Nota: basado en el prompt "Caperucita Roja" de la comunidad bottom_draco.

 

 

Se pensó en muchas ocasiones que la batalla final sería en Hogwarts. El castillo entero estaba hecho para la guerra: situado en una colina, protegido por Merlín y lleno de armaduras de principio a fin. Los retratos, colgados en cada pared y pasillo, podían llevar mensajes de los bastiones dañados o penetrados. Las criaturas del bosque prohibido, y el bosque mismo, flanqueaban dos lados del castillo y un gran lago bordeaba otro. Eso quería decir que el acceso a los terrenos sólo podía venir de una dirección: del cielo… bueno, con los custodios apropiados, eso podía solucionarse. Los pasadizos secretos podían volverse atajos y rutas de salida para evacuaciones de emergencia. Los huecos profundos podían servir también como lugares para emboscar, mientras que las habitaciones cubiertas de tapices podían usarse como lugares para esconderse. El castillo estaba, en efecto, bien equipado para cualquier altercado, natural o causado por el hombre, pero la batalla final no ocurrió ahí.

No, ocurrió en la Mansión Malfoy.


***


Dos semanas después de la muerte de Dumbledore, Draco estaba a oscuras, temblando. Iba a morir. Al Señor Tenebroso no le había complacido descubrir que no había matado a Dumbledore, y cuando siseó su molestia, dijo que Draco ya no era necesario. Lo enviaron fuera de la reunión a esperar. Draco miró alrededor. No veía mucho.

La luna estaba alta en el cielo. Draco alzó la vista para mirarla. Sería luna llena en dos días. Aún cuando no la hubiera visto, lo habría sabido porque Fenrir y su manada se estaban poniendo rabiosos. Tenían más ganas de matar cuando estaba cerca su transformación, más que cuando la luna llena había pasado. Debía de ser la ansiedad de ser liberados de sus cuerpos humanos, pensó Draco, pero sacudió la cabeza. Él quería olvidar a los hombres lobo por completo. La luna acababa de desaparecer detrás de una nube, por lo que los jardines de la mansión estaban a oscuras. Las sombras se extendían por la oscuridad, cubriéndolo todo. Draco siguió temblando. No quería estar ahí. Cada vez que cerraba los ojos veía unos ojos azules alzándose orgullosos y sin miedo de lo que vendría. Un hombre viejo lo miraba y le tendía la mano, ofreciéndole seguridad. Esa mano le había ofrecido protección, confianza y honestidad. Había deseado con todos sus fuerzas tomar esa mano. La oportunidad le había sido arrebatada. Dumbledore se había ido, el Señor Tenebroso estaba enfadado y Draco iba a morir.

Se subió la manga con un gesto de molestia al ver lo mucho que sus manos estaban temblando. Estaba aterrorizado. Cuando la manga dejó ver la marca en su brazo izquierdo, la luna salió de detrás de una nube, iluminando su piel. Draco sintió que el estómago le daba un vuelco al verla estropeando su antes perfecto antebrazo color marfil.

—Desearía no haberte tomado nunca.

Hubo una aspiración repentina y Draco casi se muere del susto al escucharla. Una sombra lo cubrió. Era alta y ancha. Draco percibió el olor de un perro mojado.

—Me encanta el olor de la luna por la noche, ¿y a ti, Malfoy? —Escuchó de nuevo la inhalación—. Siempre lleva consigo el olor del miedo. Estar tan cerca de la luna llena, siempre hace que la gente recuerde que estamos aquí, ¿sabes? Les da miedo saber que existimos, que podríamos hacerles tantas cosas que los harían gritar.

«Merlin, no», pensó Draco, sintiendo que se le comenzaban a saltar las lágrimas y el estómago se le revolvía. De todos los animales que el Señor Tenebroso podía haber mandado para cumplir la tarea, había mandado a los lobos.

Draco se bajó la manga. Se puso tieso cuando una mano tomó la suya, deteniendo su progreso.

—No, pequeño. —Escuchó que le gruñía al oído. Draco se encogió—. No debes cubrir las cosas que se te han dado. —Fenrir caminó alrededor de él, poniéndole la imagen de la Marca Oscura en la cara—. Es de mala educación.

Draco trató de zafarse. Inhaló repentinamente cuando la Marca Oscura fue reemplazada por la cara encolerizada de Fenrir. Entrecerró los ojos.

—No quieres hacer eso. —Se escuchó el sonido de gruñidos que retumbaban a su alrededor. Draco se quedó tieso—. Te contaré un secreto, ya que vas a morir y todo eso. —Draco gimoteó. Fenrir hizo una pausa y lo miró tras escucharlo. Sonrió malignamente—. Yo quería una, una marca. Pero la magia no funciona en mí. Conseguí una cuando tenía mi forma humana, pero después de mi primera transformación, desapareció. —Fenrir suspiró, su mano se cerró con fuerza alrededor del brazo de Draco. Hizo un gesto de dolor—. Tú no mereces esto. —Draco miró al suelo.

La luna salió de su escondite por completo. Fenrir cerró los ojos al sentirla en su espalda. Un sonido profundo salió del fondo de su pecho. Gruñó.

—El Señor Tenebroso me dijo que te matara dentro de dos días, pero no podía perder esta oportunidad. Verás, Malfoy, tienes que aprender la fragilidad de ser humano, incluso si no tienes mucho de humano.

»Por ejemplo —agregó Fenrir con una sonrisa salvaje—, si vas a ser un pequeño bastardo engreído y nos vas a tratar como perros porque tu padre es “la mano derecha de Voldemort”, asegúrate de que aún puedas ser un pequeño bastardo engreído después de que tu padre caiga en desgracia.

Draco gritó de dolor cuando Fenrir le torció el brazo detrás de la espalda. Pudo sentir las lágrimas que había estado tratando de contener rodar por su mejilla.

—Seguro que puedes hacer algo mejor que eso. —El grupo de hombres lobo se rió de él. Fenrir le torció al brazo con más fuerza y Draco gritó de nuevo—. Mejor.

Una lengua tibia y húmeda recorrió la base de su antebrazo y Draco hizo una mueca de desagrado, sintió náuseas y jadeó del dolor. Cuando sintió un mordisco leve, se quedó tieso.

«NO.»

Su corazón se aceleró y comenzó a sudar frío. Tembló y nuevamente intentó zafarse, pero gritó más fuerte cuando Fenrir lo obligó a ponerse de rodillas.

—Oh, tienes miedo de que te muerda, ¿no es verdad? —Fenrir se rió—. No te convertirá, no lo creo. Nunca antes he mordido a nadie cuando no estoy transformado. —Miró a su alrededor—. ¿Vemos qué sucede? —Sonrió malignamente cuando escuchó las risas.

Draco bajó la cabeza, derrotado.

—No te mereces esto. Eres un niño, y uno estúpido además, que cree poder pasearse tranquilamente entre los hombres.

Esta vez, Draco sintió que lo mordían más fuerte, y lloró. Lloró sin apenas poder respirar, porque estaba indefenso y asustado, y porque iba a morir. Comenzó a hiperventilar.

Cuando los dientes traspasaron la piel, gritó.

El dolor era inimaginable, le punzaba y ardía terriblemente. Su respiración se hizo tan superficial y tan rápida que veía puntos negros bailando frente a sus ojos. Poco después, brillantes rayos rojos de luz aparecieron frente a él, y se desmayó.


***


Draco gritó al despertarse. Sus manos sujetaban con fuerza las sábanas cuando se sentó, jadeando. Su corazón latía fuertemente y le ardían los ojos, allí donde el sudor había caído desde sus cejas hacia su interior. A medida que sus ojos recorrían rápidamente su habitación, empezó a calmarse.

Era la pesadilla.

Temblando ligeramente, Draco se desenredó de las sábanas y se puso de pie temblorosamente para salir hacia el cuarto de baño. Cuando sintió que el sudor le escurría por el pecho, usó su varita para hacer un hechizo que refrescara la habitación. Suspiró cuando sintió el aire fresco. Caminó fácilmente por el pasillo de su apartamento y encendió la luz del baño. El resplandor de la luz hizo que entrecerrara los ojos y se alejara, deseando que fuera menos intensa; los abrió completamente cuando la luz lo obedeció.

Suspiró de nuevo.

Al mirarse en el espejo, pudo ver el miedo en su rostro. Ya tenía veintiún años, las pesadillas tendrían que haber desparecido. Habían desaparecido los últimos cuatro años, pero de repente habían vuelto. Las partículas doradas que salpicaban sus ojos grises se mofaban de él, y miró la repisa de mármol negro. La llave del agua se abrió, y se volvió para mirarla. Suspiró profundamente.

«La luna llena debe de haber comenzado ya», pensó para sus adentros.

Su magia siempre se volvía más fuerte cerca de la luna llena. También tenía mayor control sobre ella. Aún cuando no pensara en usarla —como ahora, por ejemplo—, era como si tuviera mente propia, trabajando para él y atendiéndolo. No podía decidir si era una maldición o una bendición.

Miró su brazo izquierdo, de inmaculada piel clara. Seguía sin decidirse.

Se recogió el cabello en la nuca, tomó agua fresca con las manos y la arrojó sobre su cara. Con los ojos cerrados, extendió la mano esperando que la toalla estuviera ahí cuando cerrara el puño. Suspiró de nuevo cuando la tela suave y fresca envolvió sus dedos.

