Intruders Slashzine - Portada - Índice - Capítulo 11 - Capítulo 13 - Ubicación original

 

UN MAGO CUALQUIERA

 

21 de diciembre, 1999

Harry intentaba acomodarse al espíritu navideño pero, a diferencia de los Malfoy, que podían enmascarar fácilmente sus emociones, él fracasaba miserablemente. Se tiró en la cama, intentando descansar para compensar la noche que le esperaba. Había temido este momento desde que recibió el anuncio y la invitación a la mansión del ministro de Magia. Iba a recibir su Orden de Merlín, Primera Clase, y se esperaba de él que diera un discurso. La idea de ponerse delante de toda esa gente convertía su estómago en un nudo. El baile posterior lo asustaba con la misma intensidad. Iría con Luna, y sabía que esa parte sí la disfrutaría. Luna sabía de su orientación sexual; de hecho, fue la primera en insinuárselo. Al menos, ella haría que la noche fuera interesante. Sólo esperaba que no acusara a Scrimgeour de vampirismo delante de sus narices. Se rió para sí mismo; bueno, tal vez esperaba que sí lo hiciera.

Las cortinas estaban abiertas, y miró por la ventana para ver los pesados copos de nieve deslizarse hacia el suelo. Sonrió, recordando el momento en que había empezado a nevar ese día; Plata había estado saltando de un lado a otro, alzando el hocico al cielo e intentando atrapar los copos. Quedaba casi completamente camuflado entre el blanco del paisaje. El dragón de su escritorio se estiró perezosamente y dio un pequeño bostezo que provocó una chispa; la llama de la vela se sacudió ante la corriente de aire.

Plata estaba con Narcissa, haciendo las compras de Navidad. Harry no era capaz de imaginar nada más deprimente en este momento. Había conseguido hacer algunas, pero había sido doloroso. El Mercado estaba repleto de magos y brujas felices. Parecían acabar de darse cuenta de que eran libres del yugo de Voldemort, y estaban volcándose en las decoraciones y el ambiente festivo.

Harry necesitaba a Draco ya. Durante el último mes, había estado contándole a Plata acerca de su pasado y lo que ocurría ahí fuera, pero la retroalimentación era mínima. Aquello era frustrante. Narcissa había comprado por fin el veneno y la poción matalobos. Juntos, ella y Harry habían comparado la matalobos con un frasco de la de Severus: eran idénticas. Harry quedó extasiado pensando que realmente había sido él quien la había elaborado, pero Narcissa hundió sus esperanzas. Le explicó que Arianna, la dueña de Pequeñas Pociones, era en realidad una prima hermana de Severus. Se llamaba Arianna Prince, y era seguramente una receta familiar. Narcissa había ido a la tienda para interrogarla sobre el paradero de Severus, pero la bruja afirmaba no haber sabido nada de su primo desde hacía años.

La otra poción la diseccionaron, y comprobaron que sus ingredientes eran mortíferos. Era inodora e insípida; sin embargo, era densa y negra como el alquitrán. A Narcissa le habían dicho que funcionaba mejor si se usaba como ingrediente culinario, así que haría un tronco de Navidad para la ocasión. Eso significaba que, la noche de Navidad, Draco tendría que aguantar con Lucius hasta los postres.

Sabía que había otros trabajando en el problema. Ron le había contado que Hermione se pasaba la mayor parte de sus momentos de vigilia investigando sobre la situación, pero era inútil: si siquiera había logrado encontrar los otros dos casos que Draco había mencionado. Su desesperación la llevó incluso a hablar con el profesor Slughorn, que sufría de trastorno por estrés postraumático y estaba en San Mungo. Voldemort lo había capturado y torturado repetidamente hasta que su mente se hizo papilla. Aun así, nunca llegó a confesar que Harry sabía de los horrocruxes.

Tonks había intentado implicar a algún inefable en el caso, pero ya que no podía darles el nombre de quien sufría el problema, no estaban interesados. Tonks sabía que si se enteraban, se llevarían a Plata a lo más hondo del Ministerio para estudiarlo. Harry no quería ni oír hablar del tema.

No estaba seguro de cómo lograba Narcissa mantener los ánimos altos durante este tiempo. Insistía en decorar la casa y poner un árbol de Navidad. Remus, Tonks, Ron y Hermione ayudaban con las festividades. Plata parecía encantado con el abeto: solía tumbarse a dormir bajo las ramas decoradas. Los Black tenían algunas decoraciones en la casa, pero Narcissa insistió en usar las suyas. Todas eran de oro.

Harry dedujo que Kingsley ayudaba con el humor de Narcissa. Se había pasado unas cuantas veces por la casa. Era el jefe de la división de aurores desde hacía cosa de un año, y Harry entendía completamente por qué los aurores veían en él al próximo ministro de Magia. Era firme en sus creencias, pero no beligerante. Escuchaba, y parecía genuinamente interesado en lo que Harry tenía que decir. Por supuesto, a Harry le habían pedido que hiciera entrenamiento de auror, pero él había declinado con tacto. Kingsley entendía que, por el momento, el joven necesitaba tiempo para curarse y relajarse; sin embargo, le pidió a Harry que no descartara por completo la idea. Éste estuvo de acuerdo.

La mayoría de los estudiantes que deberían haber hecho séptimo curso durante la guerra habían recibido dispensa de los ÉXTASIS. No tendrían que volver a Hogwarts, y podían seguir con su futuro. Ron, para sorpresa de nadie, se metió en el programa de aurores. Hermione seguía indecisa. El Departamento de Misterios le atraía mucho, pero también le interesaba la política. Estaba planteándose trabajar para la oficina del ministro. Sin embargo, se negaba a hacerlo tan pronto. Estaba esperando a que las urnas expulsaran a Scrimgeour de su oficina. Las próximas elecciones serían en primavera.

