Harry yacía en la fría piedra del suelo, esperando. Había perdido la cuenta de cuánto tiempo llevaba en esta celda, encadenado a la pared por el cuello, sus muñecas amarradas frente a él. Al principio trató de liberar sus manos del amarre, quitar la cadena alrededor de su cuello. No tuvo éxito.

Después de eso intentó llevar la cuenta de los días. Hacía una muesca en el musgo situado cerca de su cabeza con una uña rota cada vez que se despertaba, pero sólo con la luz de la antorcha para guiarse no sabía si esas marcas eran de días o de horas.

La otra forma de registrar el paso de los días era por su estómago. A juzgar por cómo gruñía ahora, debería ser alimentado en poco tiempo. No tenía ni idea de por qué lo mantenían con vida, pero no le importaba demasiado. Algún mortífago enmascarado abriría la puerta en una hora o algo así, lo justo para deslizar la bandeja. Algunas veces no la empujaban lo suficiente, así que no la podía alcanzar. Había aprendido rápidamente que la mejor forma de evadirse de aquello era cerrar los ojos; de otro modo, terminaba mirando la comida desde su esquina hasta que otro mortífago enmascarado se llevaba la bandeja. Incapaz de dejar de mirar mientras la levantaban y se la llevaban; siempre se reían cuando eso pasaba, mientras hacían desvanecerse los contenidos de su vejiga e intestinos.

También cerró los ojos ahora, sólo por si acaso.


~*~


Lo despertó el sonido de pasos fuera de su celda. Debía de haberse quedado dormido. La puerta se abrió con un golpe. El moreno se quedó quieto, su cuerpo presionado contra la pared, pero abriendo un poco los ojos. Bellatrix Lestrange estaba de pie junto a la puerta, con las manos en la cadera. Su silueta quedaba delineada por la fuerte luz del pasillo.

—¿El molesto Harry Potter se está echando su siestecita de la tarde? —cacareó Bellatrix.

Sus palabras sonaron escandalosas y unas carcajadas maníacas hicieron eco en las paredes, persiguiéndose las unas a las otras alrededor de la celda. El taconeo de sus botas sonaba a través de una cacofonía mientras caminaba hacia él.

La mujer se agachó repentinamente. Su aliento caliente llegó a la oreja de Harry.

—No hay tiempo para dormir ahora, pequeño.

Harry sintió su garganta contraerse cuando ella tiró de la cadena alrededor de su cuello. A la vez, le agarró del cabello. El dolor atravesó su cráneo cuando Bellatrix lo puso de pie y lo empujó delante de ella, hacia la puerta.

—Hora de irse.

Harry se quedó quieto por un momento. ¿Ir adónde? Su mente se aceleraba, ¿podría ser una oportunidad para escapar? Bellatrix lo adelantó y atravesó la puerta, arrastrándolo detrás de ella con la cadena que aún sostenía.

—¡Muévete!

Harry se tropezó, el miedo y la esperanza luchando por obtener la atención de su mente. La única razón que se le ocurría para un traslado era que Voldemort finalmente había decidido matarlo, pero al menos fuera de su celda podría tener oportunidad de escapar. Miró más de cerca los amarres alrededor de su muñeca, mientras Bellatrix lo arrastraba detrás de ella a lo largo del pasillo gris.

Lo arrastró fuertemente hacia una escalera de piedra, girando una y otra vez, hasta que salieron al pasillo. Paneles de madera cubrían las paredes entre millones de ventanas altas; Harry se sorprendió al ver la luz del día. Fuera, todo era gris; la lluvia caía formando pesadas sábanas, pero definitivamente era de día. No había esperado eso.

Al final del corredor, Bellatrix abrió una puerta de madera bastante sencilla y Harry se encontró en un pequeño jardín, rodeado de pasto y flores. Grandes gotas golpeaban las hojas y empapaban el jersey y el pelo de Harry. El agua se estaba quedando atrapada en la cadena que colgaba alrededor de su cuello, dejando una incómoda sensación de metal frío, pero no desperdició su atención en eso. Ahora que estaba fuera tenía la oportunidad de escapar, si pudiese distraer a Bella lo suficiente.

—¿Dónde estamos?

—Cállate y sigue moviéndote.

Bellatrix no se giró hacia él para responderle. Simplemente le dio un fuerte tirón a la cadena que arrastró a Harry hacia ella, pellizcando la piel debajo de su nuez.

—¿Dónde me llevas?

Bellatrix se volvió a medias hacia él y lo señaló con la varita. Harry abrió la boca para hablar de nuevo, pero nada salió. Suspirando, la siguió a través de la lluvia.


~*~


Draco se deslizó hacia la consciencia, siendo recibido por el suave sonido de la lluvia cayendo contra el tragaluz. Mantuvo los ojos cerrados y dejó que la frescura lo rodeara, que la sensación lo trasladase lejos de ese pequeño ático, a los días húmedos de primavera de su niñez, jugando al escondite con Binky en los invernaderos; construyendo carpas hechas de palos y sábanas viejas en los terrenos de la mansión. El patrón de gotas era el mismo, el frío húmedo en el aire.

Amaba aquellos días, cuando siempre conseguía lo que quería. Si estuviese allá, ahora se sentaría en la tierra cálida de su casa y le diría a Binky que le trajese un sorbete de fresa con salsa de chocolate.

Se acercó más la sábana y siguió en su duermevela. La realidad volvería pronto, por mucho que luchara.


~*~


—¡Arriba!

