Intruders Slashzine - Portada - Índice - Capítulo 3 - Capítulo 5 - Ubicación original

 

EL MERCADO

 

26 de octubre

—Es un lugar precioso, Narcissa; me gusta especialmente el piso encima de la tienda. Los jardines son muy bonitos, parece que sea verano en mitad del otoño. Un poco de pintura en los listones y en la valla, y será un buen establecimiento. No estoy seguro de qué hacer con la plaga de hombres-rata, sin embargo… Todos estos edificios que han construido los han sacado de su hábitat.

Narcissa le dirigió una sonrisa torcida.

—Estaba planteándome buscar una mascota. Hay una tienda en esta calle llamada El Bestiario, y le he echado un ojo a un animal que creo sería perfecto para protegernos y deshacernos de las ratas.

Harry se apoyó en la farola más cercana a la sucia valla blanca. Era la primera vez que veía la tienda de Narcissa y el nuevo Mercado que estaban construyendo en la zona cero del callejón Diagon.

—Tal vez debería ir a explorar un poco por el pueblo. Plata necesita un collar, una correa y un amuleto de protección contra venenos. También quería conseguirle una varita a Draco.

Narcissa agitó su propia varita frente al sendero de ladrillos, limpiando la mugre y las hojas que lo cubrían.

—La mayoría de tiendas no están abiertas aún, pero hay una tienda de varitas, Sabiduría del Bosque, y creo que esa sí. Está bajando por un pequeño callejón que llamamos El Camino del Mago. La propietaria me recuerda a una versión joven y femenina de Ollivander. Por lo menos, tienen el mismo pelo escandaloso; quizá sea su nieta. Ah, y Harry, tiene una lechuza llamada Natscha que podría ser la hermana de Hedwig.

Harry sonrió.

—Narcissa, voy a dejarte las compras a ti, yo sólo quiero echar un vistazo alrededor, y tal vez tú podrías encargar algunas cosas para mí. Prefiero que no se me vea mucho ahora mismo. A cambio, yo te ayudaré a mudarte con tus cosas mañana, si quieres. Sigo creyendo que Lucius va a quedarse apopléjico cuando descubra que has quitado mobiliario de la mansión Malfoy.

Narcissa bajó la varita, apuntando a una desafortunada babosa que resultó estar en mitad del camino; la babosa se hinchó antes de explotar.

—Si tenemos suerte, puede que empiece a ponerse morado del enfado y reviente. Por supuesto, estaría igual de feliz si lo hiciera sólo su polla.

Harry se mordió el labio inferior y puso una mueca de forma instintiva. Sacudió la cabeza, intentando deshacerse de las imágenes mentales tan rápido como pudo.

—Volveré pronto —dijo, saliendo por encima de la valla y echándose sobre los hombros la capa de invisibilidad.

El inconfundible sonido y ambiente que caracterizaban lo mágico estaban a su alrededor cuando se paseó por la calle recién asfaltada. Caminaba por la mitad del camino para evitar a cualquiera que estuviese dándose un paseo. Había brujas jóvenes y viejas por todas partes, ocupadas en renovar y construir tiendas nuevas. Echaría de menos el callejón Diagon, pero en algún lugar de su corazón se alegraba por la actitud de “volver a empezar” que mostraban las brujas.

La primera tienda que llamó su atención fue la que supuso sería el establecimiento de los patrocinadores; era el que parecía más acabado. El edificio recién construido tenía tres señales en la parte frontal, y una contenía el nombre de la promotora. Rótulos Morrighan ocupaba una esquina del edificio. Otro más pequeño, Artesanía, estaba apretujado en medio, y al otro lado había un gran rótulo que decía La tienda de segunda mano. Cada una de las cabeceras y señales era una obra de arte por derecho propio. Harry se preguntó si Narcissa había encargado ya un rótulo para su tienda.

Sonrió para sí cuando vio al otro lado de la calle un cartel que decía Pequeñas pociones. Se preguntó qué opinaría Severus del nuevo local. La curiosidad le pudo, y se acercó para echar un vistazo mejor.

