cortado para sí mismo, después de servir a Harry y Narcissa. Harry se metió un trocito de la tarta de varias capas y lo saboreó en la boca. Estaba esponjosa, y el azúcar glasé se derretía sobre su lengua. Sonrió ampliamente cuando oyó a Draco gemir de placer.

—Merlín, echo de menos el chocolate. El lobo se pone enfermo si lo come, pero yo sigo siendo adicto —dijo el rubio, metiéndose un segundo gran bocado en la boca. Harry vio una pizca de glaseado que se había quedado atrapado en la comisura de su boca. Reprimió el impulso de acercarse a lamerlo. Tuvo un escalofrío cuando se dio cuenta de hacia dónde acababa de ir su mente. Antes de que pudiera recuperarse, sin embargo, sus fantasías fueron en otra dirección cuando la lengua puntiaguda de Draco limpió el chocolate.

Harry bajó el tenedor, cogió la copa de brandy y lo agitó lentamente para dejar escapar el aroma. Probó un primer sorbo; el alcohol atravesó el chocolate y bajó por su garganta, haciéndole estremecerse.

Narcissa seguía sorbiendo y limpiándose los ojos y la nariz entre bocado y bocado. Harry ni siquiera quería imaginar cómo había llegado a ese estado.

Draco terminó la mitad de su tarta antes de dar un sorbo al brandy.

—Perfecto, Harry, la bebida es un toque estupendo. Gracias —dijo elegantemente.

Harry estaba anonadado. Que Draco lo llamara por su nombre ya era bastante extraño, pero es que el tono era muy diferente. Estaba acostumbrado a que la voz de Draco fuera maleducada o insolente; se dio cuenta de que antes de esta noche, nunca había oído a Draco en una conversación amigable.

—De nada, Draco —consiguió murmurar al fin.

Narcissa empujó su plato hacia delante.

—Creo que me tomaré mi copa arriba. Draco, estaré en mi habitación si deseas hablar conmigo después. —Se levantó, y también Harry, para darle un beso de buenas noches en la mejilla. Ella le dirigió una mirada que, lo sabía, quería decir que hablarían más tarde.

—Draco, no voy a esperar despierta, tú despiértame si me necesitas —dijo una vez llegó a la puerta, sin mirar atrás.

—Madre —dijo Draco, casi desesperadamente—. Espera.

Caminó hacia ella, y Harry se dio cuenta de que intentaba no cojear. Sus ojos se humedecieron cuando vio al rubio tomar a su madre entre los brazos y abrazarla con fuerza. Oyó el susurro de “te quiero, siempre”.

Draco regresó al asiento junto a Harry y volvió a centrarse en su tarta. Harry lo imitó, y había avanzado decentemente con su plato cuando Draco se cortó otro trozo.

—El lobo me ha dado un metabolismo increíble. —Harry se rió por lo bajo.

—Ya me he dado cuenta.

Los ojos grises de Draco brillaron con diversión y, con el resplandor de la luz de las velas reflejada en sus pupilas oscuras, parecían sobrenaturalmente dilatados. Harry no podía dejar de mirar.

—Soy humano, Harry —dijo Draco, haciendo que se diera cuenta de lo que estaba haciendo—. Es sólo que algunas características del lobo se quedan ahí cuando soy humano, igual que algunas de mis características humanas se dejan ver cuando soy un lobo.

Harry tomó otro sorbo y luego bajó la copa ligeramente desde su boca.

—¿Vas a gruñirme? —preguntó, burlón.

Draco bajó el tenedor y volvió a poner la mano sobre la muñeca de Harry, apretándola con fuerza.

—Espero hacerlo después, pero antes tenemos que hablar.

Harry tragó saliva. Draco acababa de subir la apuesta, y Harry no estaba seguro de a qué juego estaban jugando.

—Voy a decirte lo que le he dicho a mi madre. Detesto ser un lobo.

Harry bajó la copa. Eso no era lo que estaba esperando.

—¿Hay algo que…?

Los dedos de Draco acariciaron el dorso de su mano, y el rubio lo miró fijamente a los ojos. Harry respiró hondo.

—No, hay poco más que puedes hacer por Plata. Te has portado de maravilla con él y conmigo. Me sorprendió mucho al principio que fueras tan amable después de nuestro sórdido pasado, pero el lobo es muy bueno en eso de reconocer amigos y enemigos. Tú eres amigo.

»Sigo teniendo dentro el suficiente orgullo Malfoy para no querer vivir de este modo. Severus estaba trabajando en un antídoto, pero me temo que ese sueño se ha ido con él.

Harry era incapaz de romper el contacto visual en el que se había encontrado involucrado de pronto. La mano de Draco subió lentamente hacia la suya y la cogió.

