Intruders Slashzine - Portada - Índice - Capítulo 9 - Capítulo 11 - Ubicación original

 

EL GIRATIEMPO (I)

 

25 de noviembre

Harry estaba sentado en la mesa, jugueteando con su empanada de pastor mientras Plata dormía sobre la alfombra junto a la puerta trasera. Habían ido al parque antes, hasta que la llovizna otoñal se convirtió en un aguacero con todas las de la ley. Su estómago estaba hecho un nudo. Plata se transformaría esa noche. Estaba ansioso por volver a ver a Draco, pero entonces pensaba en la conversación que necesitaban tener. No estaba seguro de si darle a Draco la varita antes o después de que hablaran. Sería más seguro esperar. Narcissa les había conseguido una cita en la Taberna del Giratiempo para esa noche. Las brujas del Mercado seguramente estarían allí, pero según Narcissa guardaban bien los secretos de las demás, puesto que no confiaban demasiado en el Ministerio ni en nadie de fuera. Harry había ido a verlo algunas veces con la capa. Parecían ser las únicas dueñas del establecimiento, y les gustaba provocar a los hombres para que se pelearan. Esperaba que no ocurriera esa noche.

Narcissa estaba hoy en Resplandor. Había dicho que no se mudaría a su nuevo piso hasta Año Nuevo. El negocio avanzaba a grandes pasos, algo que lo sorprendió considerando que su inventario consistía en velas y candelabros oscuros. Supuso que mucha gente compraba por la novedad de tener un elemento que había estado una vez en la famosa mansión Malfoy. Se rió al ver cuántos de ellos tenían dragones como decoración. Narcissa había sido aficionada a los dragones desde que era pequeña, y fue quien decidió el nombre de Draco cuando éste nació. Había contactado con Lucius por lechuza, pero decidió no verlo en persona. Parecía contento con los planes para la noche de Navidad. Narcissa le enseñó la respuesta a Harry: estaba llena de palabrería sobre la nostalgia y el amor. Harry nunca hubiera creído que Lucius fuera capaz de hablar así. Narcissa puso los ojos en blanco, diciendo que Lucius tenía una lengua y una pluma prodigiosas, pero que no podía creerse nada de aquello.

Remus y Tonks volverían pronto, a tiempo para que Remus bebiera su última poción antes de la luna llena. No había vuelto a hablar con Harry sobre Draco, pero Tonks sí. Hermione había descubierto un montón de información sobre el apareamiento de los licántropos. La obediencia al hombre lobo era por protección: éste sólo podía tener una pareja, y por tanto hacía todo lo que estuviera en su poder para protegerla. Nunca podría hacer daño intencionadamente a su pareja. A Harry le molestó que esa parte no saliera a la luz durante su discusión con Remus. Además, el asunto de la obediencia podía quedar más relajado por medio de un vínculo entre magos. La oficialidad del lazo mágico, al parecer, concedía al hombre lobo la suficiente confianza como para renunciar a algo de control.

La primera pregunta que Harry le hizo a Tonks fue la de por qué ella y Remus no estaban vinculados. Tonks se limitó a negar con la cabeza. Remus seguía preocupado por no ser adecuado para ella, ya que no podrían tener hijos. Tonks reconocía que el razonamiento de su pareja era erróneo: la pareja podía dejar al licántropo si encontraba otro que fuera más deseable. Pero, como ella decía, eso era improbable, ya que las reglas biológicas no tomaban en consideración el factor del amor, y estaba enamorada de Remus. Harry se dio cuenta durante los días siguientes de que el licántropo, o en este caso, Draco, tenía un sentimiento instintivo de inseguridad. Por tanto, en realidad era la pareja quien tenía el poder. Ésta podía irse, y el hombre lobo se quedaría solo el resto de su vida. Al final, Harry llegó a la conclusión de que era la pareja quien decidía cuánto control podría ejercer el lobo sobre ella.

