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El SLYTHERIN SUPREMO (I)

Capítulo traducido por Naru

 

24 de Diciembre de 1999

La cocina bullía de actividad por primera vez en meses. Molly Weasley estaba ocupada glaseando la última cacerola de bollos de canela calientes, y el aroma se filtraba tres plantas arriba hasta la puerta de Harry. Ambos, Plata y él, se sentaron en la cama y alzaron la nariz, olfateando.

—¿Preparado para el desayuno? —preguntó Harry, rodeando con los brazos la espalda del lobo y abrazándole—. Voy a ver si puedo robarte uno de ésos.

Plata dejó escapar un quejido, saltó de la cama y escapó a través de la portezuela del perro. Harry alcanzó sus gafas y se dirigió al baño. Decidió ducharse luego, así que sólo se lavó los dientes. Se colocó la gruesa túnica de algodón burdeos, al igual que un par de zapatillas grises.

Cuando entró en la cocina, le dio un abrazo de buenos días a la regordeta mujer pelirroja.

—Buenos días, Molly. ¿Qué haces aquí? —preguntó mientras llenaba una taza de café caliente, que se enfrió en seguida por la cantidad de leche que le añadió.

—Buenos días, Harry, querido. Es sólo que se me ha ocurrido pasarme a ver cómo ibas. Vas a venir mañana a la Madriguera, ¿no? Incluso Charlie estará en casa.

—Por supuesto, no me perdería una Navidad en la Madriguera.

—Eso está bien, querido. Ahora tengo que volver, acababa de poner al fuego unas salchichas.

—No te preocupes, lo llevo bien. Sé que la otra noche quizá monté un pequeño espectáculo, pero estoy bien, de verdad.

Ella le tendió el cuchillo de mantequilla después de terminar de extender el glaseado sobre el bollo. Los ojos de Harry brillaron antes de lamerlo hasta dejarlo limpio. Plata apareció en la puerta trasera y miró a Harry, suspicaz.

—Plata quiere un bollo, Molly, ¿te importaría?

Molly bajó la mirada hacia el lobo y le acarició las orejas enhiestas. Cogió un bollo del último montón y se lo dio a Plata. Harry se rió cuando el lobo se lo tragó entero, relamiéndose el hocico.

—Ni uno más, querido. No queremos un lobo enfermo mañana en La Madriguera —le reprendió Molly cuando Plata miró arriba anhelando más.

—No pasa nada, Molly, estará bien —comentó Harry irónicamente. Plata comería cosas mucho más cáusticas más tarde. Alcanzó la cacerola, cogió otro bollo y lo colocó sobre la nariz del lobo sin soltarlo. Plata dejó escapar un gruñido bajo y Harry retiró los dedos. El segundo bollo de canela desapareció.

—¿Has visto a Narcissa? —preguntó Harry mientras empezaba a calentar las salchichas.

—Sí, dijo que tenía algunas cosas que recoger a última hora, antes de mañana. Debo decir que la casa tiene un aspecto encantador. Ahora tengo que irme, no hay necesidad de salir a despedirme, cariño. Oh, y Harry, asegúrate de que Remus y Nymphadora vienen contigo mañana. Narcissa dijo que ella pasaría una tarde tranquila con Kingsley —dijo Molly mientras se quitaba el delantal.

Harry le dio un largo abrazo de despedida y después volvió a centrarse en la cacerola de salchichas, dándoles la vuelta.

—Bueno, Plata, ¿quieres venir hoy a comprar conmigo? Estaba pensando en ir a Hogsmeade, se supone que la mayoría de las tiendas están abiertas ya.

El lobo movió la cabeza y dio un tímido golpe con la cola.

—No estás seguro, ¿eh? Bueno, había pensado que querrías volver a verlo. Podríamos comer en Las Tres Escobas —Harry estaba seguro de que había una parte de Draco que querría ver el pequeño pueblo una vez más. Sabía que en algún momento iba a golpearle la idea de que era su último día juntos, pero por el momento, su prioridad era que el lobo pasara un buen rato.