La orden ladrada levantó a Draco de su descanso. La habitación estaba a oscuras, y por un momento no pudo recordar dónde estaba. Luego, unas uñas arañaron su hombro mientras las sábanas eran retiradas, dejando su piel expuesta bajo la luz de la luna que brillaba a través del cielo. Greyback se alzó sobre él; un ojo y dos pares de dientes afilados brillaron en las sombras.

—¡He dicho arriba! Y vístete, vas a hacer un viajecito.

Draco comenzó a levantarse, pero no lo suficientemente rápido. Greyback lo cogió de la pierna y el brazo, lanzándolo fuera de la cama. Draco se encogió en una bola mientras aterrizaba, lloriqueando cuando su cadera golpeó el suelo. No se permitió tiempo para recuperarse; rápidamente miro alrededor en busca de su ropa. A Greyback no le gustaba esperar.

La encontró apilada en una esquina de la habitación. Llegó allí y buscó entre la pila. Greyback no le permitía usar ropa con frecuencia. Se levantó y comenzó a ponerse la ropa interior. La tela se sentía extraña sobre su piel.

—Quieto ahí.

Draco podía sentir cómo le quemaba la mirada del hombre lobo. Todavía estaba agachado, dando la espalda a la habitación, con la ropa interior a medio poner.

—Levántate y vuélvete.

El chico dejó los pantalones donde estaban, a la mitad de sus muslos, y giró su cara hacia el hombre. Hizo lo mejor que pudo para esconder el temblor de sus manos y rodillas.

Rayos de luz lunar mostraban la cara de Greyback a través del tragaluz y algunas tejas sueltas. Sus ojos brillaban, y gruesos ríos de saliva bajaban por cada esquina de su boca, estirada en una fiera sonrisa.

—Tengo un regalo que darte antes de que te vayas.


~*~


Harry se despertó para encontrar su cabeza y cuerpo cálidamente cubiertos y sujetos por algo suave. Abrió los ojos y se apoyó en los codos, frotándose la cara donde las gafas habían estado presionando su nariz. Mirando alrededor, vio una habitación pequeña, limpia, decorada solamente con amarillos pálidos, con una puerta a la derecha y una ventana a la izquierda. La luz del sol brillaba a través de un espacio entre las cortinas.

Ah sí, cierto. Había sido trasladado. Volvió a dejarse caer en la almohada, totalmente confundido. Había estado tan seguro de que Bellatrix lo llevaba a enfrentarse con Voldemort...

Sacudió la cabeza, tratando de recordar cómo había llegado allí. Había caminado bajo la lluvia, arrastrado por Bellatrix. Se llevó la mano a la garganta; la cadena no estaba.

¿Qué le había pasado? Frunció el ceño. Le habrían echado un desmaius, o un obliviate. En cualquier caso, eso no era lo que importaba ahora. Necesitaba encontrar una forma de salir. Y tampoco estaría mal encontrar su varita, pero salir sería un buen comienzo.

Empujó los edredones y deslizó las piernas a un lado de la cama. Miró hacia abajo y vio que todavía estaba usando la ropa que tenía cuando había sido capturado, hacía ya varias semanas: unos vaqueros anchos y una camiseta negra vieja. Incluso traía puestos sus calcetines y zapatillas. Le gustó eso, al menos era algo familiar, pero era completamente asqueroso; estaban manchados de verde y gris por las piedras de la celda en… dondequiera que estuviese.

Harry se olió y arrugó la nariz cerrando a la vez los labios. Una variedad de olores emanaba de él, combinación de sudor rancio y moho. Estaba desesperado por quitarse esa ropa y bañarse, pero sacudió la cabeza mentalmente y se centró en la tarea que tenía entre manos.

Caminó alrededor de la cama en la que había estado acostado y llegó a la puerta. Presionó su oreja contra la madera, pero no oyó nada al otro lado. O no había nadie, o la puerta era más gruesa de lo que parecía, o quien fuera que lo había llevado ahí le había puesto un hechizo silenciador. Necesitaba su varita.

Se frotó las manos en los bolsillos de los vaqueros, para después ponerse a cuatro patas y mirar debajo de la cama. Nada. Levantó las sábanas y las sacudió. La varita no apareció. Dejó caer las sábanas al suelo con frustración. No es que esperara encontrar nada, pero odiaba no tener varita; se sentía inseguro y vulnerable.

Respiró un par de veces rápida y profundamente, y se dirigió de nuevo a la puerta. Estiró el brazo y giró el picaporte tan lentamente como pudo. Para su sorpresa, éste se movió. Tiró suavemente, aguantando la respiración. La puerta se movió hacia él, silenciosamente. Se quedó quieto, escuchando. Todavía no oía nada de lo que había fuera de su habitación.

El chico asomó la cabeza por el borde de la puerta. Vio una habitación grande y cuadrada. El suelo estaba cubierto por una alfombra beige, un sofá grande color café en mitad de la habitación y paredes de color crema pálido. La habitación estaba bastante iluminada por lo que parecía ser luz solar, pero no había ventanas ni lámparas a la vista. Además de eso, por lo que podía ver, la habitación estaba completamente vacía. Dio un paso cauteloso fuera de la habitación y miró a su alrededor. La puerta por la que había salido estaba en mitad de la pared a la que daba la espalda, y había puertas idénticas a la suya en las otras tres paredes.

