Ubicación original - Advertencia: El acceso está restringido a los usuarios explícitamente aceptados por Calanthe debido al contenido violento de la historia, del que advertimos a nuestros lectores por expreso deseo de la autora.

 

El bosque es su dominio. No es ni la criatura más grande, ni la más voraz, pero sí la más peligrosa, la más temida. Desde que el lobo ha cazado en este paraje, los otros habitantes han aprendido a temer la luna llena; muchos han luchado por su vida, muy pocos han sobrevivido. El lobo blanco es el rey de la noche, y es un despótico y cruel dictador.

Es una retorcida, malformada aberración, un insulto a su herencia canina, a pesar de que su legendaria naturaleza viciosa debe seguramente surgir en mayor parte de su humanidad. Ningún otro animal es tan cruel o sediento de sangre, y el lobo disfruta este conocimiento, mientras acelera entre la confusión de troncos y arbustos, recreándose en la matanza

El lobo no se preocupa por el animal más pequeño, el intenso frío de Febrero, o la belleza de camposanto de los árboles sin vida; está completamente absorto en la caza, híper-consciente de sus alrededores y aún así completamente enfocado en su única meta. Mientras corre, no puede sacudirse el sentimiento de que la tierra se mueve mientras permanece inmóvil. El mundo se inclina sobre su eje para quitar este árbol o esa roca del camino del lobo, y como una brújula conectada en el norte magnético, se dirige hacia su destino, las orejas hormigueando, su audición perfectamente en sintonía con el ajetreo de su presa.

Sus músculos se esfuerzan para lograr la máxima extensión, devorando grandes distancias en un abrir y cerrar de ojos. Los demás animales del bosque se congelan o regresan a las sombras cuando el lobo pasa, temerosos de encontrarse en su mira y ver su propia desaparición en el espejo negro de sus ojos.

La bestia olfatea el olor agrio de su presa y otro, un depredador de los cielos, y se lanza a través de la maleza salobre. No trata de ocultar su avance, porque nada puede ganarle, y le gusta que sus víctimas reconozcan su inminente condena para que su sangre corra espesa de terror.

Al lobo le gusta jugar con su comida.

Aúlla su furia, rasgando el silencio invernal en jirones y anunciándose con una fanfarria que hiela la sangre. Atravesando una franja fronteriza de matorral disecado, usa la fuerza de pesadilla de sus patas traseras para entrar en el claro, una mancha gigantesca de dientes y garras, y largas, poderosas extremidades, para aterrorizar a su comida respirante.

El lobo evalúa el zumbido multicolor del duelo, ya en proceso, en una fracción de segundo, gloriosamente satisfecho con el aroma de transpiración por adrenalina que llena sus fosas nasales.

Las criaturas humanas pausan su batalla privada y se maravillan por su tamaño, su presencia abrumadora, y en esa tensa calma momentánea, el lobo da la espalda a aquel que reconoce en el corazón mismo de su ser.

Verde. Dorado. Elevándose.

Enseña sus dientes, embebiéndose en el rictus de miedo y el hedor de orina de aquel que va a matar, y gruñe desde las profundidades de su pecho inmenso, saboreando ya el festín en su boca.

Se tensa, apretado como un resorte.

Parodia una sonrisa y aúlla exultantemente a la luna.

Se lanza más rápido que un rayo, derribando a la criatura humana hacia el suelo lo suficientemente fuerte para romper huesos y explotar los sacos elásticos de tejido tan débilmente protegidos dentro. La comida trata de gritar, pero su rostro es tragado cuando el lobo cierra sus enormes mandíbulas a cada lado de su cabeza y la sacude fuerte, penetrando el cascaron del cráneo con sus afilados incisivos. El lobo sabe que un ataque a la cara es el más brutal y traumático de los tormentos, no suficiente para matar, pero sublimemente adecuado para acabar con cualquier esperanza de supervivencia. Podría apretar sus mandíbulas y reventar la cabeza como un globo relleno de gelatina, pero no lo hace. La criatura humana aún tiene fuerza suficiente para unos pocos minutos más de abuso.

A la mitad de la emoción de la carnicería, siente la caricia ligera como una pluma de un hechizo rebotar inofensivamente contra sus patas traseras, y mientras traga el primer chorro de sangre burbujeante, el lobo perdona a esta otra criatura humana, a la que conjuró desde su alma miserable un destello único de calma. Reconoce una afinidad en un nivel celular, algo desconocido e inexplorado traído a la vida desde dentro de sus funciones más primitivas. El lobo solo sabe que quiere a esta criatura humana para sí mismo, que respeta su habilidad para cazar.

Cuando el cuerpo en su agarre comienza a sacudirse violentamente, pateando y moviéndose infructuosamente contra el poderoso cuerpo del lobo, es arrojado alto en el aire tan fácilmente como una muñeca de trapo, su desgraciada caída llenando el claro con el sonido de huesos quebrándose, fuerte y frágil como leña. La rota criatura humana emite un sonido húmedo mientras lucha inútilmente por vivir, llevando al lobo más cerca del frenesí en su odio que todo consume y el hambre que lo esclaviza.

El lobo rodea el montón deforme de piel y ropa, respirando profundamente los deliciosos olores de los fluidos corporales derramados que hacen agua su boca. La clara luna llena ilumina la masacre, volviendo la rica sangre roja en púrpura negruzco, la visión casi monocromática del lobo decolorando todo hasta dejarlo blanco en contraste con el bulto pulposo de su víctima.

Satisfecho con su supremo despliegue de habilidades de caza, el lobo mira respetuosamente a su audiencia por encima de la temblorosa masa de carne antes de administrar el golpe fatal. Con un solo mordisco de sus dientes, desgarra limpiamente a través de la garganta de su presa, tragando la carne masticada y robando el estertor final de la muerte cuando el grueso arco de sangre arterial sale disparado y forma patrones en el suelo como grandes gotas de lluvia de verano. Está seguro que siente a la carne dar su último latido dentro de su esófago. Los suaves nudos del hueso espinal resplandecen en blanco amarillento por la fracción de un latido antes de ahogarse en el inevitable lienzo de sangre.

Fue una buena cacería, una fina demostración de su potencia y destreza, y el lobo lo sabe cuando se posa sobre su estómago y despedaza su festín. Sus ojos se dirigen constantemente a la aturdida criatura humana que reposa pesadamente contra un árbol, un curioso palo agarrado apretadamente en su mano sangrienta. El cerebro del lobo busca en su lugar el brillo del oro ahí, a pesar de no saber por qué.

El lobo busca aprobación, aceptación, con su demostración de virilidad. Sin embargo, no reconoce esos sentimientos en el contexto humano, solo su urgencia primaria de asegurar un compañero. Nunca ha requerido compañía antes, pero desde la primera esencia perturbadora en la brisa de la criatura humana ahora en su vista, apetitos desconocidos se abrieron paso desgarradoramente. Un revoltijo de memorias conflictivas e impresiones saltan a través de la mente del lobo, imposibles de comprender más que por el lobo-débil atrapado e inactivo, por el momento, dentro de él. No confía en el lobo-débil a pesar de su forzada simbiosis; confía sólo en sus instintos, los mismos que le aseguran la mano vencedora ya sea ascendente o latente, no más que una sombra pero una con la suficiente presencia para forzar su voluntad.

Mira pensativo a su especial criatura humana. En vez de regodearse en el delicioso placer de rebanar la revuelta cavidad del pecho y separar las últimas costillas restantes, el lobo se regodea en la imagen de un avance elegante a través de cielos soleados, un abrumador sentimiento de euforia y la persecución de la presa invadiendo cada célula. Esto y más está encapsulado dentro de un simple soplo del distintivo e identificable olor de la criatura humana.