Las persianas estaban abiertas, pero aun así no veía muy claramente el interior debido a las pesadas cortinas verde oscuro que cubrían las ventanas. La puerta era morada y estaba decorada con lo que parecía ser un perro de acero.

Miró la tienda desde la puerta, y lo primero que vio fue una mesa baja que mostraba pociones dentro de botellas de colores, con etiquetas como “Pelo de perro”, “Elixir para el dolor de cabeza” y “Solución destellante”.

En el mostrador que recorría una de las paredes, había una cesta llena de tejido para punto, con un par de calcetines y muchas agujas. Pensó inmediatamente en Molly, y se dejó una nota mental acerca de hablarle de esta bruja. Una túnica lavanda oscuro colgaba de un gancho detrás del mostrador, con un llamativo sombrero rosa pastel al lado.

Harry procuró ser aún más cuidadoso cuando la propietaria salió del cuarto interior, pero sintió inmediatamente un impulso de confianza. Parecía muy suave, cálida y maternal, con su largo vestido verde oscuro y un abrigo rojo encima. Su cabello castaño oscuro estaba teñido de gris y recogido en un moño que se añadía a la ilusión de inocuidad. Se ajustó las gafas con montura de cobre y empezó a escribir en un trozo de pergamino sobre el mostrador.

No se veían pociones haciéndose dentro de calderos, pero se dio cuenta de que la chimenea despedía un maravilloso aroma a sopa de pollo. Harry se sobresaltó cuando algo olisqueó sus zapatillas. Se le paró el corazón cuando vio un cachorro que parecía una gárgola a punto de morderle los pies. Por mucho que quisiera entrar, sabía que debería irse. Se sintió algo triste al pensar que la bruja podría haber sido alguien que a Severus le habría gustado conocer. Habían pasado cinco días, y seguían sin tener noticias. Cada día llegaba más información sobre quién estaba dónde, quién había sobrevivido y quién estaba herido. Sabía que debería haber hecho ya la entrevista para El Profeta, pero no quería hacerlo. Remus sugirió que escribiera una carta si se oponía tan profundamente. Harry había estado de acuerdo, y el principio de esa carta estaba en el escritorio de su cuarto.

Se aferró con más fuerza a la capa cuando la brisa otoñal se convirtió repentinamente en una ventolera. Casi tuvo arcadas cuando un nuevo olor inundó su nariz; olía a excrementos animales. Tuvo un escalofrío cuando un chillido ensordecedor llenó el aire.

Se alejó de Pequeñas pociones y siguió el hedor. No tuvo que llegar lejos hasta que, al doblar una esquina, sus sentidos se vieron asaltados por colores brillantes, una cacofonía de sonidos, y el olor de los desperdicios animales.

Vio a una mujer con aspecto demacrado forcejear contra un hipogrifo mientras señalaba con el dedo a un fénix, y la imagen lo hizo parpadear de asombro. El cartel decía El bestiario, y su corazón se rompió un poco más al pensar que Hagrid habría sido un cliente habitual. Harry respiró hondo y apartó el sentimiento de desolación a un oscuro rincón de su alma.

La bruja pronto lo sacó de su melancolía cuando la vio apartarse un lacio mechón de cabello de los ojos, dejando una mancha oscura sobre su mejilla. Harry quería decir algo, pero luego se lo pensó mejor cuando ella se giró y le dio un golpe en la nariz a una… cosa, que se parecía vagamente a un perro extraño de seis patas.

Entonces vio a una bruja joven y hermosa acercarse a la propietaria. Se acercó un poco más para poder oír la conversación.

—Disculpe —dijo la clienta—, me preguntaba si tienen algún simurg en venta. —Harry intentó con todas sus fuerzas recordar qué demonios era un simurg. Le vino a la mente la imagen de un zorro con alas y plumas en la cola. En realidad eran criaturas bastante asombrosas.