Harry se levantó, llevó al fregadero la empanada de pastor que apenas había probado y dispuso de ella; Plata se estiró, pero no se despertó. Harry volvió a sentarse y se sirvió una taza de té. La cocina estaba en silencio, aparte del sonido de Plata respirando, y el reloj que sonaba en la pared. El tiempo, suspiró Harry; era algo completamente fuera de su control. Quería que se detuviera, o al menos que pasara más lento. Cada pista que creía tener del paradero de Severus lo llevaba a un callejón sin salida. Sencillamente, el mago se había esfumado. Harry había visto síntomas de desesperación en los ojos de Narcissa; intentaba esconderlos, pero él los veía de todas formas.

Fue el día anterior cuando todo salió a la luz. Había decidido llevar a Plata a visitar la tienda y a Minnie, la ligresa. El lobo y Minnie se habían hecho amigos. La tienda parecía estar cerrada, pero en la planta superior, detrás de las cortinas echadas, se veía la sombra de la mujer. Dejó a Plata en el porche con su amiga, y entró por la puerta trasera con la llave que Narcissa le había dado. El fuerte aroma de las velas se mezclaba con incienso mientras subía las escaleras. Aquello le hizo rememorar horribles recuerdos de Trelawney. Le sorprendió lo apropiado que había sido el recuerdo: la puerta estaba ligeramente abierta y, cuando miró al interior, vio a Narcissa dando vueltas alrededor de un pedestal con una bola de cristal encima, agitando bufandas de colores. Cerca del pedestal había una silla cómoda y una pequeña mesa. Vio una taza de té y un trozo de tarta. Ella estaba bailando alrededor de la bola de cristal, pero en un momento dado se sentó en la silla, mirando al frente. Con frustración, se echó atrás sobre el respaldo y tomó un trago de té y un trocito de tarta. Después, volvió a inclinarse hacia delante. Lo único que Harry veía eran colores rosa y lavanda que llenaban la bola de adivinación. No estaba seguro de qué estaba buscando, pero entonces la oyó murmurar.

—Severus, maldito seas, ¿dónde estás? Me prometiste que lo protegerías, cabrón.

Harry bajó las escaleras en silencio y se llevó a Plata a casa. Conocía la desesperación que sentía Narcissa: él la notaba cada día que pasaba sin noticias. Pero también sabía lo que era estar atrapado en una situación en la que no había elecciones correctas, y lo único que quedaba era una terca voluntad de aguantar. Apoyaría a Draco en su decisión.

Al principio, Ron y Hermione estaban tensos alrededor de Plata. Hablaban en privado de la situación de Harry cuando Narcissa se lo llevó a la tienda, pero siempre que Plata estaba en casa, se quedaba cerca de ellos tres. Ron y Hermione, había que reconocerlo, empezaron pronto a tratarlo como la mascota de Harry; sin degradación y con respeto. Ron rompió el hielo cuando descubrió que al lobo le gustaba jugar con el frisbee. Al pelirrojo se le daba fatal lanzarlo a la manera normal, pero cuando lo hacía con magia lo lanzaba por el patio trasero, y el lobo saltaba en el aire para atraparlo con los dientes. Hermione había descubierto en su investigación que los lobos complementaban su alimentación de carne con frutas del bosque, y cada vez que venía Plata le olisqueaba los bolsillos en busca de éstas. A Plata le gustaban especialmente los arándanos. Harry se preguntaba a veces qué pensaba la parte Draco del lobo acerca de los tres Gryffindor. Estaba seguro de que el ambiente era muy distinto que el que habría sido con tres Slytherin.

Blaise había decidido no ir a Grimmauld Place; en lugar de eso, se acercó a la tienda de Narcissa, que se llevó a Plata para que se encontraran. Harry era consciente de que no era un insulto, sino una muestra de que Blaise seguía sin estar cómodo con ‘Harry Potter’. Narcissa dijo que aquello cambiaría y, a esas alturas, a Harry no le importaba.

Según avanzaban los días, Harry y Plata habían establecido una rutina, y el moreno ya no podía imaginar la vida sin su compañero al lado. La separación entre Draco y Plata iba aumentando: había pasado más de una semana desde la última vez que se dirigió al lobo como Draco. Para cualquier observador externo, los dos parecían sencillamente un mago feliz con su fiel mascota. Por supuesto, la foto en la portada de El Profeta, con Caperucita Roja, había provocado un cierto revuelo. Ahora todos sabían que Harry Potter se había quedado con el lobo de Voldemort.