Los planes para el feliz encuentro con la familia Malfoy ya estaban hechos. Lucius seguía escondido, pero mantenía correspondencia por lechuza con Narcissa. Kingsley, Remus y Tonks habían conseguido que la Mansión quedara sin vigilancia esa noche. Narcissa le había dado al jefe de aurores información limitada sobre sus planes, aunque Harry estaba seguro de que dicha información no incluía la muerte de Lucius ni la de Plata. Dos miembros de la Orden estarían en los alrededores, patrullando. Remus estaría encerrado en su habitación. A Harry, Narcissa le tenía prohibido acudir a la fiesta, y estaba seguro de que Draco tampoco lo permitiría.

Harry suspiró. El sueño lo estaba evitando. Estaba acostumbrado a tener el peluche blanco y cálido junto a él. El comienzo del invierno había hecho que el pelaje del lobo se desarrollara con plena fuerza; ahora era más grueso y más largo. La realidad de que dentro de tres días no sólo perdería a Draco, sino también a Plata, le rompía el corazón. No se arrepentía de la decisión que había tomado hacía dos meses, pero seguía doliendo.

Se echó la manta extra por encima y subió las llamas del fuego. El cuarto estaba oscuro, aparte de la vela y la luz de la chimenea. Su mente se dirigió a un lugar donde se sentía cálido y seguro, a la última noche que había pasado con Draco. Habían vuelto a casa desde el Giratiempo y hablado durante horas mientras bebían brandy y comían bombones. En algún momento, un sencillo beso provocó que las últimas horas de Draco las dedicaran a hacer el amor. Harry había perdido la cuenta del número de veces que Draco lo había poseído, y no le importaba; sólo sabía que su cuerpo anhelaba la magia que recibía. Los recuerdos eran muy dulces: Draco encima de él, sus manos a ambos lados de los hombros. Los músculos de los brazos del rubio estirándose y contrayéndose con cada embestida. Hubo muchos momentos en que tuvo que apartar los ojos de Draco, porque la intensidad era demasiada. Tal vez, si fueran amantes durante mucho tiempo, podría aguantar las emociones que expresaban esos ojos, y mantener los suyos bien abiertos.

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*****

 


Narcissa le colocó bien la corbata de tela roja y dorada. Había insistido en elegir su atuendo para esa noche. La túnica formal, rojo oscuro con bordes negros y dorados, le hizo entrecerrar los ojos cuando la vio. Ahora que estaba vestido con los pantalones negros de lana y la camisa de tela también negra, estaba contento de haberle dejado decidir. Plata parecía ansioso al verlos frente al espejo, en el cuarto de Harry. Sería la primera vez que se quedara solo toda la tarde desde que había llegado. Dobby había prometido cuidar de él.

Narcissa, pensaba Harry, tenía un aspecto deslumbrante. Su túnica verde aterciopelada con bordes blancos era bonita, pero los diamantes y esmeraldas que llevaba al cuello y en las muñecas la hacían resplandecer. El timbre sonó, Plata aulló, y Harry rió cuando Narcissa se sonrojó.

Harry abrió la puerta para dejar entrar a Kingsley. El mago estaba vestido tan formalmente como Harry. Su capa de color verde bosque conjuntaba con el vestido de Narcissa. Harry tuvo que girar la cabeza cuando vio su amplia sonrisa al verlo. Formaban una pareja increíble: una tan rubia, otro tan oscuro, pero ambos con un aire de apasionamiento en torno a ellos. Sabía que ésta era una noche importante: Kingsley iba a recibir una Orden de Merlín, Segunda Clase. Sin embargo, era también la noche en que aparecerían oficialmente como pareja. Los periódicos estaban cargados de rumores, pero hasta ahora, éstos no habían sido confirmados.

Harry se encontró con Luna en el punto de aparición a las afueras de la mansión del ministro de Magia. El edificio ministerial era impresionante desde fuera, pero Harry no tenía claro por qué era necesaria tanta opulencia. Tenía cuatro plantas, balcones en las ventanas, estatuas en las alcobas, y numerosas chimeneas que formaban salientes en el tejado cubierto de blanco. Los copos que seguían cayendo eran ahora minúsculos, pero el viento había cobrado fuerza y hacía un frío glacial. Luna se estremeció, y Harry le pasó un brazo por los hombros, cubriéndola con su capa. Le había gustado su vestido rojo, a juego con la túnica de Harry, pero el chaleco dorado era demasiado fino para ese tiempo. Su pelo rubio estaba encrespado, y él pensaba que estaba preciosa. Sabía que Hermione le había aconsejado sobre el atuendo.

Sintieron el cosquilleo de las barreras mágicas cuando subieron por el camino iluminado. Junto a la entrada, los bombardeó una lluvia de flashes de la manada de fotógrafos, y preguntas de los periodistas.

—¡Harry! ¿Cómo lo hiciste?

—Harry, ¿cuánto tiempo hace que sale con la señorita Lovegood?

—Harry, ¿dónde está el lobo de Aquel-Que-No-Debe-Ser-Nombrado?

—Harry, ¿qué vas a hacer ahora?

Harry y Luna se apresuraron a subir las blancas escaleras de granito que llevaban al vestíbulo de grandes columnas. Dos guardias uniformados abrieron las puertas dobles arqueadas para dejarlos pasar, y se cerraron rápidamente tras ellos, pero había un puesto de seguridad esperándolos. Unos duendes los escanearon.

—¿Sabíais que los vampiros prefieren la sangre de duende? —preguntó inocentemente Luna, y Harry supo que había tomado la decisión correcta al traerla. Se rió en voz baja mientras levantaba los brazos.