—La segunda luna llena a partir de ahora será la noche de Navidad. La pasaré con mi padre, y moriremos juntos.

Harry cerró los ojos rápidamente, y cuando volvió a abrirlos supo que sus pestañas estaban húmedas.

—No, Draco, no. Encontraremos el antídoto.

Draco entrelazó sus dedos con los de Harry.

—Es mi deseo hacer esto. Si Severus no ha aparecido para Navidad, entonces seguiré con mi plan. Madre tiene los detalles; puedes discutirlos con ella más tarde. Te pido que sigas cuidando de ella.

Harry dejó que su pulgar cubriera el de Draco.

—Por supuesto, Draco. Le he tomado mucho cariño a tu madre. Llegaría a decir que la quiero mucho.

Draco sonrió.

—Es una en un millón. Ahora sabes por qué estaba tan a la defensiva cuando alguien la insultaba. Te pido disculpas por las cosas horribles que dije de tu madre. He aprendido muchas cosas en este último año y medio. La mayor revelación fue la de entender que era un cabrón lleno de prejuicios.

Harry no pudo evitar dejar escapar una risita. Definitivamente no iba a refutar ese último comentario. Draco se rió con él.

—No tengo tiempo de demostrarte que soy una persona distinta a la que conociste. Sólo puedo esperar que aceptes mi palabra.

—Draco, acepto tu palabra pero, en realidad, es gracias a tu madre que lo hago. Ha sido a través de ella, y de sus historias, que siento que sé más sobre ti de lo que me dejaste ver en Hogwarts.

Draco asintió.

—Tiene sentido. —Dejó ir la mano de Harry y volvió a su tarta y su brandy. Harry tomó su último trocito de tarta; la exquisitez del chocolate negro era abrumadora.

—No te muevas —dijo Draco de repente.

Harry se quedó congelado tal y como estaba. Draco se acercó a Harry hasta que sus narices casi se tocaron.

—¿Puedo? —susurró Draco.

El interior de Harry se derritió cuando la voz seductora lo recorrió. Harry asintió, sin tener ni idea de qué estaba consintiendo.

Draco inclinó la cabeza ligeramente, y luego se acercó aún más. La punta de su lengua rozó suavemente la esquina de la boca de Harry. “Mmm,” murmuró Draco.

Algo dentro de Harry se desperezó, otra emoción largamente reprimida: el deseo.

—No te muevas —susurró Harry. Sus labios rozaron suavemente los de Draco de lado a lado hasta que notó la ligera apertura y la calidez de su respiración. La punta de su lengua trazó el contorno de los labios de Draco: un suave murmullo reverberó desde su garganta.

Todo el cuerpo de Harry cosquilleó cuando sus lenguas se encontraron. Sabía al chocolate y al brandy. El primer beso superficial continuó mientras los dos saboreaban al otro y presionaban con más fuerza, tentativamente, el uno contra el otro. Ambos abrieron lentamente las bocas, hasta que los dos entraron completamente en el otro. Ninguno lucho por dominar, sino que dejaron que la exploración natural siguiera su curso.

La mano de Draco subió y descansó los dedos sobre el cuello de Harry; la yema de su pulgar acariciaba su pómulo. Éste se sorprendió al sentir la magia procedente de Draco extenderse por su rostro. Hizo una mueca cuando su lengua rozó un canino. Nunca había sentido tanta pasión; abrió los ojos brevemente para ver que los de Draco estaban cerrados. Sus largas pestañas reposaban unidas, y una mirada de serenidad inundaba su rostro. Harry cerró los ojos y, para su desgracia, Draco se apartó despacio.

Volvió a mirar y vio a Draco observándolo con una sonrisa contenta.

—Muy bien, Potter. No tenía ni idea de que sabías besar así. Si lo hubiera sabido, tal vez lo habría intentado hace años.

Harry se reclinó en su asiento y se rió.

—Seguramente te habría mordido la lengua. —Una ceja se alzó a modo de respuesta.

—Tal vez eso también me habría gustado —dijo Draco, y luego dio un gran sorbo al brandy.

Harry siguió riéndose por lo bajo, y luego bebió algo más de su copa. Decidió poner las cartas sobre la mesa y ver si aquello era un farol.

—Tu madre tiene la impresión de que quieres acostarte conmigo —dijo, sin darle importancia, y controló la risa cuando vio un músculo moverse involuntariamente en la mandíbula de Draco.

—Mi madre tiene muchas teorías e impresiones, no todas correctas.

Harry recorrió el borde de su copa con un dedo.

—Entonces ¿estaba equivocada en este caso?

El dedo de Draco se alargó y se hundió en el glaseado de la poca tarta que quedaba.