Mirando fijamente su cara ya seca, Draco vio las motas doradas en sus ojos; éstas brillaron.

«Necesito helado.»


***


Estaba sentado frente al fuego, en bóxers y camiseta, comiendo helado de chocolate directamente del envase, cuando el fuego lanzó una llamarada verde y brillante. Draco levantó la vista de su revista y frunció el ceño. Miró el reloj para ver la hora antes de que Harry Potter se cayera del fuego. Literalmente.

Después de eso, todo quedó en silencio. El fuego se calmó y volvió a arder en color ámbar. Draco se quedó mirando al fardo de túnica roja que había tropezado fuera de su chimenea.

Harry se dio media vuelta y miró el techo.

—Conozco este techo —dijo, arrastrando las palabras. Draco miró su techo, dándole vueltas al helado con la lengua, y volvió a bajar la vista hacia el hombre que estaba sobre su alfombra. Harry estaba entrecerrando los ojos y frunciendo el ceño—. Éste no es el techo de San Mungo, es mucho más deprimente.

—Gracias —dijo Draco, después de sacarse la cuchara de la boca. Harry giró lentamente la cabeza; sus ojos estaban somnolientos y no veía bien. Draco se topó con un verde puro mirándolo fijamente mientras los ojos del auror trataban de enfocarse. —Potter, ¿qué haces en mi piso a las… —miró al reloj que estaba sobre la repisa— …dos y cinco de la mañana? —Frunció el ceño—. ¿Y qué haces con esa túnica ridícula? —dijo, mirando su color rojo brillante.

Hacía casi cinco meses, los aurores habían ido con su sindicato acusando al Ministerio de aprovecharse de ellos. Usando a Harry Potter como mascota, habían mandado una bastante larga lista de demandas y habían ido a la huelga durante dos semanas antes de que el Ministerio se rindiera. En un arranque de superioridad (aunque Draco siempre lo vio como la estupidez y arrogancia típica de los Gryffindor que conformaban casi el noventa por ciento del Departamento de Seguridad Mágica), después de la victoria del sindicato, habían lanzado otra demanda, sólo para ver si podían. Habían exigido usar un color diferente para diferenciarse del resto de los departamentos, sólo porque el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos lo podía hacer al usar verde. Al parecer, los bastardos siempre les quitaban su lugar en la cafetería.

—Es el protocolo —dijo Harry, quitándosela y rodando sobre la alfombra—. ¿Por qué hace tanto frío aquí?

Draco puso los ojos en blanco.

—Porque tengo calor. —Metió la cuchara en el envase—. No me importa si es una segunda piel, en mi casa te quitas esa porquería roja.

Harry se giró para mirar las paredes, reconociendo los colores pastel y los cuadros.

—¿Tu casa?

Draco puso los ojos en blanco y se levantó.

—Sí, mi casa. ¿Qué haces aquí?

—Estaba en una reunión con el consejo del Clan Cloden —dijo Harry sentándose lentamente—. Ron estaba ahí. También Hermione, Moody, Kingsley…

—No necesito toda la lista. —Draco hizo una pausa—. ¿Has dicho Cloden? ¿El clan vampiro? —Harry asintió y él entrecerró los ojos—. Eso no estaba previsto hasta dentro de dos semanas. ¿El Ministerio sabe que has tenido una reunión con ellos? —Harry negó con la cabeza. Draco suspiró y puso los ojos en blanco; no necesitaba eso a esta hora del día. Tenía que levantarse en dos horas para ir al trabajo, donde sin duda tendría un montón de papeleo en su escritorio sobre ese mismo incidente. El Ministro Rowe iba a cabrearse.


Draco había ganado su trabajo como secretario del Ministerio después de que una campaña por los derechos de los no humanos, liderada nada más y nada menos que por Granger, entrara en vigor. Muchos se habían mostrado escépticos. Sin embargo, tener un hombre lobo, o al menos alguien con las características de un hombre lobo (específicamente los cambios de humor), era justo lo que el Ministerio necesitaba. El trabajo burocrático se hacía a tiempo, se atendía a los reporteros latosos y visitantes indeseados… Nadie contrariaba a Draco en la oficina, especialmente en estas fechas del mes.

—Hermione me ha empujado a la chimenea después de que me golpearan —dijo Harry mientras se mecía. Draco entrecerró los ojos, oliendo de repente el deje metálico asociado con la sangre.

—¿Golpeado con qué? —dijo, sospechando—. ¿Qué ha pasado? —Dejó con cautela su bote de helado en el suelo y, escuchando el ruido del estómago de Harry, hizo aparecer una cubeta sin siquiera pensar en lo que hacía, y la puso enfrente de Harry justo a tiempo para que vomitara en ella.

—No lo sé –dijo Harry, quedamente.

Draco suspiró. No había nada que hacer. Poniéndose de pie, se aprovechó de su actual habilidad mágica e hizo levitar al auror por las escaleras, hacia su dormitorio. De todos modos, ya no iba a poder dormir esa noche, iba a estar muy ocupado asegurándose de que “El Elegido” no se tragara la lengua. Granger le debía una buena explicación.

Miró la cara de Harry y se preguntó dónde se habían metido sus gafas. Sus ojos parecían perdidos sin ellos, perdidos y muy verdes. Los miró atentamente, acercándose. Se detuvo al percibir de nuevo el olor a sangre. Estaba encubierto, lo que significaba que había dejado de sangrar, pero la herida todavía estaba abierta. Draco dirigió su atención al olor. Venía del hombro de Harry.

Usando un hechizo para desvestir su parte superior, caminó alrededor de la figura levitante que permanecía en el aire, sobre su cama.

—Ay, Potter —dijo Draco mientras inspeccionaba la herida. Necesitaba limpiarla o se infectaría. Le dio la vuelta y lo dejó levitando mientras iba al baño. Tomó su varita y un frasco de pomada que estaba cerca del lavabo.

Se subió a la cama y se sentó cómodamente, poniendo la varita y el frasco cerca de él. Usó la mano para limpiar la herida con un hechizo. Sintió que Harry se movía, molesto, y se disculpó quedamente. Los hechizos de limpieza ardían y el suyo, siendo tan poderoso durante la luna llena, tenía que doler. Tomó la varita y se concentró en el corte que había rasgado el hombro de Harry. Hizo un gesto de dolor al sentir el maleficio en la magia hacerle cosquillas en las manos. A pesar del calor que tenía, y del número de hechizos enfriadores que había estado usando para refrescar su casa, el maleficio que casi había acertado en el pecho de Harry hizo que los dedos se le pusieran fríos.

«No me sorprende que Granger te mandara a mí; si me afecta de esta manera, puedo imaginar cómo se sentiría un sanador.» Cuando terminó de coser la piel, sus dedos estaban entumecidos. Agitó las manos y sintió el calor entrar a sus dedos; abrió la tapa del frasco. La mezcla herbal tenía un fuerte olor que hizo que le lloraran los ojos mientras la aplicaba sobre la piel recién suturada. Escuchó una respiración acompasada y levantó la vista, encontrándose con que el auror se había dormido. Draco exhaló de cansancio y se sentó sobre sus piernas, dejando que el hombre durmiente cayera suavemente sobre la cama. Luego, se alejó de ella y fue al armario del pasillo. Se sentía mejor alejándose del calor que el hombre le causaba, y se tomó un momento para calmarse antes de volver con él. Cogiendo una manta, volvió a su dormitorio y la sacudió. Sujetó un extremo y con ella cubrió al hombre que estaba en su cama.

«Granger, ¿qué estabas pensando al enviarlo aquí otra vez?», dijo para sí mismo mientras le retiraba a Harry el pelo de la frente. Se sentó de nuevo y comenzó a recorrer distraídamente con los dedos la famosa cicatriz, hasta que se dio cuenta de lo que había estado haciendo. Se levantó rápidamente y fue escaleras abajo.

Aunque Hermione Granger era útil, era una pesada. La mayor parte del tiempo era un dolor de cabeza, si no le conseguía un trabajo. Hablaba por los codos y era una sabelotodo. La habían designado asesora del Ministro, lo que, para algunos, era una buena noticia. La mayoría de las veces, Draco quería cortarse las venas. Sin embargo, ésa no era la peor parte; oh no, ni siquiera había comenzado. Hermione Granger-Weasley (aunque todavía se negaba a llamarla de esa manera) era, sobre todo… una celestina.


***


Draco le puso un sello al memorándum que estaba en su escritorio y lo puso dentro de una gran carpeta que decía “Para firmar”, llena de informes y formularios. Poniéndose de pie, salió de su oficina para ir a la puerta de al lado, con el Ministro, a que le firmara todos los papeles antes de que irse. Merlín sabía que en cuanto aquel hombre salía “a almorzar”, no volvía. El Ministro Rowe sabía que era luna llena y se estaba aprovechando de ello. Nadie osaría tratar de verlo durante los próximos tres días.

Draco sabía por el olor, aún antes de que abriera la puerta, que ella estaba del otro lado.

—¿Qué quieres, Granger? —dijo, pasando junto a ella sin detenerse.