Otro conjunto de puertas arqueadas se abrió, y pasaron a un vestíbulo enorme lleno de invitados que se paseaban por la sala. Los ojos de Harry quedaron atrapados en el techo, de tres pisos de altura. Las vigas transversales estaban decoradas con guirnaldas de Navidad e iluminadas por hadas. Largos brotes de muérdago flotaban en el aire, sobre la multitud vestida de fiesta. Harry deseó ser más alto, para encontrar a Ron y Hermione, o a Narcissa y Kingsley. La gente que quería darle la mano y hablar del fatídico día estaba rodeándolos. Harry no estaba acostumbrado; la mayor parte del tiempo, la gente lo dejaba solo cuando estaba en público. Entonces recordó que siempre tenía a Plata cerca. Todos tenían miedo del lobo.

—Por aquí, tío —dijo Ron, abriéndose paso a empujones—. Venga, celebridad, estamos en la esquina, cerca de la mesa de entrantes.

Harry cogió a Luna de la mano y siguieron el rastro vacío que no muy gentilmente dejaba Ron a su paso. Se sintió aliviado cuando llegó a la mesa del rincón y rápidamente cogió una copa de ponche rojo que soltaba burbujas al aire. Luna se reía al explotarlas. Las cabezas conocidas de pelo rojo y antiguos compañeros se fueron acercando.

—Vaya casa de locos —murmuró Harry, tras el primer trago del líquido con sabor a frambuesa.

—Cuidado, Harry —le susurró Hermione al oído—, por ahí viene Scrimgeour.

Harry dejó la copa sobre la mesa y se volvió para encarar al hombre.

—Buenas noches, ministro, gracias por la invitación. —Extendió la mano, y Scrimgeour la cogió con fuerza. Para su consternación, el ministro tiró de él, forzándolo a un abrazo incómodo. Un montón de fotógrafos pareció aparecer de la nada, y los flashes quemaron las retinas de Harry.

—Oh, señor Potter, es usted el invitado de honor esta noche, no es necesario que me dé las gracias. Estamos aquí para agradecerle a usted —dijo Rufus Scrimgeour, pasándole el brazo sobre los hombros. Harry se encogió, inseguro de cómo escabullirse de la situación.

De pronto, la sala quedó en silencio y los fotógrafos se apresuraron a ir hacia la puerta de entrada. Ron se puso de puntillas.

—Parece que tenemos una nueva parejita famosa —dijo. Harry no tenía que mirar para saber quiénes eran; reconocía la risa profunda de Kingsley. Él y Narcissa debían de haberse desviado a algún sitio antes de venir al baile—. Wow, Narcissa está buenísima —dijo Ron, y lo siguió un “¡Au!”. Le dirigió una mirada de odio a Hermione por pisarle, pero ella sólo puso los ojos en blanco.

Scrimgeour retiró el brazo de los hombros de Harry y, sin una palabra, se alejó a zancadas hacia la concentración de la multitud.

—Merlín, odio la política —dijo Harry, y volvió hacia la mesa para recuperar su copa. Hermione asintió.

—Sí, Scrimgeour necesita aparentar que él y Kingsley están en el mismo equipo. Espera a ver el comedor —dijo, señalando la apertura tras ella—. Tú y Luna estáis en la mesa principal con el ministro, su mujer, Kingsley y Narcissa. Las mesas de alrededor están llenas de los ganadores de la Segunda Clase. Creo que quiere vigilar a Kingsley mientras hace ver que se llevan bien.

Harry dio un sorbo y echó un vistazo sobre la copa.

—¿Dónde estáis Ron y tú?

—En la parte de atrás, con el resto. No me puedo creer que haya puesto a Remus y Tonks ahí también. Remus es el único ganador que no está al frente.

—Bueno, Hermione, sólo es una Tercera Clase, después de todo —dijo Ron, sarcástico.

Harry se puso furioso al ver la lista de premios publicada en El Profeta. Él era el único con la Primera Clase, pero los de Segunda Clase habían ido a parar a casi todos los ministros de Scrimgeour. Kingsley se lo merecía, igual que Arthur Weasley, pero la mayoría de los otros nombres ni siquiera le sonaban. Remus fue una adición de última hora, cuando Tonks y Kingsley amenazaron con exponer la Orden al público como los verdaderos luchadores en la guerra. El prejuicio contra los licántropos persistía, sin importar que hubiera sido Remus quien venció a Greyback, durante la luna llena. Lo había retado por el papel dominante de la manada, sabiendo que aunque Greyback era despiadado, también era un lobo viejo, y era más fácil derrotarlo así que como mago. Pasaron meses hasta que Remus se recuperó de la lucha a muerte.

Harry se siguió enfadando al ver que Ron y Hermione no estaban en la lista, como tampoco Severus. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón y palpó el pergamino doblado que llevaba su discurso. Hermione le había ayudado con el esquema general, pero habían dejado espacio para la improvisación, según el estado anímico de Harry.

La charla en la sala volvió a cobrar fuerza pronto, y el grupo volvió a llenarse los platos con los llamativos entremeses. Harry tenía que admitir que era agradable estar entre sus amigos y verlos vestidos de gala. Miró a su alrededor, viendo que todos estaban metidos en la conversación; cogió la mano de Luna y la guió hacia el comedor.

—¿Qué dices, Luna? ¿Quieres sentarte aquí arriba, o con nuestros amigos? —preguntó Harry, señalando la mesa principal y luego a la parte de atrás. Luna abrió mucho los ojos.

—Creo que sería mucho más divertido mezclarlos a todos —dijo, levantando la varita.

—Mierda, Luna, ¡deja eso! ¿Quién sabe dónde terminaríamos? No quiero arriesgarme a acabar sentado delante de Umbridge. Yo digo que nos intercambiemos por Remus y Tonks.

Luna arrugó la nariz.

—Está bien, Harry, pero habría sido interesante ver dónde nos llevaba el destino. —Harry se rió por lo bajo.