Casi descubrió su escondite riéndose en voz alta con la respuesta de la dueña.

—¡Pues claro! Tengo uno ahí ahora mismo, y… bueno, desafortunadamente está bastante enamorado de mi quetzalcoatl ahí atrás, como puedes ver. —Tosió, murmurando “pájaros maricones” en voz baja.

Se acordó de Plata. Sería esta noche cuando verían a Draco. El estómago se le hizo un nudo ante la idea. La última vez que lo había visto fue en la Torre de Astronomía, en una de las peores noches de su vida. Ahora era un lobo y, después de cinco días, Harry se estaba encariñando bastante con él. Encontraba fácil relajarse cuando lo tenía cerca. Estaba seguro de que Draco haría algún comentario esta noche sobre lo mucho que Harry hablaba. Sonrió; nadie lo creería jamás, de todas formas.

—Me puedo llevar el quetzalcoatl también, si de verdad no pueden separarse, aunque no sé mucho sobre esos, tendré que investigar una vez lleguemos. Ah, y ¿tienen nombres ya?

—Se llaman Simmy y Quetie —dijo la propietaria, señalando primero al quetzacoatl y luego al simurg.

Harry se alejó para echar un vistazo alrededor de El Bestiario mientras la propietaria estaba ocupada. Para cuando hubo terminado su pequeño paseo, estaba seguro de que el Ministerio de Magia pronto empezaría a multar la tienda por transgredir las normas de cruzamiento. Esperaba que el sitio permaneciera abierto; era asombroso poder ver a tantas criaturas mágicas en el mismo lugar.

Se dio prisa, puesto que aún quería recoger algunas cosas para Plata y Draco. Ya había separado a ambos en su cabeza, aunque seguía teniendo problemas en tratar a Plata como a un lobo. Se sentía mejor sabiendo que estaba cerca, y de vez en cuando era lo suficientemente valiente como para acariciarlo.

Harry volvió sobre sus pasos hacia la tienda que se había pasado mientras iba hacia El Bestiario. El letrero de madera que se mecía con el viento decía La Armería. Harry se rió para sí, pensando que una armadura le habría venido bien hacía seis días. Su pecho, aunque ya se estaba curando bajo el cuidado experto de Narcissa, seguía doliendo cuando se movía de la forma equivocada. Las cicatrices estarían siempre ahí, más señales malditas de Voldemort, pero al menos esta vez no estaban conectadas directamente con ese demente.

Miró a través de la pequeña ventana incrustada en la puerta de madera, y vio una sala alumbrada con luz de antorchas. Había acero por todas partes, colgando de las paredes y del techo.

Había otra puerta en la parte de atrás. Harry oía martillazos claramente, pero su atención estaba fija en un hombre alto que se acercaba a la puerta. El hombre cogió una espada con las dos manos, casi tan alta como él mismo, y la observó mientras la sostenía entre ellas.

Aunque había muchos objetos a la venta, Harry sabía que si necesitaba encargar algo especial, éste sería el sitio adecuado. Le pediría a Narcissa que le encargara un duplicado de la vaina que había usado en el duelo. Se la pasaría al Ministerio para que la exhibieran, pero él quería la original.

Se dio la vuelta para alejarse justo a tiempo para ver a la joven bruja de El Bestiario entrar en una tienda llamada Bibliotheca. Se encendieron las luces de la planta baja. Una librería; Hermione estaría encantada, y le vendría bien para las vacaciones, que ya estaban a la vuelta de la esquina.

Siguió paseando por la calle y vio una casa adosada de dos plantas. Las persianas de madera de jabi estaban abiertas para dejar entrar la luz solar, pero la fuerza de las barras de acero sobre el cristal de las ventanas era evidente. Harry presintió que, si se atreviera a probar la fuerza de las barras, se encontraría alguna sorpresa desagradable.

No había picaporte en el exterior de la puerta reforzada, pero sí parecía haber una pequeña mirilla.