Esa noche, Harry y Draco cenarían juntos, y después Draco visitaría a su madre. Harry se encontraría con ambos más tarde, en la Taberna del Giratiempo.

Harry volvió a la realidad cuando oyó una lechuza golpeando la ventana de la cocina. Oyó un murmuro bajo procedente de Plata.

—No pasa nada, Plata, es sólo una lechuza —Harry le abrió la ventana a una gran lechuza, un carabo lapón que sabía pertenecía al Ministerio de Magia. Le dio un knut al animal y la dejó ir.

—Mierda —murmuró Harry. Las orejas de Plata subieron, y Harry le echó un vistazo—. Mira, Plata, me han invitado a una ceremonia de premios justo antes de Navidad. Me van a dar una Orden de Merlín, Primera Clase. Genial, justo lo que me apetece: dar un discurso e ir a un baile formal —dijo Harry con sarcasmo. El lobo se levantó, se estiró, y se acercó lentamente a Harry. Descansó su gran cabeza sobre su rodilla, que enredó los dedos en su espeso pelaje blanco. Sintió que la tensión se relajaba, y dejó el pergamino sobre la mesa de la cocina—. ¿Qué le dices a subir y terminar esa siesta arriba? Seguramente los dos trasnocharemos hoy bastante.

 


*****


Una vez más, Harry paseaba arriba y abajo por la sala de estar. La casa estaba fría esa noche, pues el chaparrón de la mañana se había convertido en una gran tormenta. Las pesadas cortinas estaban cerradas; la luz de la luna no entraría hoy en casa. Después de echar unas cuantas piñas mágicas, el fuego se encendió soltando chispas. Las llamas eran de todos los colores. Era algo que los gemelos habían descubierto en el oeste de Estados Unidos el mes pasado, buscando locales para abrir una franquicia de Sortilegios Weasley.

Las altas y estrechas velas, sujetas en candelabros de bronce sobre la mesa, estaban encendidas. La cena de esta noche —sopa de setas salvajes, suflé de queso Stilton, guisantes blandos, tomates aliñados y pan— esperaba colocada en bandejas junto a la mesa. Para el postre, Narcissa había traído una gran caja de trufas de chocolate y un coñac añejo. Harry tenía que admitir que había algo bueno en tener gustos caros: eran buenos gustos.

Seguía planteándose el momento correcto de darle a Draco su varita cuando oyó el aullido desgarrador, que después se convirtió en un grito humano de dolor. Harry cogió la varita de la repisa de la chimenea y la colocó sobre el plato adornado con el emblema de los Black, frente a la silla de Draco. Sirvió el cabernet decantado en las dos copas, y tomó un sorbo rápido de la suya. Se rió por lo bajo, pensando que lo que realmente quería era un par de chupitos de whisky de fuego.

Al final, Harry se derrumbó en una silla junto al fuego. Admitió para sí que estaba ansioso, y últimamente había tomado la costumbre de aliviar su ansiedad recorriendo con los dedos el pelaje de Plata. Una vez más, no tenía ni idea de en qué estado anímico estaría Draco. Sus propios pensamientos recorrieron las posibilidades rápidamente, hasta que las puertas se abrieron sacándolo de su paisaje interior.

Harry alzó la mirada, se levantó, y casi vomitó cuando todos sus nervios parecieron entrar en ebullición a la vez.

Draco entró a grandes zancadas, su cojeo apenas perceptible. Harry nunca lo había visto con ropa muggle; sería después cuando se vistieran en un atuendo más formal.

—Draco —consiguió decir Harry.

—Harry, me alegro de verte —contestó Draco, y empezó a levantar las cubiertas de la cena—. Esto tiene una pinta y un olor delicioso. ¿Puedo preguntar qué hay de postre?

Harry se rió y cogió la caja envuelta en color dorado de la mesita frente al sofá. Los ojos de Draco se agrandaron, y Harry los vio examinar no sólo la caja de trufas, sino su propio cuerpo, de la cabeza a los pies.

—Tal vez tengamos que ir a por el postre primero —murmuró Draco.

Harry se estremeció. No estaba del todo seguro de a qué se refería Draco, pero se hacía una idea. Dejó la caja en su sitio, se acercó a la mesa, y se colocó junto al rubio.