—Luna, el destino no se ha portado muy bien con nosotros en el pasado, y dudo que empiece a hacerlo ahora.

Luna agitó la varita y cambió las etiquetas.

—La verdad, Harry, el destino parece haberte dado un hermoso regalo con Draco.

Harry se quedó helado.

—¿Lo sabes?

—Claro, Harry. Sólo lamento que no sea humano para que pudieseis tener una aventura escandalosa.

Harry rió.

—¿Tan escandaloso sería? —preguntó, y se giró hacia la entrada cuando oyó gritos desde la otra sala. Luna se puso de puntillas y lo besó en la mejilla; sus mechones de pelo rubio le hicieron cosquillas en la nariz.

—Sí, lo sería, y al menos yo lo encontraría muy entretenido.

Harry guiñó un ojo y la llevó de vuelta a la multitud.

—Ooh, te lo has perdido —dijo Dean, metiéndose una seta rellena en la boca.

—¿El qué? —preguntó Harry, mirando alrededor.

—Kings le dado a tita Cissa un morreo —dijo Tonks. Harry miró tras de sí, pues no sabía que Tonks había llegado, y abrió los ojos como platos; no se habría imaginado que Narcissa fuera tan descarada en público.

—¿En la mejilla?

—Nop, en todos los labios —dijo Ron—. Parecía que había lengua y todo.

—Oh, Dios, ¡Ronald! —dijo Hermione. Harry la miró y supo que estaba divirtiéndose tanto como el resto de ellos.

Empezaron a sonar unas campanitas que indicaban que la cena y la ceremonia de premios estaban a punto de empezar.

Harry y Luna tomaron asiento en la parte trasera, con Ron, Hermione, Neville, Ginny, Dean y Padma. Harry le dedicó un guiño a Ginny, que había venido con Neville en calidad de amigos. Todos eran amigos en esa mesa; las parejas iban y venían, pero la amistad se quedaba. Se necesitaban los unos a los otros.

Harry observó a Scrimgeour acercarse a su asiento con su ligero cojeo; pareció sorprenderse un momento cuando vio a Remus y Tonks. Levantó la cabeza y buscó por la sala. Harry no le veía los ojos, pero sí vio sus pobladas cejas arrugarse. Pronto, Harry orientó su atención hacia la mesa situada junto a la suya, llena de Weasleys. Fred y George llevaban estridentes trajes verde lima con sombreros de copa y corbatas rojas.

Cuando el plato principal de pata de cordero llegó a su fin, apareció un podio con una mesa cubierta de trofeos, medallas y pergaminos enrollados, atados con hilos de cobre, plata y oro, en la parte delantera de la sala. El ministro de Magia, Rufus Scrimgeour, se acercó al podio. A pesar de su actitud jovial, Harry percibía algo de tensión. Se preguntó si las reubicaciones de mesa tenían algo que ver.

El primer premio fue para Remus Lupin. Su afiliación a la Orden quedaba omitida, pero el ministro sí comentó su logro de librar al Reino Unido del cruel Greyback. Harry hizo una mueca cuando el breve discurso terminó. De alguna manera, Scrimgeour había conseguido darle la vuelta a la historia para que él sonara como el bueno, nominando a Remus para el premio a pesar de ser un licántropo. Harry echó un vistazo alrededor de la mesa, consciente de que sus amigos sentían la misma incomodidad. Rellenó su copa con vino élfico. Sólo era la segunda, pero ya sentía los efectos. La sensación cálida resultaba reconfortante; lo ayudaría a relajarse para el discurso, pero no sería bueno tomar mucho más.

Remus se acercó al podio y le dio la mano al ministro, que le puso la medalla de bronce al cuello y le dio el trofeo y el pergamino. Harry se levantó y empezó a aplaudir con fuerza. Los invitados se giraron repentinamente para mirar quién había hecho tal cosa, pero rápidamente se unieron a él. Remus se quedó al frente de la sala, sonrió, y negó con la cabeza en dirección a Harry. Luego volvió al asiento, y recibió un enorme abrazo de Kingsley. Harry pronto se dio cuenta de que él sería el único que diera un discurso, aparte del monólogo irritante del ministro entre premio y premio.

Para la cuarta copa de vino, no quedaba ya duda en las mentes de los otros invitados de que Harry Potter no sería ministro de Magia en un futuro próximo o lejano. Se levantaba y aplaudía con entusiasmo a aquellos que él consideraba merecían la Orden de Merlín, Segunda Clase: Arthur Weasley, Bill Weasley, y Kingsley Shacklebolt. Otros, como el Jefe de Dirección de la Red Flu, el Jefe de la Oficina contra el Uso Inadecuado de la Magia, y el Jefe del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, lo encontraban reclinado en su silla, sacudiendo con la cabeza. La parte de atrás de la sala empezó a reírse cuando soltó un bufido al ver a Dolores Umbridge acercarse al podio. Debía de haber sido una adición de último minuto, pues su nombre no estaba en el periódico.

Hermione intentó intervenir, pero Ron la cogió de la muñeca con fuerza.

—Déjalo estar, esto lo ayudará a sanar —dijo, todo ojos azules atravesando a Hermione, diciéndole que no debería discutir con él en este asunto. Luna y los otros de la mesa estaban disfrutando de ver a un Harry cabreado, una condición que nadie había experimentado antes con él.

Una bandeja de postres llegó a cada mesa. Harry eligió la crema de calabaza. El pastel de chocolate le provocó una sonrisa, pero había descubierto que ya no podía comer chocolate: le hacía echar demasiado de menos a Draco. Los troncos de Navidad en miniatura, sin embargo, le humedecieron los ojos.

—Eh, tío, está hablando de ti —dijo Ron, inclinado hacia él, porque toda la atención de Harry estaba dedicada a su postre.