Hacía mucho que Hermione había dejado de intentar que la llamara por su primer nombre o, Merlín no lo permita, por su nombre de casada.

—Quería agradecerte que cuidaras anoche de Harry. Tenía muy buen aspecto esta mañana.

—La próxima vez, mándalo al hospital, lo atenderán mejor que yo.

Ella dejó de caminar; lo sabía porque su perfume no olía tanto. Eso sólo significaba una cosa:

—Él no quiso. De hecho, me rogó que no lo mandara a ese sitio. Quería ir contigo.

Sabía qué decir para hacerlo detenerse, y lo consiguió.

—Me pregunto quién lo inscribió en mi servicio de salud, para empezar —dijo, sin girarse para mirarla. La escuchó burlarse.

—Bueno, si me preguntas, es un excelente servicio de salud. Volvió sin un solo rasguño.

Draco suspiró.

—Sí, lo que sea. De nada. —Se dio la vuelta cuando no recibió respuesta—. ¿Eso es todo? Tengo trabajo que hacer.

Ella asintió.

—Sólo una cosa más. —Comenzó a caminar hacia él. Cuando lo alcanzó, sonrió suavemente, casi triste—. Esta vez, ¿cuánto tiempo te lo quedaste mirando mientras dormía? —dijo, y se alejó.

Entrecerró los ojos mientras ella pasaba a su lado y esperó a que se fuera de la planta antes de moverse. Respiró profundamente y contó hasta cuarenta antes de intentar volver a trabajar. Mientras el Ministro revisaba los documentos, Draco se sentó en la silla que estaba enfrente de él y miró a un lado. Se estaba sintiendo molesto con todo ese calor. Ya había hecho cuatro hechizos enfriadores y ni siquiera era hora del almuerzo. Se movió inquieto y se miró las manos.

«¿Cuánto tiempo lo estuve mirando?», se preguntó a sí mismo.

Después de no haber podido dormir apenas, era un milagro que pudiera hacer su trabajo. Últimamente había tenido mucho calor, y las pesadillas hacían que dormir fuera más incómodo. Había pasado la mayoría de las noches despierto, comiendo helado directamente del bote y manteniéndose fresco. Una vez hasta durmió en los fríos azulejos de la cocina para librarse del calor. Sin embargo, Harry Potter hacía que el aire que lo rodeaba estuviera más caliente. Era insoportable y Draco había pasado mucho tiempo fuera, después de darse cuenta de lo cerca que había estado de asarse. Ya de por sí era malo que observar a Potter consiguiera que se olvidara de su propia salud, pero aún peor, Draco sabía exactamente por qué se sentía así.

El lobo estaba en celo.

El calor que sentía durante el día era el constante suministro de feromonas que había estado lanzando al aire. Durante los dos años que llevaba trabajando para el Ministerio, había conseguido tener un mes libre al guardar todos sus días de permiso y usarlos de una sola vez. Por eso nadie sabía por lo que había pasado. Sin embargo, este año no lo habían dejado irse debido a que no había nadie que lo supliera. Martha, que era quien solía hacerlo, estaba de permiso de maternidad, así que Draco estaba atrapado en un edificio de oficinas rodeado de personas que iban a sentir la llamada de un lobo que quería aparearse con ellos. Y con Harry Potter.

Aún era peor el hecho de que, cuanto más atraído se sentía por alguien, más le subía la temperatura y liberaba más feromonas. Ahora, debido al desastre de la junta preventiva con el clan Cloden de vampiros, eso significaba que tendría que ver mucho a Harry Potter, líder de la feliz banda de idiotas que pensaba que se podía reunir con un clan más antiguo que el Ministerio mismo y no ofenderlo.

Al darse cuenta de que el mero pensamiento de Harry hacía que su corazón diera un vuelco, Draco tuvo el presentimiento de que estaba jodido, literalmente.

Draco se dio cuenta de que la cabeza del Ministro se alzaba demasiado a menudo de sus papeles para mirarlo pensativamente. Draco suspiró y esperó que su temporada de apareamiento no durara tanto como la anterior. Tres semanas era mucho tiempo para esquivar a gente lujuriosa.


***


Harry se puso alerta. Estaba seguro de que había visto a Draco caminar en su dirección. Esperaba que el rubio no lo estuviera evitando. Hermione le había dicho lo que había ocurrido la semana pasada y no había visto a Draco desde entonces para agradecerle o disculparse por “caer” encima de él de repente. Su hombro estaba muy bien, como nuevo, y quería hacerle saber a Draco cuánto lo apreciaba. La caja de bombones que Harry tenía en la mano llevaba en su cajón toda la semana porque no lo había visto desde esa noche. Había considerado dejársela en su oficina, pero descartó rápidamente esa idea. Quería verlo, dársela en persona.

Harry miró la caja; el color hacía juego con su túnica. Probablemente a Draco no le gustaría la caja, pero… sabía que el rubio era adicto al chocolate. Por alguna razón, Remus y él adoraban esa cosa. No lo entendía. Los lobos eran de la familia de los caninos, y normalmente el chocolate hacía que los caninos enfermaran, pero Remus siempre tenía una provisión secreta y Draco tenía un suministro constante en su cajón. Harry lo sabía porque había querido sorprender al rubio para que viera la caja la próxima vez que abriera el cajón de su escritorio, el cual tenía algunos hechizos complicados. Había conseguido abrirlo, pero meter la mano había sido algo diferente. Cuando se topó con el maleficio de impotencia, retrocedió.

Harry meneó la cabeza. Draco tenía problemas.


***


—Oh, Merlín, ¿lo habéis visto? Le he estado mirando mientras entrenaba, ¡es maravilloso!

—Lo sé, y huele tan bien. —Definitivamente había un chillido de emoción ahí.

—Oh, cielos, puede salvar mi mundo el día que quiera.

—Ya lo hizo, Celia, hace cuatro años.

—Era un eufemismo, Lilah.

Hubo una pausa.

—¿Un qué?

Draco puso los ojos en blanco mientras comía su almuerzo y evitó la mirada de los miembros del Ministerio. Su ciclo de luna llena ya había pasado ese mes, pero su temporada de apareamiento no. Aún se sentía incómodo, pero descubrió que si se mantenía alejado de cierto hombre de pelo negro y ojos verdes, se sentía bien, y el número de espectadores y guiños era mínimo. Pero Harry Potter acababa de pasar frente a la mesa de las secretarias. Draco escogió sentarse cerca de la “ventana”, con vistas hacia Trafalgar Square. Le gustaba sentarse ahí porque él podía elegir la vista y el clima lúgubre de Londres siempre le daba la ilusión de aire fresco. Deseó que fuera Enero. Le encantaba Enero. Y el invierno en general. Draco estaba mirando su varita, preguntándose si podía sufrir efectos secundarios por hacer demasiados hechizos enfriadores, cuando nada más y nada menos que Harry Potter se sentó frente a él.

Le llegó un olor celestial, mezcla de jabón, agua limpia y algo tan insoportablemente excitante que Draco casi se corre. De repente, comenzó a sudar.

«Maldición.»

Harry se lo quedó mirando fijamente durante un buen rato. Draco le echó un vistazo y volvió a la ventana. Harry resopló.

—Me has estado evitando. Lo sé porque te he saludado en la central de la red flu esta mañana y me has mirado con horror antes de echar a correr.

Draco mantuvo la cabeza baja con la ilusión de que si no veía al hombre no atraería la atención de todo el mundo. «Mierda», gimoteó internamente.

—¿Qué demonios te he hecho? ¡Maldita sea, mírame! —Harry gruñó por lo bajo.

Draco se dio cuenta de que estaba enfadado. Él también lo estaría si alguien a quien estaba tratando de ver lo hubiera estado evitando a propósito. Aunque el auror no se habría dado cuenta si se hubiera quedado en su planta, como le correspondía. Draco sabía que lo había estado buscando, sabía por Hermione que le estaba tratando de dar algo. Pero no podía tomarlo. Con la cantidad de feromonas que estaba emanando últimamente, le sorprendía que Harry no se hubiera vuelto loco de deseo. De hecho, era extraño. Lo que más había hecho era seguir a Draco.

«Merlín, qué calor hace aquí.»

Draco sentía el sudor empapando su camisa. Se le pegó contra la piel. Hizo una mueca de disgusto.

—Connor, estamos hablando, ¿te molesta dejarnos en paz? —Draco frunció el ceño momentáneamente hasta que se dio cuenta de que había una presencia cerca de él. Se dio la vuelta para ver, primero, una túnica verde que envolvía la figura del hombre. Después, una sonrisa libidinosa.

—Hola, Malfoy, cuánto me alegro de verte por aquí.

Draco se giró para mirarlo como si estuviera loco. Luego se acordó. Estaba sobrecalentado. Tomó otro bocado de filete sólo para que su mano hiciera algo más aparte de temblar.

—Trabajo aquí, Victor.

Puso la comida en su boca y luego volvió a mirar por la ventaba. Hum, más pájaros. ¿Qué tenían con la cabeza de Nelson?

—He dicho que estamos hablando, Connor. ¿Te importa? —dijo Harry de nuevo, enfadándose aún más. Sus ojos verdes destellaron, furiosos.