Un movimiento repentino en mitad de la habitación hizo que el estómago de Harry diera un vuelco. Se tiró al suelo y miró hacia el sofá. No veía nada desde donde estaba, ¿podía haber sido su imaginación? Un sonido suave vino de la dirección hacia la que estaba vuelto. El ruido era muy débil, pero sonaba humano. Harry comenzó a arrastrarse hacia el mueble sobre sus manos y rodillas, manteniéndose tan pegado al suelo como podía. La alfombra rozaba incómodamente sus manos, y el polvo que se desprendía por sus movimientos le hacía cosquillas en la nariz.

Estaba arrodillado bajo el brazo del sofá. Podía sentir el corazón latir en sus orejas y en la base de su garganta. Miró hacia su derecha, a lo que estuviese ocupando el sofá.

Un bulto de sábanas y mantas cubría el asiento. Una mano sobresalía de un borde, dedos relajados apoyándose en el suelo. Las uñas eran un poco largas, y una o dos estaban rotas o con los bordes dañados, pero estaban limpias. Harry miró hacia donde debía estar la cabeza, pero la otra mano cubría la cara de la persona y tenía colocadas las mantas tan arriba que llegaban hasta el otro brazo del mueble.

¿Ése es mi guardián?, pensó Harry, no muy seguro. Podía ser cualquiera y… tal vez tuviese una varita. La persona estaba durmiendo tranquilamente por el momento, pero si le daba la espalda para ver lo que había en las otras puertas podía despertarse y hechizarlo. Sólo había un camino a seguir, desde el punto de vista de Harry. Se apoyó en los dedos de los pies un segundo, tensando los músculos, y se lanzó. Cayó fuertemente sobre la persona que se encontraba bajo las sábanas y lo agarró por las muñecas, moviéndose de forma extraña hasta quedar con su codo izquierdo donde suponía estaba la cabeza.

El cuerpo dio un pequeño salto y se tensó bajo él, luego se relajó.

—¿Quién eres? —siseó Harry a través de las sábanas, sin la mínima intención de soltar el agarre aunque pudiera bajar las mantas. Hubo movimiento debajo de su brazo izquierdo, como si la persona estuviese tratando de girar su cabeza, luego comenzó a luchar.

—¡Quieto! —alzó la voz y presionó su cuerpo contra el otro, sosteniéndolo—. ¡Sólo dime quién eres!

La persona se quedó quieta de nuevo y empezó a hacer sonidos ahogados. La realidad de lo que estaba haciendo comenzó a calar en Harry, mientras la adrenalina empezaba a desvanecerse de su sistema.

—Oye, siento hacerte daño.

—Al menos podrías apartarte de mi cabeza y dejarme respirar.

Incluso ahogada debajo de las sábanas y por su brazo, había algo familiar en esa voz. Harry pensó un momento, y luego levantó el codo. Mantuvo el agarre fuertemente alrededor de la muñeca que sostenía contra el sofá, pero usó el codo y el brazo para bajar las sábanas. Le llevó unos minutos de lucha, pero finalmente pudo hacerlo. Las sábanas y mantas quedaron revueltas en desorden debajo de su codo, revelando un desastre de cabello rubio y una mejilla y oreja muy rosadas.

—Ah, joder. Gracias por eso.

—¿Malfoy?

Los niveles de adrenalina de Harry se elevaron de nuevo. Sentía cómo todo su cuerpo vibraba con ira. Antes de saber lo que estaba haciendo, había soltado las muñecas del rubio y lo estaba golpeando, a través de las sábanas, con los puños.

—¡Maldito cabrón! ¡Maldito cabrón! Bastardo, gilipollas…

Las palabras le fallaron pero sus puños siguieron volando. Un momento después, se encontró contra el suelo. Alzó la mirada y vio a Malfoy de pie sobre él, con la cara sonrojada y las manos apretándose y relajándose a su lado, con las mantas alrededor de las piernas.

—Por todos los demonios, ¿podrías parar? No tengo varita, y puedo apostar a que tu tampoco, así que tenemos que dejar que las heridas se curen. Como muggles —Malfoy dijo la palabra “muggles” como si le hubiese dejado un mal sabor en la boca—. Te propongo un trato: tú no me haces daño y yo no te hago daño. Ahora púdrete y déjame solo.

Harry se levantó del suelo apoyándose en las manos, tan sorprendido de que Malfoy hubiese sido capaz de tirarlo al suelo que no se le ocurría nada que decir. El rubio hizo un sonido de burla.

—Tomaré tu silencio como una respuesta afirmativa.

Malfoy le dio la espalda mientras salía del enredo de mantas, colocándolas de nuevo en el sofá.

—¿Por qué estás durmiendo ahí? ¿No tienes tu propia cama?

El chico le respondió sin girarse.

—No es de tu incumbencia, Potter. Ahora cállate, voy a seguir durmiendo.

El rubio se acostó de nuevo en el sofá y se echó las mantas sobre la cabeza. Harry tuvo la urgencia de quitarlas de la cara del otro, para preguntarle a Malfoy dónde estaban, quién los había llevado allí; pero toda la situación era tan extraña que Harry no estaba completamente seguro de estar listo para las respuestas, al menos no todavía.

Pensó por un momento en volver a golpear a Malfoy, pero se dio cuenta de que era incapaz de hacerlo a sangre fría. En vez de eso, se levantó y miró alrededor de la habitación. A lo mejor podía ver qué había detrás de las otras puertas. Escogió una detrás del sofá, dejando la respiración suave de Malfoy atrás, alerta a cualquier signo de ataque.