—No, Harry, acertó de lleno —contestó Draco, y luego, mientras el moreno miraba con atención, el dedo de Draco llegó a su propia boca, donde lo chupó con tanta fuerza que se hizo el vacío en sus pómulos. Harry perjuró por lo bajo; Draco era un profesional en este juego, y las pruebas empezaban a incomodarlo. Se moría por bajar la mano para ponerse más cómodo.

Draco suspiró y se echó hacia atrás en la silla. Una mano retiró el largo pelo plateado desde su rostro hasta sus orejas.

—Esto está bastante lejos de una situación normal, Potter.

Harry se rió por lo bajo.

—No muchas cosas en mi vida han sido normales, Draco. Aunque tú y yo besándonos alcanza un nivel alto incluso en mi escala de anormalidad.

Draco sonrió y sacudió la cabeza.

—Dios, Harry, si tuviera tiempo, te cortejaría y haría que te enamoraras de mí.

—¿Qué? —jadeó Harry, sin creerse del todo lo que estaba oyendo.

Draco se inclinó hacia delante.

—Ya me has oído.

Harry apretó los dedos en torno a la base de su copa y se la llevó a los labios buscando algo más que un sorbo. Necesitaba un momento para ordenar sus ideas; después, puso la copa sobre la mesa de un golpe.

—A ver si lo he pillado. ¿Quieres que me cuele por ti, y luego dejarme? Me parece que no, Malfoy. He perdido a demasiada gente que me importa, y mis días de follar durante horas ya han terminado. Esa etapa de mi vida terminó cuando lo hizo mi misión en el Londres muggle.

—Entonces ¿estabas de farol hace un momento? —respondió Draco, con un matiz de enfado.

—No, Draco, no era un farol. Me dejé llevar por el momento. No he sentido nada así antes. Lo siento. Me encantaría llevarte arriba y follar contigo toda la noche, pero no estoy seguro de si podría aceptar otra pérdida a nivel mental.

En la cara de Draco apareció una amplia sonrisa. Harry sintió deseos de borrársela de una bofetada.

—¿Tienes sentimientos por mí?

Harry asintió.

—Es complicado, Draco. Adoro a Plata, y tú me atraes. Incluso podría decirse que me gustas en cierta extraña manera.

Draco se reclinó en su silla, cruzó los brazos, le dio la espalda a Harry, y se quedó mirando el fuego en la chimenea. Harry se limitó a mirar al rubio, sin saber qué había dicho que pudiera provocar esa reacción. Se acercó y le puso una mano en el hombro.

—¿Qué es, Draco? ¿Qué he dicho que te haya ofendido?

Draco se sacudió la mano de Harry de encima.

—Nada, no has dicho nada malo. Es sólo un montón de mierda Malfoy que me pasa por la cabeza.

—Cuéntamelo.

Draco negó con la cabeza, y Harry vio un brillo en la esquina de su ojo; se dio cuenta de que Draco estaba afectado, había visto esa reacción bastantes veces en Narcissa. La familia Malfoy parecía perfeccionar el arte de ocultar las emociones.

Harry se levantó y se arrodilló junto a la silla de Draco. Puso las manos a cada lado de su cara.

—Cuéntamelo, Draco.

Podía sentir que estaba obligándose a no mirarlo a los ojos.

—Es complicado, como dirías tú —contestó, mirando aún las llamas.

Harry apartó un mechón de pelo rubio que se había salido de su sitio.

—A pesar de lo que pensaras de mí en Hogwarts, Draco, no soy estúpido.

Draco se mordió el labio inferior para no sonreír. Su mirada se apartó del fuego y se posó directamente sobre Harry.

—Vale, pero está bastante liado.

Harry asintió, y se apoyó sobre los talones.

—Dispara. —Draco suspiró.

—Como lobo, sólo puedo aparearme con una pareja de por vida. No soy lo suficientemente lobo como para querer hacerlo con otro animal. Quiero estar con un mago humano. No había encontrado a nadie de mi gusto, hasta que has llegado tú. Tu aroma hace que quiera abalanzarme sobre ti ahora mismo. —Harry sonrió, sabiendo que no era el único que sentía la lujuria. Puso una mano sobre la rodilla de Draco para conseguir más equilibrio. Draco colocó sus manos sobre las de Harry antes de continuar.

»El orgullo Malfoy se ha metido de por medio cuando has mencionado lo del sexo con muggles.

—¿Crees que eso me hace sucio? —preguntó Harry con paciencia, intentando no sonar acusador. Draco apretó la mano de Harry.

—No, no. ¡Dios, no! Sólo me ha hecho sentir que no soy lo suficiente bueno, no soy lo suficiente bueno, ni siquiera comparado con esos muggles, para acostarme contigo.

Harry giró la mano para sostener la de Draco.

