Bendición es la segunda parte de La calavera bajo la piel.

 

***

 

Severus no dice nada —nunca lo hace—, pero Remus sabe que anoche volvió a haber crucios. Últimamente ha vuelto así de todas las reuniones: pálido y frío, deslizándose cuidadosamente bajo las sábanas, como si el algodón egipcio fuera cáñamo. Está temblando.

Remus toma una de sus manos y la frota lentamente, para que la fricción devuelva el calor a la piel helada. La mano tiembla más y más a medida que lentamente libera tensión y se calienta. Severus no está tan mal como otras veces —no hay olor a vómito, lo que significa que algún momento tuvo la fortaleza de hacer un hechizo de limpieza—, pero aun así está mal. Peor que la última vez. Mira el rostro de Severus pero no puede concluir nada; su mandíbula está apretada, sus ojos cerrados. No le han dejado la máscara, entonces.

Remus no preguntará quién más fue convocado, ni de qué han hablado. Ya se enterará de todo eso mañana; Snape debe de haber acudido primero a Dumbledore. Que ahora esté allí, con él, todavía tan helado y tembloroso, significa que ha vuelto con pocas noticias; su informe no le ha llevado mucho tiempo.

Remus coge la otra mano de Severus, la frota entre las suyas hasta que está cálida, y luego la sujeta para comenzar a masajear la palma, trabajando en la base de cada dedo con lentos y pesados círculos de su dedo pulgar. Todavía no lo toca en ninguna otra parte; no cede al impulso de apretarse contra él, enredando sus piernas con las de Severus, calentarlo por todas partes de una sola vez. Lo ha intentado otras veces: excitar a Severus no le costó mucho, pero el resto de su cuerpo permanecía sin responder, tenso. Severus se estremecía ante su tacto.

Lentamente, entonces. Se concentró en la mano de Severus: sus dedos largos, los nudillos cuadrados. Las manchas de color púrpura alrededor de las uñas que, parece que nunca se desvanecerán, por la tinta y por el bazo de murciélago y los ojos de tritón, las señales salpicadas de quemaduras. Toca cada pulgada de eso, estirando cada dedo y flexionándolo de nuevo, sintiendo cómo cada músculo libera la tensión, sintiéndolo temblar lentamente, todavía bajo la presión de sus dedos.

Mira de nuevo hacia arriba, Severus ha cerrado los ojos, aunque su rostro todavía es una máscara. Toma de nuevo la otra mano, la izquierda, repite sus movimientos. No le lleva tanto tiempo esta vez; pronto, la mano de Severus permanece cálida y flexible entre las suyas, y algo se ha suavizado en su rostro. Ahora, puede ver el cansancio en las líneas alrededor de su boca, el dolor en el surco entre sus negras cejas.

Libera la mano de Severus y él abre los ojos.

—¿Mejor?

Severus lo observa por un momento.

—¿Tú que crees?

Es casi su mirada de profesor malhumorado, su voz de clase, pero la burla suena vacía, afectada; y después de un momento, algo se suaviza alrededor de sus ojos. Eso lo hace parecer muy vulnerable.

—Sí. Mucho mejor.

—Bien —Remus lo alcanza para acariciar su mejilla y Severus se tensa ligeramente, casi imperceptiblemente, lo que significa que todavía está tratando de controlar sus respuestas. Remus no aparta la mano hasta que siente a Severus relajarse bajo su tacto.

—Ven, déjame seguir también con tu nuca y tus hombros. —Se arrastra hasta colocarse detrás de Severus, sentado contra la cabecera de la cama, y Severus descansa la cabeza en el muslo de Remus. En cualquier caso, le permite tocar. Sus hombros están duros y llenos de nudos de tensión, como los altos pinos en las montañas sobre el castillo, y como siempre, Remus siente cómo al principio crece su tensión bajo su asistencia.