El lobo cava en la sien del facturado cráneo con un batir descuidado de su garra, permitiendo al cerebro arruinado salir. Pica el órgano fuertemente con su hocico, lanzándolo al aire y cortándolo en su boca antes que la gelatinosa sustancia pueda agolparse contra el suelo. El cerebro es blando, carece del sabor metálico de la sangre en su tejido, y el lobo ni siquiera se molesta en masticarlo. Los huesos rotos son sólo buenos para una posterior roída así que prosigue a continuación con el torso, donde las golosinas favoritas del lobo se encuentran. El húmedo sonido enfermizo de la carne despedazándose precede al agudo eco de costillas, haciéndose añicos como ramas, cuando el lobo crea espacio para ahondar en los despojos humeantes.

El lobo vuelve su atención hacia su compañero, preguntándose el mejor modo de asegurar su favor. Sabe que puede tomar fácilmente todo el placer que quiera obtener, utilizando apenas una parte de su fuerza envidiable, pero sabe que eso estaría mal. No, necesita atraer a su pareja con comida para establecer su capacidad de proveer.

Usando sus dientes y garras, el lobo desgarra las tripas, derramando espirales de intestinos, hinchados en forma de gusanos, y el pesado bulto café del hígado de la criatura humana muerta. La bolsa del estomago no es buena, ya agujereada y filtrando fétidos sedimentos medio digeridos en la cavidad del cuerpo. La única opción real, el más rico y delicioso bocado, el premio más allá del premio, yace pacíficamente, ya no más palpitando, sino firme, carnoso, y engarzado con la dulzura melosa de la mejor sangre del cuerpo: el corazón.

Incluso el lobo entiende el significado de dar un corazón, y desprende las venas y tejidos conectivos tan cuidadosamente como puede para remover el preciado órgano intacto.

Acunando el duro y pequeño paquete en su boca, el lobo se levanta y quedamente rodea el negligentemente diseccionado cuerpo para colocar su ofrenda frente a su ser destinado. La fragancia hipnótica se vuelve más fuerte con cada paso hasta que a un paso de distancia, el lobo se siente casi paralizado con una emoción que no puede comprender.

El vínculo de la criatura humana con la consciencia es leve; sus ojos están empañados y sin enfoque real, y el ahogado suspiro del lobo-débil en su interior provee confirmación de una herida de batalla, a pesar de que el lobo se encuentra impotente para comprender tan complicada información o actuar en consecuencia.

Abre sus fauces y permite al corazón caer con un quedo plop al suelo ante los pies de la criatura humana. Espera una respuesta, pero no recibe ninguna. Empuja el bocado más cerca, invitando a un examen de su regalo, y es recompensado con un espasmo brusco de la mano de la criatura humana. Deja caer su vara y usa su mano para enderezarse a una posición más erguida contra el tronco del árbol. El lobo no puede decir si la criatura humana está asustada – sus sentidos se están ahogando en la oleada de placer de estar cerca de él.

La criatura humana mira intensamente el corazón, a pesar de que su expresión es indescifrable para el lobo. Su respiración es errática, alguna veces lenta, algunas veces aspirada con dificultad y dolor, y el lobo experimenta una emoción parecida a la preocupación por primera vez en su existencia. La criatura humana que vuela –¿cómo sabe el lobo que vuela?– tiembla, y puede ser shock o puede ser el frío. El lobo entiende todo sobre shock; ha visto sus efectos muchas, muchas veces en sus víctimas. Pero no puede realmente entender el frío porque su propio cuerpo se quema con el calor de un horno recientemente avivado y alimentado, radiando ondas de una temperatura lo suficientemente alta para convertir hielo en vapor. Nunca ha sentido el cosquilleo de un copo de nieve en su cuerpo porque siempre se desintegran mucho antes de aterrizar. Pero su criatura humana viste una capa moteada de blanco, los pequeños copos instalándose escasamente en los recubrimientos de su cuerpo y destellando brillantemente a la luz de la luna, un silencioso y hermoso asesino de animales inconscientes.

El lobo resopla audiblemente, plumas de aliento abrasador saliendo de sus fosas nasales como el humo de un dragón. Sacude su cuerpo, flexionando cada músculo desde su cabeza a la cola, antes de dejarse caer lentamente a tierra, amoldando su cuerpo tan cerca de su compañero herido como puede, compartiendo su considerable calor y protegiéndolo de cualquier otro que pudiera buscar reclamarlo para sí. Acurruca su hocico cerca del muslo de la criatura humana mientras resuena su satisfacción hondamente en su pecho.

Sus ojos son apenas más grandes que ranuras, pero estudia con orgullo la trasformación de los dispersos copos de nieve desde pequeños diáfanos puntitos a cristales transparentes y jirones de evaporación, contento de ofrecer cobijo a su criatura humana. La criatura humana emite un sonido, su propia versión de un gruñido, supone el lobo, antes de quedar en silencio y dejarse caer pesadamente contra el cuerpo del lobo.

Acurrucados juntos, duermen.

 

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El lobo es alertado de la recuperación de su criatura humana por un movimiento repentino contra su flanco. Cuando levanta la cabeza para inspeccionar los alrededores, sabe que ha vuelto a su forma del lobo-débil, aunque está agradecido de tener tiempo todavía antes de que su proceso de pensamiento sucumba también. Odia la fragilidad patética de su otro yo, y combate largo y duro por cada segundo de control absoluto sobre su cuerpo compartido.

Su criatura humana jadea con intensidad, su cara contraída fuertemente mientras mira la forma del lobo-débil. El lobo espía el reconocimiento en su cara, y comienza a entender que hay algún tipo de vínculo entre la criatura humana y su odiado alter ego. Se empuja a sí mismo hacia arriba sobre sus cuartos traseros para estudiar mejor a la criatura humana, y por el rabillo del ojo ve que sus musculosos miembros y piel se han desvanecido para dejar nada más que extremidades delgadas y carne desnuda, y se siente disgustado por su pérdida de poder físico.

La criatura humana parlotea ahora, utilizando sus manos para buscar dolor en su cuerpo. El lobo nota que da tentativos toques en un bulto de su sien, claramente la fuente de mayor malestar, por lo que se inclina hacia adelante y olfatea la lesión, no oliendo otra cosa más que carne tibia y paz, antes de lamerla para curarla con la lengua. La criatura humana retrocede bruscamente y golpea su cabeza contra el tronco del árbol, pero el lobo simplemente ajusta su posición para montarlo y continuar sus atenciones, aprovechando la oportunidad de deleitarse con su cercanía y la maravillosa sensación de calma. Sin una nariz alargada y sin su larga lengua, el lobo se adapta torpemente a las limitaciones de su forma de lobo-débil, y su lamida no es tan eficaz como le gustaría. Entierra su cabeza cerca del cuello de la criatura humana, inhalando lentamente, saboreando cada respiración, y frotándose contra el exótico y precioso pulso superficial. Ignora las manos que empujan fuerte pero inútilmente contra su pecho, reconociendo la lucha como los primeros pasos de su ritual de apareamiento, arraigado muy dentro de la psique del lobo, pero recordado en un instante.

La criatura humana se retuerce y empuja ansiosamente contra el cuerpo del lobo, y este desempeña su parte, estrujando a su compañero y asfixiándolo con su peso. Grita triunfalmente cuando su criatura humana es derribada completamente sobre el suelo. El lobo no pierde el tiempo en gatear sobre él y explorar los varios aromas que lo intoxican y la fuerza de sus extremidades, inferior a la suya pero perfectamente adaptada a la caza en tierra.

