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Brian Kinney. Un capullo, un auténtico gilipollas. El hijoputa más grande de toda América. Egoísta, creído, exageradamente enamorado de su propio ombligo y capaz de convertir cualquier cosa en pornografía.

Por ejemplo, Brian no juega al billar. Brian se exhibe. Observa a su contrincante, y su mirada no dice “te voy a ganar”; su mirada dice “prepara ese culo”. Sonríe con expresión autosuficiente, se abre unos botones de la camisa y se rasca el pecho, con la única intención de enseñarlo. Se relame. La punta de una lengua que anuncia que sabe hacer maravillas, pasando casi de forma casual por el filo de sus dientes y el principio de sus labios, que se curvan hacia arriba y suspiran en un “me lo has puesto dificil, tío” que suena a frase de actor porno.

No prepara el taco con tiza y golpea. Hace preliminares como si el billar fuera sexo. Dedos rodeando ese paquetito azul, frotándolo despacio y con calma en la punta blanca del taco. Dan vueltas, lo resbalan de un lado a otro, de alante a atrás, lubrican un trozo de madera como quien lubrica un trozo de carne dura, goteante y a punto de disparar. Y cuanto hace acompaña a sus movimientos, porque quiere follarse a ese tío, y le mira como si le estuviera masturbando, antes de dejar la maldita tiza en su sitio.

Y se agacha. Se contonea. Caderas y vaqueros exageradamente apretados, posiblemente sin ropa interior debajo. Camisa muy abierta que enseña todo lo que hay detrás. Mirada penetrante, fija en el paquete de alguien que ya se ha puesto nervioso. Apunta, golpea... y la partida de billar acaba donde él había querido: en la cama. Porque en el billar, al fin y al cabo, sólo se trata de meterla.

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Ami Mercury

 

Portada
Parte horny
Parte perv