No es el miedo residual ni el dolor lo que hacen que se tense, o al menos no sólo eso. Más bien, piensa Remus, es como si el placer en sí mismo fuera una habilidad adquirida para Severus, que está todavía entrenando su cuerpo para renunciar a la cautela, a la desconfianza del tacto de otro.

Remus masajea los hombros de Severus, presionando fuerte con sus pulgares en la base de su nuca, hasta que finalmente el músculo comienza a relajarse. Casi a su propio pesar, Severus se hunde más en el colchón y deja caer la cabeza hacia atrás. Su garganta está descubierta bajo las manos de Remus, frágil. Aquí es donde flaqueará, si es que lo hace: la tensión, el dolor, son una especie de armadura... le impiden sentir cualquier otra cosa, le impiden sentir nada en absoluto, excepto aquello que se ha preparado para soportar... y él siempre se resiste a dejarlas ir. Remus comprende eso. Mordía sus propios miembros una vez al mes, antes de la poción Matalobos. Se arrancaba la carne con sus propios dientes, y no era el ansia de sangre, ni la presa; eso no lo desquiciaba tanto como la necesidad de controlar lo que sentía, de silenciar las llamadas de la luna con la sensación de que podía igualar su poder.

En realidad, ninguno de ellos está muy acostumbrado al placer.

Pero esta noche, Severus parece aceptarlo con más facilidad que antes. Su cabeza descansa pesadamente contra el muslo de Remus, y cuando éste suelta sus hombros y comienza a frotarle las sienes, su rostro se paraliza sólo por un momento antes de dejar salir la respiración, dejando caer la máscara. Remus continúa y la línea entre sus cejas se profundiza, y luego poco a poco se suaviza. Finalmente, Severus deja escapar un suspiro, con un pequeño sonido de placer desde el fondo de su garganta. Levanta la cabeza para mirar a Remus.

—Gracias.

Palabras que Severus rara vez dice, y que nunca había usado en la cama. Su expresión está abierta, desnuda —todavía sin entregar nada, pero listo para tomarlo todo—.

—Me alegra que hayas vuelto de una sola pieza —dice Remus, con la boca repentinamente seca. El rostro de Severus no cambia. Remus desliza su cuerpo hacia abajo y toma el rostro de Severus en sus manos—. Por favor, no hagas que te maten.

Es lo que Severus esperaba escuchar, o al menos se le acerca bastante. Se inclina hacia el beso de Remus y lo devuelve completamente. Remus escucha de nuevo el suave medio suspiro atascado en su garganta. Sin embargo, hay algo malo en este beso, algo que le falta. A Remus le lleva un momento precisarlo: no sabe a té. Y la ausencia de té no sólo significa que la reunión con Dumbledore ha sido breve, sino que no había noticias que comentar. Otra reunión de la que vuelve con las manos vacías. Otra ronda de cruciatus.

Algo de su enojo debe de haber salido a relucir, porque Severus se aparta de él.

—¿Qué pasa?

Lo que pasa es que Severus se ve pasando entre Dumbledore y Voldemort como una quaffle, que terminará destrozado entre ellos si esto continúa. Lo que pasa es que Dumbledore está arriesgando a un hombre que no puede darse el lujo de perder, por una recompensa que parece cada vez más improbable con cada llamada. Lo que pasa es que Severus se lo permite, que está siendo cómplice del desperdicio de su propio valor y su fortaleza.

Ya han tenido antes esta discusión, y Remus sabe cómo reaccionará Severus si comienza de nuevo: labios apretados defensivamente para justificarse a sí mismo, y una ira fiera en la defensa de Dumbledore.

Está demasiado cansado para insistir en el punto muerto de Dumbledore y Severus. Pero tampoco puede dejarlo pasar.

—A veces me pregunto si te das cuenta de que ya has cumplido con tu penitencia.

La mano de Severus sobre su hombro se pone rígida, y sus ojos se entrecierran, duros como piedras. Durante un momento, se limita a mirarlo.

—¿Supones que esto es fácil para mí?

—¿Esto?

