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CRÓNICA GOLFA DE EQUUS

por Livia

 

Equus es una obra espléndida, magnífica; una de las más emotivas jamás escritas. Richard Griffiths, una de las joyas del teatro británico, está soberbio; Daniel Radcliffe se ha deshecho de forma brillante de su túnica de Harry Potter. Y podría seguir alabando y halagando. Porque todo eso es con lo que nos hemos encontrado los/las afortunados/as que hemos ido a verla.

Sin embargo, tomémonos un momento para la reflexión. Mano sobre nuestro corazoncito y hagamos examen de conciencia. Reconozcámoslo: hemos ido a ver Equus a lo que hemos ido.

Porque la oportunidad de ver a nuestro adorado Harry Potter en vivo y en directo, tal vez no sea única, pero si difícil de repetir. Sumándole además, puñetero morbo, el plus añadido de su varita. Y el que se atreva a divagar con pueriles excusas como que es un gran amante del teatro, o seguidor incondicional de Richard Griffiths, le crecerá la nariz como a Pinocho. Palabrita de Hada Azul. Porque una no se pelea con una página de Internet, va descontando los días en el mensaje personal de su messenger, se sube finalmente a un avión y se cruza el Canal de la Mancha sólo por una obra de teatro. ¿O cuantos/as de vosotros habéis corrido a reservar billete para ver Mamma Mia!, Les Miserables o The Phantom of de Opera, actualmente en cartel?

Ya, me lo imaginaba...

Bien, llegados a este punto, y expuestas las motivaciones –y aceptando, además, la posibilidad de que alguien haya ido única y exclusivamente por su inconmensurable amor al arte escénico– me temo que hacer una crónica excesivamente eslasera de Equus va a resultar un pelín difícil. La razón es muy sencilla y más que obvia una vez te has plantado en Londres, has llegado al Gielgud Theatre y te has sentado en tu butaca: que Harry Potter debía andar escondido bajo su capa de invisibilidad, porque sobre el escenario no estaba.

Sin embargo, sí me gustaría que me dejarais compartir con todos vosotros ese cosquilleo que baila en el estómago cuando por fin se apagan las luces de la sala, suena la música y el escenario se llena de ese humo que produce el hielo seco, y que por unos segundos amenaza con ahogar a los que estamos en las primeras filas –todo tiene sus inconvenientes.
Que me permitierais describiros esa luz tenue envuelta en bruma bajo la que salen a escena los seis actores que dan vida a los corceles. Cómo se colocan las cabezas de caballo que hasta ese momento han estado colgadas en el decorado semicircular. La lentitud de sus movimientos, unísonos y sensuales. La mayoría de ellos son también bailarines, de ahí la armonía de sus cuerpos en cada pausado gesto que realizan. Y también porque en los pies llevan unas alzas, simulando unas pezuñas, con las que un mal paso puede llevarles a conocer el suelo del escenario más de cerca de lo que quisieran.
Bajo un foco de luz, Richard Griffiths (nuestro odiado tío Vernon), el psiquiatra que se enfrenta a la extraña locura de su joven paciente, tanto como a sus propios demonios, nos explica el silencioso cuadro que empieza a desarrollarse en el centro del escenario…

Siempre se abrazan, el animal hinca su sudorosa frente en su mejilla y permanecen en la oscuridad, como una pareja de amantes y de entre estas cosas sin sentido sigo pensando en el caballo, no el chico, en el caballo y en sus deseos ocultos. Sigo viendo esa enorme cabeza besándole con su boca encadenada empujando a través del metal algún deseo que nada tiene con saciar el hambre o propagar su especie…

…cuando aparece Alan Strang (Daniel Radcliffe), a pecho descubierto, llevando al caballo Nugget (Will Kemp, un actor guapísimo de mirada seductora). Y te dices: ahí está. Y tienes esa sensación de no acabar de creerte de que tú también estés.

Así que con los ojos fijos en el escenario, viéndole abrazado a ese caballo, no puedo evitar pensar que ese momento el 1,68 (los five food six, que confiesa medir), queda brutalmente contrastado con el actor que se sostiene encima de esas alzas que elevan todavía más su estatura. A pesar de todo, o precisamente por eso, la ternura de esa escena es la esencia de Equus. Cuando intuyes que ese es sólo el principio de la amalgama de sentimientos que van a arrancarte durante las próximas dos horas. Y el instante en que desearías poder convertirte en caballo.