Remover las cubiertas de ropa es difícil para el lobo en ausencia de sus afilados colmillos y garras, y aún más cuando su compañero se mueve violenta e impredeciblemente. Le lleva mucho tiempo estirar y desgarrar los tejidos usando solo los colmillos y garras del lobo-débil; éste no tiene las excelentes habilidades motoras para operar adecuadamente sus extrañamente extendidas garras delanteras, así que tiene que conformarse con combatir a su compañero hasta la extenuación para asegurarse de que completa su parte en su ritual de apareamiento. Se alegra cuando sus respectivos cuerpos desnudos pueden tocarse libremente, transfiriendo esencias de superficie a superficie hasta que cada uno está marcado por el otro.

La emoción del íntimo combate crece, el anteriormente inutilizado órgano reproductor del lobo, y se apresura a completar su unión, erizándose por la excitación y una idea de sentido, de objetivo. Descubre que el mejor festín de todos es el cuerpo de su criatura humana, y el lobo introduce su lengua en cada pliegue, doblez y orificio, en su exultante exploración del único ser que alguna vez llamará suyo.

El lobo memoriza cada sensación notable, cada diferente sabor, desde el cosquilleo de pequeños cabellos en su hocico hasta el mordazmente delicioso hoyo que acanalará con algo diferente a su lengua al finalizar su apareamiento.

Finalmente, la nariz del lobo le informa que su criatura humana está suficientemente excitada para continuar el ritual hacia su inevitable conclusión. Lame la sólida carne de la longitud de la criatura humana, frotando el salado fluido viscoso en toda su cara, orgulloso de ser escogido y marcado por su compañero para que cada criatura en el bosque lo sepa. Muerde juguetonamente el pesado y velludo saco sólo un momento antes de girar a su criatura humana sobre su estómago y dejar caer su peso completamente sobre el cuerpo que tiene debajo.

Su pene desenvainado se frota frenéticamente contra la grupa de la criatura humana y gruñe de frustración cuando trata y no consigue penetrarlo. Usa la fuerza de sus cuartos delanteros para abrir por la fuerza las piernas de la criatura-humana, sintiéndose más exaltado por su triunfo que cuando apresa una gran bestia. Usando la parte acojinada de sus zarpas para clavar al piso los brazos de la criatura humana, el lobo se impulsa con su pelvis, desgarrando la barrera muscular de una sola embestida. Aúllan en unísono, ambos cuerpos rígidos por la tensión reprimida y la lujuria contenida.

El lobo, su rostro hacia el cielo, bombea vigorosamente dentro de su compañero, maravillándose de la constricción y de la fricción a lo largo de su órgano erecto. Mientras sacia su natural urgencia, el lobo siente el agotamiento por la batalla en su compañero y absorbe fuerza de su sumisión, sabiendo que ha peleado y ganado el cuerpo y alma de su atesorada criatura humana. Ésta parece sin vida, pero el lobo puede ver un ojo brillando húmedo en la luna moteada, y sus labios apenas abiertos temblando por alguna insondable emoción.

El pequeño pasaje se afloja por momentos, aún así el lobo no obtiene menos placer de su cópula. Se siente menos frenético, más libre de saborear las sensaciones, pero sabe que debe lograr el orgasmo para afianzar su poderío en la mente de su más querido y afín espíritu.

En poco tiempo, el lobo se acerca al clímax, saliendo por completo para maximizar su placer. Observa el perfil humano, llenándose de necesidad y deseo por esta única atrayente criatura humana, y mientras el corazón del lobo se expone y se ofrece a sí mismo desnudo para ser tomado, un fuego blanco arde en sus entrañas y completa su propósito, inundando a su compañero con la semilla de su predestinada unión y aullando su victoria a las estrellas.

Colapsando momentáneamente, el lobo siente el enloquecido pulso de su compañero reverberar entre sus cuerpos, y muerde el hombro de su criatura humana con cariño antes de rodar hacia su costado y atrayendo al tembloroso cuerpo contra el suyo. Enlaza una pata delantera y una posterior sobre su compañero, instintivamente imitando un abrazo humano, y frota su achatado hocico en el cabello de la criatura humana, disfrutando del modo en que los mechones hacen cosquillas sobre su cara.

El lobo podría fácilmente caer dormido en el embriagador post-orgasmo, pero su compañero está inquieto, moviéndose rítmicamente y respirando contra su pecho, haciendo algún tipo de actividad de apareamiento que la mente del lobo no reconoce. La familiar esencia del cuerpo caliente de su criatura humana permea la quietud del aire nocturno, haciendo que el lobo considere una segunda unión a pesar de que su cerebro insista que ha cumplido su papel. Mueve su cabeza para inspeccionar los movimientos y ve la mano de la criatura humana viajar rápidamente arriba y abajo de su endurecido pene, manipulándolo con una destreza envidiable y produciendo una reacción similar a la del lobo durante la cópula. El lobo está fascinado por el inusual esfuerzo y atiende extasiado el progreso, experimentando una vaga sorpresa cuando el órgano de su compañero eyacula pequeñas porciones aromáticas de fluido viscoso sobre su vientre y hojas aplastadas bajo él, antes de jadear quedamente y relajarse de vuelta en su torpe abrazo.

Vencido por la exótica y subyugante fragancia del líquido expulsado, el lobo se desenvuelve y se mueve para examinarla más de cerca. Tímidamente lame el vientre de su pareja, probando el sabor y textura de la fresca eyaculación, y una vez constatado que en realidad sabe tan bien como huele, el lobo lame a su criatura humana hasta limpiarlo, chupando entusiastamente el miembro encogido para ingerir cualquier gota remanente. Continúa con los pequeños charcos derramados en la tierra, alimentándose a través de las hojas descompuestas hasta que está seguro de que nada queda, recogiendo celosamente hasta la última mancha.

Su compañero yace quieto, sus ojos desenfocados, llenos de sueño. El lobo sabe que debe pelear por la criatura humana ahora, que su lazo, aunque inusual, es de por vida, que no habrá otro, así que toda precaución debe tomarse para asegurar que ningún cazador enemigo ponga la mira en quitárselo.

Encogiéndose de nuevo, acurrucado cerca de la tranquilizante presencia a su lado, el lobo cierra sus ojos y sueña acerca de hasta donde llegaría por el bienestar de su compañero.

 

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El bajo sol invernal lanza deslumbrantes rayos a través de las ramas desnudas de la copa del árbol, cegando a Draco cuando despierta y obligándole a entrecerrar los ojos y mirar dolorosamente a su alrededor. Incluso el más pequeño movimiento es una agonía, cada uno de sus músculos y huesos quejándose airadamente por el abuso infligido por el intruso lupino que comparte su cuerpo. Con dolorosa lentitud, revisa su piel en busca de lesiones, satisfecho de no encontrar ninguna herida o costra. Una poción menos que ingerir una vez que haya vuelto a salvo a casa, piensa.

Armándose de valor para la inevitable operación mensual de limpieza, Draco se encuentra a sí mismo buscando dos y tres veces en el claro el cadáver humano que su nariz le dice que encontró su fin ahí, pero no hay ninguna señal de una gota de sangre siquiera, aunque la tierra, evidentemente, ha sido removida. Desconcertado y sin dejar de preocuparse por la evidencia faltante, Draco rueda sobre sus manos y rodillas y se arrastra hasta el lugar donde el olor de la sangre es más fuerte. Presionando su cara en la húmeda y podrida vegetación, se congela de confusión al descubrir que su víctima ha sido ya enterrada con destreza y cuidado, y que toda prueba de su actividad criminal ha sido erradicada, hasta el más fino rastro de sangre. Sabe que al lobo no le importa ser descubierto, así que simplemente no puede imaginar qué ha ocurrido allí mientras dormía. Se sienta, desnudo y asustado, bajo la luz blanca del sol, preguntándose cuándo vendrán por el los Aurores, su caso firmado y sellado, para encerrarlo por el resto de sus días.