La puerta se abrió, dando paso a un baño espacioso con paredes y suelos recubiertos de un hermoso mármol. Estaba frente a una ventana; se adelantó rápidamente hasta llegar a ella, pero el vidrio era opaco. Maldiciendo suavemente, llegó hasta el gabinete pegado a la pared a su izquierda y lo abrió. Estaba bien abastecido de pociones limpiadoras para la piel, cabello y dientes. Incluso había ropa, algo que Harry se alegró mucho de ver. También había cepillos de dientes, esponjas y otras cosas. En el lado opuesto del gabinete, visible a través de su puerta transparente, había un estante de metal lleno de toallas limpias y esponjosas.

La idea de darse una ducha y tener su ropa limpia ahora mismo sonaba a gloria para Harry, excepto que no tenía forma de secar la ropa y tampoco ropa limpia que ponerse. Maldiciendo bajo su aliento echó una mirada alrededor del cuarto: ducha, retrete, lavamanos, bidet... ¿bidet? Harry negó con la cabeza. Ni siquiera tía Petunia tenía uno de ésos.

Mientras miraba el retrete se dio cuenta por primera vez de lo llena que estaba su vejiga. Pateó la puerta para cerrarla (sin cerrojo, notó) y alzó la tapa. Se bajó los pantalones y calzoncillos, apuntó a la taza y se liberó. Ah, dulce descanso. No recordaba la última vez que había orinado decentemente, y por Dios que le sentaba bien.

Sacudió las últimas gotas de la punta de su pene y se subió de nuevo los pantalones. Cuando se giró hacia la puerta para irse, notó algo que lo llenó con un alivio casi tan grande como el que tuvo al orinar: albornoces. Colgaban en la parte de atrás de la puerta, uno rojo y otro verde. Con una sonrisa, Harry regresó a la ducha, se quitó la ropa, entró y abrió las llaves.

El agua era deliciosamente caliente. Su piel cosquilleaba, y dejó escapar un gemido de satisfacción mientras la tina comenzaba a llenarse.


~*~


Draco había despertado seguro de estar en el ático de Greyback. Se relajó; era mejor parecer complaciente, le hacían menos daño así. Luego una voz siseó a través de las mantas y definitivamente no era Greyback. Gracias a Dios que no era Greyback.

En medio de su estupor, comenzó a girar la cabeza para ver quién era su asaltante. Cuando se dio cuenta que el peso contra ésta le impedía moverse, luchó; no sabía si estaba tratando de liberarse o simplemente tratando de ver quién era ése.

Fuera quien fuese, estaba presionando fuertemente contra él y gritaba a través de las mantas. Dos cosas pasaron a la vez: Draco reconoció la voz de Harry Potter y un aroma dulce y rancio llenó su nariz. Su boca se llenó de saliva. Se encontró respirando a intervalos cortos, tomando tanto del olor como le fuera posible. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, se sintió mortificado, pero no pudo parar.

Lo que era aún peor era que el aroma estaba comenzando a quemar en forma de una excitación en su vientre; estaba desesperado por la urgencia de pelear o follar, o preferiblemente ambos a la vez. Apenas pudo evitar gruñir. Que Potter comenzara a golpearlo supuso un escape para la tensión de Draco. Recuperó sus sentidos, tomando control de sí mismo, y empujó a Potter contra el suelo.

Lo había hecho bien, pensó. Lo que había dicho era la verdad, era estúpido hacer daño al otro si no tenían manera de repararlo, pero Draco había estado temblando bajo el deseo de luchar con algo más que un empujón. Ver a Potter desparramado en el suelo le había resultado satisfactorio, claro está.

Cuando se recostó de nuevo, no fue capaz de volver a dormir. Había cruzado los brazos debajo de las mantas, tenso y temblando por el instinto reprimido, escuchando a Potter moverse en el baño. Cuando escuchó el grifo, seguido del gemido de Potter, quitó las mantas y prácticamente voló hacia la cocina. Sacó una botella de cerveza de mantequilla de la alacena y se la bebió, parado y recostado contra la mesa. Dios, dame fuerzas. ¿Cómo… cómo… esperaba que luchara contra esto durante casi tres semanas?

Terminó la botella y la tiró en la cesta. Ugh, asqueroso, mantener comida rancia pudriéndose durante días. Como muggles. Se separó de la mesa y fue a la alacena. Buscó en los estantes. Suspiró; nada abría realmente su apetito. Levantó una tapa de cristal y cogió con desgana una tarta de melaza. Bajó el cristal de nuevo. Algo de pollo iría bien por el momento.

Se llevó todo un plato de muslitos de pollo a la vieja mesa en medio de la cocina. Sospechaba que ésta había comenzado su vida en un laboratorio de pociones, a juzgar por algunas de las manchas y quemaduras que ostentaba su superficie. Se sentó en una silla de madera usada y cogió un muslo, haciendo una mueca al sentir la grasa contra sus dedos, masticando la carne mecánicamente. Repitió esto con al menos cinco muslos, dejando nada más que huesos y cartílagos; luego comenzó a masticar los huesos también.

Sólo se dio cuenta de lo que estaba haciendo cuando Potter abrió la puerta y apareció en la habitación, su cabello goteando por el cuello hasta una gruesa bata de baño roja. Dejó el hueso que había estado masticando en el plato, sintiendo la sangre acudir a sus mejillas mientras miraba el desorden que había armado.

—Así que ésta es la cocina.

Ignoró a Potter y llevó el plato a la basura, para tirar los huesos con las puntas de sus dedos. Puso el plato de nuevo en la mesa y se lavó las manos en el lavaplatos.