—El postre sabe mucho mejor después del plato principal.

Harry se rió.

—Muy bien, Potter.

Harry inhaló profundamente cuando sintió el primer cosquilleo de la magia de Draco acariciar su mano. Ni siquiera estaba seguro de si se estaban tocando. Harry bajó la vista hacia la mano que subía lentamente hacia su barbilla. Los dedos levantaron su cabeza hasta que estuvo perdido en los ojos plateados.

—¿Qué tal un pequeño aperitivo antes? —murmuró Draco, y presionó los labios contra los de Harry.

A éste no le importó que fuera una de las peores frases para ligar que había oído; le devolvió el beso. La presión bienvenida de los suaves labios de Draco contra los suyos era mejor de lo que recordaba. La mano de Draco se movió desde su barbilla hasta su cuello, y lo acercó más. Harry abrió los labios, y luego se derritió cuando la lengua de Draco tocó la suya. El beso alivió muchas de las preocupaciones que había tenido sobre si esto era o no una buena idea. La magia y el poder que lo recorrieron cuando la boca de Draco se abrió aún más y su lengua se introdujo buscando la de Harry le dejaron las rodillas temblorosas. Se aferró a las caderas de Draco para mantener el equilibrio. Terminó mucho antes de lo que él habría querido. Draco se apartó, dando un último mordisco al labio inferior de Harry.

—Tal vez deberíamos tomar antes ese plato principal —dijo Draco, y se volvió hacia la mesa. A Harry le llevó un momento recuperarse.

—Sí, claro —murmuró, sentándose frente a Draco. Sirvió primero la sopa y el pan.

—¿Esto es para mí? —preguntó Draco, emocionado, cuando vio la varita tallada en madera de aliso.

—Narcissa la escogió el otro día. Pruébala; no estaba muy segura de si sería la madera correcta.

Draco pasó los dedos por toda la superficie de la varita antes de cogerla por el mango.

—Bigotes de dragón, lo noto —dijo, casi con reverencia—. La madera es perfecta. Es buena para hechizos con animales y encantamientos, pero sobre todo para la protección. Mi última varita era de espino. —Draco agitó la varita y sonrió cuando salieron abundantes chispas.

Harry rió de alegría cuando Draco empezó una larga lista de hechizos. Las almohadas levitaron, las velas se apagaron y encendieron, los muebles cambiaron de sitio, las piezas de ajedrez se transformaron en insectos y volvieron al principio, y luego, para diversión de Harry, la palabra Serpensortia se proyectó por toda la sala.

Harry miró debajo de la mesa y vio a una víbora siseando mientras se le acercaba. La serpiente alzó la cabeza y se lo quedó mirando.

—{No passsa nada. No muerdassss. Voy a cogerte en brazosss} —dijo Harry. Para horror de Draco, Harry bajó una mano y la serpiente se enrolló alrededor de su hombro. Harry la levantó sobre la mesa.

—Potter, suelta-esa-serpiente-ya —dijo Draco, poniendo énfasis en cada palabra. Harry oía el matiz de pánico en su voz. Miró a la serpiente mover la cabeza de un lado a otro, y dijo “finite”. La mortífera criatura se desvaneció, pero Draco se quedó algo acongojado.

—Bueno, ¿y qué esperabas? —preguntó Harry.

—No lo sé. Sólo quería oírte hacerlo otra vez. Han pasado seis años. No esperaba que la cogieras, podría haberte mordido.

Harry se rió.

—No es probable, las serpientes no suelen morder a los hablantes de pársel. La única excepción es cuando dos hablantes están juntos —dijo Harry, y tomó una cucharada de la cremosa sopa.

—¿Qué pasa entonces?

—Bueno, el mago que la invoca tiene el poder. Tom me hizo eso con el basilisco.

Draco negó con la cabeza.

—¿Quieres explicarme eso?

Harry resopló.

—No, la verdad es que no. Fue hace mucho tiempo. Hay otras cosas que preferiría discutir.

Draco hundió la cuchara en su plato de sopa.

—Está bien, pero prométeme que al menos se lo contarás a Plata.

—Claro, le hablaré de todas mis maravillosas aventuras con la muerte —contestó Harry, sarcástico.