Se toma varios minutos para que la segunda esencia humana pase a través de su pánico, y mientras inhala, separando cada elemento definible del todo, está sorprendido de descubrir lo que ha tenido lugar durante la noche, y con quien. El lobo ha tomado un compañero; las señales son inequívocas, justo bajo la delgada capa de semen seco adherido a su vello púbico. Draco nunca ha tenido ningún indicio de que semejante cosa pudiese ser posible, no en todos los años que lleva viviendo su doble vida, y ciertamente no con un humano, sin mencionar la idea de ponerle cara, lo cual lo complica absolutamente todo.

¿Quién en el mundo querría voluntariamente unirse con el lobo? Seguramente nadie. Lo cual le convierte en violador además de asesino. Entre las ruinas de su sobrecargado cerebro, Draco no está seguro de cuál de las dos opciones es peor.

 


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Los recuerdos más tempranos de su maldición están fragmentados y no tienen sentido, su cerebro perdiendo rápidamente la batalla de alcanzar raciocinio desde tanta rabia salvaje e incontrolable. Lo que permanece con él de esos días son impresiones generales de desamparo y pánico, y la horrible comprensión de que el lobo podía rondar su mente consciente y torturarlo con su presencia independientemente del ciclo lunar. A cada momento de cada día está en guerra consigo mismo, y Draco está cansado hasta los huesos de pelear. A veces fantasea acerca de su propia muerte, imaginando un silencio bendecido y una paz que desde hace mucho perdió. Desea poder encontrar un modo infalible de terminar su existencia, y entonces pide de nuevo el coraje necesario para quitarse la vida.

 


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Draco nunca tuvo ni un día para Remus Lupin mientras estaba vivo, pero desde la ejecución del castigo de Voldemort, infectándolo con la misma aflicción terrible, su antiguo profesor es la fuente de su único alivio y consuelo.

Draco a veces se pregunta si su amarga soledad es, de hecho, peor que la cosa que vive dentro de él.

 

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Draco odia a su padre con una pasión virulenta, estrechamente relacionada con las intensas respuestas emocionales del lobo. La forma casualmente desagradable en la que su padre se sacude la responsabilidad por el apuro de Draco le consume; la preocupación primaria de Lucius es la vergüenza que Draco pueda traer al nombre de la familia, si su condición es descubierta alguna vez. Más de una vez Draco ha gritado enfurecido a su padre que ninguna vergüenza podría ser mayor que condenar a una línea de sangre disminuida a una eternidad como mortífagos, pero las palabras no tienen ningún efecto evidente y sirven sólo para aislar más a Draco de las dos únicas personas que lo saben. El lobo insta a Draco a matar a su padre y terminar con él de una vez, pero sabe que la tensión de llevar a cabo su elaborada charada sería demasiado grande para su madre, así que no hace nada.

Recuerda una vieja conversación, una entre muchas, pero esta particular ‘charla’ con sus padres le viene a la mente cada vez que pone sus ojos en Scorpius. La idea de que este niño sea su hijo sigue siendo extraña. En las crecientemente escasas ocasiones en que es requerido para desempeñar su papel de padre, tiene que enfocarse completamente en cada palabra y gesto que hace para asegurarse que no da ni una pista, especialmente no a Scorpius o a Astoria, acerca de este Boggart personal en el armario Malfoy.

Su padre fue quien le informó en cortante e impersonal tono que nunca le sería permitido engendrar al heredero del nombre familiar. Su sangre contaminada no tenía permitido dejar ninguna mancha permanente, imaginaría o de otro tipo, en la cuidadosamente manejada genealogía del antiguo árbol familiar. Lucius, por supuesto, llevaría a cabo la tarea en su nombre cuando llegase la hora, y Draco detestó la escasamente velada y pedante superioridad de su padre ante el anuncio, aunque ciertamente, esperaba un poco más del hombre. La estoica aceptación de su madre, su completa falta de emoción, proveyó la más dolorosa revelación – quedó claro que estaba a gusto con la decisión, y eso le llevó a Draco a saber, por primera vez, que había perdido valor ante sus ojos. El conocimiento de que para ellos era lobo antes que hombre se enganchó en las más profundas inseguridades de Draco, y desde ese punto formativo, practicó un cierto desapego de todas sus relaciones. El único lugar al que podía ir era dentro de sí mismo, y por mucho que el lobo fuera el destructor de sus esperanzas y aspiraciones, también se convirtió en su apoyo, su fuerza, la única velozmente decisiva influencia, siempre a mano para hacerse cargo o compartir la abrumadora presión.

 

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Visita la tumba de Lupin para hablar. No en voz alta, por supuesto, sino en silencio, en su cabeza, para que su imaginación pueda proporcionar las respuestas, siempre en el calmado tono mesurado de Lupin. La dirección de sus conversaciones a menudo lo perturba, y se niega a examinar muy de cerca esas cosas que no quiere oír, las diferencias significativas que hicieron la vida de Lupin llevadera cuando la de Draco no lo es. Draco no quiere darle vueltas a la afirmación de Lupin de que la amistad y el amor hicieron posible su supervivencia, porque son cosas que él no tiene.

Lo que más desea es el dominio de la bestia. O, al menos, control suficiente para poder funcionar como un ser humano, sin el constante rugido impaciente que hace tan difícil pensar y le deja con dolores de cabeza cegadores, y sin palabras amables para nadie. No tiene idea de cómo hizo Lupin para enseñar a los niños. Ni siquiera es libre de ser él mismo, sea quien sea ese hombre, en su propia casa, gracias a la ignorancia de su mujer e ‘hijo’ de su verdadera condición.

Draco y el lobo nunca han compartido ninguna comunicación significativa. El lobo demanda, Draco cumple. Eso es todo.

Draco envidia a Lupin sus patéticos amigos Gryffindor y su esposa fenómeno, personas que vieron más allá de la maldición y encontraron al hombre en su interior. Nadie se molesta en buscar lo bueno que haya en Draco – ya está demasiado perdido para ello.

 

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Cuando llega el momento de seleccionar una esposa Draco eligió a propósito la mujer más vacua e irritante de aquellas presentadas por sus padres, simplemente con la intención de hacer que la procreación fuera para Lucius una odiosa tarea. Aunque no es repugnante a la vista, la mujer era superficial y carecía de la sutileza y la naturaleza refinada que Lucius encontraría genuinamente atractivas. Afortunadamente Astoria también podía ser fácilmente distraída por embustes caros y posición social, y se adaptó de inmediato y sin inconvenientes a las vidas separadas en las que Draco insistió. Sus breves estancias en compañía de su esposa fueron tensas para ambas partes, y durante el tiempo que pasaron juntos, el lobo siempre estuvo más cerca de la superficie, haciendo a Draco discutidor e iracundo, con la amenaza de la violencia no demasiado lejos. Pero si no fuera por el hecho de que podría matarla en cualquiera de sus inevitables encuentros, Draco felizmente cedería al lobo el control, aunque fuera sólo para borrar de su propia memoria cualquier recuerdo del tiempo que pierde con ella.