—Esto... —Sus ojos se mueven de arriba a abajo, incluyendo el cuerpo de Remus, la cama, los signos de la presencia de Remus, sus túnicas, sus libros, dispersos por toda la habitación—. Todo esto, ¿crees que es fácil para mí?

Remus sabe que ha dado en el clavo, pero todavía se encuentra a oscuras.

—¿Estar conmigo?

Severus se da la vuelta y mira hacia arriba, al dosel. No contesta hasta que logra mantener de nuevo su respiración bajo control, aunque Remus todavía ve una vena pulsando a un lado de su mandíbula.

—Necesitarte.

Ah. Remus todavía no está seguro de cómo la conversación ha dado este giro, pero estaba esperando a que esto saliera a la superficie. Severus no le ha dicho nada —al menos, que él recuerde; cree que quizás se lo ha dicho al lobo—, pero sabe lo mucho que Severus se ha esforzado siempre por depender sólo de sí mismo.

—Severus, no es debilidad. No es ninguna vergüenza necesitar... —¿Qué? No amor, ellos nunca han pronunciado esa palabra, y sacarla a la luz en este momento sólo puede empeorar las cosas— ...necesitar estar con alguien. Especialmente ahora, con...

— ...¿con mi penitencia? —Severus sisea las palabras—. No tienes ni idea, ¿verdad, Lupin? —Se sienta, con los ojos fijos en Remus—. Todavía no tienes la más mínima idea. Esto... —Empuja su desnudo brazo izquierdo hacia Remus, la marca todavía roja y brillante— ...regresar con Voldemort y arrastrarme a sus pies, jugando al espía, jugando al chivo expiatorio... Puedo hacer eso sin ti y sin tu maldita amabilidad. No necesito recurrir a nadie, no para eso. —Baja la vista hacia la marca y, cuando se encuentra con los ojos de Remus otra vez, una parte de la ira ya lo ha abandonado—. ¿Por qué se vuelven salvajes los hombres lobo, Remus?

Remus ha conocido algunos salvajes —hombres que se han retirado a los bosques, para vivir allí sus vidas como poco más que bestias, incluso durante el día y las noches sin luna. Sus profesores de Defensa y los magos de la Oficina de Registro de Hombres Lobo siempre afirmaban que estos hombres habían dejado de luchar contra la bestia interna, que habían sucumbido ante la luna.

Remus lo sabe mejor que nadie. La salida de la luna es dolorosa y aterradora, pero es en la madrugada cuando llega la verdadera desesperación. Poseer de nuevo su piel humana y saber que la perderá de nuevo, que el alivio sólo es temporal... No pasa un mes sin que se plantee lo mucho más fácil que sería todo si renunciase a cualquier tipo de humanidad, sacar a la bestia a la superficie y fingir que nunca fuiste algo más, que nunca podrás ser algo más. Remus nunca se convertirá en un salvaje, pero sí los comprende.

Extiende una mano para acariciar la palma de Severus, y arrastra los dedos hacia su brazo, sobre la marca, descansando la mano sobre su hombro.

—Ésta es tu penitencia. Tratar de vivir todos los días en el lado de la luz.

Severus resopla, y es casi un sonido afectuoso.

—La luz rara vez es la principal de mis preocupaciones, pero... sí, en esencia. —Mira hacia otro lado—. No considero... que lo que tenemos... sea un castigo. Nada de eso.

Remus le dedica una pequeña sonrisa.

—Pero tampoco es fácil. Lo sé. Ninguno de los dos es alguien con quien sea fácil convivir.

Severus se encuentra con sus ojos, de nuevo. Como si quisiera decir algo, pero parece que cambia de opinión. En vez de eso, se inclina y besa a Remus de nuevo, ligera y tentativamente.

Remus corresponde el beso, y con esa confirmación de que sus atenciones son bienvenidas, Severus abre la boca, mordiendo el labio inferior de Remus, succionando su lengua y gimiendo desde la garganta; sus largos dedos suben para entrelazarse y agarrar el cabello de Remus.