Se acercó más para investigar, y vio una placa discreta en el lado izquierdo: Oropel, purpurina y glamur. Joyería mística y mundana.

A la derecha de la puerta había un timbre; bajo él, una señal: Usar en caso de emergencia durante las horas de cierre. Harry no estaba por la labor, pero sabía que ése sería el sitio adecuado para conseguir un amuleto de protección contra venenos. Sacó una libreta y anotó el nombre de la tienda.

Bajó un poco más y se encontró atraído por una tienda misteriosa sólo para descubrir que parecía bastante normal. Las cortinas dejaban pasar una suave luminiscencia desde el interior. Una señal negra colgaba sobre una puerta de ébano con el impreciso nombre de Al otro lado del paraíso en letras plateadas. La propietaria estaba sentada fuera, sobre un banquito junto a la puerta. Una bruja con el pelo gris alborotado se acercó. Su atuendo le llevaba a pensar en una horrible mezcla entre una hipppie y una gitana adivina de las antiguas películas muggles. El tintineo de las cadenas y abalorios que llevaba al cuello sonaba casi musicalmente mientras se acercaba a la propietaria, que le sonrió y se llevó a los labios el cigarrillo que tenía entre los dedos.

—Odio fumar cerca de la mercancía —dijo, arrastrando las palabras suavemente mientras se colocaba un mechón de pelo tras la oreja—, pero puedes entrar sin mí.

La bruja entró, y Harry la siguió. Vaciló un momento mirando a la persona que había levantado esta tienda. En cierto sentido, era tan misteriosa como el propio lugar. Se arremangó los trapos que llevaba por ropa hasta el antebrazo, y Harry se dio cuenta de que el tintineo que oía cada vez que levantaba el cigarrillo estaba provocado por los grandes anillos de metal que colgaban de sus brazaletes. Tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó con la punta del zapato antes de agacharse a recoger la colilla, encogiéndose de hombros, para tirarla en un cenicero.

Harry se apartó y dejó que la mujer lo adelantara. Dio un golpecito con los talones de sus botas altas en el rellano para asegurarse de que no quedaba mugre en ellas, y entró a su tienda. Se giró para mirar a la otra bruja, y le hizo una reverencia juguetona con una sonrisa.

—Bienvenida a El otro lado del paraíso. Nos especializamos en el mejor cuero disponible en el mercado; espero que puedas encontrar tus… placeres aquí.

Hizo un guiño insolente antes de volverse para ir tras el mostrador y permitir que Harry viera claramente la tienda por primera vez. Se alegró de estar bajo la capa invisible, y que nadie pudiera ver cómo se ruborizaba ante la mercancía. Sabía que era algo ingénuo en estos asuntos, pero el lugar hizo enormemente obvio lo inocente que realmente era. Sí que vio un collar de cuero y una cadena perfectos para Plata, sin embargo. Lo añadió a su lista. Estaba a punto de salir cuando casi se tropezó con lo que pensó era un ratón, pero que en realidad era la gata más pequeña que hubiera visto nunca.

Se escabulló por la puerta pero, para su consternación, el felino en miniatura lo siguió. Al parecer, no le engañaba la magia. Harry volvió a recorrer la calle buscando un callejón llamado El Camino del Mago. La gatita trotaba tras él, y algunas personas se quedaron mirándola, preguntándose qué estaba haciendo. Harry se detuvo y, cuando vio que nadie lo miraba, la cogió. Cabía perfectamente en el bolsillo de su sudadera. Vio de nuevo a la bruja con el peinado alborotado. Recordaba que Narcissa había dicho que era la propietaria de la tienda de varitas, así que decidió seguirla, ya que se le acababa el tiempo. Tenía que llegar a casa pronto para prepararse para esta noche, la primera luna llena desde la llegada de Plata.