—¿Hay comida?

Draco bufó hacia Potter mientras pasaba a su lado, con un plato medio vacío de muslos de pollo en la mano. Entró a la alacena y puso el pollo de nuevo en su estante. El suave sonido de los pies desnudos de Potter a través de la baldosa y en su dirección hizo que rechinara los dientes; sintió las aletas de su nariz inflarse, tratando de captar el aroma de Potter en el aire. Cerró los ojos y apretó fuertemente el borde del estante, luchando por mantener el control.

—¡Wow, esto es genial! ¿Hay elfos domésticos o algo así?

Potter estaba de pie justo detrás de él, su aliento y la vibración de su voz hicieron que los pelos de la columna vertebral de Draco se levantaran. Puto Potter. Se volteó, empujando a Potter fuera de su camino mientras salía de la cocina y llegaba a la habitación central.

—Ah, por Dios bendito. ¡Estoy tratando de ser cordial!

Ignoró los gritos de Potter, recogió las sábanas y mantas del sofá y cruzó la habitación. Cerró de un portazo tras él y tiró las telas al suelo, respirando fuertemente. Miró a la cama desnuda. Joder, joder, ¡joder!

Draco cayó de rodillas sobre las mantas y se agarró la cabeza. La desesperación trepó por su garganta, saliendo en forma de sollozo. No podía hacer esto, sencillamente no podía. Se volvió de lado, tragándose un lamento. Presionó una mano contra su boca, tratando de controlar el temblor de su mandíbula.

Cuando finalmente se las arregló para calmarse, miró a la pared, donde el azul oscuro de la alfombra se encontraba con el azul pálido de las paredes, ignorando lo mejor que podía la sensación de peso muerto contra su pecho. Lo sacó de su miseria el sonido de su puerta golpeando la pared. Potter estaba de pie ahí, en su bata de baño roja y probablemente nada más, pero aún así, Draco sintió miedo cuando vio la mirada en su cara. Potter avanzó hacia él, las manos apretadas a los costados. Sus palabras eran tan cuidadosamente precisas como sus pasos.

—Me vas a decir que es lo que está pasando, y me lo vas a decir ahora.

Potter se detuvo frente a Draco, que no podía sacar la voz de Greyback de su cabeza, burlándose de él por quedarse agazapado en el suelo. Se levantó apoyándose en las manos.

—Jodéte, Potter. Sal de mi puta habitación.

—¡No! ¿Quién dice que es tu habitación? ¿Quién te ha traído aquí?

—Yo —Draco hizo una pausa. Tragó. Éste era Potter, Potter, pero aunque fuera él, sería un alivio increíble compartirlo todo. Maldito sea el jodido bastardo. Hundió los hombros—. No puedo.

—¿Qué quieres decir con que no puedes? ¡Dímelo!

Draco miró al otro chico.

—Quiero decir que no puedo. Me ha hechizado la voz. En caso de que quisiera decírtelo, y no quiero hacerlo, no podría.

Potter alzó la mirada al techo y dio un grito. Sin pensarlo, Draco se encogió, maldiciendo por lo bajo cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Deliberadamente estiró su espalda y se levantó del suelo, colocándose cara a cara con Potter.

—Ah, cállate. Gritar no te va a ayudar.

Potter levantó la barbilla, desafiante.

—Jodéte, me hace sentir mejor.

Draco se movió un poco hacia adelante, los ojos empequeñecidos.

—Ah, y eso es todo lo que importa, ¿no, Potter? Tú.

Las cejas de Potter se levantaron.

—¡Ja! Y lo dice el idiota más egoísta, mimado y clasista de Gran Bretaña.

Estaban nariz contra nariz. Draco cruzó los brazos y se movió hacia atrás sólo un poco, y miró hacia abajo para examinar sus uñas.

—No es culpa mía que mis padres me cuidaran bien, Potter.

Inmediatamente lamentó las palabras; no por la reacción de Potter, la cual no notó, sino por la suya. Una imagen de su madre había volado hacia su mente. Se retorció y cerró los ojos.

—Déjame solo, Potter, por favor.

Su voz sonaba tan derrotada como se sentía. Durante tres latidos de corazón hubo silencio; luego, para su sorpresa, Potter aceptó.

—Está bien —dijo, y se fue, cerrando la puerta suavemente tras él.


~*~


Harry caminó al otro lado de la habitación en un estado de sopor. Ese Malfoy que había estado hecho un lío de mantas en el suelo cuando había llegado a la habitación lo había traumatizado bastante, pero la forma en que había cedido tan rápido en su discusión… Harry negó con la cabeza. Toda esta situación lo superaba. Se sentía como si estuviera soñando, como si todo fuese irreal.

Entró a su habitación y cerró la puerta tras él. Su ropa mojada goteaba en el alféizar de la ventana, donde la había colgado en el tubo de la cortina para secarlas después de su baño. Se había decepcionado al darse cuenta que su ventana también estaba opacada, pero no era sorprendente. Tampoco se abría. Quien fuese que lo había traído hasta aquí no tenía intención de dejarlo saber dónde estaba.

O, si lo pensaba bien, que se fuera. Ni una puerta por la que había pasado lo llevaba al exterior. Las cuatro puertas de la habitación central lo llevaban al baño, la cocina, su cuarto y el cuarto de Malfoy. Definitivamente no había puertas en su cuarto ni en el baño, y la única puerta que había en la cocina llevaba a la alacena. A menos que hubiese puertas ocultas por medio de la magia. Y si así fuese, no tenía forma de encontrarlas.