Victor Connor era el Embajador de la Alianza Británica de Deportes y Servicios. El hombre era un cabrón de la peor calaña y Harry, junto con otros muchos aurores, lo habían odiado desde que comenzó a trabajar ahí. De hecho, ambos departamentos habían mantenido cierta rivalidad desde, probablemente, el inicio del Ministerio. Era ridículo, todo mundo lo pensaba. Especialmente el personal administrativo. Excepto, claro, algunas secretarias ignorantes.

Connor se acercó a Draco con su silla.

—Para nada, señor Potter, para nada.

Draco dejó de comer. Éste no era su día, necesitaba salir de ahí. Desafortunadamente, Harry Potter estaba de lo más caliente cuando se enfadaba, y vaya si el lobo en él no se estaba asegurando de que se diera cuenta. Draco se sintió como si fuera a desmayarse. Connor, por otra parte, parecía listo para saltarle encima. Draco se puso tenso.

Harry se puso de pie y golpeó la mesa con las palmas de las manos. La mesa tembló y toda la habitación se quedó en silencio. Draco se turbó al sentir todas las miradas fijas en él cuando la gente se volvió en su dirección. Los otros dos miembros de su mesa no parecieron darse cuenta. Mientras los dos se miraban fijamente, Draco se puso de pie en silencio y se fue. Estaba a mitad del camino a su oficina cuando Connor empezó a parpadear y a mirar alrededor, confundido. Sacudió la cabeza y miró el asiento vacío de Draco.

—¿Adónde ha ido?

Harry frunció el ceño.


***


—¡Pansy! —dijo entre dientes, detrás de la puerta.

Pansy Parkinson-Zabini se giró al escuchar su nombre. Pasó de largo la puerta de la alacena, ya que el que alguien la llamara desde dentro era totalmente absurdo. Cuando escuchó de nuevo su nombre, entrecerró los ojos para mirar a través de la cerradura.

—¿Quién está ahí? —preguntó con desconfianza, y sacó la varita.

Draco puso los ojos en blanco y abrió la puerta lo suficiente para empujarla hacia el interior. Ella soltó un pequeño chillido, pero lo encubrió con una mirada dura cuando se acomodó adentro.

—No sabía que te gustara esconderte en las alacenas, Draco —dijo con una sonrisita—. ¿Qué tal el calor? —le preguntó.

Él le dirigió la mirada hostil patentada de los Malfoy antes de gruñir con frustración:

—¡Tengo que hacerlo! ¡Ya no lo aguanto! Está a donde quiera que voy, o alguien está hablando de él. —Miró al vacío y jadeó como si hubiera corrido kilómetros—. Estaban hablando de su olor, justo ahora, en la administración de la cocina. Dijeron que olía como un lince o algo así.

Pansy trabajaba como Oficial de Recursos de Seres Mágicos. Adoraba decirles a los demás qué tenían que hacer, y además tenía la inteligencia necesaria para hacer bien su trabajo. También era una de las pocas personas que estuvo ahí cuando lo mordieron, como prisionera. Los padres de Pansy fueron iniciados poco después de que ella desapareciera de la escuela. Cuando los aurores aparecieron en la mansión Malfoy, ella estaba ahí, en el sótano, con otras personas, porque al Señor Tenebroso le gustaba tener cerca a sus prisioneros por si surgían insubordinaciones. Cuando los prisioneros fueron liberados, los escoltaron fuera del edificio. Pansy vio cuando lo ponían en una camilla para llevarlo a San Mungo, y se había negado a dejarlo solo. Ella era la única persona que conocía todos sus secretos, y aún así se quedaba a su lado.

—¿Un lince? ¿Se referían al animal? —dijo, sin creerle del todo.

Draco se encogió de hombros.

—Supongo. Debe ser cosa de muggles.

Ella entrecerró los ojos, confundida.

—¿Oler como un animal?

Draco sacudió la cabeza sintiendo que la frustración lo hacía hervir.

—¡No importa, porque es verdad! ¡Lo huelo por todas partes y es divino, no importa cómo huela un lince!

Pansy sonrió lenta y recatadamente.

—¿Así que ha elegido a Potter como su blanco?

Pansy y Blaise tenían una apuesta sobre a quién elegiría el lobo durante su temporada de apareamiento. Cada año Draco había podido evitar las consecuencias, pero este año no, y los dos se estaban divirtiendo mucho gastándole bromas. Blaise había dicho que, conociendo la suerte de Draco, iría tras Weasley. Al ver el gesto de horror de Draco, Pansy había entrecerrado los ojos y había dicho que se lo tendría ganado si el lobo elegía a Potter. Cuando Draco intentó evitar mostrar alguna reacción, Pansy sonrió. Estaba contenta, Blaise le debía cinco galeones.

—Te odio.

Pansy se encogió de hombros elegantemente y tamborileó con los dedos sobre el archivo que tenía en la mano. Ella acababa de regresar de una junta para discutir las posibilidades de entrenamiento de los nuevos aurores que venían de varias escuelas. Más y más estudiantes llegaban del continente, y ellos tenían que hacerles espacio.

—¿Por qué no se lo dices y ya está? Puede que te haga el favor y te deje en paz. —Se volvió para mirarlo mejor—. a menos que no quieras que lo haga. —Ella sabía que le gustaba el hombre, hasta un ciego podría verlo. A menos, claro, que el ciego fuera Potter.

—No así –dijo Draco lentamente. Se sentó en el suelo—. No quiero que me quiera de esta manera. Pero el instinto es muy fuerte. Victor Connor prácticamente me ha asaltado en la cafetería hace un rato.

Pansy lo miró. Apenas lo había oído. Cerró los ojos durante un momento y suspiró. Draco podía ser un bastardo, pero era su bastardo, y un excelente amigo cuando tenía que serlo. Veía lo mucho que esto le afectaba. De la misma manera en que Harry Potter siempre lo había afectado.

—Está bien, Draco, esto es lo que haremos. Veré si puedo encontrarte un reemplazo para los próximos…—hizo una pausa—, ¿cuánto tiempo tarda esto?

Desde el desastre que fue su primera temporada, Draco siempre se trasladaba a algún lugar remoto con monjes de algún tipo donde nadie pudiera encontrarlo. Ella no sabía exactamente cuánto le llevaba, porque nunca regresaba inmediatamente después de que la temporada terminaba. Lo único que sabía Pansy era que ella y Blaise no habían vuelto a verse afectados por las feromonas. Siempre fingían estar ofendidos, pero sabían lo mucho que había trabajado Draco para hacer posible que ellos fueran la excepción. Aún se entrenaba para ser selectivo con las víctimas. Aparentemente, se suponía que debía haber ido allí en esta ocasión. Sonrió para sus adentros; al menos ya sabía quién sería el siguiente que borraría de su lista de “afectados”.

Draco se encogió de hombros.

—No deberían ser más de tres semanas. Nunca dura más de un mes.

—Vaya, ¿tanto tiempo?

Draco se encogió de nuevo de hombros.

—Ahora me respetas más, ¿eh? —sonrió amargamente.

Le sonrió amablemente.

—Algo así. —Le puso una mano en la cabeza—. Enciérrate en tu oficina o algo. Te mandaré una lechuza esta tarde.

Cuando Draco asintió, ella se fue. Draco se puso de pie y se quitó el polvo. Respirando profundamente, se preparó para salir. Hasta que Harry Potter entró intempestivamente en la alacena y cerró la puerta tras él.


***


Harry Potter también había estado ahí la noche que Draco fue mordido por Fenrir. Tenía recuerdos vagos de esa noche, pero lo que no se le olvidaba era que todos los planes, maniobras y tácticas de guerra habían quedado a un lado cuando escuchó el grito.

Dio la vuelta y lo siguió aun antes de darse cuenta de lo que hacía. Reconoció esa voz. Atravesando los arbustos, sin darse cuenta ni importarle que su equipo lo hubiera seguido, cruzó el jardín para ver a Draco Malfoy rodeado de la manada de Fenrir en forma humana. Lo que más espantó a Harry fue el hecho de que Fenrir estaba atravesando la piel del muchacho y los otros lo estaban alentando.

Una furia ciega le hizo lanzar el hechizo más fuerte que conocía. La magia no afectaba a los hombres lobo, pero los asustaba si era lo suficientemente poderosa. Cuando soltaron a Draco, Harry vio su cuerpo caer al suelo como un peso muerto, y en un desesperado esfuerzo de venganza por él y por todas las vidas arruinadas de todos sus amigos, había tomado el primer objeto que había visto para lanzárselo a Fenrir. El hombre lobo no tuvo mucho tiempo de moverse cuando el árbol le cayó encima. Murió en segundos.

Durante la batalla, cuando estaban transportando a Draco a San Mungo, Harry se enteró de que seguía vivo. Le faltaba un gran pedazo de su antebrazo, pero el hecho de que resistiera la magia significaba que tendría que sanar por cuenta propia. Otros equipos habían entrado a la mansión, Harry lo sabía porque podía escuchar los ruidos que venían de dentro. Un grupo de personas estaban siendo escoltadas fuera del edificio. Harry vio a Pansy correr con un auror. Se detuvo cuando vio que Draco estaba siendo preparado para ser trasladado al hospital.