—¿Estás listo para contarme la batalla final con el Señor Oscuro?

Harry bajó las pestañas y jugueteó con su sopa.

—No, Draco. Se lo contaré a Plata antes de Navidad, pero no puedo contártelo a ti. —Harry se dio cuenta de que Draco estaba empezando a engullir la comida como la última vez. Después del segundo vaso de vino, Harry se sintió más relajado, menos inhibido. No sabía si Draco sabía lo que pasaba, o si era sólo coincidencia, pero al fin Draco dio pie a la conversación que Harry sabía necesitaban tener.

—Bueno, ¿y qué dijo Remus? Debió de ser importante, o se lo habrías contado a Plata.

Harry terminó de tragarse un trozo de suflé.

—Quería hablar de esto contigo, Draco, no con Plata. No me parecía justo, porque no serías capaz de explicarte o defenderte.

Los ojos de Draco relampaguearon, y Harry vio sus pupilas negras dilatarse.

—¿Defenderme?

—Probablemente una mala elección de palabras, pero necesito saber qué sabes sobre los emparejamientos con licántropos.

Draco se echó otra copa de vino y bebió unos sorbos.

—Bueno, todo lo que sé viene de Severus. El lobo se empareja de por vida, es muy protector con su pareja, tiene la habilidad para tranquilizarla y, por tanto, ejerce algo de control sobre ella.

Harry dejó la copa en la mesa, con gesto de desesperación.

—Lo sabías —dijo—. Lo sabías y no me lo dijiste.

—¿Qué parte no te mencioné? —Harry resopló.

—La parte en la que ejerces control sobre mí.

Draco se rió y sacudió la cabeza, casi disgustado.

—Potter, ¿crees que yo podría controlarte? ¿Crees que por eso quería vincularme contigo? Ya te lo dije, sólo te lo pedí porque sabía que sólo duraría estos pocos meses. Puedes ser el pasivo conmigo, pero tú también eres un alfa, Potter. No podría controlarte ni influenciarte.

—Draco —dijo Harry, muy serio—, no sabes lo que me hace el contacto contigo. Me convierto en un puto cachorrillo necesitado.

Draco sonrió de medio lado.

—De verdad, Harry, puedes sentirte así cuanto te toco, pero créeme que si te pidiera que hicieras algo contra tu voluntad, me mandarías a la mierda y te irías. ¿Sabes, Harry? Tú puedes dejarme, pero yo no puedo dejarte a ti. ¿Crees que abusaría de un poder tan limitado?

Harry se reclinó sobre la silla y escuchó, oyendo la sinceridad en la voz de Draco que encajaba con la expresión de sufrimiento de su rostro. Sólo le quedaba una pregunta.

—Draco, ¿qué pasa si encontramos a Severus y tiene un antídoto?

La expresión en el rostro de Draco fue uno que Harry esperaba no volver a ver jamás. Era la expresión de un hombre que acaba de ver el trabajo de su vida destruido; su plan más perfecto derrumbado.

—No lo sé, Harry. No lo sé, porque me he resignado a acabar con mi vida.

—Bueno, sólo para que lo sepas, hay un modo de mitigar la necesidad de control.

Draco frunció el ceño y Harry casi se rió porque, durante un segundo, le había recordado a Plata.

—Bueno, ¿y cuál es? —preguntó Draco con impaciencia.

—Un vínculo mágico.

Draco tosió un par de veces.

—Potter, ¿me estás pidiendo que me case contigo?

—¡No! Idiota, sólo te estoy contando lo que sé.

—¿Entonces no quieres casarte conmigo? —preguntó Draco, fingiéndose herido. Harry no se lo tragó.

—No he dicho eso. ¿Por qué no aplazamos esta conversación? Si encontramos a Severus antes de Navidad, volveremos a sacar el tema.

—Harry, nunca me casaría con alguien que no estuviera enamorado de mí, o de quien yo no estuviera enamorado. Ya que no creo que eso ocurra de aquí a Navidad, podemos dar este tema por zanjado.

Por qué eso le sentó a Harry como una tonelada de rocas aplastándolo y rompiendo todos sus huesos era algo que no sabía. Él no amaba a Draco, y sinceramente, dudaba que Draco pudiera amarlo a él, así que, ¿por qué le dolía oírlo?