Fue a su ventana, para ver si podía abrirla. No había aldabas ni bisagras a la vista. Recorrió con los dedos el borde del vidrio, pero parecía una sola pieza con la madera que lo rodeaba. Con un lamento de frustración, llevó su puño contra el vidrio, pero sólo rebotó.

Hundió los hombros y descansó la frente contra el vidrio, dejando que las gotas cayeran desde su ropa mojada. Ah, bueno, al menos se estaba mejor ahí que en la celda de piedra; al menos aquí sabía cuándo era de día y cuándo de noche.


~*~


Harry pasó al menos dos semanas evitando a Malfoy tanto como podía. Se despertaba, se bañaba, comía y regresaba a su cuarto a aburrirse. No tenía idea de cómo la comida y los complementos de baño eran reemplazados. No había visto señal alguna de un elfo domestico, pero no se acababan. Trató de llamar a Dobby sin éxito. Incluso llamó a Kreacher, pero o bien el maldito bicho había encontrado una forma de escabullirse de su esclavitud, o los elfos domésticos no podían llegar a donde fuese que él estuviese.

Estaba acostumbrado a estar aburrido. El aburrimiento no era un problema. No, su problema era resistir la urgencia creciente de discutir con Malfoy. Durante la primera semana y media que Harry había estado ahí, después del primer día, habían llegado al acuerdo no verbal de evitarse mutuamente. Aún así, en los últimos días no parecía importar si estaba en la cocina o en el baño: Malfoy estaba ahí. Y aún más irritante: le decía “buenas noches” y “buenos días”.

Harry usualmente daba un cabeceo seco y gruñía, pero cada vez que veía la cara afilada y el cabello rubio, su mente regresaba a la Torre de Astronomía, a Dumbledore apresado contra la pared, la mirada de odio de Snape, el cuerpo de Dumbledore cayendo sobre las almenas… hacía que le dieran ganas de golpear algo, o a alguien, y el único alguien a su alrededor era Malfoy, y después de todo, era su jodida culpa que Dumbledore estuviera muerto, ¿no? Pero luego Harry recordaba que no tenía una varita, y, aunque fuera muy satisfactorio romper la nariz de Malfoy o dislocarle un hombro, no quería tener que vivir con las consecuencias.

En sus momentos de mayor honestidad, tenía que admitir que estaba seguro de que una vez comenzara a pelear con Malfoy, no podría parar. La imagen de Malfoy sobre su espalda en el suelo y sus propias piernas a cada lado de las caderas del rubio, manos alrededor de su garganta, arrancándole la vida, era una de las cosas que hacía que el pulso y el hambre de Harry se incrementaran al mismo tiempo. Era demasiado con lo que lidiar, así que tuvo que reprimir sus pensamientos en ese sentido. Pero encontrarse con Malfoy cada vez que salía de su habitación molestamente amarilla le hacía más difícil suprimir sus instintos violentos.

Ahora mismo estaba en su habitación, dejando pasar el tiempo antes de ir al baño. Sonaba lo suficientemente seguro afuera. Abrió la puerta un poco y miró alrededor. No había Malfoy a la vista. Bien. Se movió tan rápida y silenciosamente como pudo, caminando hacia el baño. La puerta estaba cerrada. Puso su oreja contra ella, para asegurarse. Seguía sin haber ruido. Excelente. Abrió la puerta y se deslizó al interior.

Para su sorpresa, se encontró a un Malfoy medio desnudo y mojado por la ducha que se había dado, moviendo una toalla de atrás hacia adelante por su cabeza. La toalla alrededor de sus caderas dejaba a la vista la totalidad de su pecho y vientre expuesto; el aliento de Harry quedó atrapado cuando lo vio.

La piel de Malfoy estaba cubierta de marcas de violencia.

Había manchas amarillas y moradas, evidencia de viejos moretones. Harry no pensaba que muchos de ésos fueran por culpa de los puñetazos del otro día. Y estaban las cicatrices. El pecho de Malfoy parecía haber sido usado por un gato gigante a modo de poste para afilarse las uñas, y en su costado izquierdo había una herida apenas curada que subía en curva desde debajo de sus costillas hasta justo encima de su cadera. Lo único que podía hacer Harry era mirar.

Al fin, Malfoy bajó la toalla de su cabeza y notó que Harry estaba ahí. Le echó una mirada rápida y se cubrió el pecho con la toalla.

—Maldita sea, Potter. Casi me da un ataque cardiaco.

Harry trató de pensar en algo que decir, pero su mente estaba en blanco. La cara de Malfoy presentaba su familiar mueca de burla.

—Has echado un buen vistazo, ¿no?

—Yo... —Harry tragó saliva—. Esas cicatrices, Malfoy, ¿son...? ¿De dónde vienen?

Malfoy carraspeó.

—No es de tu maldita incumbencia.

El rubio enunció las palabras lentamente, como si pensara que Harry tendría algún problema entendiéndolas. Harry lo ignoró y levantó la toalla para mirar mejor al costado de Malfoy. El rubio inmediatamente se apartó, su cara pasando del rosado al rojo.

—Que te jodan.

Harry no escuchaba. Estaba tratando de recordar dónde había visto una cicatriz como ésa antes. Sus pensamientos fueron interrumpidos por un golpeteo en su frente.

—Plano físico a Potter. ¿Serías tan amable de quitarte de mi camino para que pueda moverme?

De repente, un recuerdo se hizo hueco en la mente de Harry.