Ella se le abalanzó y exigió una explicación. Demasiado confundido para desobedecerla, se lo contó todo, incapaz de esconder su sorpresa cuando lo había abrazado y dicho gracias. Se detuvo sólo cuando le preguntó por qué lo había hecho. La respuesta no acudió en ese momento, ni en todos los que le siguieron, cuando la dejó con su amigo y corrió adentro. Le había dicho lo único que pudo.

Sinceramente, no lo sabía.

—¿Por qué continúas siguiéndome?

Las palabras de Draco lo sacaron de su ensoñación y lo llevaron al presente. Lo estaba regañando, y ya sentía el intenso calor extenderse desde el fondo de su estómago.

—Quiero una explicación.

Draco alzó los brazos exasperado.

—¡Merlín! ¿De qué?

Harry se quedó estupefacto por un segundo.

—De por qué ya no te puedo encontrar en los pasillos —dijo, como si fuera obvio—. ¿Por qué tengo que cazarte sólo para darte un regalo? ¿Y por qué corres y te escondes cada vez que me ves? ¿Por qué en cualquier parte este maldito edificio los hombres te miran como si quisieran….? —Se detuvo, su voz sonaba más furiosa con cada palabra.

Draco lo miraba desde cerca.

—¿Cómo si quisieran qué?

Harry no supo qué contestarle. Había perdido el valor y, de repente, empezó a reírse.

—Oh, no. No, no intentes darle la vuelta a esto. Quiero que empieces a hablar, ya.

Draco se puso de pie en la alacena tenuemente iluminada y miró fijamente al otro hombre. Dio gracias a Merlín de que tuviera una túnica de repuesto en su oficina. Bueno, Pansy le había dicho que los Gryffindor necesitaban que fueran muy directos con ellos. Respiró hondo.

—Estoy en celo, Potter —dijo, como si lo matara hacerlo—. El lobo que hay en mí te ha elegido, y cuando estás cerca, mi producción de feromonas se incrementa. Muchísimo. —Una vez que empezó a hablar, no pudo detenerse—. Te das cuenta de que la gente me observa porque, cuando te miro, no pueden evitar notarme más.

Se produjo un silencio mientras Harry procesaba lo que le había dicho.

—Vaya —dijo Harry lentamente, apoyándose en la pared—. De todo lo que podrías haberme dicho, definitivamente no esperaba eso. —Frunció el ceño—. ¿Así que no me has estado evitando? —preguntó, y Draco levantó la mirada súbitamente. Harry lo miraba con una expresión llena de esperanza.

—Bueno, en realidad sí lo estaba haciendo. La gente se me queda mirando aún más cuando estás cerca de mí, me acechan por todo el edificio…

—¿Quién? —Ahí estaba de nuevo el enfado.

—¿Me vas a decir que ahora estás celoso? —se rió, burlón—. Es por eso que siempre me ausento. Las malditas feromonas lo complican todo. —Draco se pasó las manos por el pelo, obviamente estresado.

Harry dio un paso adelante.

—¿Qué quieres decir?

—¡Esto es lo que quiero decir! —dijo Draco moviendo la mano de adelante hacia atrás entre ellos—. Sé que últimamente te gusto, Hermione me lo dijo, pero no es real. Cuando la temporada termine, ni siquiera…—«Ni siquiera me mirarás.» Draco suspiró—. No quería que tuvieras que pasar por eso. Yo no quiero pasar por eso.

—Hermione te dijo que me gustas —dijo Harry, y sacudió la cabeza—. Te lo dijo justo cuando entraste en celo. —Maldita Hermione, ahora Draco nunca le creería—. Bueno, tú y yo vamos a hablar mucho después de todo esto. —Miró detenidamente a Draco—. ¿Entonces no quieres que te persiga?

—No —dijo Draco, con las manos en la cabeza. El calor le estaba llegando con fuerza y la puerta cerrada no ayudaba.

—Porque estás en celo.

Draco le lanzó una mirada fulminante.

Harry no hizo caso y se acercó más.

—¿Qué tal después?


El chasquido de la cabeza de Draco casi pudo ser escuchado.

—¿Qué?

Harry lo miró como si fuera obvio.

—¿Cuándo termina tu temporada de apareamiento? —dijo, esperando—. Remus comienza la semana que viene, pero él tiene suerte, la suya sólo dura siete días. —Harry comenzó a reírse—. Me dijo que duraba más cuando era más joven pero… bueno, ¿cuánto tiempo? —dijo, dándose cuenta de que estaba divagando.

Draco abrió y cerró la boca durante un rato antes de que cualquier sonido saliera de ella.

—No lo… eh… tres… tal vez tres semanas.

Las cejas negras se alzaron por la sorpresa.

—Vaya, eso es mucho tiempo. Entonces, ¿nada de tocarte hasta entonces?


El shock hizo que Draco se quedara mudo. Sacudió la cabeza y se forzó a decir:

—No puedo confiar en ti. Quiero decir, con las hormonas y demás, no estás en condiciones.

Usó la manga para quitarse el sudor de la frente y con la otra mano se alisó el cabello hacia atrás.


—Draco —dijo Harry dando un paso más cerca en el reducido espacio.

La ola de calor casi hizo que Draco se desmayara al ser invadido por la limpia y excitante fragancia que podría o no haber sido el lince del que hablaban las secretarias. Cerró los ojos con fuerza y giró la cabeza. No se había dado cuenta de lo fuerte que había empujado al otro hombre hasta que escuchó cómo la espalda de Harry chocaba con la otra pared.

—No —detuvo a Harry—. No estás en condiciones para decidir.

Harry sonrió, despacio y confiado. Parecía más bien que Draco estaba tratando de convencerse a sí mismo. Le recordaba a la sonrisa que Pansy le había dirigido.

—Draco, Remus ha sido un hombre lobo desde que lo conozco —dijo, suave y cuidadosamente—. Se va de retiro a algún lugar de los Peninos. —Harry siguió gesticulando con la mano—. Me llevó porque yo también tenía que aprender a resistirlo. —Lentamente, la mano de Draco bajó y se quedó en su costado—. He estado yendo ahí desde que tenía trece. Ni siquiera sé cuándo estoy resistiendo la llamada. —Ladeó la cabeza para ver al rubio por debajo del flequillo—. Entonces, ¿qué te parece?

Draco no podía creerlo. Harry Potter no estaba resistiendo la llamada. No, no podía permitirse sentir la esperanza que esas palabras le trajeron. No podía ser. Aunque eso explicaba por qué Harry no había estado actuando tan raro como los otros. Aún así…

—Las feromonas pueden llevarte a hacer locuras —dijo, moviéndose a un lado cuando Harry se le acercó. Se movieron en círculo hasta que Draco se quedó cerca de la puerta—, incluso mentir. Un hombre me dijo que vendería a su abuela si le metía la mano en los pantalones.

Harry se detuvo. La mirada enojada que se encontró Draco apareció tan de repente que fue sorpresiva.

—¿Quién?

Draco puso los ojos en blanco.

—No, Potter, no te voy a dar esa información —dijo Draco.

Harry hizo pucheros y se apoyó en los anaqueles, impasible, mirando a Draco mover el picaporte.

—¿Por qué su abuela?

Draco se volvió a mirarlo.

—La obligó a hornearme un pastel de queso con chocolate. —Cuando Harry frunció el ceño, añadió—: Era orgásmico. Al parecer le encantaron las caras que puse cuando lo comí. —Continuó moviendo el picaporte y se dio la vuelta para hacerlo con más fuerza, esperando que alguien de fuera lo escuchara.

Harry sonrió. Sabía lo que Draco estaba haciendo. Albergaba la confianza de que nadie le oiría, porque había lanzado un hechizo de silencio antes de entrar. Se dio cuenta de que el rubio estaba sudando. Al principio había pensado que tal vez a Draco le daban miedo los espacios cerrados, pero ahora… ahora lo sabía. Y le gustaba lo que estaba escuchando. Se levantó y se movió hacia la puerta, arrimándose detrás de este lobo con piel de oveja.

—Entonces, ¿crees que no estoy en condiciones de decidir? —susurró, sabiendo bien que Draco podía escucharlo, al darse cuenta de que su cuerpo se tensaba


Draco podía sentir que su ritmo cardiaco se aceleraba y respiró por la boca, para inhalar más aire.


—Me estás siguiendo por todas partes y arrinconándome en alacenas, sé que no lo estás. —Sintió manos que recorrían sus costados, y se llenó de pánico, porque sabía bien lo que pasaría si no se detenía en ese instante. Empujó a Harry—. ¿No tienes trabajo que hacer? “Los aurores nunca descansan” —dijo, citando el emblema en el pecho de Harry.

Una vez más, a Harry le sorprendió la gran fuerza de Draco. Generalmente, los hombres lobo en su forma humana no eran tan fuertes. Pero claro, Draco siempre había sido especial. Se cubrió la insignia con la mano.

—Lo tengo.

Draco sonrió. Eso era… dulce, sólo que no. Puso su mano en el pecho de Harry y empujó. El auror se movió hacia atrás con facilidad.

—Aléjate de mí. —Puso la mano en el picaporte y le dio vueltas. Seguía sin ceder. La observó. No quería romperla.

—¿Durante tres semanas? —Podía escuchar la sonrisa en la voz de Harry.