Siguieron comiendo en medio de un silencio incómodo, hasta que Draco lo rompió.

—Harry, ¿ha encargado mi madre las pociones?

Harry troceó su suflé con el tenedor, haciendo que se formaran finos hilos de queso al enfriarse.

—No, no que yo sepa.

—Asegúrate de que lo hace pronto —dijo Draco, con tono tranquilo, como si estuviera encargando un nuevo mueble.

—Claro, sin problema —contestó Harry, y luego dejó el tenedor sin comer un bocado.

—¿Ha seguido mi madre viendo a Shacklebolt?

—Sí, comen juntos cuando ella está en el Mercado —respondió a Harry. Sabía que sólo le faltaba contestar con monosílabos, pero en ese momento su estómago estaba del revés, y un sentimiento de soledad lo atravesaba. Miró el fuego detrás de Draco. Necesitaba más piñas.

—Lo siento —dijo Draco, y alargó la mano por la mesa para coger la de Harry. Éste se lo permitió, pero casi maldijo la sensación que el gesto trajo consigo.

—¿El qué? —murmuró.

—Potter —dijo Draco, severo—, mírame.

Harry elevó lentamente la vista hacia la voz que tanto lo atraía.

—¿Qué? —dijo, casi desafiante. No llegó a mirar directamente a los ojos plateados que sabía que lo observaban. Los dedos de Draco acariciaron los suyos y apretaron.

—No he dicho que no pudiera hacerlo. —Harry miró, y vio una calidez que no estaba esperando—. De hecho —continuó Draco, una vez vio que tenía la atención de Harry—, estoy seguro de que podría. O, más bien, lo haría.

Harry sonrió a medias.

—No pasa nada, Draco, no hace falta que mientas.

El Slytherin soltó la mano de Harry y prácticamente saltó del asiento. Harry ni siquiera lo vio dar los pocos pasos alrededor de la mesa. Lo único que sintió fue que su silla quedaba tirada a un lado y que alguien lo levantaba. De repente estaba de pie, y Draco lo llevaba de la mano hacia el sofá. Harry lo siguió, pero se sentía muy estúpido. Sabía que estaba actuando como un amante despechado, pero el sentimiento se acumulaba en su interior.

Draco se sentó en el sofá y tiró de Harry hacia su regazo, envolviéndolo. Los brazos de Draco cubrieron su espalda y lo apretaron. Harry se sentía ahogado: la calidez que lo inundaba era intoxicante, pero una parte de él quería resistirse. Descansó la frente sobre el hombro de Draco, rozando los mechones de pelo rubio. Los dedos de Draco le acariciaron la espalda, mimándolo como a una mascota, y luego alcanzaron el borde de su sudadera y su camisa. Uno por uno, cada dedo entró bajo la ropa y tocó la piel de su espalda. Harry sintió la magia, y sintió la tranquilidad. Dejó escapar un suspiro.

—Me estás matando, Harry. Te noto resistirte. Por favor, para —susurró Draco en su oído.

—No puedo evitarlo —murmuró Harry, hablando contra su hombro—. Tus palabras me han dolido, y no sé por qué.

—Hmmm, ¿no ves que esto es lo que pasa cuando te hago daño? Te distancias de mí, y es como si me ardiera un fuego por dentro —dijo Draco, y empezó a masajear los músculos lumbares. Harry se arqueó, echando atrás la cabeza y el cuello. Draco se inclinó para atacar con la boca el tendón expuesto.

Harry se avergonzó del gemido que escapó de sus labios, pero el sonido sólo pareció animar a Draco a avanzar aún más. Chupó con fuerza sobre el músculo, y luego la punta de su lengua recorrió la mandíbula de Harry hasta su barbilla. Harry gimió con más fuerza cuando Draco abrió más la boca y le mordió, lavando la piel con la lengua y chupando suavemente. Las manos de Draco subieron por su espalda y sus palmas cubrieron los omóplatos de Harry. Éste sabía que estaba perdiendo la batalla, y se preguntó por qué estaba luchando siquiera.