Plata movió de nuevo el rabo.

—De acuerdo, entonces déjame terminar de desayunar y nos vamos.

Harry se permitió una de sus famosas largas duchas; había adquirido el hábito cuando se mudó a Grimmauld Place. Tener un baño para él solo era un lujo que le había sido negado en su juventud. Su moral había subido en los últimos días, y eso le sorprendió; imaginó que se debía al hecho de que finalmente había compartido con alguien todo lo que había sucedido realmente. También estaba deseando volver a ver a Draco, aunque fuera una hora o dos. Lo echaba de menos.

 


*****


Harry fijó el lazo dorado al último de los paquetes envueltos en papel rojo y lo dejó encima de la pila de regalos con el mismo envoltorio. Tenía sólo uno envuelto en verde y plata; era para Narcissa. Era una pequeña foto enmarcada de los tres, en el picnic de Halloween. Dirigió una mirada al reloj: eran cerca de las cuatro y pronto se pondría el sol. Había tenido la esperanza de que nevara. Plata adoraba la nieve, pero en lugar de copos, caminaron rápidamente entre las tiendas de Hogsmeade bajo la lluvia. Harry guardó el papel de envolver y salió de la cocina para encontrar al lobo. Tendría que subir al piso de arriba en breve.

Plata estaba bajo el árbol, moviéndose en sueños. Harry adoraba el contraste entre el pelaje blanco del lobo y los faldones rojos del árbol. Pensó que ponerle un lazo rojo le convertiría en el regalo perfecto. Sacudió la cabeza para detener cualquier pensamiento de esa naturaleza. En su lugar, se dejó caer al suelo y se tumbó junto a Plata. Pronto descubrió por qué al lobo le gustaba tanto aquel lugar. El terciopelo era suave; el árbol olía a bosque, y los adornos dorados reflejaban pequeños destellos de luz. Plata dejó escapar un quejido al tiempo que sus patas sufrían un espasmo. Harry se daba cuenta de que estaba soñando. Esperaba que fueran sueños felices, y que estuviera cazando por fin a los gatos que siempre se le escapaban.

Habían disfrutado del día juntos. Rosmerta le había dado algo de carne de conejo fresco a Plata, y parecía haberlo disfrutado más que los bollos de canela que había recibido por la mañana. La dueña de Las Tres Escobas había salido de la trastienda para saludar a Harry, y luego se agachó para abrazar a Plata. Harry se había tenido que reír, sabiendo que Ron habría estado celoso. Todo el mundo sabía que Ron estaba un poco pillado por Rosmerta, e incluso Rosmerta lo sabía y flirteaba con él cuando entraba en su establecimiento. En esos casos, Hermione ponía los ojos en blanco y fingía que estaba ofendida, aunque sabía que todo era una broma.

Después de dejar los paquetes que habían comprado, Harry había llevado a Plata al parque muggle cerca de Grimmauld Place. Era uno de sus lugares favoritos para jugar. Le daba espacio al lobo para correr y estirar las piernas. La lluvia había cesado, pero persistía una ligera niebla. Los árboles estaban desnudos y no se veía siquiera una simple ardilla. Habían jugado con una pelota de tenis que Harry lanzaba. Una vez más, tuvo que silbar cuando un gato negro rayado entró en escena.

El hocico de Plata se estaba moviendo. Harry se estiró para agarrarle con suavidad de uno de los bigotes negros. Lo levantó, dejando ver los dientes caninos. En un instante, éstos estaban en la muñeca de Harry. El mordisco no fue fuerte, pero Plata no le dejó ir.

—Eh, tú, suéltame. Sólo te estaba despertando para que pudieras subir —los ojos de Plata se clavaron en los de Harry y entonces dejó escapar su muñeca—. Así está mejor —dijo, mientras se inspeccionaba las marcas en la piel. Se levantó de debajo del árbol; Plata rodó sobre su estómago y se echó hacia atrás.