Esta auto-impuesta separación de su esposa, sin embargo, facilita bastante dos necesidades. En primer lugar, por supuesto, está el incalculable beneficio de no tener que sufrir su compañía, ya que su única serie de uniones sexuales para consumar la unión fue más que suficiente para Draco y demostró ser igualmente angustiante para el lobo. Se resistió y bramó en su interior durante todo el coito superfluo, tratando frenéticamente de restablecer su supremacía en la caza, la matanza, más allá de tales esfuerzos físicos inútiles. Ambos se sintieron aliviados cuando todo terminó, y la carnicería en la siguiente luna llena fue particularmente cruel, una demostración ejemplar de la capacidad de crueldad del lobo, la cual dejó a Draco físicamente enfermo durante varias semanas después.

El segundo beneficio, el menos importante para Draco, es que la falta de cualquier relación notable con su esposa permite a otros jugar su papel con poco temor a ser descubiertos. Draco nunca ha calculado la cantidad de tiempo que cada uno de sus padres pasa disfrazado de él, y no puede lograr que le importe. El lobo evita cualquier tipo de funcionamiento humano normal durante varios días antes y después de la luna llena, y es en esos momentos cuando sus padres se comprometen a transformar su apariencia con poción multijugos para cumplir los compromisos de Draco y proporcionar el significativo nivel de visitas conyugales lo suficiente como para mantener su farsa de matrimonio vivo. Le resulta macabramente divertido saber que su esposa está, de hecho, casada con tres personas, pero es algo preocupante reconocer que para él, hasta un tercio de esposa es demasiado con lo que lidiar.

 

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Cada vez que mira a Scorpius, Draco ve a su padre y no a sí mismo, aunque muchas personas, incluida su esposa, a menudo comentan su similitud de hermanos, sin que se le escape la ironía. El día en que Draco puso a su medio hermano en el Expreso de Hogwarts por primera vez, regurgitó el discurso idealista que Lucius le administró, cargado con el peso del deber, comportamiento, y tomando los derechos de sus privilegios sin esperar a que fueran ofrecidos. No sintió sensación de pérdida por la partida de Scorpius de la mansión, pero tampoco deseaba mal al niño. Él, sin duda, sobresaldría en la casa de sus antepasados, convirtiéndose en el heredero del cual Lucius estaría orgulloso, uno de cuya paternidad no se avergonzaría.

La paternidad es un interesante concepto para un hombre con dos conciencias separadas y dos formas diferentes. Cuando piensa cómo ha sido durante su vida adulta, Draco considera que Fenrir Greyback, el padre del lobo, es su influencia familiar más grande, y no es que la idea le produzca regocijo.

 


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En los días tempranos de las visitas de Draco a la tumba de Lupin, solía esconderse muy hacia el interior de la línea de árboles, sin acercarse nunca a ella por temor a ser visto y que su propósito quedara descubierto.

Una variedad sorprendente de personas visitan año con año la tumba de Lupin, pero ninguna de ellas provoca interés en Draco tanto como Harry Potter. En el cumpleaños de Lupin y en el aniversario de su muerte, Potter aparece con un grupo de personas, siempre agarrando fuertemente la mano de un niño que se transforma con los años en un hombre joven. El grupo intercambia las mismas palabras trilladas y melosas ante el bulto herboso de tierra antes de desaparecer de nuevo, llevándose sus pensamientos lastimeros y su autocompasión con ellos, y permitiendo a Draco reanudar su conversación en paz.

Son, sin embargo las otras visitas de Potter las que más despiertan su interés. Después de un año o dos de asistir en secreto, Draco sabía las idas y venidas de todos los dolientes regulares, y se acostumbró a las apariciones erráticas de Potter, o la falta de ellas, gracias a esa maldita Capa de Invisibilidad. La nariz del lobo es mejor que sus ojos, y el olor de Potter es distintivo e instantáneamente reconocible para Draco gracias a su agudeza. Su audición mejorada le permita escuchar a distancia, y le divierte que Potter sea tan estúpido como para hablar en voz alta, cuando obviamente busca privacidad.

Potter habla sobre el niño, Teddy, y Ginny y Tonks y Albus, pero sobre todo expresa su pesar porque no comprendiera mejor las dificultades de Lupin o usara su dinero para ayudar al hombre durante los años de escasez. Como si alguna vez Lupin hubiera aceptado caridad. La idea es absurda.

Potter habla con diferentes niveles de coherencia sobre su padre y la Casa de los Gritos y las pociones de Snape, demostrando un nivel de comprensión de las dificultades de la vida de licantropía hasta el punto de que Draco se encuentra a menudo temblando en shock cuando las palabras caen demasiado cerca para sentirse a gusto. Por lo general se siente más solo después de estas visitas, experimentando una angustia sorda de la que no tiene a nadie con quien hablar, excepto con un hombre que nunca será capaz de responderle.

Con los años, sus papeles han cambiado, y Draco ha ganado tal confianza que permite a Potter espiarle en lugar de al revés. Él nunca dice nada en voz alta, por supuesto, pero Potter constantemente vigila sus visitas, a veces de pie, alejado, a veces acercándose peligrosamente bajo la seguridad imaginaria de su preciosa capa. Hay momentos en que Draco quiere estirarse y tocar a Potter, pero hacerlo sería mostrar demasiado, por lo que se guarda las manos en los bolsillos.

 


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Draco desarrolla un apego al Potter ‘sigiloso’ y lo extraña cuando no está ahí. No lo admite ante sí mismo, a pesar de que Lupin a menudo lo sermonea con no devaluar el inusual ‘vínculo’ formado durante sus días de escuela. ¿En qué otro buscador has confiado tanto que volarías a un cabello de distancia de él a velocidades mortales? Preguntó alguna vez. Draco no respondió. No lo necesitó porque Lupin robó la respuesta directamente del área asegurada bajo llave de su cerebro.

 


~oOo~

 


Los recuerdos e impresiones de años y años siguiendo este rastro llevan a Draco a confrontar algunos incómodos y complicados sentimientos. Pasa los días posteriores a lo que ha llegado a considerar como ‘el incidente en el bosque’ esperando, alternativamente, ser arrestado, albergando absurdas posibilidades, y reprendiéndose a sí mismo por atreverse a esperar algo tan significativo como un compañero.

La esperanza es una emoción malvada; hace que su aislamiento auto impuesto se alargue interminablemente.

 


~oOo~

 


Su retiro ocupa la esquina posterior izquierda de la planta baja de la mansión. Alguna vez fue una desbordante biblioteca antes de que hubiera que disponerla como su oficina privada, escogiéndola específicamente por la vista hacia su propio Bosque Prohibido. Los densos árboles que alguna vez invadieron cierta distancia dentro de lo que ahora son los jardines comienzan abruptamente justo después del laberinto de Buxus (1), y Draco a menudo camina a lo largo del perímetro de la uniformemente línea recta de árboles, el lobo rondando de un lado a otro dentro de su cuerpo, fantaseando con la posibilidad de cazar allí.

En los primeros meses de hacer frente a la nueva aflicción, el lobo penaba por hacer suyo el bosque, por marcar el límite de su territorio con su olor y fluidos corporales. Pero Lucius fue firme; no se cagaba donde se comía -no fueron sus palabras, pero sí su sentir, ni más ni menos-. Y para garantizar la obediencia del lobo, se crearon una serie de barreras en todo el bosque que emitían una alarma ensordecedora, lo suficientemente aguda para que el lobo no pudiera cruzar más allá del césped y adentrarse en los árboles. Draco se ve obligado a buscar otros lugares más lejanos, pero ninguno de los bosques es tan atractivo como éste, tan cerca y tan fuera de su alcance.