Draco dejó libre su barbilla y subió con la lengua hacia la boca de Harry, que bajó la cabeza y miró las pupilas enmarcadas en plata. No disminuían: estaban llenas de preocupación. Abrió los labios y miró cómo Draco cerraba los ojos y empezaba a besarlo. Los cosquilleos de magia lo recorrieron. Harry levantó las manos y empezó a masajear los músculos a través de la camisa negra. Draco gimió y, para sorpresa de Harry, mordió suavemente su lengua y empezó a chuparla. Harry se dejó llevar entonces, y las palabras de su amiga resonaron en su cabeza: Disfruta la tranquilidad. Se rindió.

Su erección estaba ya bien avanzada, y le dolía dentro de los pantalones. Levantó el culo y embistió ligeramente. Fue la señal que Draco estaba esperando; sus manos se deslizaron por la espalda de Harry y cogieron el borde de su camisa y jersey, levantándolos. Harry le devolvió el favor. El beso se rompió brevemente para que pudieran deshacerse de su ropa. Luego ambos buscaron el pecho musculado del otro y empezaron a besar de nuevo. Las yemas de los dedos exploraron cada curva, y las embestidas ganaron velocidad. Draco se abrió camino hábilmente hacia los pantalones para intentar desabotonarlos. La pelea era frustrante. Harry se enderezó, quedando de rodillas sobre el sofá, con las piernas bien abiertas. Cogió las manos de Draco para llevarlo con él, y cada uno se ocupó de sus propios vaqueros y calzoncillos sin que se rompiera el beso.

Harry buscó con las manos hasta encontrar la polla que se le clavaba en el estómago. La piel suave se humedeció cuando sus dedos tocaron el presemen y lo extendieron. Rodeó el miembro con las manos y empezó a subir y bajar, sintiendo cada detalle y disfrutando de los sonidos que salían de la boca de Draco.

Draco rompió el beso y se dejó caer sobre el sofá, acomodándose con los cojines. Se estiró y buscó a Harry con las manos para que se le uniera. Harry no pudo evitar comerse con los ojos el largo cuerpo que lo esperaba. No estaba demasiado seguro de si Draco había estado siempre en tan buena forma, o si era la influencia del lobo lo que había dado lugar a esta criatura elegante y fuerte. No había forma de arrepentirse. Apretó las caderas de Draco y se tumbó sobre su pecho; se preguntó si el corazón de Draco se aceleraba alguna vez, escuchando el latido lento y regular. Las manos de Draco agarraron sus caderas y marcaron el ritmo de una lenta fricción. Harry supo, al sentir la polla de Draco junto a la suya, que no había forma de que esto durara mucho más.

Harry puso el peso sobre sus rodillas cuando Draco levantó las suyas para rodearlo con las piernas. No estaba seguro de cuánto tiempo se había quedado mirando a ese rostro que denotaba rasgos de emoción: una ceja arqueada, un ligero movimiento de la nariz, incluso la pista de una sonrisa; a Harry le fascinaba mirarlo. Jadeó de placer cuando la mano de Draco bajó para masturbarlos a los dos.

—Levanta —susurró Draco.

Harry obedeció sin dudar. Draco murmuró unas palabras que hicieron a Harry sonreír cuando sintió el resultado. Rió para sí, preguntándose si ése era el único hechizo que Draco sabría hacer sin varita. Los dedos de Draco bajaron por su polla y luego jugaron con cada uno de sus testículos. Harry gimió desinhibidamente de placer, y se agarró al respaldo del sofá con una mano buscando el equilibrio.

—¿Así? —preguntó Draco con un guiño—. Si no me muriera de ganas por follarte, me los comería poco a poco.

Harry se agarró con más fuerza al sofá, y sus rodillas se hundieron en los cojines.

—Cabrón —bromeó Harry.

—Mmm, esa boca, Potter —lo regañó el rubio, y sus dedos avanzaron hacia el trasero de Harry. Éste intentó pensar en una réplica inteligente, pero la labia lo dejó plantado cuando los dedos de Draco llegaron a su culo. La anticipación era casi demasiado: quería a Draco dentro de él, sus dedos, su polla, su magia; quería que todo lo llenara y se llevara cualquier rastro de duda que aún quedara. Harry bajó el cuerpo, forzando la entrada.

—Tranquilo, Harry, tenemos tiempo —dijo Draco suavemente, y siguió entrando muy despacio.