Harry acarició a Plata de la cabeza a la cola, y no pudo contener un sollozo. El lobo le miraba, perplejo. Con ambas manos alrededor de su cuello, le quitó el collar, sujetándolo.

—Te voy a echar de menos, Plata. Has sido un buen amigo. Ahora ve escaleras arriba. Voy a poner algo de picar para cuando baje Draco.

Plata se acercó a Harry, y se restregó contra un lado de su cuello. Harry se tuvo que reír; la lengua del lobo lamiéndole la oreja repetidamente le hacía cosquillas. Le dio un fuerte abrazo antes de enviarlo a la segunda planta.

Respiró profundamente, se levantó, y puso el collar sobre el mantel. Se alejó, pero luego cambió de idea y se giró para volver. Le quitó el medallón del dragón de oro al collar y lo colgó en el árbol.

 


*****


Harry escuchó el revelador aullido transformarse en un grito humano de dolor. Estaba en la cocina preparando algunos sándwiches de pavo y salsa de arándanos para él y para Draco. Narcissa ya le había dicho que la cena de Nochebuena en la Mansión sería algo bastante elaborado, así que no había que dejar que Draco comiera demasiado antes. Se irían a las siete.

Harry dejó la bandeja de comida en la mesa y abrió una botella fría de cerveza. Estaba mirando por la ventana situada encima del fregadero. De la fuente aún manaba agua clara y fría. Unos cuantos pájaros que estaban pasando el invierno en los arbustos se alineaban en la orilla para beber.

Casi dejó caer la cerveza cuando unos brazos cálidos le rodearon la cintura. Besos suaves fueron depositados en su cuello y su hombro. Harry se echó hacia atrás y se relajó en el abrazo de bienvenida.

—Te he echado de menos —susurró Draco en su oreja.

Harry no estaba seguro de si eran las palabras, o el ligero soplo de aire lo que le hizo estremecerse. Dejó la cerveza y se giró para encarar a Draco. No había creído posible que Draco tuviera mejor aspecto, pero lo cierto es que así era. Su pelo estaba ahora grueso y enredado, y le caía sobre los hombros.

Harry rodeó con sus manos el cuello de Draco, acercándole a sus labios.

—Yo también te he echado de menos —dijo, antes de besarle.

Draco le sujetó más fuerte, y Harry abrió más la boca, dejando pasar la lengua de Draco para capturar la suya. Draco movió las manos a cada lado de la cintura de Harry, alzándole sobre la encimera. Se metió entre sus piernas, abriéndoselas sin preguntar. Rápidamente se colocaron alrededor de su cintura.

Draco interrumpió el beso sólo para susurrar:

—Dios, Harry, te deseo.

—Tómame —susurró Harry antes de que su boca fuera de nuevo llenada.

No estaba seguro de cuál de los dos lo había hecho, pero se aparecieron en su dormitorio. No pensaba que Draco pudiera hacerlo sin varita, pero no estaba seguro, y demonios, no le importaba. Aún rodeaba a Draco, y sin titubear, le sujetó colocándole las manos bajo los muslos. Llevó a Harry hacia la cama, le sentó, y con pericia le colocó boca arriba en el centro de la cama. Se tumbó sobre él y empezó el ritual de bañar su cara y cuello con la lengua.

Harry echó la cabeza a un lado, miró el parpadeo de los candelabros, y deseó que ese momento durara para siempre. El susurro de la garganta de Draco expresaba la pasión que sentía. Harry se incorporó, se quitó las gafas y las tiró a un lado. Bajó la mano para alcanzar el borde de su camiseta, subiéndosela. Draco paró sólo un instante para darle tiempo a sacársela.

—Sigue —ronroneó Draco, rozando su oreja.

Los pantalones acabaron bajados junto con los calzoncillos. Harry movió las piernas para sacudirse la ropa. Draco cayó a su lado, dejando de saborear a Harry. Miró el cuerpo que se le presentaba; su mano acarició toda porción de piel que quedó a su alcance.