Comprendo que en esa escena la directora, mujer inteligente, no quisiera hacer aparecer a su joven protagonista todavía en traje de Adán, que era lo suyo, alterando desde el principio las hormonas de jovencitas como las del grupo que teníamos a continuación de nuestras butacas, que con sus risas excitadas y el jolgorio que las precedió, casi obliga a encomendarse a Merlín y a toda su corte de magos celestiales. Pero no. En los teatros ingleses se come y se bebe. Pero no se grita. No al menos hasta el final.


Daniel entra en escena tras el diálogo entre el psiquiatra y la asistente social que le ha endilgado el complicado caso. Lleva el pelo alborotado, ahora si que no puedo evitar pensar, muy a lo Harry Potter. Y una barba, por darle algún nombre, que poco habrá tenido que arreglar desde que empezaron las representaciones. Vestido con unos vaqueros, un polo gris y deportivas azul marino con cierre de velcro. Esto último me chocó un poco. Al principio creí que era por quitárselas más rápido. Pero no. Se las quita siempre sin desabrochar. Sus primeras palabras son unos jingles publicitarios. Y tengo que decir que el muchacho entona bastante bien. No desafina. Su voz se oye alta y clara por todo el teatro. Nada que envidiarle a las tablas de los demás actores. Su personaje se mueve al principio por el escenario algo tieso, con los brazos casi pegados al cuerpo, y un andar vacilante. Al contrario que el veterano Richard Griffiths, que a lo largo de la obra incluso se vuelve con naturalidad para soltar su monólogo a los que están sentados detrás del escenario, Daniel jamás mira directamente al público.

 

 

 

 

La obra avanza y me alegro de estar en la segunda fila, porque ello me permite observarle con bastante detalle. Especialmente en los momentos en que, relegado de la escena, se queda sentado en uno de esos rectángulos grises mientras los demás actores siguen con sus diálogos y espera que le llegue su turno de volver a intervenir. Como ya he dicho antes, no mira a nadie. Cabeza gacha, y manos cruzadas sobre el regazo, en pose niño obediente al que le han dicho, siéntate ahí y no te muevas hasta que se te avise. Claro que siempre hay que contar con los consabidos meneos que le entran a uno cuando sabe que tiene que estarse quieto. Por ejemplo, el irremediable picor de nariz. La nariz siempre nos recuerda su presencia en el momento menos oportuno, es cosa sabida. Así que hay que rascársela. Y cuando ese molesto picor, salta a los pocos segundos al antebrazo, hay que aliviarlo también. Pero una vez resueltos escozores y picazones varias, en algo más hay que seguir entreteniendo la espera. Y tras un detallado examen de las manos, mirarse los pies suele ser bastante recurrente, así que allá vamos. Pie hacia arriba, pie hacia abajo. Y sí, después de estudiarlas con mucho detenimiento, las deportivas siguen siendo azul marino y el cierre todavía es de velcro. Hasta que, de pronto, la inmovilidad es absoluta, más atenta. Se levanta, y se dirige al centro del escenario, sólo para que su madre ficticia le dé un bofetón. Que se lo da, vamos, porque el ¡plafff! se oye perfectamente. Muy modosito él, se vuelve a su rectángulo gris, a esperar la siguiente escena, vete tú a saber si acordándose de algún familiar de la buena señora... ¡Aishhh! ¡Que sufrido es eso de ser actor a veces!

Llegamos ya a la última escena antes del descanso, –no pretenderéis que os cuente la obra entera– para mí, junto con la final, la más vibrante, emotiva y conmovedora. Cuando Alan, previamente hipnotizado por su psiquiatra, representa para él cómo saca a Nugget de la cuadra para montarlo a medianoche y se produce esa especial comunión entre chico y caballo. Cuando jinete y montura son uno. Es una escena con mucha fuerza en la que Daniel se deja piel, sudor y sobre todo cuerdas vocales. Las que desgarran la pasión por su dios, Equus, y el poderío de un actor de 17 años, que a gritos de… ¡Rígido al viento, mi lomo rígido al viento! ¡Estoy desnudo, desnudo! ¿Sientes mi desnudez? ¿Sientes mi desnudez? ¡Siénteme sobre ti, sobre ti, sobre ti! ¡Quiero estar dentro de ti, quiero estar dentro de ti y ser una persona eternamente! ¡Te quiero! ¡Llévame lejos! ¡Haznos ahora una persona, una persona, una persona ahhhhhhhh!!!!!... nos clava en el asiento y nos deja sin respiración.

 

 

 

Se apagan las luces y cuando vuelven a encenderse, el escenario ya vacío, sigues viéndole todavía a hombros de Will Kemp, majestuosos ambos, y ese grito final resonando aun en tus oídos.

Y si, en esta escena lleva todavía los pantalones puestos. Otro integral que la señora directora nos ha birlado.