—Harry Potter es un joven con el que todos nosotros estamos en deuda. Acarreó el peso de esta guerra sobre los hombros y lo manejó admirablemente. El Ministerio, a pesar de algunos malentendidos iniciales, lo ha apoyado por completo este último año. Aunque sus tácticas hayan sido excesivamente reservadas, los resultados fueron espectaculares. Tal vez, esta noche, compartirá con nosotros cómo logró llevar a cabo la tarea para la que estaba destinado.

»Muy pocos sabremos nunca lo que se siente al ser un héroe, y estamos verdaderamente agradecidos de que este héroe nos acompañe hoy. Muchos de nosotros estaremos orgullosos de contar a nuestros nietos que conocimos al gran Harry Potter.

Harry exhaló profundamente y se mordió el labio inferior. Estaba intentando procesar lo que el ministro vomitaba en forma de palabras. Su conclusión fue que era una completa y absoluta mierda. Ron le puso la mano en el hombro y apretó.

—Harry, te está pidiendo que subas. Digas lo que digas, tus amigos siempre te apoyaremos.

—Gracias, Ron —dijo Harry, levantándose. Le dirigió a Ron una rápida mirada de horror cuando el mundo empezó a dar vueltas.

—¿Necesitas una mano? —preguntó éste, y Harry negó.

—No, he estado peor. Físicamente, al menos —contestó, y caminó con deliberada lentitud hacia el podio y el ministro de Magia.

Se detuvo por el camino para darle la mano a Remus y dejar un beso en las mejillas de Tonks y Narcissa. Las dos mujeres parecían haberse deleitado también con el vino élfico, pero no se le escapó el rápido movimiento de la varita de Narcissa en su dirección. Se sintió de pronto más coherente.

Harry recorrió con facilidad los pocos pasos que lo separaban del ministro. Se dieron la mano, Harry bajó la cabeza, recibió la medalla, y cogió el trofeo dorado y el pergamino. Sonrió rápidamente y colocó de nuevo los objetos sobre la mesa. El ministro se apartó de su camino cuando Harry se acercó al podio, sacándose el pergamino arrugado del bolsillo. Oyó unas cuantas risas cuando intentó alisarlo.

—Bueno, tanta preocupación por el discurso y empezáis riéndoos de mí —dijo. La audiencia se rió aún más alto.

Puso las manos a ambos lados del podio y echó un vistazo por la sala, viendo quién estaba presente, antes de hablar. Había un vaso de agua junto a su mano derecha, y se tomó el tiempo de darle un sorbo.

—Estoy un poco nervioso pero, como tal vez os habréis dado cuenta, el vino élfico me ha relajado bastante —dijo, y se detuvo para dar otro trago de agua—. En realidad, muchos de nosotros podríais no haberos dado cuenta, puesto que no me conocéis en absoluto. Lo que sí puedo deciros es que yo no soy el único héroe que está aquí esta noche. En realidad, no creo ser un héroe en absoluto. Soy un mago cualquiera que ha recibido una responsabilidad extraordinaria. —El público empezó a murmurar, y oyó alguna que otra tos entre las que reconoció a Narcissa y Remus.

»No negaré que tengo fuertes capacidades mágicas en algunas áreas, pero soy inútil en otras. Hay muchos otros que, a diferencia de mí, se apuntaron voluntariamente a los esfuerzos que realizaron. Ellos también hicieron cosas extraordinarias en esta guerra. Algunos están aquí esta noche, otros han muerto, y otros siguen desaparecidos. —Harry se detuvo un momento y vio la multitud de ojos que lo observaba, preguntándose qué diría ahora. Él no estaba muy seguro tampoco, pero entonces vio a sus dos mejores amigos al final de la sala.

»Este premio significa mucho para mí, pero no es sólo mío. Sí, yo tuve que enfrentarme a Voldemort, pero sabía que tenía apoyos. Por lo tanto, aquí van unos cuantos magos y brujas con los que me gustaría compartir este premio: Ron Weasley, por su valentía. Ron ha sido conocido por asustarse en algunas situaciones pero, a diferencia de la mayoría de nosotros, él lucha contra sus miedos y logra perseverar. —Se rió por lo bajo—. Como el cabezón que es —añadió.

»Hermione Granger, que se aseguró de que Ron y yo sobreviviéramos, pese a nuestra falta de sentido común. No puedo expresar el esfuerzo, las horas de investigación que dedicó a la causa. De hecho, su trabajo conjunto con Bill en la seguridad de Hogwarts después del asalto debería ser reconocido. Mis dos mejores amigos llegaron mucho más allá de lo que les imponía el deber para enfrentarse al peligro por la causa. Y por tanto, me decepciona no verlos recibir premios.

»Hay otros, como mi amiga y compañera Narcissa Black. Aunque efectivamente es tan elegante como aparece esta noche, es también extremadamente eficiente y bondadosa. Pasó muchas noches sola entre los heridos, esos heridos que no podían ir a San Mungo por temor a ser agredidos allí. No juzgaba a los que se le ponían delante, trataba a cada paciente con el mismo respeto, y jamás la vi, ni una vez, mostrar ante un paciente el verdadero horror de lo que veía en ellos al curarlos. Era ella a quien acudía al final del día para sanar mis heridas. Lo hizo no sólo física, sino también espiritualmente.

»Luego está Neville Longbottom, que quedó seriamente herido. Sin embargo, ¿qué hay de las cicatrices que comparten él y Dean Thomas por sujetar a uno de nuestros más queridos amigos, Seamus Finnigan, mientras moría? ¿No hay premios para aquellos que han muerto o desaparecido? ¿Quedan olvidados? ¿Qué hay de los premios para aquellos que se enfrentaron a su familia, como Blaise Zabini? Él salvó al menos quince vidas sin ayuda de nadie. Vosotros me llamáis héroe, pero éstos son mis héroes.