El cuerpo de Harry casi temblaba bajo los dedos de su amante, su compañero, su Draco. No se sentía expuesto en una posición tan vulnerable, se sentía aceptado y querido. Los dedos empezaron a recorrer cada una de sus cicatrices. Besos suaves sobre el borde de sus labios.

—Gracias por contármelo —murmuró Draco.

Harry levantó la mirada. Los mechones de oro en el borde plateado que bordeaba las dilatadas pupilas negras las hacían incluso más brillantes.

—De nada.

Draco se perdió en la mirada de Harry. Sabía que éste no podía sostenerle la mirada mucho tiempo. Casi parecía asustado.

—Gracias por entenderlo —Harry asintió, y como Draco había predicho, cerró los ojos. La primera noche no había sido así, y Draco se preguntó qué había cambiado.

Harry se tumbó allí, disfrutando de las suaves caricias. No hubo vergüenza cuando su erección se balanceó al acercarse Draco para tocarla. Harry quería que Draco supiera que su cuerpo le deseaba. Draco descansó la cabeza en su pecho; Harry le abrazó, y bajó la cabeza para besar el suave pelo rubio.

—Tócame —le urgió cuando la lengua de Draco jugó con su pezón.

Draco obedeció, y su mano de dedos largos abarcó sus testículos, acariciándolos con el pulgar y el índice. La respiración pesada de Harry le indicó que había tenido suficiente, y sus dedos se retiraron.

Harry gimió cuando la cabeza del miembro de Draco le penetró. Lo deseaba tanto que levantó las caderas para tomarle más adentro. Draco llevaba haciéndole el amor a todo su cuerpo durante una hora, como si, como si... como si tuvieran todo el tiempo del mundo, pensó Harry.

—Oh Dios, Harry —rugió Draco mientras se hundía más adentro.

Harry apartó las piernas de los costados de Draco y le colocó las rodillas contra el pecho. Las manos de Draco las devolvieron a su lugar.

—Joder —gruñó cuando la siguiente embestida le enterró a fondo en el núcleo de Harry.

Respiraban pesadamente, el pelo de Draco colgando a cada lado del rostro de Harry, que estaba envuelto en él. Cerró los ojos cuando Draco se acercó más y le besó. Era tan perfecto, era demasiado; haber sido poseído una vez por el mal y ahora por el amor incondicional, era tan poderoso. Draco no lo había llamado así, pero Harry lo sentía. Draco le amaba. El movimiento continuo del miembro de Draco enterrándose en él después de cada retirada provocaba que una corriente se formara lentamente a través de su cuerpo. Se centraba en su polla, pero lo sentía en todas partes. Dejó caer una rodilla y deslizó la mano entre sus cuerpos. Se llevó la mano a su propia polla, y juntos, mientras intentaban desesperadamente seguir besándose, alcanzaron la euforia que sólo los amantes conocían.

Harry miró la hora. Eran las seis. Draco se iría en una hora. Ahora mismo, sin embargo, estaban acurrucados bajo las mantas con las manos y pies alrededor del otro.

—Me muero de hambre —dijo Draco.

Harry se rió.

—Bueno, he hecho unos bocadillos, están en la mesa, abajo, pero tu madre se preocupaba de que no tuvieras hambre para la cena de esta noche.

Draco gruñó.

—Sí, la comida de varios platos. No tienes idea de cuánto odio esas cosas. Padre solía ser capaz de dar un discurso en cada cambio entre platos. Hacia el final, yo sólo quería coger mi pudding y desaparecer en mi habitación.

Harry sonrió. Nunca habían hablado de la vida de Draco en la Mansión. Narcissa le había hablado de muchas cosas, pero no conocía esas historias desde el punto de vista de Draco.

—¿Estás nervioso?

Draco soltó una risotada.

—Mi padre pondría nervioso a un nundu (1). La clave siempre ha sido no revelar lo que realmente sientes o piensas. Es el juego del gato y el ratón. La verdad siempre está ahí, en alguna parte, escondida entre las palabras.