 

Martin Dysart, está dispuesto a llegar hasta el fondo del por qué su paciente ha cegado a los caballos. Y Alan, cuyo inconsciente está deseando explicarlo, se aviene a tomar un placebo que quiere creer es un suero de la verdad. Y mientras el chico se convence de que lo que se ha tomado funcionará y espera que haga su efecto, Daniel nos hace una demostración de lo que es aliviar tensiones a golpe de cigarrillo. O lo que es lo mismo, de cómo fundirse un cigarrillo en menos de dos minutos porque el tiempo apremia y hay que empezar a ponerse en trance.
Que no, no le veo fumando…

 

 


Aparece en escena la jovencita que llevará a Alan a la cúspide de su locura. La que, seduciéndole, desatará la rebelión del muchacho contra su dios equino y provocará su barbarie sobre los seis caballos. Ven aquí, le dice ella abriendo los brazos. Y él, con cara de “¿será verdad que esta noche me estreno”?, va. Un beso tímido, inexperto, de ojos cerrados y boca también; de dejarse hacer porque es el primero y no se está muy seguro de hacerlo bien. Un relincho de caballo da el primer aviso. Alan retrocede, no las tiene todas consigo. Pero Jill ha decidido que esta noche no se le escapa. Y menudas somos las mujeres cuando nos proponemos algo. Quítate el suéter, le dice, yo lo haré, si tú lo haces. Y las ganas pueden más.

Están uno a cada lado del escenario. Para mi fortuna, Daniel justo delante de mí, en el lado izquierdo. Si te olvidas de los 979 espectadores restantes, suponiendo que el aforo fuera completo, hasta puedes tomártelo como un strip-tease privado. Jill se quita su camisa –que es lo único que le veré quitarse, porque no me molesto en volver a mirar hacia ese lado del escenario– y él su polo gris. Siguen las deportivas, –que en lugar de azul marino, inexplicablemente ahora son rojas– los calcetines y finalmente los vaqueros. El grupito de dos butacas más allá de la mía, ya ni cuchichea ni susurra. Tampoco estoy muy segura de que sigan respirando. De toda la gama de colores que nuestra imaginación eslasera le ha pintado los boxers a nuestro mago favorito, que si rojos, que si negros, incluso verde Slytherin, con leoncitos o snitchs voladoras, pocas veces se ha optado por el color de calzoncillo de toda la vida. Blanco. Daniel Radcliffe encima del escenario sólo con unos boxers blancos. Ahí queda eso.

Tras mirarse unos segundos, ambos tiran de la única prenda que les queda. Aunque yo, para que voy a engañaros, sigo con la vista fija sólo en el lado que me interesa. Una de mis compañeras de escapada, que dicho sea de paso no entiendo cómo tuvo tiempo de mirar hacia cualquier otro lado, quiere que conste en acta que la provocadora del despelote escénico tiene el culo plano. Comprendedla, con la misma edad que el que lucía sus encantos al aire a escasos metros, había que buscarle defectos a la competencia, aunque ésta sea ficticia. Igualmente hace constar que Daniel no tiene ninguno, ninguno, ninguno. Defecto, por supuesto.


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Bien, y ahora abramos el obligado paréntesis. Para quien esperara una especie de Nacho Vidal, ya puede irse olvidando de esos fotomontajes que corren por la red con dosis masivas de Photoshop. Que tal vez alegren la vista, pero al igual que Harry Potter, son pura ficción. Vamos, que de ser así, hasta el mismísimo Draco Malfoy saldría por piernas a esconderse bajo la túnica de Snape, si se viera encañonado por semejante torpedo en su momento de máximo esplendor.
Y que cada uno pega el estirón al ritmo que le marca el cuerpo, ¡que caray! Y no es mejor ni peor que el del vecino. Es simplemente el suyo.

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Alan le dice que es preciosa y Jill responde que él también. Se acercan el uno al otro, despacio. Un nuevo beso y una mano tímida sobre nalga ajena. Ella le lleva hasta el improvisado lecho a base de rectángulos y se tiende sobre ellos. Él se coloca entre sus piernas, –el público detrás del escenario debía tener una encantadora vista posterior– y apoyándose en sus manos empieza a moverse sobre la chica, intentando convencer al psiquiatra de que está hecho todo un machote.