Se aleja demasiado pronto, pero sólo es para besar la mandíbula de Remus, ese lugar detrás de su oído y la línea de su garganta. Remus los empuja a ambos de vuelta a las almohadas, echando la cabeza hacia atrás para que Severus tenga acceso completo a su garganta. Severus es capaz de pasar lo que parecen horas en su garganta, lamiendo y mordiendo y succionando. Remus suele bromear sobre sus tendencias vampíricas. Esta noche no hay bromas: Severus va directo a los puntos que lo hacen retorcerse: la curva izquierda de su mandíbula, el borde derecho de su nuez, la coyuntura de cuello y hombro izquierdo, justo encima de la clavícula. Siente los dientes; mañana habrá moratones ahí. Severus usa cuellos altos todos los días, pero Remus no, y normalmente Severus procura no dejar marcas visibles. La ausencia de cuidado de ahora enciende a Remus tanto como sus dientes y su lengua.

Cuando Severus se desliza hacia abajo y lame su pezón, Remus trata de empujarlo de vuelta hacia arriba para besarlo. Severus levanta la cabeza pero permanece donde está, sólo mirando a Remus. Después de un momento, se inclina hacia él y besa sus labios, firme pero rápidamente.

—Remus. Déjame. Necesito... —Se interrumpe, mordiéndose los labios con frustración.

Necesita decir lo que aún no confían en decir en voz alta.

—Lo entiendo —dice Remus. Se acomoda contra las almohadas, soltando el cabello de Severus—. Lo que necesites.

De nuevo, parece que Severus quiere decir algo, pero en lugar de eso agacha la cabeza y toma uno de los pezones de Remus con la boca, lentamente jugueteando con él con sus labios, y rozándolo levemente con los dientes. Remus suspira y se eleva contra su boca, pero Snape lo empuja inmediatamente de regreso y le lanza una mirada de reproche. Con una sonrisa de disculpa, Remus se permite relajarse visiblemente, hundiéndose tanto como puede en el duro colchón de Severus. Si necesita control completo, que así sea. Remus ha pensado en sugerir eso. Generalmente, él no es muy sumiso en la cama, pero la voz de Severus y su presencia hacen que la idea se vuelva atractiva.

Pero tampoco parece que eso sea lo que Severus busca. Se mueve entre un pezón y el otro, lentamente, con desvíos a sus cicatrices y ese pequeño y caliente punto que siempre recuerda, besando, probando, acariciando. La mitad de las veces, su tacto es suave, y la otra mitad es excitante; en ocasiones es ambas. Toca a Remus de la forma en que le gusta tocarse a sí mismo, cuando regresa de las misiones: meticulosa y suavemente, como si cada caricia fuera un bálsamo. Una bendición.

El deseo y la excitación aumentan muy despacio, pero cuando comienzan a acumularse, Remus las siente en todas partes; la ampliación de su conciencia, y no la disminución que usualmente sigue a la excitación. Severus se mueve a diestra y siniestra sobre su cuerpo —manos y labios serpenteando de arriba abajo en sus brazos y a través de su pecho, pasando una y otra vez sobre los huecos de su cadera—, pero no deja nada al azar con sus atenciones. Cada centímetro de piel por la que pasa tiene su completa atención, es como si tratara de memorizar el sabor y el tacto, y el olor y el silbido de su sangre a través de sus venas. Bendición, piensa Remus de nuevo, y luego Voldemort aún no nos ha vencido.

Todos saben que a Voldemort no le engañan las declaraciones de lealtad de Snape —el Señor Tenebroso debe de saber que Snape no se ha quedado en Hogwarts todos estos años sola y únicamente por conveniencia, en un trabajo para el que no es adecuado y en el que no es feliz— pero, se da cuenta Remus, ha malinterpretado la naturaleza del control de Dumbledore sobre la conciencia de Snape.

Voldemort cree que Snape ansía ser castigado.