—Suenas como un verdadero Slytherin —replicó Harry, irónico.

—Me llamaban el Príncipe Slytherin por una buena razón, Harry —dijo Draco mientras salía de entre las sábanas y desaparecía en dirección al baño. Volvió con las zapatillas y túnica de Harry—. Vuelvo en un momento. Quiero algo de comer y chocolate.

Harry miró el reloj: cuarenta y cinco minutos más. Draco apareció en cinco, sujetando la bandeja de bocadillos y dos tazas de chocolate caliente. Harry se dio cuenta de que uno de los bocadillos ya no estaba.

Draco cogió otro y se fue al baño. Harry escuchó el sonido de la ducha correr. Mordió el sándwich de pavo y lo dejó rápidamente a un lado. Estaba lejos de tener hambre. Se llevó el chocolate a los labios y sopló, intentando enfriarlo. Tomó un pequeño sorbo; el sabor era fuerte. Draco salió del baño vestido impecablemente con pantalones negros, una camisa blanca almidonada y una corbata plateada. Su capa era negra con ranas plateadas; líneas de color plata metálico recorrían la tela. Media hora, pensó Harry, cuando Draco se sentó en la cama cerca de él.

Draco levantó su taza y tomó un largo sorbo del chocolate ya más templado. Harry hizo lo mismo. Draco la soltó y empezó a acariciar el rostro de Harry. Se echó hacia delante para robarle un beso.

—Quiero agradecerte…

—Oh Dios, Draco, no —gritó Harry—. No me lo agradezcas y no digas adiós, vamos a limitarnos a fingir que nos veremos el mes que viene.

Draco asintió.

—Bueno, te he comprado un regalo de Navidad, así que espero que te levantes mañana para encontrarlo.

Harry le miró con escepticismo.

—¿Me has comprado un regalo? Yo no…

—Por supuesto que tú no. Habría sido ridículo si lo hubieras hecho. Tu regalo hacia mí han sido estos dos últimos meses. Plata y yo hemos sido muy felices. Gracias.

Harry le dirigió un falso mohín de disgusto.

—Tenías que decirlo, ¿no?

Draco le besó una vez más antes de levantar su chocolate. Le alcanzó a Harry el suyo.

—Bebe, Harry. Lo he hecho para ti.

Harry tomó un largo trago; el chocolate caliente le sentaba bien al bajar por la garganta. Tenía un sabor que no reconoció, así que bebió algo más. Sus ojos fueron al reloj sobre el tocador. Diez minutos, ¿o eran veinte? Sacudió la cabeza y bebió el resto. Draco le quitó la taza de las manos.

—Vuelve a tumbarte, Harry —dijo con firmeza.

Harry obedeció. El calor de la bebida se extendió por su cuerpo. Se sentía relajado, quería cerrar los ojos, pero eran sus últimos momentos…

—Draco —susurró—. ¿Por qué?

Draco le cogió la mano y se la llevó a los labios.

—Tenía que hacerlo, Harry; el vínculo es fuerte entre nosotros. No me podía arriesgar a que te presentaras allí esta noche. Habría sido demasiado peligroso. Necesito estar en paz y saber que estás a salvo. Es mi manera de cuidarte.

Draco se arrodilló mientras veía sus ojos cerrarse. Le besó la mejilla.

—Adiós, Harry Potter.

Draco salió de la habitación, cerrando silenciosamente la puerta del dormitorio de Harry tras él. Harry intentó abrir los ojos y llamarle, pero no pudo. La única palabra que escapó de su boca fue dicha en voz baja, y dirigida directamente al candelabro morado sobre el tocador. Nox.


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(1) Nundu. Esta bestia del este de África puede considerarse la más peligrosa del mundo. Es un gigantesco leopardo que se mueve silenciosamente pese a su tamaño y cuyo aliento causa enfermedades tan virulentas que pueden aniquilar poblaciones enteras. Nunca ha sido dominado por menos de cien magos capacitados bien coordinados. Fuente: Eldiccionario. Vuelve.