—Draco, no es así en absoluto. Ellos significaron bien poco para mí. Era sólo físico. No creo que pudiera tener sexo esporádico contigo, porque no sería esporádico. —Draco alzó una ceja, y Harry se rió.

»Pero sí quiero saber más sobre eso del apareamiento. No quiero ser indiscreto, pero había pensado que Voldemort te habría querido para él.

Draco tosió.

—Voldemort puede haber sido muchas cosas, pero gay no era una de ellas. En realidad, Harry, no creo que fuera lo suficientemente humano como para poder practicar sexo. Para mí, olía como un reptil. Una parte de mí cree que ésa era la razón de que fuera un puto cabrón: estaba frustrado sexualmente.

Harry se rió en voz alta.

—Dios, casi haces que sienta lástima de él.

Draco se unió a la risa, pero luego se puso serio.

—No, no sientas lástima. Era malvado, Harry, pura maldad. Le vi hacer cosas a las que ni siquiera mi gráfica imaginación conseguía acercarse. Le excitaba la tortura. Cuando llegué esa noche con Severus, después de la muerte de Dumbledore, se hizo cargo personalmente de mi vida. Me encerró en una de las celdas que viste, pero ésta estaba en sus habitaciones personales. Una vez a la semana mandaba a Greyback a que me mordiera o me arañara el brazo. El proceso duró meses pero, al final, casi agradecía no ser humano ya. Como Plata, me dejaba salir de la celda siempre que me portara bien. Sólo él sabía que me transformaba. En esas noches me guardaba prisionero. Era muy posesivo conmigo. Incluso le echó la cruciatus a mi padre cuando me pegó. —Fue Harry quien levantó una ceja en esa ocasión—. Sí, él también se lo merecía.

—Entonces, Draco, ¿estás diciendo que quieres emparejarte conmigo? —Draco se limitó a asentir. Harry se dio cuenta de que tenía miedo a perder la compostura, y apretó con más fuerza la mano que sujetaba—. Pero entonces, ¿por qué dejarme?

Draco giró repentinamente la silla. Harry se encontró arrodillado ante él. El rubio se inclinó y le robó un beso rápido. Aquello sorprendió a Harry, aunque no negativamente.

—Harry, el emparejamiento es de por vida. Nunca te pediría eso. Tú, nosotros, los dos hemos visto cómo se nos obligaba a hacer demasiadas cosas. Ya ves, puedo pedírtelo ahora, porque será sólo durante un tiempo. Una vez me haya ido, puedes recuperar tu vida.

Harry se levantó y recuperó el beso robado.

—¿Esto te haría feliz?

Draco le acarició el negro pelo desordenado.

—Sí, Harry, me haría muy feliz, pero no quiero que lo hagas por compasión.

Harry volvió a sentarse sobre sus tobillos, con una mano en cada una de las rodillas de Draco.

—Tienes razón, es complicado. Quieres que me empareje contigo porque me importas de verdad, pero si me importas, me romperás el corazón en Navidad.

Draco se mordió el labio inferior, y luego negó con la cabeza.

—Olvídalo, Potter. Sólo estoy siendo egoísta.

Harry dejó que sus manos subieran y bajaran por los muslos de Draco.

—No, Draco. Creo que no estamos siendo lo suficientemente egoístas. Deberíamos disfrutar del tiempo que tenemos. Sé que no quiero ningún ‘y si…’ recorriendo mi cabeza una vez te hayas ido.

Draco parecía patidifuso.

—¿Hablas en serio?

Harry dejó que sus pulgares recorrieran la parte interior de los vaqueros negros. Se encontraron en el vértice entre sus piernas. Los movió arriba y abajo, disfrutando del bulto que notaba. Draco parecía estar congelado; Harry se levantó.

—Del todo —susurró, y presionó los labios contra los de Draco.

—No juegues conmigo —murmuró Draco entre besos suaves.

La mano de Harry subió por el jersey negro y la camisa blanca, sintiendo los músculos escondidos debajo.

—No lo hago. —Su otra mano se quedó sobre el bulto en los vaqueros de Draco, quien gimió audiblemente cuando los besos se profundizaron.

Draco empezó a devolver el gesto, pero su mano subió sin querer por el jersey de Harry, que se apartó y volvió a descansar sobre los talones. Draco le dirigió una mirada interrogante.

—Cicatrices, duelen un poco.

—¿Voldemort? —preguntó Draco. Harry asintió.

—Voldemort. No son muy agradables a la vista —dijo, con aire avergonzado.

Draco sonrió y se levantó, llevando a Harry con él.

—Vamos arriba. Tenemos unas cuantas cosas que compartir el uno con el otro.

—Arriba, entonces —dijo Harry, alzando la vista hacia el hombre en que se había convertido Draco.

 


Continuará en Draco, parte II.





 

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