Y puede que haya habido una época en que así fuera, piensa Remus. Pero ahora, lo que más necesita Severus es perdón. Necesita. Implora. Siente que nunca será merecedor de él, y por supuesto que tiene razón, porque nunca se es merecedor de perdón: éste se concede, o no. Remus sabe perfectamente bien que si Severus lo ama en absoluto, es por haberlo perdonado.

Y quizá sí lo ama, pero Remus no va a preguntar, aún no. Ciertamente no ahora, cuando Severus le está haciendo el amor con tremenda intensidad. Ahora, Severus presiona el arco de una cadera con su pulgar encallecido, separa sus piernas y se instala entre ellas. Gira la cabeza y presiona un beso contra su rodilla y entonces, lentamente, se mueve hacia arriba por su muslo, acariciando y lamiendo.

Para cuando Severus alcanza su polla —después de haber besado su camino por ambos muslos, acariciado la línea de vello de su ombligo, acariciado sus testículos con su aliento cálido y con un suave, casi insoportable roce—, Remus está a la deriva, casi como una pluma. Su piel se siente despierta como nunca antes ha estado; cada nervio repiquetea, parece que cada caricia resuena en todo su cuerpo, pero es como si este estado, esta sensibilidad, estuviese consumiendo toda la energía que tiene. Está ávido por sus caricias, pero apenas puede removerse para seguir las manos o la boca de Severus, parece que no puede arquearse, revolverse, ni retorcerse de la manera en que siempre lo hace. Empujar sus caderas parece un esfuerzo tremendo, así que permanece tendido, estremeciéndose y sintiendo el magnífico temblor que se multiplica al cruzar su piel, mientras Severus lentamente lo lame de los pies a la cabeza.

Aun así, Severus se acerca a la felación de una manera tentativa. No es que él no parezca disfrutarlo, sino más bien que parece no confiar en sus propias habilidades, en su propio poder para dar placer. Pero en esta ocasión, aunque son movimientos lentos, son seguros. Lo mantiene justo en el límite durante el mayor tiempo posible, con una rápida y arrítmica salida de su lengua a lo largo de la carne, una suave presión de sus labios sobre el glande para retirarse de nuevo, antes de darle finalmente un patrón, un ritmo que él puede seguir. Cuando lo hace, es el ritmo de la propia respiración de Remus, que adelanta los latidos de su corazón, lentamente acelerándose y llevándolo con él; los dedos de Severus se aprietan y se mecen a lo largo de su polla, encontrándose con sus labios cada vez que aprietan y bajan. Allí hay succión y un calor húmedo y la oscilación de su lengua, y Remus puede escuchar, ligeramente y a lo lejos, por encima de las palpitaciones de sangre en sus propios oídos, los mismos gemidos bajos y guturales que Severus emitía mientras se besaban.

Su paso se acelera y, aunque Remus ha permanecido al límite durante lo que parecen siglos, todavía no quiere correrse, no quiere que esto termine. Pero su corazón se acelera y su respiración se vuelve más rápida y superficial, hasta que se encuentra jadeando, casi ahogándose; entonces, su respiración se para y todo lo demás sencillamente se queda en suspenso; el mundo y su gemido contenido y el zumbido en sus oídos, y se está corriendo como si su cuerpo estuviera hecho sólo para eso.

Todavía se encuentra tembloroso por la fuerza de su orgasmo cuando siente aire helado donde ha perdido el calor de la boca de Severus, y abre los ojos. Severus está arrodillado entre sus piernas, respirando fuerte, su polla púrpura presionando dura contra su ombligo. Sus labios están separados, hinchados y brillantes; sus párpados se entrecierran, y el surco está de nuevo entre sus cejas.

Remus casi le pide que se toque a sí mismo, que se acaricie hasta alcanzar el clímax mientras él observa. Quiere hacerlo. Nunca ha visto a Severus tan al desnudo, tan necesitado. Pero esta noche parece más importante corresponderle, que sean sus caricias las que brinden la liberación a Severus. Levanta la cabeza de las almohadas.