»Hay dos otros héroes míos que no están aquí esta noche. A uno de ellos lo conocisteis: Albus Dumbledore. Yo no soy ningún Dumbledore: no soy ni de lejos igual de listo, previsor ni sabio. Él fue mi mentor, y lo echo terriblemente de menos. Son sus ojos brillantes lo que me gustaría ver ahora, y si lo hiciera sabría en el fondo de mi alma que lo he logrado. El otro, aún hoy, no lo puedo nombrar. Sigue en las sombras, y no sé si son las sombras de la muerte, o las sombras de la oscuridad. —Harry se detuvo, consciente de que le estaba saliendo una buena perorata, pero empezaba a sentir que la tensión se desvanecía.

»Así que ya veis por qué soy hoy un mago confundido. Es como si pensarais que sólo el estratega merece reconocimiento, pero, ¿qué hay de los soldados de esta guerra? Nosotros hemos sido quienes hemos visto la sangre, quienes hemos girado cuerpos sin vida o arrancado máscaras de mortífagos rezando para que no fuera un conocido. Nosotros hemos tenido que lanzar hechizos y maldiciones mucho más allá de la edad que teníamos. —La sala se quedó momentáneamente silenciosa, y empezó a emborronarse; el hechizo de Narcissa era sólo temporal. Harry sabía que tenía que resumir.

»Puede que suene resentido, pero sigo pensando lo que escribí en El Profeta. Me honra que tantos de vosotros tuvieseis fe en mí. Me satisface saber que cumplí esas expectativas. La razón por la que lo logré fue que tenía fe en que el bien conquista al mal, el amor conquista el odio, y las acciones hablan más fuerte que las palabras. —Se detuvo cuando su voz empezó a romperse.

»Por favor, os lo ruego: no me hagáis pensar que lo hice por nada —dijo, casi en un susurro, y salió de la sala.

Salió deliberadamente por la entrada y llegó al porche. El frío aire lo golpeó en la cara, dejándolo aún más sobrio que el hechizo de Narcissa. Sabía que probablemente había metido la pata hasta el fondo. Se planteó aparecerse en casa sin más, pero entonces las grandes puertas se abrieron en silencio, y sus dos mejores amigos le pusieron los brazos en los hombros.

—¿Te sientes mejor? —preguntó Ron, y Harry resopló.

—Sí, hasta mañana por la mañana cuando vea los titulares de El Profeta.

Hermione le abrazó por la cintura.

—De verdad, Harry, ¿desde cuándo nos importa lo que escriban los periódicos.

Harry miró el pelo de Hermione, que atrapaba los copos de nieve.

—¿Creéis que lo han entendido, o les he parecido un completo gilipollas?

—Un completo gilipollas, tío —bromeó Ron.

—Bien, no querría desmerecer mi reputación.

Ron le cogió el hombro con algo más de fuerza.

—No tienes posibilidad de hacerlo.

—Dios, parad, los dos. Harry, has estado increíble. Cuando hemos salido, la mayor parte de la sala estaba de pie aplaudiendo. Quieren que vuelvas a entrar.

—¿Qué ha hecho Scrimgeour?

—Oh, ha dicho que éstos son sólo los primeros premios, y que habrá más una vez se revisen los expedientes.

Harry negó con la cabeza.

—Está bien, volveré a entrar, pero tenéis que dejar que me emborrache y luego llevarme a casa.

Ron se rió.

—Estoy seguro de que mis hermanos te echarán una mano en ese aspecto.

 

 

*****

 

Remus se echó a Harry sobre el hombro cuando llegaron a Grimmauld Place, entró por el pasillo y subió las escaleras. Narcissa lo siguió, prometiendo llevar una poción a la habitación de Harry para aliviar algunos efectos del alcohol. Harry los oyó murmurar mientras pensaba que el mundo se veía bastante extraño desde esa perspectiva. Sólo esperaba que, lo llevaran a donde lo llevaran, llegasen pronto; estar boca abajo estaba teniendo efectos sobre el contenido de su estómago.

Finalmente se vio depositado sobre algo suave. Giró la cabeza despacio y reconoció su propia cama. Había algo olisqueándole la mano, y vio un revoltijo de pelo blanco.

—Dónde mis gafas —murmuró, buscando en sus bolsillos.

—Las tienes puestas, cachorro —contestó Remus, intentando no reírse.

—Dónde ta Draco. Quiero ver Draco —se quejó Harry. La cosa suave y blanca empezó a lamerle la mano; Harry se agachó y acarició al lobo que tenía en la rodilla. Un vaso de líquido morado apareció frente a sus labios.

—Harry, bebe —dijo una voz estricta que le recordó a la señora Pomfrey.

—No quiero —contestó él, y apartó la mano que sujetaba el vaso ofensor—. Huele raro. Draco, ¿dónde?

Dos manos fuertes le cogieron la cara y le obligaron a abrir la mandíbula.

—Lo siento, Harry, pero es por tu propio bien. —Le echaron la poción en la boca, y luego se la cerraron. Él tragó y jadeó.

—Voy a tener una charla con esos niños Weasley, no me puedo creer que le dejaran llegar a este estado.

Remus se rió.

—Sí, pero podría ser la única vez que viéramos a Harry Potter bailando y riendo tanto.

—Esto hará efecto dentro de unos minutos. Ponle el pijama y mételo en la cama —ordenó ella.

—Sí, señora.

Narcissa suspiró.

—Remus, mis disculpas, pero realmente deberíamos haberle prestado más atención anoche.

Remus deshizo los botones de la túnica de Harry y se la sacó.

—Sí, pero a ti también se te permite pasártelo bien, Narcissa. Fuiste la Belle del baile.