Su sillón de lectura se encuentra cerca de la ventana, por lo que incluso en las pocas ocasiones en que es capaz de concentrarse lo suficiente para absorber las palabras de la página, la siempre cambiante paleta de colores de los árboles es aún visible sobre la franja del horizonte. La proximidad del bosque apacigua al lobo hasta cierto punto, por lo que Draco pasa la mayor parte de su tiempo en la habitación, tomando sus comidas alejado del resto de la familia, agradecido por la soledad.

Procura que los visitantes se mantengan lo más alejados de su habitación que sea posible, porque volver a marcar cada pieza tocada de mobiliario y cada centímetro cuadrado de pavimento lo agota, pero el lobo aúlla y rasga sus órganos internos hasta que la tarea se ha completado. Todo debe oler a sí mismo; Draco se somete a la voluntad del lobo en estos asuntos, porque nunca se ha acostumbrado a la agonía de infarto esparcida libremente cuando trata de luchar. Ha sido una lección difícilmente aprendida que el lobo es incapaz de aceptar la derrota, por lo que Draco ha tenido que aprender a descifrar las explosiones de ira en su interior, hasta que se ha vuelto completamente experto en traducir los deseos del lobo y en brindar la solución correcta para tranquilizarlo.

Con el paso de los años, combate menos las demandas del lobo, y siente su humanidad disminuir inconmensurablemente.

Sentado en su silla favorita, los ojos fijos una vez más en la línea irregular de las copas de los árboles a un paso de distancia, Draco contempla sus pérdidas y la inevitable conclusión a la vida vivida a medias que sufre. Todo está listo para cambiar de nuevo. Escucha cada grano caer a través del cuello de botella en el reloj de arena mientras espera el arresto por su asesinato más reciente. Se pregunta distraídamente cómo responderán sus padres; no se ha molestado en decirles lo que pasó en el bosque. Habla tan poco como puede en estos días, porque hilvanar frases coherentes es un trabajo muy duro.

No era su primer asesinato, ni mucho menos. Draco siempre se ha preguntado si su suerte se acabaría algún día, porque el lobo nunca ha seleccionado a las víctimas con cuidado, simplemente tomaba cualquier pobre alma que se encontrara en el lugar equivocado en el momento equivocado. No tiene ni idea de a quién ha matado el lobo a lo largo de los años; trata de no pensar en ellos como personas con nombres, y familias, y responsabilidades. Es más fácil si son alimento. Duerme mejor por la noche.

Pero no puede dormir, no desde que su secreto se reveló. Ha dejado sobrevivientes antes, pero ninguno de ellos ha visto su forma humana hasta la semana pasada. El hecho de que el lobo se sintiera suficientemente seguro como para dormir y revelar su débil yo dice a Draco más de lo que quiere admitir acerca de su vínculo con su compañero. ¿Cuándo van a venir a llevárselo? Él sólo quiere que acabe ya. Sucumbiendo a su inconsciente tic nervioso, retuerce un mechón de pelo entre sus dedos y siente las hebras romperse o salir desde raíz. Mira varios largos cabellos pálidos flotar y arruinar la impecable superficie pulcra de su túnica antes de tomar otro mechón y repetir el pequeño hábito destructivo, apenas registrando la nota de dolor en su cuero cabelludo. Es minúsculo en comparación con todos los demás dolores.

El martilleo en la puerta hace que casi se salga de su propia piel, a pesar de que lo ha estado esperando durante tanto tiempo. Ahora que el momento ha llegado, se siente debilitado por las náuseas, y ni siquiera puede hablar para invitarle a entrar. Congelado, agarrando los brazos de su silla para ganar un poco de enfoque, Draco ve cómo la puerta revienta literalmente, volando hacia atrás con tanta fuerza que golpea en la pared trasera. Potter, que parece azotado por el viento y fantasmal, se encuentra al otro lado del umbral, su brazo sosteniendo la varita, extendido, la sílaba final de su explosivo Alohomora aún formada en sus labios.

Dios, ¡el olor! Incluso a través del cuarto el aroma de Potter lo golpea como un puño, y el lobo se erige y aúlla y aúlla, desesperado por llegar con su compañero. Draco está paralizado, completamente perdido respecto a qué hacer. El lobo está tan cerca de la superficie, arrancando trozos de compostura de Draco con sus dientes y garras, y el dolor es cegador, peor de lo que alguna vez ha conocido. Este es el final de algo, y se pregunta si está muriendo.

Mientras Draco se levanta débilmente de su asiento para encarar a Potter, el hombre cruza el umbral y entra en la habitación, sellando la puerta detrás de él con la misma fuerza, dejando fuera a la furiosa y vociferante figura de la arpía que se aproximaba, Astoria. Potter agita su varita y grita encantamientos que Draco apenas puede procesar en su casi infrahumano estado mental. Alguien golpea la puerta repetidamente desde fuera y grita en voz alta, furioso, pero Potter ignora el furor, caminando lentamente por la habitación con su varita aún apuntando a Draco. Sus labios se mueven y algunos sonidos salen de su boca, pero todo lo que Draco puede escuchar es un ruido blanco, un zumbido que derrite el cerebro y que ahoga tanto el incesante ladrido del lobo como la diatriba emocional de Potter.

Potter rodea la habitación hasta quedar al otro lado de Draco, su fijación en el blanco fallando cuando forma sus palabras con ambas manos, gesticulando, obviamente tratando y fallando a la hora de transmitir algo muy difícil. Ojos cerrándose, Draco siente que se desliza fuera de la realidad y hacia un cielo sensorial, rodeado de sus fragancias suavemente mezcladas, confortables y acogedoras como una manta. Vale la pena ser arrestado y enviado a prisión sólo por experimentar esta maravillosa calidez una última vez.

Draco y el lobo huelen la ansiedad y el miedo de Potter, y el lobo está fuera de sí tratando de liberarse y proveer consuelo y refugio. Realmente no comprende que él es la causa del intenso estado de ánimo, porque está demasiado ocupado inundando a Draco, su débil ser lobuno, y tratando de forzar el cambio sin la luna provocándolo. El roce de piel peluda cosquillea el interior del cráneo de Draco cuando el lobo pasea de aquí para allá, ida y vuelta, hambriento por restablecer su territorio por encima del hedor extraño del mundo exterior que contamina la piel de su compañero.

El lobo está vibrando de ira por la incapacidad de Draco para liberarlo, y sus miembros empiezan a temblar hasta que se sacude con tanta violencia que estar de pie es casi imposible. Entreabrir sus ojos, incluso en una pequeña ranura le cuesta una enorme cantidad de energía, pero necesita ver a Potter, finalmente reconoce su deseo cocinado a fuego lento, aquel que ha estado creciendo durante años y años de visitas a Lupin. Potter tiene la capacidad de comprenderle como nadie lo ha hecho, y Draco sólo quiere dejar de sentirse como un monstruo y estar tan jodidamente solo. Tiene que haber esperanza. ¿No escondió Potter el cuerpo? Seguramente hay algo de esperanza.

Potter está de pie en medio de la habitación, sus brazos a los lados, hombros caídos en derrota. Parece desolado, quizá dando voz a algún tipo de ruego para que Draco se entregue, pero por supuesto Draco no puede oírlo. Ver a Potter es como mirar hacia abajo en un lago y ver algo moverse perezosamente muy debajo de la superficie, la barrera de agua creando una separación que es absoluta, final.