 

 

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Y en este punto, si sale la vena eslashera, que corra la imaginación y sustituya usted a la seductora Jill –recordemos que, a pesar de todo, tal vez la chica tenga un problema de falta de prominencia en su parte posterior– por quien más le inspire. Quizás por un trasero más respingón y también algo más pálido…

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Mucha angustia. Ansiedad. Dolor. Y nuevamente, Daniel llenando él solito el escenario. Porque la chica tumbada bajo él se ha fundido con esos rectángulos grises y no existe. Del psiquiatra, al fondo, sólo te permites oír la voz que espolea, acorrala y obliga a confesar que el acto ha sido un fracaso. Que no ha podido. No la veía. Sólo a él. Cada vez que la besaba, él estaba en medio. Cuando la tocaba a ella lo sentía a él, estaba debajo de mí, esperando mi mano. Quise rechazarlo, la miré. La miré fijamente y no podía verla. Cuando cerraba los ojos le veía. Veía sus manchas en la barriga. Era incapaz de sentir su piel. Quería el acre sudor de su cuello y no piel. Cuero, cuero de caballo.

Alan pide perdón a Equus y le ruega que le acepte de nuevo, jurando que no volverá a hacerlo. ¿Y él? ¿Qué dijo él?, pregunta el psiquiatra. Mío, eres mío. Yo soy tuyo y tú eres mío. Te veo, te veo. Siempre te veo. Siempre en todas partes, para siempre. Si besas a alguien, te veré. Si te acuestas con alguien, te veré. Y fracasarás, Alan. Una y otra vez fracasarás. Me verás y fracasarás. El señor tu dios, es un dios celoso…

Los seis caballos que han aparecido, integrados en el decorado que simula sus cubículos en el establo, tienen ahora los ojos iluminados, perturbadoras y brillantes, amenazadores. Las luces se han atenuado y el humo aparece otra vez. Ojos, ojos blancos por todas partes. Ojos como llamas que se acercan, me rodean. Dios, ve. Dios, ve. ¡Mi dios ha visto! … No, se acabó Equus. Tú, dios,… no ves… nada.

Durante unos minutos, el escenario es una explosión de relinchos, carreras de un desenfrenado Alan de un lado a otro y saltos garfio en mano, que sin piedad apagan la luz de seis pares de ojos equinos. ¡Y qué saltos, Dios bendito! El corazón en un puño. Ahí es dónde me lo ha dejado.

 

 

 


El muchacho acaba completamente trastornado en los brazos del psiquiatra –que rápidamente le cubre con una manta y aquí se acabó la paronámica–, quien intenta calmarle, asegurándole que todo ha pasado, que se acabaron las pesadillas y las malas noches; que se pondrá bien y le va a curar. La obra termina con Alan dormido sobre los socorridos rectángulos grises, bien tapadito con la manta y un monólogo-reflexión del personaje de Richard Griffiths: Pero ahora y para mí, la voz de Equus desde la caverna no cesa. ¿Por qué yo? Primero, justifícame… ¿Cómo podré? A duras penas puedo entender lo que estoy haciendo aquí. Pero hago cosas definitivas. Cosas irrevocables. Estoy de pie en la oscuridad, con un cuchillo en la mano, hiriendo cabezas. Necesito desesperadamente que mis niños de mí, una forma de ver en la oscuridad. ¿Qué forma es esa? ¿Qué oscuridad? ¿Qué oscuridad es esa? ¡No puedo decir que sea un decreto de Dios! ¡No puedo ir tan lejos! Sin embargo, debo rendir cierto tributo. Hay en mi boca una afilada cadena… y nunca me la quitan.
El escenario queda a oscuras. Momento de preguntarse quien andaba peor, si el paciente o el psiquiatra.

Apenas unos segundos después vuelve a iluminarse y salen a saludar los seis actores que interpretaron a los caballos. Empiezan los aplausos. Seguidamente van saliendo el resto de actores y también saludan. Finalmente, Richard Griffiths y Daniel Radcliffe. Los aplausos suben de volumen. Algunas personas del público se ponen en pie. Si os lo preguntáis, yo me quedé sentada. Soy muy mía para estas cosas. Los dos protagonistas abandonan el escenario abrazados, así como padre e hijo, en un gesto que habla de horas y horas de convivencia y mucha complicidad.

Daniel Radcliffe se ha subido a un escenario y ha demostrado lo que quería demostrar. Ni más de lo que debía. Ni menos de lo que podía. Y visto lo visto, como decimos aquí en España, ¡olé tus huevos, mi niño! Que le den a la Warnes Bros., a los padres mojigatos y a la liga de magos para la prevención del aireamiento de partes íntimas e indecorosas.

En definitiva, que nos fuimos a Londres para ver a Harry Potter y nos encontramos con Daniel Radcliffe. Un culito que dudo yo pase mucha hambre.

 

 

Livia es una de las autoras más célebres del slashverso hispanohablante. Viene publicando desde hace años con gran éxito de crítica y público.