Persiguió a la bruja de cerca y la siguió por un atajo, hasta que la vio tocar un ladrillo en un muro; apareció una ventana, y después todo un bar. Había una bonita señal de madera sobre la puerta: La taberna del giratiempo. Espirituosas del pasado y el presente. También había un cartel en la ventana:

 

Bienvenidos a EL GIRATIEMPO

AHORA ABIERTO:
La casa más novedosa en el Mercado
Para el Libertinaje y los Buenos Ratos

Todos los magos y brujas son bienvenidos
Por favor, cumplan las reglas

 

Harry estaba cuanto menos intrigado. Siguió a la bruja al interior del bar cuando ésta abrió la puerta. Se quedó sorprendido cuando se encontró con… nada.

Todas las paredes estaban desnudas. Sólo había algunas mesas con aspecto destartalado, sillas aquí y allá, y una barra vieja con algunos grifos oxidados. Sorprendido, giró en un círculo, esperando encontrar algo, cualquier cosa, más prometedor. Sus ojos dieron con otro pergamino que colgaba de una pared. Se acercó para leerlo en la tenue luz:

 


LAS REGLAS DEL GIRATIEMPO.

1. Permitida la entrada a todo mago o bruja.
2. Nada de política, por favor; la guerra no existe aquí y todos son bienvenidos, más allá de afiliaciones políticas, salvo que haya un comportamiento inadecuado.
3. Para poder visitar el bar, debe adherirse a estas condiciones. Para utilizar el giratiempo y elegir la localización del bar, debe indicar su acuerdo con las reglas y comprar una licencia de giratiempo.
5. Una vez haya fijado su firma mágicamente vinculante a este pergamino y comprado la licencia, puede utilizar el giratiempo situado en el estante a la izquierda de este pergamino para acomodar el ambiente a sus preferencias. ¡Siéntase libre de ser creativo!
6. Para evitar confusiones, el giratiempo sólo podrá utilizarse una vez cada tres horas.
7. Para utilizar el giratiempo, piense en un tiempo y lugar que desee “visitar”. Concéntrese profundamente en el periodo de tiempo y la localización, y dé cinco vueltas al giratiempo.
8. Una vez los giros estén completos, el bar se recreará para ajustarse a la decoración y atmósfera de un bar típico de dicho tiempo y lugar. Por ejemplo, si piensa en Inglaterra en tiempos de Shakespeare, el bar tomará la apariencia de un bar inglés a finales del siglo XVI, con vigas de madera y velas en las paredes. Si solicita el salvaje oeste americano, el bar tendrá puertas giratorias en la entrada, un piano, una larga barra de madera, y escupideras cubriendo toda superficie disponible. Para hacer un mejor uso de las características del giratiempo, intente visualizar los elementos del periodo y lugar al máximo de sus capacidades. Cuanto más detalle provea al giratiempo, más exacto y realista será el bar.
9. El rincón oscuro está disponible para el disfrute de todos. El uso lógico de encantamientos silenciadores y de cerradura será apreciado, a no ser que se dé una petición general de evitarlos.
10. El pub está mágicamente servido. Simplemente diga “camarero” y después el nombre de la bebida que desea. Aparecerá en la barra para usted.
11. ¡Diviértase! ¡Beba! ¡Fume! ¡Sea feliz! ¡Pase el rato de su vida!

 


Harry sabía que, definitivamente, este lugar tenía posibilidades; quizá en alguna otra noche de luna llena, traería a Draco hasta aquí. Por ahora, se le acababa el tiempo: la tienda de varitas tendría que esperar. Estaba a punto de dar la vuelta y salir del callejón, cuando la bruja, a la que echaba unos treinta años, salió de la taberna y volvió a la calle. Tocó otro ladrillo, y Harry quedó encantado cuando otra ventana apareció ante él. El edificio parecía bastante antiguo; las vigas que lo sujetaban estaban oscuras por la vejez. El tejado estaba decorado con ramas de jengibre blanco en las esquinas.

Se sorprendió un poco cuando el jengibre cambió de color delante de sus ojos: rojo… verde… azul… morado… de nuevo blanco… ¡arco iris!