De pronto, en transparente desesperación, Potter se abalanza y agarra la túnica de Draco, atrayendo sus rostros. Es casi demasiado para que el lobo lo soporte. Mira más allá de los ojos de Draco y mira la cara arrebolada de Potter surcada profundamente por emociones que no entiende. Se ahoga en verde: cristalino, vívido, atrayente, y se paraliza por completo, apaciguado por la cercanía de su compañero y el imaginario sonido del viento soplando en sus oídos.

Draco resurge desde el interior de sí mismo y siente su sobrecargada compostura derrumbarse. La mirada en el rostro de Potter es tan elocuentemente miserable que es difícil de describir, pero es algo que Draco entiende sin duda. Sabe que si no aprovecha esta oportunidad, el resto de su vida será vivida con arrepentimiento y anhelo. Levanta sus manos lentamente, teniendo cuidado de no sobresaltar a Potter, y las coloca gentilmente sobre las suyas, acariciando los apretados nudillos blancos con las yemas de su pulgares. El pecho de Potter da un tirón, sus manos apretándose más fuertemente, pero no trata de separar a Draco.

El lobo registra el olor de lágrimas, saladas y extrañamente dulces, mucho antes de que piquen en los ojos de su compañero. Esto permite que su lobo-débil se contenga de lamer los ojos de su criatura humana, y es probablemente la primera vez que se ha sometido a su otro yo. Está aprendiendo a confiar; cualquier cosa por el bien de su compañero.

Harry observa sin palabras cuando Draco traza un sendero que baja hacia sus codos y sube por sus brazos, y permite a Draco atraerlo más cerca cuando las manos se cierran alrededor de sus hombros. Sus narices casi tocándose, y esta es la única vez desde que fue infectado que ha querido besar a alguien. Acuna las mejillas de Potter cuidadosamente, apenas tocando la piel, sólo sosteniendo su rostro para fijar una imagen permanente de ella en su mente, por si se diera el caso de que fuera la última vez que la mira.

Es Potter quien cierra la distancia y presiona sus labios sobre los de Draco.

Draco se olvida de respirar.

Y entonces Potter presiona más fuerte, y la punta de su lengua humedece la boca de Draco. Es como ser besado por primera vez: confuso, y atemorizante, y como Dios-no-quiero-que-acabe. Draco atrae la cabeza de Potter más cerca, enterrando sus dedos a través del corto cabello suave de la parte de atrás de su cuello. Abre su boca y Potter responde, dispuesto, dejando salir un audible bufido de nerviosa anticipación.

El lobo entiende de lenguas y aparta la conciencia de Draco a un lado para poder explorar la boca de su compañero. Se alimenta de un modo que nunca ha hecho antes, experimentando un momento de comprensión acerca de que su forma débil tiene, de hecho, ciertos aspectos beneficiosos, e instantáneamente acepta que sería sabio compartir su actual cuerpo de ahora en adelante, en vez de continuar sus intentos de dominar al otro.

El lobo se siente juguetonamente enloquecido por las esencias manando del cuerpo de su compañero, y sabe con certeza que absolutamente debe copular con él de nuevo, aunque sea por el bien de su salud mental. Se siente aliviado cuando por primera vez su lobo-débil concuerda por completo, y piensa que es posible que este único compañero pueda traer armonía a una previamente fracturada y poco equilibrada cohabitación.

Cuando Potter mordisquea su labio, Draco rompe el beso y presiona sus frentes juntas, mientras él simplemente respira y trata de ajustarse a la sorpresiva amistad entre él y el lobo. Está anonadado, por ambos: por el empático comportamiento del lobo y por los inesperados avances de Potter. ¡Qué terrible riesgo está asumiendo este hombre por él! Y Draco se siente disgustado de que bajo su deseo se asiente un patético pozo de gratitud, porque no quiere pensar en lo solo que ha estado todos estos años, no ahora.

Potter toca su rostro, trayéndolo de vuelta al momento. La punta de un dedo traza la línea de sus labios, y ese único gesto inocente inflama su corazón con una embarazosamente intensa reacción emocional. Las lágrimas no se agolpan en sus ojos, pero las siente quemando en su cabeza, otra indicación de su vulnerabilidad a los encantos sutiles de Potter. Actuando con otra inusual falta de reserva, planta otro beso en la boca de Potter, no uno gentil y exploratorio, sino un demandante, hambriento y casi lleno de pánico. Potter se aferra a él de una sorprendentemente necesitada manera, una que Draco nunca hubiera esperado, y parece que se deleita con el asalto, ofreciéndose a Draco para ser tomado.

El lobo se sienta en sus cuartos traseros y estudia el modo en que Draco manipula sus patas delanteras para desvestir a su compañero. Nota que los hombres llevan a cabo la tarea con el exacto mismo nivel de fervor que él lo haría, todo miembros agitados y entusiasta impaciencia. La esencia de la carne del hombre y la excitación estimulan al lobo, pero en vez de comenzar una pelea con su otro yo, disfruta del proceso, imaginando que el apresurado descubrimiento es como un tipo especial de caza, uno donde ambas partes juegan a ser depredador y presa. Por primera vez en su vida entiende que no tiene completo control sobre lo que sucede, sino que en esta ocasión la observación es liberadora en vez de aterradora. Su compañero ha probado ser tan protector como el lobo, y coquetea con la noción de igualdad entre ellos, un nuevo concepto, dado que siempre se ha considerado a sí mismo la especie superior.

Potter se quita los zapatos de una patada porque están atrapando sus pantalones y ropa interior bajo sus rodillas, pero es Draco quien baja hasta el suelo para tirar de la ropa desde sus tobillos y deshacerse de ella. Potter está aún sufriendo para sacarse la camisa, tratando de tirar la cosa por encima de su cabeza sin deshacer los puños, y desde su posición inferior Draco puede apreciar la longitud del cuerpo desnudo sin ser visto, tomándose su tiempo para disfrutar del modo en que la verga semidura rebota y se tambalea y los subestimados músculos se flexionan. ¿Está mal querer inclinarse y enterrar su cara en la entrepierna de Potter? Favoreciendo la acción sobre el pensamiento, coloca sus manos sobre las caderas de Potter y captura el pene en su boca. Potter grita, pero todo lo que Draco puede pensar es en tragar hacia dentro para que su nariz quede enterrada en los rizos de negro vello púbico.

La carne humana en su boca –tomada voluntariamente y sin intención asesina– ayuda a Draco a entender por qué el lobo la ansía tanto. La vitalidad, efervescencia, calor y sensibilidad total, lo resumen todo acerca del único valor en la vida que necesita conocer antes de que pueda comenzar a vivir en vez de solo sobrevivir. El modo en que el cuerpo de Potter responde a él, como si no tuviera opción porque el crescendo de deseo es demasiado fuerte, le ayuda a aceptar que hay, después de todo, algo dentro de él que vale la pena atesorar a pesar del horror de su condición.

Las manos de Potter se retuercen dolorosamente en el cabello de Draco para mantener su cabeza en su lugar, un gesto por completo innecesario. No abandonaría la erección de Potter sin presentar batalla porque sentir la textura de la piel cambiar dentro de su boca, sentir la transformación de algo suave e indefenso a algo completamente diferente –más grande, más intimidante, furiosamente demandante– es un absoluto placer. El pene de Potter gotea lentamente mientras lo chupa, y él lo saborea como el lobo saborea la sangre del corazón, frotando la salada secreción y saliva por toda la parte inferior de su cara para señalar los límites del territorio de Potter.