Draco se dio la vuelta y suspiró; su mano quedó a su espalda, sujetando el picaporte.

—Sí, tres semanas.

«Déjame en paz. La próxima vez voy a pedirme un permiso. No me importa lo que diga el Ministro, esto es un peligro para mi salud.»

La mano junto a su cabeza lo detuvo momentáneamente.

—No puedo hacer eso —dijo Harry, con decisión. La declaración de un hecho. Harry se inclinó como si fuera a besarlo.

Oyó el sonido de algo que se rompía, y la puerta se abrió. La cara de Harry mostraba el shock que sentía. Draco sonrió y le dio el picaporte.

—Inténtalo —dijo, y fue de vuelta a su oficina, abanicándose con las manos y echándose aire por el cuello de la túnica. Harry miró el picaporte de bronce sobre su mano y luego el agujero en la puerta.

Sacudiendo la cabeza, sonrió en dirección a la figura de Draco que se alejaba.

—Sí… —dijo para sí mismo, mientras su mirada recorría el cuerpo de Draco—, no va a pasar.


***


Pasaban muchas cosas extrañas en los pasillos del Ministerio. Los personajes que deambulaban por ellos iban desde inmigrantes leprechauns ilegales a granjeros de graphorns con licencias vencidas para el manejo de animales peligrosos. Estos últimos trataban de teñirlos de color café y hacerlos pasar por toros. La lista era interminable. Sin embargo, nada era más extraño para Draco que Harry Potter caminando por el piso de Administración con su túnica roja y una cesta de picnic en mano.

Lo triste del asunto es que había estado siguiendo al auror para tratar de averiguar por qué.

—¡Hey, rojo! Hacía tiempo que no te veía. ¿Vienes a ver a tu abuela?

Wayne Hopkins. Un ex Huffelpuff que se había graduado en el primer séptimo año. Draco, como muchos otros que habían estado muy involucrados en la guerra, se habían graduado en el segundo séptimo año. Lo miró con los ojos entrecerrados. El hombre era bastante ordinario, alguien en quien uno no se fija normalmente. La única razón por la que Draco sabía su nombre era que se le había insinuado la semana pasada y durante el proceso se había presentado cuatro o cinco veces.

—¡Hola, Wayne! —Harry le sonrió y Draco sintió que le ardían las entrañas.

Wayne dejó de escribir y frunció el ceño.

—Has venido a esta parte del bosque varias veces, ¿pasa algo malo?

Draco resopló al escuchar las palabras de Hopkins y asimiló la escena: Harry Potter en túnica roja con capucha, llevando una cesta en la “parte del bosque” errónea. Entendió a qué se refería Hopkins y lo encontró un poco gracioso. El cuento de la Caperucita Roja era usado por muchos padres para enseñarles a los pequeños magos y brujas que nunca debían hablar con extraños. Los animagos merodeaban por todas partes del mundo, y algunos magos podían hacerse pasar por miembros de la familia. Los niños mágicos debían aprender que cualquier cosa era posible, tenían que advertirles a una edad temprana.

—No, no pasa nada. Vengo a ver al Ministro. Necesito concertar una cita.

—No es que te diga qué hacer ni nada, ¿pero no deberías consultarlo primero con Malfoy? Es su secretario. —Wayne consultó su reloj—. Es más de la una, de todos modos, dudo que esté ahí.

Draco vio a Harry morderse el labio inferior, indeciso. Draco suspiró. Si era algo relacionado con el trabajo no le quedaba más remedio que hablar con él. Salió de detrás de la pared y caminó por el corredor hacia su oficina.

—Mira, ahí va. Si alguien supiera dónde… vaya, tiene buen aspecto, ¿verdad? No lo había notado antes. —La voz de Wayne se volvió ronca, como si no pudiera contenerse más.

Harry entrecerró los ojos ante el súbito cambio en la conversación, y comenzó a caminar tras Draco, aunque fuera para evitar que Wayne le mirara el culo.

Draco se asomó a la oficina del Ministro para ver si estaba ahí y se sorprendió al ver que el hombre estaba sentado en su escritorio. Draco frunció el ceño.

—¿Señor? ¿Está ahí?

Bolton Rowe levantó la cabeza.

—Sí, aquí estoy. —La mirada de Rowe empezó a recorrer a Draco.

«Oh, maldita sea», pensó Draco, para sus adentros. Comenzó a alejarse de la puerta.

Cerró la puerta tras él y suspiró. Cuando abrió los ojos, saltó asustado al ver a Harry.

—Merlín bendito, Potter, ¿no puedes hacer más ruido?

Harry alzó una ceja.

—Eres tú el que tiene súper sentidos, Malfoy, ¿por qué no te has dado cuenta de que estaba ahí?

Draco frunció el ceño. ¿Por qué no lo había notado? Olfateó suavemente y se dio cuenta de que no podía oler nada. Entrecerró los ojos al ver que el ex Gryffindor sonreía.

—Has usado un hechizo enmascarador.

Harry sonrió.

—Genial, ¿no?

Draco sacudió la cabeza y caminó rumbo a su oficina, que quedaba cerca. Miró al suelo.

—¿Qué haces con esa cesta? ¿Vas de picnic? —dijo, al tiempo que abría su puerta y entraba. Una ráfaga de aire frío los golpeó.

—¡Cielos, qué frío hace aquí! —Harry miró alrededor, esperando ver témpanos colgando de varios lados. Pero lo único que vio fue a Draco suspirando con alivio y caminando hacia su escritorio—. Es para el Ministro.

«¿Quieres decir la abuela?» Draco sonrió ante su broma y se puso serio antes de darse la vuelta.

—Ell… está en su oficina. Puedes entrar. — Se puso de espaldas y se mordió el labio inferior. Por poco había dicho ella.

—Su hija se ha pasado por aquí. Ya sabes que está casada con…

—No me importa. —Draco se sentó en su silla y abrió su cajón, sacó una barra de chocolate y la mordió con expresión de dicha en el rostro. Se le había antojado desde hacía rato y seguir a Harry todo el día no lo había hecho más fácil.

Al ver la expresión en el rostro de Draco, Harry sintió que los pantalones le quedaban apretados. Lo sabía, sabía que si tuviera una abuela, la vendería en un instante.

—Cierto —dijo, y tragó saliva—. Bueno, entonces me voy.

—Hazlo.

—Pero antes, una cosa. —Draco sintió que tiraban de él hacia arriba, levantándolo de su silla. El beso que recibió le quitó el aliento. Harry mordió y chupó y lamió, todo ello mientras movía los brazos alrededor de la cintura de Draco para acercarlo más. Draco no pudo evitar devolverle el beso; la mera presencia del hombre causaba estragos en su cuerpo. No fue hasta que Harry tocó la piel desnuda de su cintura, después de subirlo al escritorio, que se dio cuenta exactamente de lo que estaba pasando. No podía pasar así, no iba a pasar así—. No, aquí no. ¡Harry, he dicho que no!

Harry se movió de inmediato, eso había que reconocerlo. Draco lo miró, impresionado. Harry no lo estaba mirando a él, sino a otro lugar de la habitación. Parecía estar reuniendo fuerzas de alguna manera. Draco había oído hablar acerca de su autocontrol, pero debía tener la paciencia de un santo.

—Lo siento, no debí hacer eso, no pude evitarlo.


Draco asintió.

—Lo sé.

Harry resopló.

—No, no lo sabes, ¿vale? No es la puta llamada, Draco, yo sé cómo se siente eso, y no lo era. Esto ha sido mi incapacidad de mantener las manos lejos de ti durante más tiempo, porque desde que ella me dijo hace meses que te gustaba, he estado tratando de encontrar maneras de... —Respiró hondo—. Eres una persona muy difícil de entender, ¿sabías eso? —Parecía como si no pudiera más.

—¿Quién te dijo eso? —preguntó Draco con recelo.

Harry lo miró detenidamente, admirando su apariencia desaliñada. Sus ojos viajaron hasta el pecho de Draco, donde le había bajado el cierre de su túnica. Apoyándose pesadamente contra el escritorio, entre las piernas de Draco, Harry suspiró.

—Pansy —Se puso derecho—. Ella me dijo que parecías interesado, pero cuando no actuaste como si lo estuvieras me seguí preguntando por qué. —Harry lo miró con el ceño fruncido—. Me confundes. Me ignoras todo el tiempo, pero cuando Hermione me manda contigo, como lo hizo la semana pasada, me curas y luego desapareces a la mañana siguiente. Me mandas muchas señales confusas que hacen que me pierda. —Miró al rubio, sorprendido—. Eres hermoso —dijo Harry, y lo besó brevemente en la boca, acomodándole un mechón de pelo detrás de la oreja—. No puedo evitar desearte. Y no es la llamada lo que me hace sentir así, porque lo he sentido durante mucho tiempo. —Se inclinó hacia adelante.

Draco.

Los dos hombres saltaron al escuchar otra voz en la oficina. Harry retrocedió un poco mientras Draco buscaba frenéticamente en los bolsillos de su túnica y bajaba del escritorio al mismo tiempo. Cuando el rubio sacó la varita, Harry se puso tenso. No fue hasta que Draco la apuntó hacia la pared que comunicaba con la oficina del Ministro, que se relajó.

—¿Sí, señor? —dijo sin aliento.