—Me lo pasé bastante bien —admitió ella con una pequeña sonrisa.

—Bueno, vuelve abajo y ten entretenido a tu invitado. Yo cuidaré de Harry.

Narcissa se inclinó y besó la mata de cabello oscuro.

—Duerme bien, cariño. Dejaré una poción junto a tu cama por la mañana. —Harry levantó la cabeza y sonrió estúpidamente.

—Vale, preciosa.

Remus luchó para ponerle el pijama a Harry; lo alegró ver que las cicatrices se estaban curando. Ya no eran de un violento morado y rojo, sólo unos tonos más oscuras que la piel natural de Harry.

—Espero que algún día nos lo cuentes, Harry —murmuró, dejándolo sobre la cama y poniéndole las sábanas. Plata se acurrucó a su lado y se lo quedó mirando—. Cuida de él, Plata. —Remus salió de la habitación y apagó las luces con un Nox. La vela y la chimenea iluminaban la habitación.

Harry respiró hondo unas cuantas veces, y agradeció los efectos de la poción; su cabeza empezaba a aclararse. El mundo seguía un poco borroso, pero no veía doble y el cuarto había dejado de dar vueltas. No estaba sobrio, ni mucho menos; sólo sentía melancolía. El hocico húmedo de Plata le rozó la barbilla.

—Hola, Plata —dijo, y empezó a acariciar su pelaje—. Creo que he tenido una noche movidita, le he echado la bronca al ministro... Hostia puta, creo que he hecho más que eso.

Harry se quedó ahí tumbado, intentando recordar los eventos de la noche. Sus amigos, estaba seguro, rellenarían las piezas que le faltaban. Ahora mismo, imágenes que se había forzado a olvidar estaban escapando al filtro. Se quedó mirando los ojos expectantes de Plata.

—Sí, recuerdo querer ver a Draco —dijo, suspirando. Se puso de lado y apoyó la cabeza en el brazo, con el codo doblado—. Draco, te prometí que se lo contaría a Plata, pero creo que necesito decírtelo a ti. No tendremos tiempo dentro de unas noches, así que, ¿crees que podrás entender lo que te voy a decir?

Plata se enderezó y miró directamente a Harry, estirando las piernas delanteras. Dio un solo golpe con la cola.

—De acuerdo, entonces —murmuró Harry; su lengua aún se sentía bastante pesada—. ¿Recuerdas que te conté que no podía hacer una maldición imperdonable? Bueno, no fue por falta de intentos. Ron, Hermione y yo practicamos en el sótano durante semanas. Incluso invocando todo el odio que tengo hacia mis tíos, Bellatrix o Voldemort, no funcionaba. Ni siquiera estoy seguro de por qué lo intentaba, Voldemort era un mago mucho más poderoso que yo, no había manera de que pudiera enfrentarme a él y vencer. Tenía que haber otra forma —dijo Harry, casi melancólico. Su mano estaba sobre la pata de Plata. Su cabeza y pensamientos se aclaraban. Sintió un momento de pánico ante lo que estaba a punto de contar, pero ya había empezado, y se lo había prometido a Draco.

»Me estaba desesperando, e incluso pensé en intentar usar un arma muggle, pero Severus dijo que no funcionaría. Había hechizos de protección contra esas cosas. Ron, Hermione y yo pasamos horas interminables en la biblioteca buscando hechizos, pociones, cualquier cosa que se nos ocurriera. En el fondo estaban siempre las palabras de Dumbledore, que 'el amor' era el poder desconocido. Ninguno de nosotros pudo averiguar cómo podía entrar eso en juego hasta agosto. Estábamos trabajando tarde, y era una noche cálida y húmeda, y de repente Ron dijo, “tú sólo corre hasta él, dale un abrazo, dile que le quieres, y el cabrón probablemente se morirá del susto”.

Plata arrugó la cara y movió las orejas.

—Sí, nosotros también nos reímos, pero nos indujo a pensar. Podía tocar a Voldemort. ¿Recuerdas que te conté que solía ser incapaz de tocarme, hasta que cogió mi sangre? —La cola de Plata dio un golpe—. Bueno, pues el contrario también era verdad. Entonces recordé que Dumbledore no parecía preocupado por que se hubiera roto esa protección. Las ideas y recuerdos empezaron a arremeter: pensé en el momento en que Voldemort intentó poseerme en el Ministerio, la noche en que Sirius murió. No podía soportar estar dentro de mí, porque el sentimiento de amor era demasiado fuerte. Fue la peor experiencia que sufrí nunca con él; quería morirme. El director me dijo después que seguramente había sido lo más cerca que Voldemort estaría de sentirse humano. Todo encajó entonces. La línea de la profecía de ninguno de los dos puede vivir mientras siga el otro con vida nunca había tenido sentido para mí. Ambos estábamos vivos pero, al unirnos, sólo un alma podía sobrevivir. Tenía que ser uno con él, tenía que poseerle, y mi alma tenía que ser más poderosa que la suya.

Plata se quedó en trance, como si estuviera petrificado. Harry se levantó, caminó un poco hacia el baño, y volvió con un vaso de agua para volver a tumbarse junto a Plata.