No sabe si debería, pero usa tanto sus dientes como su lengua para acariciar la estirada piel de la cima de la erección de Potter, y un chispazo dentro de su cerebro lo imagina hundiendo sus caninos y mordiendo para que pueda probar tanto sangre como semen cuando Potter se corra en su boca. Pero no lastimará a Potter: la unión es demasiado frágil, demasiado inexplorada para llevar a cabo esos potencialmente perturbadores juegos. El juego tienta al lobo, sin embargo, y empuja a Draco con su hocico sólo para recordarle que sigue ahí.

Potter embiste duro, haciendo que Draco se atragante. Apesta a desesperación y Draco se deleita en ella, amando el hecho de que pueden provocar una pérdida tal de control. Potter balbucea palabras que bien podrían estar en otro idioma, y que no se registran por su significado, sólo por su tono, y Draco sabe que Potter se va a correr. Echa su cabeza hacia atrás y trata de formar un canal recto para que Potter penetre, uno bueno, relajado y húmedo que está a punto de terminar significativamente más húmedo. Clava sus dedos en la redondez de la parte posterior de Potter y aprieta la carne ásperamente, imaginándose a sí mismo tomando el agujero escondido entre las nalgas.

Con un grito admirablemente animal, Potter explota en el orgasmo, disparando gruesas tiras de espesa crema en la garganta de Draco. El lobo siempre tiene hambre, pero Draco no puede recordar un momento en que haya querido tanto tragar algo. La forma en que el semen rueda por su lengua y humedece la parte inferior de la polla de Potter mientras continúa sacudiéndolo dentro y fuera es definitivamente adictivo, y siente que va a pasar mucho tiempo entre las piernas de Potter, disfrutando, y otras actividades igualmente placenteras.

Sus movimientos se detienen tras el orgasmo, y la verga apenas blanda de Potter sale con un plop desde los labios de Draco, y deja un rastro de saliva viscosa y semen goteando por su barbilla. Al tiempo que Potter se arrodilla para encararlo, Draco levanta la mano y se la lame sugestivamente para tragárselo todo. Los ojos de Potter están dilatados y salvajes, y Draco siente que no tenía intención de hacer nada de esto. Quizás Potter había venido a prevenirlo, o incluso arrestarlo, pero no para ceder de este modo, para tomar a ambos, a Draco y al lobo, y amansarlos con su cuerpo.

Cuando se besan de nuevo, Potter se mantiene firme, dando tanto como recibe bajo el entusiasta asalto de Draco. Luchan entre los dos para retirar la ropa restante de Draco y se acuestan juntos, dos hermosos hombres desnudos, y la sombra siempre presente de un gran lobo terrorífico que es dueño de ambos.

Draco coloca a Potter sobre su ropa, rápidamente descartada. Disfruta por completo de su cuerpo, mordisqueando todas las áreas suaves y mordiendo los puntos donde tiene cosquillas hasta que se retuerce como una puta, la perra en celo personal de Draco. Potter acepta todo lo que Draco le da, desde la lengua que prueba sus partes íntimas hasta los dedos que lo invaden. Draco baja la vista hacia el cuerpo sudoroso de Potter, admirando la forma en que los tendones de su cuello se estiran en respuesta a la exploración cada vez mayor de su agujero. Nunca ha hecho nada de esto antes, pero para Draco, cada caricia, cada paso más allá de los límites de Potter, es instintivo, algo que encaja a la perfección para llenar el gran vacío en su vida. Todo en ello está completamente bien.

Cuando Potter abre sus piernas y le invita, Draco piensa que podría morir de la emoción. Mira la división apenas velluda, notando el brillo opaco de su propia saliva secándose en el interior de los muslos pálidos de Potter. El lobo huele su destino a pesar de que no se puede ver, e insta a Draco, desesperado por sentir a su compañero otra vez.

Se vuelve más difícil para Draco saber dónde acaban sus propias necesidades y comienzan las del lobo. No parece tan importante separarlas más.

Potter levanta las piernas y se expone impúdicamente y sin vacilación. Colocándose en posición, Draco observa el rostro de Potter mientras empuja lentamente en la calidez y cuidadosamente fuerza el espacio para él. Espera que el despliegue de emociones en los ojos de Potter reflejen los suyos propios, y siente un dolor en su pecho ante la repentina intensidad. El lobo deposita en él la confianza para continuar y la fuerza para resistir, para que su acoplamiento sea digno de tan trascendental cambio en todas sus relaciones con el otro.

El cuerpo de Potter se siente apretado y virginal, y las punzadas de evidente dolor en su expresión dicen a Draco lo que quiere saber, que son igualmente inexpertos. El pensamiento de alguna manera hace que la aquiescencia de Potter sea aún más significativa, mucho más dulce.

Se mueven juntos, controlados, casi silentes, el discreto, subestimado y vagamente familiar modo en que se llenan y complementan entre sí, amplifica el ardor lento en el interior de Draco. El lobo se envanece, extendiendo su presencia hasta que sus propios miembros, su propio torso, presionan contra el interior de su piel humana para que pueda estar lo más cerca posible de la superficie. Vive a su compañero como no puede hacerlo cuando habita su propia forma, y se maravilla de la dicha calmada en este más sutil, menos urgente ritual de apareamiento.

Es imposible durar demasiado. La combinación de aromas y sensaciones son fatales para la resistencia tanto del lobo como de Draco, y cuando Draco finalmente cede a la velozmente creciente tensión, observa los labios de Potter formar su nombre y se deshace, agotado y en pedazos, dentro del acogedor y receptivo cuerpo debajo del suyo. Quiere mantener a Potter cerca y quedárselo. El lobo quiere acurrucarse a su alrededor, y alimentarlo y protegerlo y mantenerlo caliente. Pero Potter es un espíritu libre que hace lo que quiere, y los dos tienen que aceptarlo. Ambos saben que Potter volverá a por más. El lobo ha logrado infectarlo a su manera, no a través de la sangre, sino del alma.

Es pacifico yacer sobre el suelo, despeinados, pegajosos y felices. Yacen juntos así durante largo tiempo, en silencio, completamente satisfechos.

 


~oOo~

 

El beso final, el casto y tranquilizador dado antes de que Potter camine hacia el hogar y lance su puñado de polvos flú, silencia a ambos cerebros frenéticos, al suyo y al del lobo. Draco sigue mirando el lugar vacío mucho después de que las llamas han desaparecido. Es parcialmente consciente de su esposa gritando en el corredor resonante y resuelve obliviarla en el momento en que le importe, asumiendo que uno de sus padres, que observan desde la planta alta, no llegue ahí antes.

De pronto inclina la cabeza, dando vueltas a todo lo que ha sucedido la última semana. El suelo de mármol negro está vidrioso, su esmalte prístino e inmaculado. Estudia su reflejo escorzado hasta que mira directamente a sus propios ojos. El lobo está en reposo, paciente y fuerte dentro de su cabeza. Le llevará tiempo acostumbrarse a su poco habitual satisfacción, pero Draco sabe que ya se ha ajustado al nuevo equilibrio. Alarga una mano imaginaria y la pasa a lo largo de la –de su- bastamente peluda espina, tomándose su tiempo para memorizar sus considerables bultos y protuberancias. Su lobo se arquea contra el toque, agradeciendo la confiada intimidad. Juntos exhalan, sus ritmos cardiacos en armonía, mientras comparten recuerdos de cuerpos desnudos y nieve y la Luna Azul del Lobo.

Finalmente, finalmente, son uno.

 

 

Fin

 

 

(1) N. de la T.: Los buxos son arbustivos o arbóreos; alcanzan entre 2 y 12 m de altura. Las hojas son lanceoladas arredondeadas, opuestas, coriáceas, de color verde escuro (fuente: Wikipedia). Así me imagino el laberinto de Buxus. Vuelve.

 


 

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