Hubo una pausa.

—¿Estás bien? Suenas raro.

Draco sacudió la cabeza y saltó una vez más por la sorpresa cuando la boca de Harry volvió a colocarse en su cuello. Sofocó un grito y cerró los ojos en éxtasis, tropezando cuando regresaba a su escritorio, antes de que le volviera la razón. Sujetó el cuello del auror y lo empujó lejos; sus ojos le advirtieron que no lo pusiera a prueba. Harry alzó las manos en señal de rendición.

—Sí, señor, olvidé hacer algo hace rato. Acabo de regresar.

—Bueno, ya he terminado por hoy. Todos estos papeles están firmados, puedes venir a recogerlos.

—Está bien, señor. Que pase una buena tarde. —Terminó el hechizo que le había lazado a la pared, se volvió a ver a Harry y lo golpeó en el hombro—. Retrocede. —Harry hizo obedientemente lo que se le pedía y observó a Draco mientras se acomodaba la ropa—. ¿No le querías preguntar algo?

Pareció como si una luz se le hubiera encendido en el cerebro. Chasqueó los dedos y sorprendió a Draco con un beso fugaz en la boca antes de guiñarle el ojo e irse.

Draco esperó un poco; sabía que su jefe accedería a cualquier cosa con tal de irse antes de las tres. Cuando Draco salió su oficina y fue a la contigua, el Ministro estaba saliendo y chocó con él.

—Lo siento, Ministro, iba a recoger los documentos. Quiero repartirlos lo antes posible.

—Sí, están en mi escritorio. —El Ministro se giró para mirarlo, después de señalarle dónde los había puesto—. Tienes muy buen aspecto hoy, Draco, ¿esa túnica es nueva?

—Eh, no. La tengo desde hace tiempo.

—¿De verdad? Podría jurar que es nueva. Te queda de maravilla.

Draco se agachó sobre el escritorio para tomar la carpeta. Mientras la revisaba, sintió una presencia detrás de él. Alzó la vista para mirar al frente. La vitrina de cristal que estaba detrás de la silla del Ministro mostraba claramente su mirada lujuriosa mientras se acercaba. Draco se dio la vuelta, completamente harto por ese día, justo cuando el Ministro le saltó encima y se encontró víctima de manoseo y una persistente erección que lo acorralaban contra el escritorio.

—¡Por el amor de Merlín! —exclamó finalmente Draco mientras lo tocaban; ni siquiera tuvo que pronunciar el hechizo para hacer que las cuerdas que conjuró sin varita se envolvieran alrededor del Ministro y lo tiraran al suelo.

—¡Eres irresistible! ¡Te amo, te amo, te amo!

—Oh, cállate —dijo Draco poniendo los ojos en blanco.

Draco levantó la cabeza bruscamente cuando escuchó un golpe en la puerta.

—¿Ministro?

Draco abrió los ojos de par en par. Era Potter. En un ataque de pánico, Draco miró alrededor y vio el armario.

—¿Me amas? —preguntó en voz baja. Cuando el Ministro asintió moviendo frenéticamente la cabeza, él gruñó—: ¡Entonces quédate quieto durante cinco minutos! —Rápidamente, hizo que el hombre levitara adentro y cerró la puerta, justo cuando Harry entraba.

—Rowe, ¿sigues aquí? —Harry preguntó. Se detuvo cuando vio al rubio—. Draco, ¿ya se ha ido?

—Um, sí, ya sabes como es. Usa cualquier pretexto para desaparecer. —Draco se alejó del armario y fue hacia la carpeta abierta sobre el escritorio.

Harry frunció el ceño.

—Estás jadeando.

Draco tragó saliva.

—Estoy cansado de resistir tus avances todo el día.

Harry sonrió.

—Sólo te he visto esta tarde. He mantenido mi promesa —Draco no podía discutir eso—. ¿Qué está pasando? —Se giró para ver a Harry mirándolo con curiosidad, como si pudiera ver a través de sus pretextos. Harry caminó hacia él.

De repente Draco se sentía muy nervioso, y muy caliente. Cogió la carpeta para abanicarse con ella.

Harry sonrió y continuó avanzando.

—Estás nervioso —dijo—, pero no me estás mirando, lo que quiere decir que no es por mi culpa. ¿Ha pasado algo? —dijo, preocupándose de repente. Estaba justo frente a él, movió la cara de Draco en su dirección cuando de repente ambos escucharon una voz apenas perceptible.

—¿Han pasado ya los cinco minutos? Soy un poco claustrofóbico, ¿sabes?

Harry entrecerró los ojos. Caminó hacia el armario del Ministro y abrió la puerta de un tirón. El Ministro alzó la vista y se encontró con Harry.

—Auror Potter. Qué agradable verte de nuevo.

Harry puso los ojos en blanco.

—Olvídalo, Rowe. —Harry y el Ministro Rowe, o como se llamaba antes de que se convirtiera en Ministro, auror Rowe (o Mortífero Rowe para los días en que hacía interrogatorios), habían sido compañeros de trabajo durante dos años antes de que Rowe se propusiera para el cargo.

Draco paseó la vista de uno al otro.

—Bueno, entonces yo me voy. —Caminó hacia el escritorio para recoger la carpeta por última vez.

Harry sintió el enfado y los celos recorrerlo cuando vio que Rowe parecía seguir a Draco con la mirada.

—Debe de ser muy agradable irse tan temprano —dijo, charlando con el hombre atado—. Quisiera poder trabajar sólo medio día todos los días.

La atención de Rowe se concentró en él.

—Deberías intentarlo, Harry —dijo, bromeando, sus ojos moviéndose lentamente en dirección al rubio, que se iba—. Los beneficios son magníficos.

Repentina, y bastante violentamente, una cesta de picnic cayó sobre el pecho de Rowe.

—Tu hija te envía esto, dice que tu esposa te manda saludos.

Rowe pareció entonces bastante culpable. Harry sintió una gran satisfacción.

—Sí, bueno, mejor me voy. Si tan sólo pudieras... —Las cuerdas cayeron antes de que lo notara—. Está bien. —Asintió con la cabeza, se levantó y caminó rápidamente fuera de la habitación y hacia el pasillo, rumbo al ascensor.

Harry regresó a la oficina de Draco, su mirada siguiendo el mismo camino que la de Rowe. El rubio quería tres semanas, pero después de dos días, Harry no había aguantado. La hija del Ministro había pasado de visita a ver a su marido, uno de los aurores que estaban trabajando, pero también le había llevado comida a su padre, creyendo que comía tarde. Harry había estado tan desesperado por ver al secretario del Ministro que se había ofrecido a hacerlo él mismo. Se había sentido ridículo caminando con la cesta de picnic bajo el brazo, y aún peor con todos los comentarios sobre Caperucita Roja. Pero no le importó. Se reclinó contra el marco de la puerta y esperó a que el rubio lo mirara, cosa que hizo repentinamente.

—Ya nos veremos, entonces —dijo, antes de perder de nuevo el control. Regresó a su oficina después de que Draco se despidiera con la mano. Tres semanas iban a ser un largo tiempo.


***


No había durado ni un día.

Ahora Draco acechaba a Harry Potter por todos los departamentos del Ministerio. Ciertamente, Harry pasaba mucho tiempo fuera de su oficina.

—Merlín, ¿qué estoy haciendo? —dijo Draco para sí mismo.

—Parece que estás de espía. ¿Qué pasa? —Draco casi se muere del susto al escuchar la voz de Pansy.

—Al parecer me estoy volviendo loco —dijo Draco después de recuperar el aliento y el ritmo cardiaco.

—Mmm, eso ya lo veo. ¿Has tenido suerte negando tus sentimientos?

Draco la miró con hostilidad.

—Sé lo que hiciste. No te perdonaré. —Ladeó la cabeza—. ¿Por casualidad te juntas con la asesora del Ministro?

Pansy frunció el ceño, confundida.

—No suelo tener que hacerlo, pero si estoy en una junta con él, ella casi siempre está ahí. ¿Por qué?

Draco se encogió de hombros y volvió a girarse para observar a Harry hablar.

—Por nada. —Suspiró. Se estaba volviendo loco. Se alejó de la pared y se volvió hacia Pansy—. Creo que me voy a casa. Rowe se ha ido ya y nadie se atreve a acercarse a mí estos días. Voy a ir y encerrarme. Nos vemos.

—Sí, nos vemos —dijo, mientras miraba cómo se iba. Parecía bastante deprimido. Cuando sus ojos volvieron a Harry Potter, no tuvo que hacer el esfuerzo de preguntarse por qué.


***


Harry entró a la oficina y cerró la puerta. Ante el sonido del pestillo haciendo clic, Draco se giró en su dirección. Acomodó sus cosas y miró a Harry mientras se acercaba a él cuidadosamente. Pansy le había contado el problema de Draco. Justo cuando Draco se iba, ella prácticamente le había dado una patada en el culo y le había dicho que hiciera algo.

—Un pajarito me ha dicho que estabas deprimido. ¿Te sientes bien? —En realidad no parecía preocupado. Harry se movió lentamente, tan lentamente que de hecho Draco comenzó a sospechar. Cuando iba por la mitad del camino, con cada paso que daba, Draco retrocedía o se hacía a un lado.