—Ven aquí.

Severus se acerca casi instantáneamente, arrodillándose junto a él. Remus apoya la cabeza en el muslo de Severus, pasa un brazo alrededor de su cintura y, con la otra mano, traza lánguidos círculos y curvas en la pierna de Severus. Sobre él, se produce un gemido ahogado y el crack de la tablilla suelta del respaldo de la cama, donde Severus debe de estar aferrado.

—Ummm, estás cerca, ¿verdad?

Severus sólo sisea mientras Remus rasguña su muslo, tan ligeramente como si fuera un gato.

—Tan, tan cerca.

Acaricia con la boca y la nariz la base de la polla de Severus. El respaldo de la cama cruje de nuevo.

—Remus, maldita sea, limítate a tocarme, por favor...

Lo toma con la boca y traga alrededor de él, y eso es todo lo que necesita. Severus grita y se derrama en su boca, los músculos de sus muslos tensos y temblorosos bajo la mano de Remus. Se aparta con un golpe final de la lengua. Severus está aferrado al respaldo con ambas manos, jadeando y colorado. Remus se deja caer sobre su espalda y lo alcanza con una mano que está lejos de ser firme.

—Severus.

Severus se tumba, mitad en la cama, mitad sobre él, un brazo y una pierna tirados sobre su cuerpo. Esto es nuevo; el apetito de Severus por el contacto, por una simple caricia, es casi insaciable, a pesar de que sólo las acepta con facilidad después del sexo, pero antes siempre ha sido Remus quien lo ha instigado. Aún después de lo que han conversado esta noche, Remus está sorprendido por la admisión de necesidad física de Severus, pero no dice nada, sino que se acurruca dentro del abrazo, encajando sus cuerpos, sintiendo que la respiración de Severus se hace más y más lenta.

Necesitar, ser necesitado, esto es para él lo que el perdón es para Severus. Remus sabe esto, se conoce bien a sí mismo. Sabe que, enfrentado a la necesidad de Severus por lo que él le puede dar —caricias, perdón, afirmación de su humanidad—, él se está enamorando con más fuerza y con más rapidez de lo que esperaba.

Todavía no sabe si ama a Severus, pero ya no duda que llegará a hacerlo, si permanecen juntos.

Cree que esa idea debería asustarlo. Y probablemente lo hace un poco, pero los días son oscuros y hay cosas mucho peores a las que temer. Aprieta los brazos alrededor de Severus.

Severus levanta la cabeza del pecho de Remus y se inclina buscando un beso adormecido y salado.

—La Orden se reunirá antes del desayuno, debemos dormir.

Remus espera que se acueste sobre su espalda y doble los brazos como siempre hace —como la estatua de alguna tumba, piensa siempre Remus, pero parece ser una invocación de mala suerte decirlo en voz alta—, pero se queda donde está, acurrucado junto a Remus, con las piernas flexionadas y enredadas.

—No creo que sirva de mucho —dice Remus. No puede ver el reloj, pero han de ser al menos las tres. Aun así, sube las sábanas hasta sus barbillas.

Nox —murmura, y la habitación queda a oscuras.

La respiración de Severus es regular y profunda, pero Remus sabe que todavía no está dormido.

—¿Severus? Lo que he dicho antes... va en serio. Por favor, no hagas que te maten sólo para probarle algo a Dumbledore.

Hay un momento de silencio profundo, calmado, antes de que Severus deje salir la respiración que está conteniendo.

—Haré lo que pueda. Es lo único que puedo hacer, Remus.

—Lo sé. Es sólo que... te echaría de menos.

Silencio de nuevo y una profunda inhalación de aire, su mano presionada sobre el costado de Remus.

—Lo sé.

Ninguno de los dos habla de nuevo, pero pasa un buen rato antes de que Remus pueda dormir. Escucha la respiración de Severus en la oscuridad y, aunque es cada vez más lenta y suave, está seguro de que Severus también está despierto, escuchando.

 

 

Fin



 

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