Harry sólo era consciente de su propia respiración, y de que Draco lo miraba fijamente a los ojos mientras un único dedo recorría su interior. Gracias a Merlín, pronto llegó un segundo dedo, y un tercero.

—Dios, otra vez —gimió a través de los dientes apretados cuando el primer roce presionó su próstata. Draco sonrió, y sus ojos se iluminaron mientras repetía el gesto.

—¿Me deseas? —preguntó, mientras Harry se revolvía buscando aliviarse.

—Sssssí —siseó Harry.

Draco sacó metódicamente sus largos dedos y acercó la polla, sujetándola y colocándola en un ángulo adecuado para que Harry pudiera descender sobre ella.

—Despacio, Harry. Hazlo despacio.

Harry descendió gradualmente. Sólo la cabeza le hizo detenerse un segundo para recuperar la respiración. No era enorme, pero estaba mejor dotado que sus anteriores amantes. Mientras Harry bajaba, la otra mano de Draco le acarició el muslo.

—Joder —soltó Draco cuando Harry cerró los últimos dos centímetros y lo cubrió por completo.

Harry rotó las caderas lentamente, buscando la posición más cómoda; se detuvo, y sonrió ante su éxito. Tener a Draco dentro de él le daba lo que necesitaba, tranquilidad absoluta. Draco le devolvió la sonrisa.

—El espectáculo es tuyo, Harry.

Las palabras lo atravesaron, y se mordió el labio al darse cuenta de lo que había hecho Draco. Había renunciado a algo de control, le había dejado estar arriba, decidir los movimientos. Sus músculos parecieron relajarse de golpe; se elevó y se dejó caer. La polla de Draco lo atravesó, y repitió el movimiento, cada vez más alto, cada caída más brutal. Su cuerpo se cerró alrededor de Draco, como si le asustara perderlo.

—Déjate llevar, Harry, déjate llevar —dijo Draco, casi como si fuera un mantra.

Harry aumentó el ritmo y gimió cuando localizó el punto mágico. No lo forzaba, era mucho mejor no saber cuándo pasaría. Draco movió la mano y cogió la polla de Harry con fuerza, adaptándose al ritmo que Harry marcaba. Harry no tuvo ni idea de que Draco estaba a punto de llegar hasta que su cuerpo se arqueó, se tensó, y luego agitó las caderas frenéticamente, subiendo y bajando. Harry observó fascinado la expresión de Draco cuando se corrió. Era puro placer irrefrenado: sus pestañas se movían, su mandíbula estaba encajada, pero aun así escapaban sonidos de placer. La magia de Draco lo inundó en ese momento, y Harry se vio lanzado a su propio éxtasis.

Draco tiró de él sobre su pecho y lo rodeó con los brazos. Harry sonrió cuando oyó el corazón de Draco latir aceleradamente.

—Sería tan fácil —jadeó Draco en su oído. No necesitaba preguntar lo que quería decir. Lo sabía, y estaba de acuerdo.

 

*****

 


Harry se duchó cuando Draco salió para visitar el apartamento de su madre. Aún lo estaba arreglando para mudarse en Año Nuevo, pero Harry sabía que ya se sentía más cómoda allí que en Grimmauld Place. Entendía bien lo que se sentía al tener un lugar propio, y lo que significaba para la paz mental.

La caja de bombones estaba en la mesita de noche, junto a la botella de brandy y dos copas. Draco se había contenido para comer sólo tres trufas. Estaban tan buenas que Harry apenas pudo terminar la primera. Se rió en voz baja, recordando la reacción de Draco al morder la de chocolate con arándanos. Si existían los orgasmos orales, Draco había tenido uno.

Harry escogió un traje elegante y una túnica formal de su armario. Narcissa le había advertido que la Taberna cambiaría su ropa cuando el giratiempo se activara. Se vestirían para encajar con el tiempo y lugar en que estuvieran. Dijo que ella haría el giro, pues las otras brujas eran excesivamente dadas a buscar riñas medievales.

Había más de lo que Draco y él tenían que hablar, pero por primera vez desde la última luna llena, estaba contento. No, borra eso, pensó; se sentía feliz. Ya volverían a hablar cuando llegaran a casa.


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