Apartando los ojos del sorprendente espectáculo, vio un pequeño cartel en la puerta. Se acercó a leer.

 


La sabiduría del bosque
Fabricantes de varitas desde el 612 a.C.

Actualmente cerrados por reformas
Próxima reapertura
Disculpen las molestias

Para reparaciones de varita de emergencia u otras necesidades, por favor, contacten vía lechuza.

 


Harry quedó algo decepcionado de que la tienda no estuviera abierta; dejaría que Narcissa eligiera una varita para Draco más tarde. Para la próxima luna llena de Noviembre, Draco tendría varita.

Volvió rápidamente a la calle; la gatita estaba empezando a intentar salir de su bolsillo usando las uñas. Vio el rótulo de la tienda de cueros y devolvió el animal a su legítima propietaria.

Volvía a la tienda de Narcissa cuando, más allá de su establecimiento, vio una carpa de colores vibrantes que aparecía de la nada en el rincón más lejano del Mercado. Tal vez había estado ahí todo el tiempo y se acababa de dar cuenta, o tal vez había aparecido ahora mismo. La señal pintada sobre la carpa decía Adivinación divina; lectura y herramientas.

No era una puerta tanto como una cortina desgajada con los colores del arco iris, que se movía con el viento. De hecho, había bastantes bufandas flotando, atadas a distintos postes y palos. Considerándolo todo, el conjunto parecía bastante… excéntrico, y tenía pinta de que una ráfaga de viento pudiera llevárselo en cualquier momento. ¿Qué clase de pirada está en este sitio?, se preguntó. Mientras se quedaba ahí de pie, el inconfundible aroma del aceite de pachulí llegó desde la entrada, seguido por un ataque de tos.

Harry sacudió la cabeza, acordándose de Trelawney, y volvió a la tienda de Narcissa. Pasó por encima de la valla, recién pintada de blanco, y luego dio un salto cuando vio una criatura tumbada en un balancín, ante la entrada. Merlín, ¿qué demonios es eso? Narcissa salió por la puerta principal, y acarició la cabeza de la criatura, rascándole bajo la barbilla. Se oían los ronroneos desde donde estaba Harry.

Se quitó la capa de invisibilidad.

—¡Narcissa! —exclamó—, ¿qué es eso?

La mujer alzó una ceja, sorprendiendo aún más a Harry. Pensaba que sólo los varones Malfoy adoptaban ese gesto.

—Es un ligre. Se llama Minnie, ¿no es divina? Ya se ha zampado dos docenas de ratas.

—Dios santo, Narcissa, ese gato es más grande que un hipogrifo. Espero que no se te acaben las ratas.

—Oh, no te preocupes por Minnie. Entra y dime qué te han parecido las tiendas.

Harry la siguió al interior, esquivando la pila de huesos junto al ligre durmiente. Se dio cuenta de que Narcissa ya tenía cajas acumuladas en la caja. Abrió una y sacó una gran vela morada, pasándosela a Hary.

—Esto es para ti, Harry, para tu habitación. Es vela eterna. Siempre estará encendida, hasta que quien la encendió decida apagarla. He pensado que, ya que Plata está durmiendo contigo…

Harry la recogió de sus pequeñas manos.

—Es perfecta, Narcissa, gracias. Me encanta el mercado, y creo que serás feliz aquí. He hecho una lista de cosas que encargar, y dónde hacerlo. La tienda de varitas estaba cerrada, así que dejaré a tu discreción la varita de Draco.

Narcissa cogió la lista de Harry y sonrió.

—Está bien, lo encargaré todo mañana. Creo que ahora deberíamos volver a casa y preparar la llegada de mi hijo.

Harry estaba a punto de cogerla del brazo y desaparecerse, pero se detuvo.

—Narcissa, ¿has encargado ya un rótulo?

—Sí, debería llegar la semana que viene.

—¿Puedo preguntar cómo vas a llamar a la tienda?

Ella sonrió y le guiñó el ojo.

—El Resplandor. ¿Nos vamos ya?



 

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