—Dios mío, Malfoy. Eso se parece a una... —Miró la cara de Malfoy. A duras penas podía hacer pasar su voz por el horror que estaba asomándose a su garganta, y cuando salió, apenas era más que un murmullo—. Parece una mordedura de hombre-lobo.

Malfoy se apartó de él y cruzó los brazos. Harry se quedó quieto, estupefacto. Luego un pensamiento horroroso se le ocurrió. Cogió el hombro de Malfoy y le dio la vuelta para mirarlo de frente.

—¿Te han convertido en hombre-lobo, Malfoy?

Malfoy se tenso bajó su mano y pareció estar apretando la mandíbula. Estaba mirando fijamente al suelo. Harry alzó la voz.

—¿Has sido convertido en un hombre-lobo?

—No es de tu incumbencia, Potter.

La voz de Malfoy era baja y controlada. Levantó el brazo para quitarse de encima la mano de Harry y lo empujó para pasar por su lado. Salió del baño y caminó hasta el sofá, con la cabeza baja. Harry corrió tras él, quedando frente a Malfoy para bloquearle el camino. Lo detuvo con una mano sobre su pecho. Malfoy trató de quitarla y seguir su camino, pero Harry lo agarró del brazo. Malfoy se quedó donde estaba, pero desvió la vista hacia un lado, como si estuviese determinado a no encontrarse con la mirada de Harry.

—¡Por supuesto que es de mi maldita incumbencia, Malfoy! La luna llena no puede estar lejos, ¿cuándo me ibas a decir? —Harry tuvo un pensamiento horrible—. ¿O es que no me lo ibas a decir? ¿Ése era el plan todo el tiempo? ¿Traerme aquí y despedazarme? —Estaba temblando de ira.

—No, por supuesto que no, él no sería tan cruel conmigo.

Harry no podía creer lo que escuchaba.

—¿Cruel contigo? ¡Egoísta de mierda!

Harry convirtió sus manos en puños y llevó su brazo derecho hacia atrás, listo para golpear, pero antes siquiera de hacer contacto con la cara de Malfoy, se encontró dando la vuelta, cayendo, y aterrizando boca abajo en la alfombra. El rubio sostenía su brazo detrás de su espalda, manteniendo a Harry contra el suelo con todo su peso. El moreno sintió el aliento caliente en su oreja, dientes arañando su piel. Todo su cuerpo se erizó y su corazón latía rápido en su pecho. La voz de Malfoy era dura y baja, contra su oreja.

—Sí, me han transformado, Potter. Así que no me molestes.

Malfoy mordió de nuevo el cuello y la espalda de Harry, que se arqueó en shock ante la sensación que recorrió toda su columna y se quedó en su vientre. De repente, el peso no estaba.

Flexionó los brazos y rodó para ver la puerta de Malfoy cerrarse fuertemente. Sintiéndose realmente tembloroso, Harry se levantó del suelo, respirando entrecortadamente, y parpadeó un par de veces. Está bien. El baño. Hizo todo el camino a través de la habitación y entró en el baño, cerrando la puerta detrás de él y dejando caer todo su peso contra ella.

Trató de ignorar la excitación que todavía surgía de todo su cuerpo mientras se desvestía. Una vez en la ducha, se rindió rápidamente. Cogió su pene erecto y empezó a masturbarse con el recuerdo del aliento de Malfoy en su garganta y cuello, el cuerpo de Malfoy presionándolo contra el suelo y sus dientes arañando su carne.

Después de alcanzar el orgasmo, Harry se quedó quieto con la frente presionada contra la pared del baño, jadeando, y dejó que el agua caliente lo bañara.


~*~


Draco se quedó de pie en su habitación y apretó la toalla mojada contra su pecho antes de tirarla contra el suelo. Su corazón latía violentamente contra sus costillas y su garganta. Las imágenes se estaban forzando a aparecer en su mente. Potter presionado contra el suelo sin tener quien lo ayudara. Potter desnudo y arqueado contra él, la piel de Potter decorada con moretones.

Disgustado consigo mismo pero incapaz de parar, quitó la segunda toalla de sus caderas y llevó los dedos alrededor de su polla. En la imagen de su mente, estaba cabalgando a Potter, dándole por el culo; mordiendo su hombro, su espalda; arañando su pecho con uñas afiladas hasta sentir el líquido caliente a través de sus dedos, hasta sus muñecas.

Era la única fantasía que hacía que se corriera, la sensación imaginada de la sangre de Potter corriendo a través de sus propias muñecas y cayendo a la alfombra, empujando a Draco a un orgasmo tan intenso que sus piernas se movían espasmódicamente debajo de él.

La sensación de disgusto y náuseas se arrastró por su piel mientras yacía en el suelo, gimiendo. Quiso vomitar, pero lo único que acudió a su boca fue un llanto de lamento. Se arrastró por el suelo y se metió debajo del nido de sábanas.

No encontró confort ahí.


~*~


Draco pasó el resto del día en su habitación, hecho un ovillo en el suelo. Había perdido el apetito, al menos de comida. Estaba oscuro en el exterior y era hora de dormir, pero no podía hacerlo. Lo que de verdad quería era hacerse de nuevo una cama en el sofá, como antes de que Potter apareciera. Se sentía seguro con todas las entradas y salidas a la vista. Pero eso también significaría ver a Potter, y no se veía capaz de enfrentarse a eso. Al fin, se quedó dormido donde estaba, en el montón de sábanas que habían sido su cama las noches anteriores.