—Vaya, qué técnica de acecho tan buena tienes —dijo Draco, alejándose lentamente, pero se detuvo cuando Harry lo atrapó en su escritorio. Estaba respirando superficialmente, sintiéndose entre increíblemente caliente e incómodo e increíblemente caliente y cachondo. Llegó a un momento crucial cuando la túnica roja de Harry cayó de sus hombros y se inclinó hacia adelante para susurrar en el oído de Draco. Harry sonrió. Por mucho que estuviera protestando, sabía que si el rubio quería acabar con eso, tenía la fuerza necesaria para detenerlo.

—La mejor para arrinconarte, querido. —Una lengua caliente y resbaladiza se deslizó por su oreja, y Draco soltó un gemido que se dispersó por toda la habitación. Harry le mordió suavemente el lóbulo antes de lamerlo, y sus brazos se estrecharon alrededor de la espalda de Draco—. Lo siento —comenzó a decir Harry, dejando besos por todo el cuello de Draco a su paso—, pero no puedo aguantar todo el día, mucho menos tres semanas, sabiendo que sí tuve una oportunidad contigo. —Comenzó a quitarle la túnica—. Draco, resistirse es inútil. —Estaba besando y lamiendo el cuello de Draco, a punto de pasar a la clavícula, cuando Draco lo empujó.

—Aquí no.

Harry lo miró con una sonrisa.

—Entonces te sugiero que empieces a recoger tus cosas, porque te voy a llevar a casa. Ahora mismo.


***


Blaise entró a la oficina de Pansy, deteniéndose en el umbral cuando la vio hablando nada más y nada menos que con Hermione Granger-Weasley. Sus ojos se entrecerraron con sospecha mientras cerraba la puerta detrás de él. Cuando el pestillo hizo clic, las dos mujeres se giraron a mirarlo. Pansy sonrió.

—Blaise, amor mío, págame.

Blaise puso los ojos en blanco y sacó cinco galeones. Cuando los puso sobre el escritorio, cerca de su esposa, Pansy los tomó y Hermione carraspeó. Pansy puso los ojos en blanco y le pasó dos monedas. Hermione suspiró con exagerada satisfacción.

—Nada como una buena paga para un buen día de trabajo —dijo ella sonriendo, y luego se fue, dejándolos solos.

Blaise refunfuñó.

—No es justo. Claro que voy a perder si usas a la esposa.

Pansy le dio suavemente unas palmaditas en la cara.

—Oh, cariño, admite que habrías perdido de cualquier forma. Estabas compitiendo contra mí.

Cuando Blaise salió haciendo pucheros, Pansy puso los ojos en blanco y tomó su bolso antes de seguirlo hacia los ascensores. Sonrió, esperando que Draco lo estuviera pasando mejor que ella. Habiendo visto el destello que tenían los ojos de Harry cuando se fue, sabía que así sería.


***


Harry empezó a devorar la boca de Draco tan pronto como se aparecieron en su casa, recorriendo con la lengua su suave piel, hasta el cuello. Draco gimió ante la sensación y echó la cabeza hacia atrás para hacerle hueco. Movió las caderas hacia adelante, sintiendo con deleite la fricción, gimiendo con el contacto. Movió una de sus manos hacia abajo, entre ellos, para quitarle la túnica a Harry. Buscó el botón de los pantalones y lo desabotonó diestramente antes de agarrar el cierre y bajarlo.

Harry metió una mano bajo la pierna de Draco, tirando de ella hacia arriba, para que pudiera moverse fácilmente hacia adelante. El gemido que escuchó fue música para sus oídos.

—Dormitorio, arriba. —Una mano temblorosa señaló hacia la izquierda, escaleras arriba, y Harry soltó a Draco, llevándolo de la mano hacia el cuarto donde había despertado hacía casi diez días. En su prisa, Harry prácticamente golpeó la puerta, notando el frío de la habitación pero sin hacerle caso. Se besaron todo el camino que recorrieron hacia la cama y sólo se separaron lo suficiente para dejar que sus túnicas cayeran al suelo.

Draco no podía describir sus sentimientos porque pasaban tan rápida e intensamente que no podía nombrarlos. Harry había sido el objeto de sus atenciones durante tanto tiempo que esto apenas parecía ser real. Había querido postergar eso, si acaso sucedía, una vez que la temporada terminara. Todavía no podía creer que Harry estuviera haciendo aquello por voluntad propia. Nunca había oído hablar de gente que se resistiera a la llamada, sólo de hombres lobo redireccionándolo. E incluso eso le llevaba meses de concentración y entrenamiento. Había tratado de alejarse, pero el hombre no lo dejaba en paz y el sentimiento de deseo y la necesidad de rendirse lo habían dominado.

Ahora sencillamente no le importaba, mientras lo tuviera.

—Sé lo que estás pensando. —Oyó Draco. Cerró los ojos y escuchó el tono profundo de la voz de Harry. Lo había escuchado muchas veces, pero nunca tan cerca ni en esta situación. El sonido vibró a través de él y siguió un camino directo hasta su miembro, que estaba siendo expertamente manejado por el hombre tras él. Gimió y sintió que Harry premiaba el sonido con un mordisco en su omóplato—. El sábado te voy a llevar allá arriba, al retiro de Remus. ¿No quieres creerme? Entonces te lo demostraré —dijo, mientras sus dedos resbaladizos entraban en el estrecho calor de Draco. Gruñó al imaginar su propio pene dentro; la mera idea lo estaba volviendo loco—. Joder —dijo, perdiendo la concentración durante un segundo. Movió los dedos como si fueran tijeras y los hizo girar, todo mientras sentía al rubio moverse hacia atrás para que sus dedos se metieran más profundamente. Cuando esos músculos se contrajeron y estrecharon alrededor de sus dedos, Harry no pudo soportarlo más.

Draco inhaló al sentirlo salir abruptamente y Harry se disculpó suavemente, besándolo detrás de la oreja, y luego entró lentamente. Se abrió camino poco a poco hasta que estuvo totalmente rodeado. El canal estrecho lo dejó sin habla. No podía esperar a comenzar a embestirlo, pero esperó. Miró sobre el hombro de Draco cómo las sábanas estaban siendo agarradas fuertemente por sus finos dedos, y esperó a que abriera el puño. Besó, lamió y mordisqueó los hombros y cuello blancos que tenía frente a él, todo mientras acariciaba el estómago de Draco con la mano que no sostenía sus caderas.

Draco, a gatas, sintió que sus músculos se relajaban y probó a empujar hacia atrás suavemente. Sintió, más que escuchó, a Harry ahogar un grito, tan estrechamente lo había estado sujetando. Se sentía maravilloso. Cuando Harry se giró para mirarlo para preguntarle si estaba bien, sonrió. Asintió, sonrió de nuevo ante la exhalación de alivio que sintió en su oreja y se sujetó con firmeza cuando Harry salió completamente para volver a entrar. Su boca se abrió de éxtasis y comenzó a gemir.

Harry continuó con las embestidas y Draco hundió los dedos en la almohada, empujándola hacia la cabecera de la cama para tener algo de apoyo ante la penetración de Harry. Después de un rato sus brazos se cansaron y se inclinó hacia adelante, descansado sobre los codos. Draco jadeó y gritó: “¡Joder!”, puesto que el nuevo ángulo permitía que el auror le diera justo a su próstata. Sus dedos se cerraron en un puño y gruñó fuertemente, incapaz de permanecer en silencio. El placer que sentía causó que los músculos de su canal se contrajeran y que Harry empujara profundo, quedándose ahí.

Harry cerró los ojos, incapaz de moverse justo antes de que el rubio le llevara más allá de su límite. El sentimiento era apremiante y… tan increíble que casi rozaba el dolor. Los movimientos de Draco lo hicieron ponerse en acción y aumentó la velocidad de sus embestidas, entrando con más fuerza mientras sentía que su clímax se acercaba. Sabía que Draco estaba cerca, lo podía sentir y escuchar en sus gemidos, así como en el involuntario, pero constante, patrón de apretar y soltar que lo volvía loco. Se movió en cierto ángulo a propósito, con una mano alrededor del pene erecto de Draco, y empezó a frotarlo con el ritmo que habían conseguido, sujetando su cadera con la otra mano y embistiéndolo con fuerza. Le dio duro justo en su próstata, y como recompensa escuchó un fuerte grito que se expandió por toda la habitación mientras Draco se corría. La contracción de los músculos lo lanzó hacia su propio clímax, llevándolo más allá de su límite.

Cayeron juntos sobre las sábanas, y Harry sintió un escalofrío cuando su sudor se enfrió con la temperatura de la habitación. Draco jadeaba frente a él cuando le puso un brazo alrededor del pecho para impedir que se moviera, sólo por si acaso. Sintió un eufórico sentimiento explotar en su pecho cuando la mano de Draco cubrió la suya. Le besó el hombro una vez más y tarareó contento. Soltó una risita cuando Draco le dio una palmadita en la mano.

—Todavía no me crees, ¿verdad?

Draco se rió.

—En absoluto.

Harry sonrió.

—Muy bien, entonces. Déjame convencerte una vez más —dijo, dándole la vuelta para probárselo tantas veces como fuera necesario.


Fin

 


 

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