—Así que, Draco, es por eso que Plata nota la cercanía entre Ron y yo. Él me permitió practicar con él. No tenía mi sangre, así que fue muy difícil dominar la inmersión pero, una vez lo conseguí, fue increíble. Tu cuerpo se absorbe por el abdomen del otro, y luego se expande desde ahí. La reacción natural es luchar contra la posesión, que me venía bien, así que Ron intentaba echarme. Yo tenía que tratar de detenerlo y al mismo tiempo buscar por su cuerpo para encontrar dónde habita el alma. ¿Quieres saber dónde es eso? Está junto al corazón. Pensé que sería el cerebro, pero está cerca del músculo que representa metafóricamente el amor. El alma de Ron se encontró con la mía. No intenté herirla pero, en ese momento, nos conocimos mejor de lo que ninguna otra pareja en el mundo puede conocerse. Conocí lo que significaba el dolor de ser el más joven de seis hermanos con talento; significaba que quería sentirse especial. Él, por su parte, entendió que yo no quería otra cosa que no ser especial. Creo que siempre supimos eso el uno del otro, pero entonces nos quedó claro. También aprendí que era un ser hermoso, que me era leal a mí, a su familia, a la comunidad mágica. —Harry se detuvo, dio un largo trago de agua y lo devolvió a la mesita. Se sentía completamente sobrio.

»Una vez aprendí a hacerlo con facilidad, tuve que aprender a hacerlo sin varita. Ya te he hablado de que mi varita y la de Voldemort son hermanas; era probable que se librara de mí rápidamente si usaba la mía. Me llevó hasta principios de octubre el ser capaz de hacerlo sin fallos. Después sólo teníamos que esperar al siguiente ataque a gran escala, para que pudiera enfrentarme a él. No podía arriesgarme a que los mortífagos llegaran a mí antes, así que tenían que estar ocupados. Nadie, sin embargo, esperaba la devastación que ocurrió aquel día en el callejón Diagon.

»Remus y yo recibimos el mensaje de Tonks diciendo que había habido una explosión en Gringotts y los gnomos estaban en plena batalla entre ambos bandos. Ellos no sabían quién lo había provocado. Soltaron un dragón de las mazmorras del banco, y empezó a lanzar fuego sobre los otros edificios. Pensé que los mortífagos se habrían desaparecido para cuando yo llegara, pero seguían allí. Fue con mucho la mayor batalla que ninguno de nosotros había visto, y creo que Voldemort pretendía que fuera la última. Me aparecí a Ollivander; esperaba que no hubiera nadie allí, puesto que estaba cerrado, y me limité a gritar. Lo provoqué, diciéndole que era un cobarde, y que si me quería, estaba preparado. El cielo era de un naranja brillante, con humo negro entre las llamas. La gente gritaba histéricamente e intentaba buscar un lugar seguro, pero no había ningún sitio adonde huir. Me puse en mitad de la calle y seguí gritándole que viniera.

»De repente, noté una corriente fría; un vértice de humo negro bajó del cielo y aterrizó frente a mí. Voldemort apareció entre el humo negro. Dios, parecía encantado, tenía la victoria pintada en toda su asquerosa cara de serpiente. Vi la emoción en sus ojos rojos.

»—¿Ya has tenido bastante, Harry Potter? Todo esto podría terminar si te unieses a mí.

»Casi me eché a reír, porque eso era exactamente lo que tenía planeado: unirme a él. Hizo lo que pensé que haría: me quitó la varita, y desafortunadamente también todas mis armas, que incluían la daga que siempre llevaba conmigo. Era de Sirius.

»Me puse las manos en el bolsillo y lancé un puñado de polvo inmediato de oscuridad de los gemelos. —Plata enseñó los dientes de pronto, y Harry le acarició tras las orejas—. Sí, esa idea me la diste tú. Entonces, dije el hechizo y mi mundo se convirtió en un puto infierno. Entré directamente en su cuerpo; fue muchísimo más fácil que cuando lo hacía con Ron, pero el resultado estaba más allá de cualquier cosa que hubiese experimentado. Nos fusionamos casi por completo, y era jodidamente doloroso. Juro que pensé que me iba a estallar la cicatriz. Quería salir, pero una parte de mí aguantó. Voldemort gritaba, yo gritaba; no sé de quién era la voz que salía de su boca. Sabía que no tenía mucho tiempo, dolía demasiado. Empecé a buscar su alma entre los sentimientos de maldad y horror. Me perdí, y me di cuenta de alguna forma de que era peor en unos sitios que en otros. Tenía que ir adonde fuera más fuerte. Para entonces, Voldemort ya sabía lo que estaba intentando hacer. Entró en pánico e intentó todas las maldiciones que se le ocurrieron para sacarme. Se estaba haciendo daño en el proceso. Se debilitaba, y entonces la encontré, encontré su alma. Era pequeña y estaba hecha pedazos. La de Ron había sido brillante y clara, pero la de Voldemort era como una seta podrida. La rodeé con la mía.

»Lo llené de imágenes y memorias de su pasado, cosas que ni siquiera él sabía de sí mismo, de su madre. Luego compartí mi alma con la suya y le enseñé el amor, y vio también dolor, pero empezó a quedar en trance ante el amor, y su alma malvada empezó a desaparecer. Creía que lo había conseguido, que había vencido esa última parte de su ser. Entonces, levantó una última barrera. El polvo de oscuridad ya se había ido, y él cogió mi daga. Intentó sacarme de su cuerpo desgarrándose, Draco. Se apuñaló el estómago tres veces. Sentía la sangre, su sangre, mi sangre, saliendo con sus intestinos.

»—Tom, estoy en tu corazón —le susurré, y se abrió el pecho con la daga. Su alma brilló una última vez, y desapareció. Salí de su interior cuando cayó al suelo, y me desaparecí de vuelta a casa.

Harry dejó de hablar y se quedó mirando los amplios ojos plateados. Una única lágrima bajó entre el pelaje blanco. Harry acercó el pulgar y la limpió.

—Así que ya ves, Draco, así es como el amor lo conquista todo: el amor y la maldad no pueden coexistir. También es la razón por la que voy a dejarte marchar. Sé que no es lo mismo, pero entiendo lo que es vivir en un cuerpo que no es el tuyo. Atrapado entre sentimientos e instintos que no son naturales. Dejaré que te vayas, Draco, pero debes entender que tanto mi corazón como mi alma estarán rotos.

 


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