Cuando despertó, sintió que su estómago trataba de encontrar la forma de salir. Hizo lo posible para ignorar la sensación, pero después de una hora y media de incrementarse, se dio cuenta de que tenía que salir de la habitación. ¿Por qué ese bastardo no le había dejado la varita? Entonces sólo tendría que abrir la puerta y pronunciar un accio.

Draco suspiró y se levantó. Echó una mirada a su ropa, apilada al final de la cama. Vestirse propiamente parecía demasiada molestia. En vez de eso, alcanzó su túnica y se la echó sobre la cabeza. Eso serviría por el momento; estaría de vuelta pronto.

Abrió la puerta y miró hacia la habitación. Estaba despejado. Se apresuró a ir a la cocina, procurando que sus pies desnudos no hicieran ruido en la alfombra. Las baldosas se sentían extrañas contra las plantas de sus pies cuando llegó a la alacena. Aliviado, buscó entre los estantes y sacó un gran pastel de carne. Comió de pie, dejando caer las migajas y la grasa sobre su boca y su mano. Cuando terminó, las dejó limpias, lamiéndolas.

Satisfecho, se giró para irse, y se detuvo a mitad de camino. Potter estaba de pie en la entrada de la alacena, sus manos a ambos lados, la boca levemente abierta.

—¿De dónde has salido?

La voz de Draco salió en tono de voz alto, y como de niña. Se golpeó mentalmente. Potter parpadeó y se movió un poco, como si estuviese medio dormido.

—Uhm, a lo mejor estaba debajo de la mesa cuando entraste —respondió el moreno—. Se me había caído el tenedor.

—Ah.

Draco podía sentir el rubor aparecer en su cara. Potter estaba caminando hacia él, su aroma precediendo un miasma de feromonas. Draco podía sentir su pene llenarse, sus latidos acelerarse, sus manos sudar. Joder.

No tenía ni idea de qué hacer, así que se quedó ahí de pie, mirando estúpidamente cómo Potter se acercaba cada vez más. De repente, la boca de Draco se secó.

Su voz era casi un chillido, mientras Potter se detenía frente a él, sus ojos verdes y grandes sin parpadeo. El moreno alzó de repente la mano derecha con los dedos extendidos. Draco se movió, pero el contacto en su cara fue suave, casi una caricia. Abrió la boca con sorpresa y los dedos de Potter encontraron su lengua.

—Te ha faltado un poco.

La voz de Potter era suave y baja, y de repente estaba más cerca que nunca y Draco estaba succionando y lamiendo ese dedo. Y sus pensamientos quedaron ahogados por el aroma del cabello de Potter, y sus propios dedos inútilmente contrayéndose a ambos lados.

Hubo un sonido que Draco a duras penas registró; entonces, Potter cogió su mano derecha y la presionó contra su polla caliente. Draco gimió fuertemente mientras una ola de excitación arremetía contra su entrepierna, quemando todo el camino hasta su garganta. Por un momento bastante largo se quedo inmóvil, de pie con la boca abierta de par en par y la mano alrededor de la polla dura de Potter.

Después recordó cómo moverse. Potter y él lucharon contra su túnica hasta que la mano de Potter estaba cogiendo su excitación. Todo se convirtió en un manojo de manos, dedos y dientes, cogiendo y mordiendo, tirando y apretando y retorciendo. Potter gemía contra su oreja, el olor del sexo llenaba a Draco. Nunca se había sentido tan vivo en toda su vida.

La mano de Potter dejó la erección de Draco por un momento y el chico lamentó la pérdida, pero en un segundo estuvo de vuelta, más resbaladiza que antes. Las caderas del rubio comenzaron a moverse a su propio ritmo y aceleró el movimiento de su mano sobre Potter. Ya casi estaba, casi… mordió un mechón de cabellos de Potter y se corrió. Potter gimió en su oreja y llevó su erección con fuerza hacia la mano de Draco. Lo único que podía hacer era agarrar mientras Potter embestía tres veces más antes de correrse.

Draco se llevó la mano a la boca y ansiosamente lamió la eyaculación de Potter de sus dedos. Cuando el temblor de las reminiscencias terminó, abrió los ojos para ver a Potter mirándolo. Draco alejó la mano de su boca y trató de dar un paso atrás.

—¿Qué?

Potter lo sostuvo cerca, dirigiéndole una media sonrisa; luego lamió la garganta del rubio. Otro temblor de placer atravesó el cuerpo de Draco, que cerró los ojos.

—Esto no cambia las cosas, Potter.

Sonaba poco convencido, incluso para él. Abrió los ojos y Potter negó.

—No esperaba que lo hiciera. Sólo decidí que si iba a morir pronto, quería satisfacer mi curiosidad.

Draco clavó su mirada en la esquina de la boca de Potter.

—¿Y?

Potter rió.

—Muy satisfecho. ¿Cuánto tiempo debe pasar para que lo hagamos de nuevo?

Draco sintió un cosquilleo de vergüenza viajar por su cuello y hasta su cráneo. Tomó aire.

—¿Qué te hace pensar que quiero hacerlo de nuevo?

Potter tuvo la audacia de reír. Draco lo empujó, toda su cara ardiendo de ira.

—¡Que te jodan!

Potter sólo se rió con más fuerza. Draco pasó a su lado y salió de la cocina. Cuando llegó a la puerta, la voz de Potter lo acompañó desde atrás:

—¡Tal vez más tarde!

 

 

Continúa en Sin salida II



 

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